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Locuras Cuerdas


Nos llegó el B-117.

El día de ayer lunes me quedé en la cocina de mi casa atrapado por el frio invierno de enero y sorbiendo mi aromático café caliente que hoy más que nunca disfruto que me acaricia el sentido del olfato y en ese contexto de escritor francés me permite pergeñar la columna que ahora mismo aterrizo en tu entendimiento, sesudo lector, por medio de la ilación de letras que van haciendo tus ojos mientras lees.
Debo aceptar que el rondar cercano de la muerte me pone especialmente nostálgico. Y para vencer el acoso de la incertidumbre mejor me pongo a escribir para ti apreciado lector, aunque el tema abordado parezca eminentemente monotemático: La pandemia del Covid 19.
Ahora que enero ya está instalado en nuestras vidas y que por la cuesta que implica para muchos de nosotros podemos afirmar que es un mes aciago en nuestros intestinos pero también en nuestra existencia sanitaria, que si no, nos abocamos a resolverlo será, ahora sí, la crónica de una muerte anunciada. García Márquez dixet.
Con una cuesta de enero que nos hace invalidar a cómo podemos nuestra dignidad, sobreviviendo con préstamos y equilibrios difíciles, malabares existenciales para sufragar la burda realidad de nuestras necesidades inmediatas, que mantenemos a costa de nuestra propia y definitiva vecindad con el hambre. En una actitud de confiada e inocente expectativa. Y nuestro mayor problema en enero ya no sólo es la fatídica cuesta.
La confirmación del primer contagio ocasionado por la variante del SARS-COV2, conocido como B117, en nuestra ciudad y nuestro estado me obliga para abordar el tema de la pandemia aunque su presencia me resulta agobiante, como una gran piedra cargada a nuestra espalda y que se traduce en diversos suplicios.
A riesgo de ser reiterativo quiero poner particular énfasis que mientras sigamos sin entender la importancia del confinamiento, la higiene constante y el uso obsesivo del cubrebocas, seguiremos viviendo en un muy lamentable estado calamitoso que nos tendrá cotidianamente expuestos al borde del precipicio, un precipicio emparentado con la muerte y una enfermedad extremadamente costosa.
Como persona me duele el cansancio del equipo médico que atiende los temas del Covid 19 en nuestro país, durante cierto tiempo he podido percibir la calidad de ese cansancio, diferente a todas las fatigas anteriores de su vida. Va mi especial reconocimiento a todo el cuerpo médico que se la ha rifado en esta lotería de la fatalidad que es la peste covidiana.
Desde hacía mucho pronosticaban la llegada de un virus letal, pero nadie hizo caso de esas advertencias, porque sonaban a cuentos ficticios. Todos nosotros, habitantes de este planeta tierra continuamos nuestra existencia sordos a los quejidos de la tierra y a las advertencias de la ciencia, hasta la llegada del 2020 aciago, cuando un maldito virus llamado SARS-COV-2 o Covid 19 irrumpió en nuestras vidas cambiándose para siempre, y nos instalamos en una realidad turbia alborotada por este virus, y con ellos pudimos experimentar toda la desazón del anhelo frustrado por esta pandemia que nos cambió rotundamente nuestras vidas.
Sacando cuentas de la magnitud de este cataclismo que ha sido la pandemia, podemos asumir sin temor a equivocarnos que es la peor desgracia de este siglo, que muchos de nosotros pretendemos superar esta pandemia con una angustiosa desazón y sostenidos por un optimismo prematuro y sin fundamento cuando asumimos que ya superamos la pandemia; la realidad nos indica todo lo contrario.
Es increíble ver cómo pasaron todavía algunos meses más antes de que aceptáramos que el tiempo se había mutado y que la realidad había sufrido una distorsión irremediable, de cómo era este pedazo de mundo antes de que cambiara. Un año de informaciones estridentes nos han enseñado que ninguna noticia es más sorprendente que la del mes entrante.
El rumor de la variante del SARS-COV-2, el B117 de nacionalidad británica, dejó de ser ese rumor distante y distinto y se instaló en nuestra realidad. Dejó de ser ajeno y lejano para convertirse en un bicho cercano con la adopción de la nacionalidad mexicana.
Querido y dilecto lector, como si una resignación ancestral nos permitiera leer nuestro destino me asombro contemplando la fila del laboratorio para la prueba de Covid como una galería de rostros perplejos con la misma expresión con que se mira la corriente de un río pero que tiene implicaciones de vida o de muerte.
Es sorprendente la conducta humana en medio de la pandemia. Nadie se ve con su respiración pedregosa ni con los trastornos respiratorios que nos obligan a alejarnos de nuestros seres queridos. Nadie se ve muriendo solo. Nadie quiere tenerle miedo a este virus.
El problema no es tener miedo. El problema es que el miedo nos tenga a nosotros o que nos arropemos de negligencia. Seamos responsables, usemos el cubrebocas, seamos excepcionalmente higiénicos y evitemos la movilidad lo más posible.
El tiempo hablará.