De política y cosas peores

Armando Fuentes

6/10/15

Si alguien me hubiese dicho que lo que voy a narrar sucedió verdaderamente habría exclamado a la manera de los muchachos de hoy: “¡No manches!”. Y sin embargo sucedió. Imaginen ustedes a un empresario. Su secretaria ha trabajado para él desde la fundación de la empresa. No se ha casado esta mujer; vive sólo para su trabajo. El hombre de negocios, en cambio, tiene esposa. Cierto día conoce por casualidad a una señora joven, casada como él. Ella acepta sus atenciones, y bien pronto entran en relación de amantes. Él se apasiona con el amor de la mujer, tanto que le compra una casa. Ahí se ven -y todo lo demás- dos veces por semana, siempre los mismos días y a la misma hora: martes y viernes de 7 a 9 de la noche. Lo que no sabe el hombre de negocios es que la joven señora, a más de tener marido, tiene también otro amante. Es un muchacho de condición modesta, pero guapo. La verdad es que ella se avino a ser la querida de aquel rico señor porque el amante joven y guapo la convenció de que lo hiciera: ella le sacaría dinero al empresario, y así podrían hacer planes para el futuro. La casa que el rico empresario le regaló a su amiga, ella la hizo escriturar a nombre del muchacho, pues temía que su esposo se enterara de que era dueña de una casa, y no podría explicar el modo como la adquirió. Sucedió lo que siempre sucede: la esposa del hombre de negocios se enteró del adulterio de su marido. De inmediato le pidió el divorcio, y él tuvo que acceder a la separación, aunque amaba a su mujer y adoraba a sus hijos. Desesperado, incapaz de resistir la soledad, el hombre le pidió a su amante que dejara a su esposo y se casara con él. Ella se negó. ¿Por qué iba hacer tal cosa? Era feliz con su marido y con sus hijos. No sólo no se casaría con él: en ese momento daba por terminada la relación, pues veía que las cosas estaban tomando un rumbo peligroso para ella. Ésa no fue la única relación que se acabó. Cuando la joven mujer fue a la casa que su ex amante le había regalado, su otro amante, el muchacho guapo, no la dejó entrar. Se había enamorado de una chica de su edad, le dijo en la puerta, y se iba a casar con ella. Vivirían en la casa que antes era de la señora y que ahora es de él. Lo dice la escritura. ¿Tenía algo que objetar, o prefería que su marido se enterara? Ella se fue llorando, rabiosa y despechada: recibió la misma dosis que ella le dio al hombre de negocios. No se termina aquí la historia. Antes bien continúa. El empresario pensó entonces que lo mejor que podía hacer era casarse con su secretaria. Siempre supo que estaba enamorada de él. Cuando le propuso matrimonio ella aceptó de inmediato la proposición. Meses después se casaron. Y aquí tampoco termina la historia. Falta el capítulo final. En un escondido parque de la ciudad, una noche, ya tarde, se encontraron el muchacho que se quedó con la casa y la mujer que fue secretaria del hombre de negocios, y que desde hace un mes es ya su esposa. Se abrazaron los dos, y él le dijo a ella en voz muy baja: “Misión cumplida, mamá”. Esto que he relatado, lo dije desde el principio, es verdadero. Podría servir de argumento para una telenovela, pero a pesar de eso es rigurosamente cierto. En todas partes suceden todos los días cosas que podrían servir de argumento para una película o una telenovela, pero que a pesar de eso son rigurosamente ciertas. Siempre se ha dicho que la realidad supera a la fantasía. Es cierto: la realidad es siempre fantástica, a diferencia de la fantasía, que muchas veces es prosaicamente real. Cuando me dicen que algo es fantástico no pienso en Lewis Carrol, Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm: pienso en Balzac, Dickens o Zola. No me atrevo a decir que la mentira es la mejor verdad, pero sí afirmo que la literatura es más real que la realidad. Los hombres más realistas son los más fantasiosos; nadie ve con tanta claridad las cosas como esos hombres tan ciegos a la realidad que reciben el nombre de poetas. Lo demuestra la historia que he contado hoy, tan real que hasta parece fantasía; tan mentirosa que hasta parece la verdad. FIN.

MIRADOR

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó el Requiem de Cherubini, dio un sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:
-Los hombres de religión le hicieron una gran publicidad al sexo cuando lo convirtieron en pecado. Lo oculto siempre atrae, y el sexo oculto atrae morbosamente. Mejor habrían hecho en educar a los hombres sobre las cosas del cuerpo; eso los habría dejado más libres para pensar en las del alma.
Dio otro sorbo a su martini y prosiguió:
-Más hemos de temer los pecados del alma, como la soberbia, que los humildes pecados que comete el cuerpo. Éste tiene la inocencia de las cosas sencillas. El cuerpo, se nos ha dicho, es templo del Espíritu. Y ¿puede el Espíritu morar en casa sucia y deleznable?
En eso pasó una linda muchacha.
-¡Qué hermoso templo! -exclamó Jean Cusset con reverencia.
Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.
¡Hasta mañana!…

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