De política y cosas peores

Plaza de almas.

Los elefantes, ya se sabe, viven muchos años. Otra desgracia tienen: nada olvidan. Oí hablar de un elefante de circo al que un muchachillo del público le arrojó por burla su refresco. Pasó el tiempo, y un abuelo llevó a sus nietos a una función circense. En el desfile de animales el elefante se detuvo al pasar frente al señor y le lanzó una elefantiásica meada que lo dejó bañado de pies a cabeza ante el inmenso regocijo de la gente. Aquel abuelo era el chiquillo que una vez le echó su refresco al elefante. Otros ejemplos hay para ilustrar la magnífica memoria de los elefantes, pero los he olvidado. Acerca de esos enormes paquidermos hay historias que vale la pena relatar. Yo sé una. Trata de un elefante cuyo dueño lo tuvo que rifar. El hombre era empresario de un circo de mala muerte y de peor vida que rodaba de pueblo en pueblo con una carpa remendada, un melancólico payaso, un escuálido maromero y dos o tres cirqueras que hacían contorsiones y piruetas vistiendo mallas más remendadas aún que la carpa. El máximo orgullo del empresario, pues, y su mayor fuente de ingresos, era el elefante. Sucedió en ese tiempo que las sociedades protectoras de animales lograron la promulgación de una ley por la cual se prohibió que los circos tuvieran animales. A consecuencia de tan humanitaria prevención muchos murieron, unos de tristeza, pues les gustaba de corazón el show business, otros porque sus dueños se desentendieron de ellos y los abandonaron a su suerte. El empresario que digo no supo qué hacer con su elefante. Lo ofreció a varios zoológicos de provincia, primero en venta y luego, cuando ninguno lo quiso comprar, en donación pura y simple. Sólo uno -el que tenía un coyote, una zorra, un tlacuache y dos ardillas- mostró cierto interés en recibirlo, pero a condición de que el donante se comprometiera ante notario a cubrir los gastos de alimentación del animal y se hiciera cargo de «la diaria recolección de sus detritus», según puso en oficio el secretario del Ayuntamiento. Imposible cumplir tales demandas. ¿Qué hacer, entonces, con el elefante? Una noche que ya casi era día, esto es decir en la hora de la duermevela, al empresario se le ocurrió súbitamente una idea que juzgó brillante, tanto que saltó de la cama para apuntarla en un papel, no fuera que le llegara el sueño otra vez y la olvidara: si nadie quería comprar el elefante por los gastos que su manutención originaba -y por lo de los detritus- ¡lo rifaría! De inmediato puso en práctica su idea. Hizo mil boletos de 20 pesos cada uno y fue por la comarca exhibiendo al elefante en una troca como propaganda de la rifa. El alcalde de Hediondilla le compró 10 números -andaba pedo- y uno de ellos fue el premiado. «¡Me saqué el elefante!» -se puso feliz el edil. Pero cuando el primer día se dio cuenta de los gastos que ocasionaba el paquidermo declaró: «El municipio se sacó el elefante». Haré corta la historia. La carga de alimentar al elefante arruinó a la comuna. Ya no hubo para pagar los sueldos del policía y el profesor, se suspendió la recolección de la basura y hubo que apagar las escasas farolas de la calle. Los vecinos le mentaban la madre al animal, y otro tanto hacían con el elefante. Ahora el alcalde anda rifando al paquidermo, y va por las ferias regionales estirándolo con un mecate para obra de vender los boletos de la rifa, lo cual lo ha hecho descuidar su importante cargo. Hasta hoy nadie le ha comprado ni un boleto: ya se supo el elevado costo que trae consigo sacarse el elefante. El pobre munícipe no duerme pensando qué va a hacer con él. Esto del elefante se ha vuelto un circo mayor que cuando era elefante de circo. FIN.

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