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Locuras Cuerdas


Regreso presencial a clases

Dicen que seguir las reglas salva vidas. Meredith Grey.

He citado infinidad de veces los cuatro pilares de la educación a los que la ONU concluyó que eran los objetivos vitales en que los maestros deben de aterrizar la enseñanza de todos los discentes, es decir, en aquellos que reciben enseñanza impartida por los docentes. Dichos pilares los menciono a riesgo de parecer chocante para quienes los desconocen, o muy obvio para quienes los tienen como insumo diario de su profesión: aprender a aprender, aprender a ser, aprender a hacer y aprender a convivir.
Bajo el actual esquema de enseñanza obligado por la pandemia, el último de los conceptos mencionados, aprender a convivir es el más afectado. Dice Fernando Savater que hoy más que nunca, quienes se dedican a la enseñanza como profesión en cualquiera de los niveles, requieren de ese atributo conocido como la compasión por el prójimo, la solidaridad o la benevolencia hacia los demás que suelen considerarse rasgos propios de las personas “muy humanas” es decir aquellas que han saboreado “la leche de la humana ternura”.
Sin esa voluntad excepcional y extraordinaria de los maestros, para solventar en su logística diaria de docentes las carencias propias de la educación en casa, obligados por la pandemia mundial, el tema de “aprender a convivir” se convertirá gradualmente en la espada de Damocles de esta generación.
Permítaseme hacer una observación muy obvia como recurso pedagógico o argumentativo para explicarme con detalle. Nacemos humanos y dicha humanidad se perfecciona por medio de nuestra relación con otros humanos. Esto quiere decir que no es suficiente nacer humano, pues sólo llegamos plenamente a serlo cuando los demás nos contagian su humanidad a propósito y con nuestra complicidad, es todo un arte.
Cuando nuestros hijos ingresaron en la escuela por primera vez soñaban con una forma de vida que les diera alegría y convivencia social en medio de la enseñanza y el aprendizaje; lo que están viviendo no lo es. Uno de los pilares de la educación pareciera estarse resquebrajando. Nunca pensé que la convivencia que yo tuve en los momentos de descanso escolar llamado recreo, se convirtiera con el tiempo en un recuerdo nostálgico, en algo que conllevara cierto peligro de contagio y en el peor de los casos hasta de muerte.
Por otro lado, los estudiantes por su naturaleza gregaria quieren experimentar esos roces con sus compañeros, convivir a plenitud, y quizá hasta enojarse para volver a contentarse; todos esos sinsabores le dan relevancia y empaque al hecho de aprender a convivir. Conocer y tratar a los compañeros para que exponencialmente vengan otros más y así ratificar nuestra naturaleza humana.
Querido y dilecto lector, cuando todas estas necesidades son antecedidas por el miedo de los padres al posible contagio de sus hijos sin una garantía contundente de salud plena, es casi imposible lograr el retorno a clases. ¿Quién querrá arriesgar a sus hijos de esta manera?
Todos quisiéramos vivir en “el antes” pero ese antes se ha ido, estamos en “el ahora” y los alumnos y sus familias quieren ser guiados a través de él con certezas que al momento no se les puede brindar; es necesario aprender lo que el reto frente a nosotros nos obliga y que aún no forma del todo, parte de nuestra conducta.
Aprendamos todo lo que podamos de esta pandemia que nos preserve la salud y la vida, apliquémoslo correctamente todos los días y estaremos bien; tal vez solo así saldremos de esto juntos.
La vida nos cambió el juego por completo y nos encontramos caminando en un nuevo terreno, los contagios y las muertes son reales, las afirmaciones de que ya domamos la pandemia no lo son, no del todo. Desearía que las certezas lleguen pronto, aunque “el antes” ya nunca más vuelva. Quizá el pilar de la educación que tiene que ver con aprender a convivir requiera de una puntual y particular adaptación que dé certezas y no ponga en riesgo la vida ni la salud de maestros y alumnos.
El tiempo hablará.