De política y cosas peores

Armando Fuentes

1/10/15

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, contrató los servicios de una musa de la noche. Ya en el cuarto de hotel donde tendría lugar el erótico concúbito le preguntó a la molitiva ninfa: “¿Conoces bien tu oficio?”. Respondió ella con altivo orgullo: “Al revés y al derecho”. “Muy bien -manifestó Afrodisio-. Lo haremos al revés”. (No le entendí). Babalucas era miembro de la policía montada. Su superior le dijo: “He decidido ascenderte. A partir de mañana tendrás a tu cargo una patrulla”. “Gracias, jefe -respondió el badulaque-. Pero se me hace que no va a caber el caballo”. Don Languidio Pitocáido, senescente caballero, casó con Pomponona, mujer frondosa en flor de edad. Al día siguiente del disparejo desposorio la madre de la flamante novia llamó a su hija por teléfono. Le preguntó, curiosa: “¿Cómo resultó la noche de bodas?”. Contestó Pomponona: “Fue un sueño”. “¿De veras?” -se asombró la señora. “Sí -confirmó la recién casada-. Toda la noche se la pasó dormido”. (Caón, yo me habría tomado un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo y me habría aventado al menos tres despertaditas). Quien esto y otras cosas más escribe, todas mal hilvanadas y pergeñadas peor, suele de vez en cuando tributar un aplauso a alguien que a juicio del propio escribidor merece reconocimiento. En casos especiales ese aplauso lo da con ambas manos para mayor efecto. Acostumbra igualmente el chupatintas enviar una trompetilla o pedorreta a quien se ha hecho acreedor a desaprobación o réspice. Pues bien: en esta ocasión voy a poner al mismo tiempo pitos y palmas. ¿Para quién es la ovación? Para Leticia Marlene Benvenutti Villarreal, diputada por el PAN ante el Congreso de Nuevo León. En el curso de la lectura del informe final del gobernador de ese estado la representante blanquiazul se puso en pie y mostró un cartel con la inscripción: “No pasarán las cuentas mochas”. La diputada Benvenutti no sólo es una joven mujer de gran belleza física, dicho sea con el mayor respeto: es también una dama inteligente y valerosa. Su acción en el Congreso motivó que algún imbécil comelonches al servicio de la administración intentara denigrarla publicando en las redes sociales fotografías de ella en ropa íntima, pues como parte de su anterior trabajo de modelo ha posado luciendo prendas de lencería. A esa grosera represalia respondió la diputada con entereza y dignidad. Dijo que el cuerpo de la mujer es hermoso -yo añado el superlativo: es hermosísimo-, y declaró que si es necesario volverá a posar en ropa íntima. Trabajar de modelo no desprestigia a una mujer; antes bien la exalta, pues con su hermosura pone una nota de gracia en la vida de su prójimo. Lo que sí es infamante villanía es tratar de injuriar a una dama por cosas de política. Va, pues, el sincero aplauso para Leticia Marlene, tributado con ambas manos, pues ciertamente lo merece: ¡Clap clap clap clap clap! Y va la sonorosa trompetilla para el ruin sujeto que al denostar a la diputada lo único que consiguió fue darle mayor presencia y relevancia: ¡Ptrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!… Declaró el marido, filosófico: “Quiero conocerme a mí mismo”. Le advirtió su esposa: “Te vas a decepcionar”. Don Poseidón, granjero acomodado, hizo un viaje a España, pues afirmaba que de ahí provenían sus antepasados. Una semana estuvo en la península, y cuando regresó venía ataviado con capa española y boina vasca. Además había adoptado el ceceo y las maneras de los oriundos de la Madre Patria, esa España eterna que siempre los separatistas han intentado desmadrar. Acudió el vejancón a la cantina del pueblo, de la que era asiduo parroquiano, y le dijo con acento andaluz a Pancho el tabernero: “¡Venga, Currillo! ¡Espabílate y escancia un chato de tu vetusta cava!”. “Mire, don Poseidón -replicó muy ofendido el de la cantina-. Usted tiene una hermana puta, y yo nunca le he dicho nada”. La abstinencia sexual no es mala si se practica con moderación. La maestra les pidió a los niños: “Cada uno de ustedes diga una palabra que termine en -ollo”. Juanito respondió: “Escollo”. Rosilita sugirió: “Pimpollo”. Toñito propuso: “Rollo”. Y Pepito dijo: “Espalda”. FIN.

MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Llega octubre. Las noches en el Potrero de Ábrego empiezan a ser frías. Se reúne la gente en las cocinas y se cuentan las historias mil veces ya contadas.
Le piden a don Abundio que repita aquélla de su esposa y su nieta. No se hace del rogar. Una de sus nietas, narra, se iba ya a casar, y se le veía inquieta, desasosegada. Doña Rosa, mujer de don Abundio y abuela de la novia, le preguntó a la joven por qué andaba nerviosa. Respondió ella, tímida y avergonzada:
-Es que me da miedo eso que el hombre le hace a la mujer cuando se casan.
En el Potrero la delicia mayor de la gastronomía es el queso con piloncillo, postre el más rico que se puede disfrutar. La abuela le preguntó a la nieta:
-¿Te gusta el queso con piloncío?
-Mucho -contestó la futura desposada. Y le dijo doña Rosa:
-Pos aquello es más mejor.
Al oír el final de ese relato los hombres sueltan siempre una gozosa carcajada y las mujeres se tapan la boca con el chal para que no las vean reír. Doña Rosa menea la cabeza con disgusto y le dice a don Abundio:
-Cómo eres hablador.
¡Hasta mañana!…

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