Locuras Cuerdas.

Recordando a los que se fueron hace un año.

El día de ayer lunes un comentario de mi amigo Ernesto Parga, aparentemente sin eco, tuvo como efecto que fluyera esta historia que ahora te cuento, apreciado lector. Parga recordó el aniversario luctuoso de varias personas que se fueron a causa del Covid, los hermanos Alfredo y Roberto Zárate Ruiz, el siempre fino y distinguido Roberto Capistrán y el invariablemente servicial Jorge Vela Guadiana, así como el atento y muy profesional doctor Carlos Mata.
Figuro entre ellos a mi hermano Guillermo Alfonso, que justamente hace un año comenzaba a lidiar con los síntomas de este maldito virus. Todos ellos ciudadanos ejemplares a quienes no pudimos hacerles su debido homenaje por las características propias y la prudencia que demanda esta pandemia. Hoy menciono a quienes mi memoria rescata, entendiendo que otros tantos pueden escapar a mi mente despistada.
Todos ellos merecen ser recordados con cariño y afecto especial. La falta de su presencia hace que a alguien con quien convivieron y cuya cercanía aportaba esencia, hoy haga que a cada salida y puesta del sol le falte algo. Así es la vida. Esta columna está a disposición de quienes contándome un fragmento de sus historias que no conozco, podamos plasmar un destello de su vida, precisamente para honrarlos como hubiéremos querido en su funeral, que prácticamente para todos fue inexistente.
Querido y dilecto lector, Isabel Allende dice que todos tenemos una historia qué contar, desde que leí dicha afirmación es que busco con frenesí hasta en los más mínimos detalles, destellos de emociones, alegrías y frustraciones vividas, justamente todo lo que conforma nuestra existencia mientras tengamos vida. Entre realidades y ficciones surgen homenajes fascinantes.
Los momentos de vida con mi hermano Guillermo son innumerables, más que hermanos fuimos cómplices, confidentes y consejeros en el mejor sentido de la palabra, y en el peor también. Te cuento uno de tantos.
1984, caminamos muchas veces en Monterrey de nuestro departamento de estudiantes a casa de los abuelos, los padres de mi madre, en la calle Arquitectos en la colonia Tecnológico. El mítico e histórico número de nuestro lugar de residencia, 107 departamento “C” de la calle en cuestión. Yo era su fiel escudero, él era una especie de Quijote, mi hermano Guillermo, estudiante de medicina, eso le daba ante mí una catadura de gran relevancia y solemnidad. Estaba orgulloso de ser su hermano. Siempre paciente, siempre pausado, siempre bien intencionado; lo sabía todo, o casi todo, me parecía que todos los problemas con él siempre tenían la más óptima de las soluciones. Su cercanía me daba seguridad.
Cuando mi abuelo Guillermo fue diagnosticado de cáncer y con el tiempo le creció un absceso en la sien derecha de su cabeza, mi madre, residente en Matamoros, nos pidió que estuviéramos al tanto de los cuidados de su padre. Por la vocación de mi hermano era normal para mí que él llevara la batuta en dichos cuidados, yo era su ayudante, Guillermo hacía casi todo.
Pásame el algodón, pásame las vendas, pásame las tijeras… eran sus expresiones lacónicas cuando estábamos en el cuarto del abuelo, ese mismo abuelo quien en otros tiempos tenía abundante plática para nosotros de sus sueños y proyectos de vida, vivía su cáncer estoicamente en un tiempo en que se le habían acabado, con la salud, todos sus anhelos de vida. Su silencio absoluto era para mí el síntoma más determinante que las cosas no andaban bien.
Fue la primera vez que tuve cercanía con la enfermedad de un ser querido cuyo horizonte era incierto y más bien con todos los síntomas de que su destino obligado era la muerte. Hasta entonces el subconsciente me había engañado y hecho creer que todos éramos eternos. Los cuidados que hacíamos mi hermano Guillermo y yo a mi abuelo eran el triste prólogo de su muerte, ahora lo veo, en ese entonces no lo sabía.
Mi hermano Guillermo entendía que un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Nosotros nos sentíamos extraños.
“¿Sabes que mi abuelito se va a morir?” Me dijo a quemarropa un día. Yo hice como que no lo escuché. Me volvió a repetir la incisiva e invasiva pregunta: “¿Sabes que me abuelito se va a morir?” Yo le respondí como recriminando su frialdad de médico “¿Entonces para qué hacemos lo que hacemos?”
Por amor a mi mamá, fue su respuesta que me retumbó en mi cabeza, y remató diciendo: “Pero el amor no es suficiente para espantar la muerte de las personas que queremos”. Hoy esa expresión cobra especial valor ante su partida. El amor no es una medicina que cure de la muerte, pero muchas veces alivia la existencia. Guillermo amó con intensidad y también salvó vidas. Algún día lo volveré a ver.
El tiempo hablará.