De política y cosas peores

Armando Fuentes

24/12/17

¡El dinero o la vida!”. Con esa violenta y ominosa frase el asaltante intimó a Usurino Matatías, el avaro mayor de la comarca. Así diciendo lo amenazó con su revólver. El cicatero no respondió palabra; sólo puso cara de angustia. “¡El dinero o la vida!” -volvió a proferir el salteador al tiempo que le ponía en la frente el cañón de la pistola. “¡Un momento! -gimió Matatías con desesperación-. ¡Lo estoy pensando!”. Una encuestadora entrevistaba a doña Matronia. Le preguntó: “¿Cuántos hijos tiene usted?”. Contestó ella: “Soy madre de 14 hijos: siete hombres y siete mujeres” “¡Caramba! -sonrió la visitante-. ¡Su marido debería comprarse un condominio!”. “Yo se los compro, señorita -dijo doña Matronia con tristeza-, pero nunca se los quiere poner”. Los dos eran románticos. Tan románticos eran que él se llamaba Gerineldo y ella Guinivére. Se amaron en su primera juventud, pero la vida -¡ah, la vida!- los separó, inmisericorde, y no pudieron consumar su amor. Pasaron los años -¡ah, los años!-, y viuda ella, soltero él, iniciaron un otoñal romance. Mas el destino -¡ah, el destino! -les tenía reservada una sorpresa aciaga. Cuando iban camino de la iglesia a realizar por fin sus anheladas nupcias un pesado camión -¡ah, camión!- los embistió y los envió al otro mundo. San Pedro, conmovido por el adverso sino que tan cruelmente había tratado a los recién llegados, los admitió en la morada celestial. Pidieron ellos: “Queremos casarnos por la Iglesia acá en el Cielo, ya que nunca pudimos hacerlo allá en la tierra”. El portero celestial se rascó la calva, preocupado, y luego contestó: “Deberán esperar 100 años antes de poder unirse en matrimonio”. Gerineldo y Guinivére se miraron uno al otro y luego, resignados, exhalaron al unísono un hondo suspiro. Oigamos el suspiro: “¡Ahhh!”. Pasó el siglo, y otra vez los enamorados acudieron ante el apóstol de las llaves. Les indicó él: “Tendrán que esperar 100 años más”. Al enterarse de la nueva espera cada uno de los novios marmoteó una palabra. Él murmuró: “¡Caramba!”, y ella masculló entre dientes: “¡Uta!”. Bien pronto transcurrió el segundo siglo -en la eternidad los siglos pasan muy aprisa-, y un buen día San Pedro llamó a la pareja. “Ya pueden casarse” -les informó. Y los llevó ante el sacerdote que oficiaría el desposorio. Se llevó a cabo el matrimonio. Al terminar la ceremonia Guinivére llamó aparte al portero celestial y le dijo en voz baja: “Tú sabes, Simón Pedro, que esto del matrimonio es un albur. A veces las cosas salen bien; otras resultan mal. Dime: si por desgracia mi matrimonio no funciona ¿cuánto tiempo deberé esperar antes de pedir el divorcio?”. “¡Joder! -profirió San Pedro con enojo al tiempo que se mesaba los escasos pelos-. Tuvieron que pasar 200 años antes de que llegara al Cielo un cura. ¿Cuánto siglos tendrán que pasar antes de que llegue un abogado?”. El nieto mayor de don Añilio le pidió a su abuelo un consejo para vivir mejor. Habló el sapiente anciano: “Seguramente, hijo, habrás oído la frase que dice: Vino, mujeres y canto . Mi consejo es que en esta etapa de tu vida te concentres en las mujeres. Ya después podrás cantar y empedarte todo lo que quieras”. Mensaje a mis cuatro lectores. Todo lo que he escrito a lo largo del año que está por terminar, y en los pasados años, lo he escrito para ustedes, que son la razón de ser de mi trabajo diario. Más aún: son también, con mis seres queridos, la razón de mi vida. Con profunda emoción les expreso hoy mi afecto y mi agradecimiento. Los acompañaré en espíritu esta Nochebuena, que espero sea para ustedes de bienaventuranza, paz y amor. ¡Feliz Navidad!… FIN.

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