Locuras Cuerdas.

Nueve décadas de vida productiva

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Gabriel García Márquez.
Perdón por ser un poco reduccionista o más bien localista, pero la columna de hoy es eminentemente dirigida a quienes tienen el gusto exclusivo de haber nacido en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas. Pero si usted tiene apetencia por las buenas historias, entonces esta lectura es universal.
El viernes pasado, último fin de semana de enero, experimenté una grata y muy particular sensación de ser matamorense. Amaneció un día esplendoroso y la cita era a las 10:00 a.m. en el restaurante García s. Era la presentación de la biografía autorizada de un ilustre ciudadano: Don Emigdio Manuel García Flores. En función de eso no puedo evitar tratar de enfatizar y esclarecer la geometría de los hechos que mi mente interpretó esa mañana.
El evento estuvo ambientado cálidamente con la grata presencia de los amigos más cercanos del homenajeado, entre ellos el alcalde de la ciudad de quien Raúl García expresó muy emotivamente lo siguiente: Para nosotros este momento es histórico. Agradecemos la relevancia que con su presencia da a este evento tan significativo el presidente municipal de Matamoros, el maestro Mario López Hernández. Hasta ahí la cita.
Me asaltaron de golpe mil ideas y no economicé mis emociones. Luego debió de abrirse una rendija en mi mente tradicionalmente desordenada y pensé que tal vez ni el mismo Don Emigdio hubiera podido imaginar en su juventud que aquella decisión que tomó de trabajar en el mercado Juárez hace ya muchos años, más por necesidad que por gusto, iba a ser tan determinante para su existencia que la más larga y diligente de las vidas. Ahora con noventa años bien medidos, sabemos que fue la decisión más importante.
Esa mañana acechaba con mi mirada a Don Emigdio, lo veía y pensaba que en sus inicios, en el concierto de los presagios existenciales, bien se pudo hablar de su pertinaz y pujante vitalidad. En ese desayuno, mirándolo de hito en hito, como queriendo sorber de sus ojos el secreto, me preguntaba ¿Qué llevó a Don Emigdio a ser el empresario exitoso que llegó a ser? Mi imaginación voló y aterrizó conclusiones místicas. Tal vez una ilusión de juventud tardía, o probablemente una sospecha infantil de horizontes infinitos. En la lectura encontraré la respuesta.
Un libro escrito para que los recuerdos sean precisos y en el que se puede pulsar el fragor de la vida que transcurrió en torno a un gran matamorense y cuya narrativa está altamente relacionada con sus añoranzas de Matamoros y particularmente del mercado Juárez. Un libro que oportunamente queda como memoria colectiva de nuestra ciudad para dejar claramente establecido en el ejemplo de vida de Don Emigdio que no hay adversidad o ventarrones de fatalidad que no puedan superarse y que proyecta, entre otras cosas, una vida ejemplar, las buenas maneras de su alma y su profundo gusto por el trabajo.
Tenía además una máxima predilecta, con la cual sellaba siempre sus discursos sobre esas materias: a saber, que a un hombre de bien, que se meta en sus asuntos, y esté en su sitio, no le acaecen nunca malos encuentros.
El éxito aludido en este libro no es de un solo hombre, pues con los hechos se evidencia que es un éxito familiar del matrimonio García Avendaño, por eso justamente se menciona a quien fue su esposa, la señora Olga y sus cinco hijos: Eduardo, Raúl, Martha Olga, Georgina y Fernando, cada uno de ellos un capítulo de vida en la existencia de Don Emigdio que intuía en todos una incógnita de vida empresarial, sin atreverse, no obstante, a definirla con exactitud.
Del autor del libro, Clemente Rendón de la Garza, debo mencionar que hizo muy bien su tarea, pues se puso a rebuscar en las memorias de aquel tiempo; y yo concluí que tanto con su narrativa escrita como discursiva tiene un gran poder de evocación, me encantó su discurso, el cual me atrapó por intenso, pues cada cosa que cuenta parece hacerse visible, activó con mucha facilidad la imaginación de todos los ahí presentes, que prácticamente al compás de su plática que sin modificar ni el timbre ni la inflexión nos hizo ver nítidamente una película de la vida del protagonista de la historia.
Querido y dilecto lector, una vida con un andamiaje de trabajo constante se aterriza en esta obra narrativa que está diversamente matizada con pasajes de historia remota y presente, así como elementos de sorpresa, alivio y gratitud.
Que su lectura sea la semilla abonada en el subconsciente de cada habitante de Matamoros para convertirnos en una sociedad impregnada del tesón y la persistencia de trabajo que llevó a Don Emigdio a ser el empresario que hoy es, un orgullo matamorense.
El tiempo hablará.