De política y cosas peores

Los hombres nos vamos de este mundo. Y las mujeres también. En este mismo instante todos nos estamos yendo, aunque no pensemos en eso. Y qué bueno. Si pensáramos en la muerte no viviríamos la vida. “Recuerden, niños, que vamos a morir”. Eso nos decía un cejijunto clérigo en el colegio de mi infancia. Y siempre nos lo decía antes de salir al recreo, con lo cual nos lo jodía, pues su influencia sobre nosotros era grande y en vez de jugar a la pelota, al trompo o al balero andábamos todos barba en pecho, las manos por atrás, como cartujos o trapenses, meditando en las postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. ¡Y teníamos siete años! Si me topara hoy con ese imbécil lo menos que le haría sería caparlo con una corcholata, como decíamos para aludir a un castigo particularmente grave. Actualmente se habla mucho de los abusos contra la mujer. Y hay sobra de razón en eso, pues desde el asunto aquel de Eva la parte masculina de la humanidad occidental ha culpado a la mujer de sus desdichas. Yo doy gracias a Eva: de no haber sido por su “felix culpa” todos andaríamos hoy encuerados para nada. Muy inocentes, sí, pero mortalmente aburridos. Perdona, sobrino, esta filosofía barata. Me sirve de proloquio para contarte algo que supe en el tiempo -tan ido ya, pero tan recordado- en que viví en España. Oí entonces hablar de cierto pueblo que cada año hacía una especie de concurso en el cual participaban todas las mujeres que llegaban a edad núbil. Lo primero que se cuidaba al llevar a cabo ese extrañísimo certamen era que no hubiese ningún forastero presente, ni rondando por las cercanías, pues lo que ahí pasaba era cosa exclusiva de los vecinos del lugar. Ahora te diré qué era lo segundo que se hacía. Sobre la mesa ante la cual se sentaba el honorable jurado calificador de aquel torneo se colocaba a modo de advertencia un frasco que contenía un líquido amarillento, y en él unos pedazos de materia irreconocible, pero que todos conocían. Eran los testículos de un hombre que alguna vez osó violar la norma principal de la competición, ley tácita que todos los varones debían obedecer: no tocar. Y es que el torneo consistía en determinar cuál de todas las mujeres de aquel año tenía mejores tetas. Así, tal como lo oyes. Y no pienses que estoy imaginando. Eso sucedía en verdad. Una por una pasaban al frente las muchachas, lozanas y garridas. Cada una a su turno se desabrochaba la blusa y el corpiño, sacaba al aire su tetamen y lo mostraba urbi et orbe. Un par de señoras mayores revisaban los bustos participantes, los medían y sopesaban, hacían un prolijo examen de ellos por medio de expertas palpaciones, y luego daban a conocer su informe a los señores del jurado, que después de una sesuda deliberación anunciaban al pópulo quién era la ganadora de aquel torneo de tetas. Permíteme hacer ahora una necesaria aclaración. No era aquél un concurso de belleza. Lejos estaba de serlo. Sucede que el pueblo era proveedor de nodrizas para las ciudades grandes, especialmente Madrid. De ese villorrio salían las mujeres que a cambio de techo, comida y un mísero salario daban el pecho a los hijos de las señoras ricas, que no querían dañar su figura amamantando a su crío. Se hacía aquella competencia para determinar cuál de las jóvenes iba a dar mejor fama al pueblo por su capacidad nutricia. Así ayudaba a conservar la principal fuente de ingresos del lugar, pues los hombres vivían de los dineros que cada mes les enviaban sus esposas. Ahora dime, Armando, si las mujeres de hoy no tienen razón en sus protestas por los abusos de nosotros los hombres. Oremos los varones para que no se les vaya a ocurrir aquello de la corcholata. FIN.

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