De política y cosas peores

“Sospecho que mi mujer me engaña -le dijo a Babalucas un amigo-. Y creo que con un mecánico: hallé en el clóset de mi recámara una mancha de aceite”. “No seas desconfiado -lo reprendió Babalucas-. Yo encontré en mi clóset a un jockey del hipódromo, y no por eso voy a pensar que mi esposa me está engañando con un caballo”. Afligida y gemebunda Rosilí les anunció a sus padres que estaba un poquitito embarazada. “Mi novio me sedujo -explicó en su defensa-. Le dijo al recepcionista del hotel que yo era su esposa”. Conocí Puebla hace muchos años -en el recuerdo pocos- guiado por un experto cicerone: Jesús Dávila Fuentes, apodado “El Águila” tanto por su listeza como por el trazo aquilino de su rostro. Saltillense de origen, antiguo compañero del Ateneo glorioso, Jesús era ya poblano de corazón cuando lo volví a encontrar. En varios días de incesante caminata me hizo conocer la hermosísima ciudad. Por su influencia se me abrieron en especial horario las puertas de la catedral hecha por ángeles. (Eso, me dijo Jesús, había abaratado considerablemente el costo de la mano de obra). Por él pude subir al coro de la seo -tal palabreja de tres letras sirve para nombrar a una catedral, aunque sea muy grande- con su maravillosa sillería, y ver sus tesoros, celosamente custodiados, y su riquísima colección de arte sacro. Jesús me reveló las delicias de la infinita gastronomía poblana. Para alguien como yo, que tenía por máximo manjar los huevos con chorizo de mi casa y los lonches de ternera del restorán Kalionchiz, de Saltillo, aquella espléndida cocina fue como una anticipación del paraíso. Lástima que haya sido yo tan joven: para gozar plenamente las delicias de le mesa, lo mismo que los goces de la cama, se debe tener algo de experiencia. Visité las antiguas casonas, los claustros monjiles, los centenarios templos donde oraban hombres que parecían muertos ante santos embalsamados que parecían vivos, los fuertes fuertes donde ronda el espíritu de mi paisano Ignacio Zaragoza. Fuimos luego a Cholula, a Atlixco, a Huejotzingo, a Zacatlán de las Manzanas, a Chignahuapan la de la hermosa Virgen y las esferas de la Navidad, a Cacaxtla con sus pinturas de prodigio y a otros cercanos sitios que más cerca están hoy en la memoria. Por todo eso, y por otras muchas y variadísimas razones, pienso que no es justo que Puebla y los poblanos tengan un gobernador como Miguel Barbosa, ese subproducto de la 4T. Debería el talísimo señor traer permanentemente un tapabocas, no por el coronavirus sino para mantenerse callado y no decir sandeces como aquélla del castigo de Dios y esta otra del virus que sólo ataca a los ricos y no a los pobres como él. ¡Como él, háganme ustedes el refabrón cavor! Con todo respeto -así dice su hacedor- me permito recordarle al ¡ay! gobernador de Puebla esta frase del inolvidable Chaparro Tijerina: “Un pendejo callado es oro molido”. Famulina, muchacha de servicio, le pidió con angustia al padre Arsilio: “Ayúdeme a conseguir trabajo, padrecito. La señora de la casa donde estaba me corrió ayer”. “No desesperes, hija -la consoló el buen sacerdote-. Entrégate al Señor”. “Eso fue lo que hice, padre -gimió Famulina-. Precisamente por eso me corrió la señora”. Don Chinguetas logró por fin que Dulcibella, hermosa chica, accediera a acompañarlo al Motel Kamawa, sitio de acueste de parejas indocumentadas. A fin de justificar su tardanza llamó por teléfono a su esposa y le dijo. “Tendré que trabajar hasta muy tarde. No llegaré a la casa antes de las 12 de la noche”. Grande fue la desazón del casquivano esposo cuando su mujer le respondió: “¿Puedo contar con eso?”. FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

Cuando tengas mis años, Armando, te llegarán dos clases de quebrantos: los achaques del cuerpo y los arrepentimientos del alma. Ambos son ineludibles. Desde ahora te digo que no los podrás evitar, hagas lo que hagas o dejes de hacer lo que dejes de hacer. Senectus morbus ipsa est, decían los latinos. La ancianidad es en sí misma una enfermedad. Y un remordimiento, añadiría yo. Con la edad viene un variado catálogo de malestares, efecto algunos de ellos de los pasados bienestares. Yo pertenezco ya, lo sabes bien, a los batallones de la geriatría, es decir de los que batallan con la vejez. Y a estas alturas -o bajuras- de nada sirven las lamentaciones, y menos aun aquéllas como la de don Ignacio Ramírez, llamado El Nigromante, quien en su más madura madurez conoció a Rosario de la Peña, musa lo mismo de Manuel Acuña que de Manuel M. Flores; señorita -o señora- que debe haber sido, según todos los indicios muestran, una dama bastante flirtatious, si me permites usar ese anglicismo. Quizá la Chayo le coqueteó a don Nacho -al parecer les coqueteaba a todos los que traían pantalones-, porque el gran liberal escribió un dolorido soneto en el cual llora la pérdida de su juventud, y con ella la de su virilidad. Dice el poeta: “¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado / de mí te burlas? Llévate esa hermosa / doncella tan ardiente y tan graciosa / que por mi oscuro asilo has asomado”. ¿Te fijaste en esas tres palabras? “Cuando expiro desarmado.”. ¡Qué elegante manera de hablar de lo que ahora se llama disfunción eréctil! Yo no la sufro todavía, sobrino -disculpa la jactancia-, pero sé que algún día me llegará, quizá más pronta que tardada, y entonces sentiré que me voy acercando ya a la otra muerte. Se ha dicho que el orgasmo es una muerte chiquita. No estoy de acuerdo con la comparación. La verdadera muerte chiquita consiste en no tener orgasmos ya, consígalos como los consigas. Ahí está el principio del final. Por eso, Armando, no dejes nunca que el amor te llame sin acudir a su llamado. Y jamás dejes de llamarlo tú. No suelo hablarte de mis arrechuchos del cuerpo. Si lo hiciera parecería señora hipocondríaca. Es de mal gusto hablar de tus dolencias, y más si nadie te pregunta acerca de ellas, como es generalmente el caso. Pero deja que te hable ahora de mis remordimientos de alma. Has de saber que jamás me he arrepentido de lo que hice. Si pudiera lo volvería a hacer, y siguiendo la misma partitura. Lo que me duele es lo que no hice pudiendo haberlo hecho. Y no aludo a empresas de dinero, y menos todavía -¡Dios me libre!- de cosas del poder. Me refiero a cosas y empresas amorosas. De ellas está hecha mi vida, y pienso que en ellas pensaré en el momento de la muerte. Ojalá sea cierto eso de que cuando mueres desfilan ante ti todos los acontecimientos que viviste. Mi desfile será una gozosa sucesión de amores, de nombres de mujer, de eternidades que duraron un instante. Sentiré sólo -muy solo sentiré- no haber tomado todo lo que la vida me ofreció, ya por cobarde, ya por necio. No caigas tú en el mismo error, sobrino. Y no te alarmes: no te repetiré aquello del “Carpe diem”. Ya está muy repetido. Pero sí te diré, aunque también está muy repetido, que cuando el amor pase a tu lado, o pases a su lado tú, agárralo por los cabellos, y no lo dejes ir sin que te deje algo, aunque sea una desilusión o un sufrimiento. Las penas y decepciones del amor son más sabrosas que no haberlas vivido. Vive, Armando. Ésa es la obligación de quienes tenemos el don precioso que se llama vida. Y perdona esta larga perorata. Es que la epidemia me tiene en encierro solitario, y con alguien tenía que hablar de algo. FIN.


De política y cosas peores

Doña Juanita Flores viuda de Teissier fue profesora mía de Historia Universal en la escuela secundaria. De esa inolvidable maestra aprendí las virtudes del orden y la disciplina, sin cuyo ejercicio la vida puede convertirse en una travesía sin mapa, en una navegación sin brújula. (En un desmadre, para decirlo en términos más precisos y de menor solemnidad). El magisterio de la señora Teissier me ha acompañado siempre a lo largo del camino. Muchos años después de haber sido su alumno el viento de la fortuna me elevó en tal modo que me atrajo la peligrosa tentación de la soberbia. Una llamada telefónica de la maestra me puso en mi lugar. “Armando -me dijo-, no olvide que esto pasará”. Transcurrió el tiempo y llegaron para mí horas aciagas que me abatieron y me llenaron de tristeza. Recibí entonces otra llamada de mi sabia maestra: “Armando: esto también pasará”. Eso me confortó y dio ánimos. Vivimos ahora tiempos ominosos. Sentimos miedo a lo desconocido; oímos hablar de enfermedad y muertes y vemos interrumpido nuestro andar cotidiano, en el que rara vez pasaba algo que nos sobresaltara y rompiera ese precioso don que no sabemos apreciar: la rutina de cada día. En el forzado encierro escucho nuevamente las palabras de mi maestra: “Esto pasará”, y su sabiduría vuelve a darme al mismo tiempo tranquilidad en la tormenta de hoy y esperanza en los días de mañana. Vayamos ahora por los caminos del humor, siquiera sea como intento para disipar unos instantes la pesadumbre de esta crisis que también pasará. En sesión ordinaria la directiva del Club Silvestre anunció la celebración de un baile. El presidente indicó: “Únicamente podrán asistir los socios y sus esposas”. Levantó la mano uno de los presentes. Dijo: “Yo soy soltero, pero tengo una amiguita. ¿Puedo traerla?”. Respondió, terminante, el presidente: “Únicamente si es esposa de uno de los socios”. Babalucas se presentó muy enojado en la Comisión de Derechos Humanos. Preguntó furioso: “¿Y a mí quién me va a atender? ¡Yo soy zurdo!”. Veremindo, el hijo del dueño de la hacienda, anhelaba gozar los encantos de Eglogia, la muchacha más linda del lugar. Lo detenían, sin embargo, la inocencia de la joven, su recato y pudicicia. Una mañana vio que venía sola por el camino que conducía a la fuente. Vencidos todos sus escrúpulos bajó del caballo. Lleno de urentes ansias abrazó y besó a Eglogia, y no obstante que el suelo estaba pedregoso la derribó sobre él y ahí mismo le hizo el amor. Grande fue la sorpresa del lascivo galán cuando observó que la muchacha no sólo respondía a sus acciones, sino que a ellas añadía las suyas con destrezas de sabia cortesana u odalisca. Al terminar el trance Veremindo le dijo a la zagala: “Ignoraba yo que supieras hacer esto tan bien”. Respondió ella, orgullosa: “Y eso que el terreno no ayudaba”. La encargada del censo le preguntó al ocupante del departamento: “¿Es usted casado?”. “No -respondió el tipo-. Nada más los imbéciles se casan”. “Perdone -se disculpó la encuestadora-. Es que como tiene usted cara de casado.”. Aviso: el cuento que ahora sigue es color rojo. Un científico de la Tierra logró establecer comunicación con un marciano. Le preguntó: “¿Cuántos brazos tienen ustedes?”. Respondió el alienígena: “Dos”. “¡Que coincidencia! -exclamó el de la Tierra-. Nosotros los hombres también. Y ¿cuántas piernas tienen?”. Replicó el de Marte”. “Dos”. Dijo el terrícola: “Qué coincidencia. Nosotros los hombres también. Y ¿qué les pasa cuando se hacen viejos?”. Contestó el marciano: “Se nos baja una antenita que tenemos”. Declaró, mohíno, el de la Tierra: “Qué coincidencia. A nosotros los hombres también”. FIN.


De política y cosas peores

Noche de bodas. El novio estaba entregado a la dulcísima tarea de hacer el amor por vez primera con su flamante mujercita. De pronto ella empezó a clamar con gemebundo acento: “¡Ay, el coronavirus! ¡Ay, la caída en el precio del petróleo! ¡Ay, el alza del dólar! ¡Ay, el aumento en la criminalidad!”. Al escuchar tales lamentos se le bajó al galán el ímpetu amoroso que hacía unos instantes lo había poseído. Le preguntó a su dulcinea, mohíno: “¿A qué esa quejumbre, Dulciflor? ¿Es éste el mejor momento para traer a colación los graves problemas nacionales?”. Explicó la muchacha: “Mi mamá me dijo que al hacer el sexo debo lanzar ayes y quejidos, pues eso les gusta mucho a los hombres”. En la azotea el erizado gato le declaró, vehemente, a la esquiva gatita: “¡Daría mi vida por ti!”. Preguntó ella poco convencida: “¿Cuántas veces?”. Nalgarina, de profesión vedette, le presumió a su amiga Tetonia: “He estado en los mejores hoteles de la ciudad”. “Ya lo sé -replicó la otra-. Una hora en cada uno”. Conocemos bien a Jactancio: es un sujeto presuntuoso, ególatra, pagado de sí mismo. Fue con una musa de la noche al popular Motel Kamawa, en cuya habitación 210 se llevó a cabo el consabido trance. Acabada la acción el narcisista individuo le dijo a la damisela: “Ya puedes retirarte”. Preguntó con inquietud la daifa: “¿Y el dinero?”. Indicó Jactancio con gesto displicente: “Déjamelo sobre el buró”. En cinismo igual, o parecido, incurrieron los diputados de Morena que en un albazo legislaron pro domo sua, esto es decir en su propio beneficio, a fin de permitirse a sí mismos la reelección en condiciones de ventaja frente a sus eventuales adversarios. Buena cosa es que el Presidente López Obrador haya expresado su contrariedad ante esa acción, y que asimismo la hayan condenado algunos destacados morenistas como Porfirio Muñoz Ledo, Ricardo Monreal y el propio dirigente del partido, Alfonso Ramírez Cuéllar. A diferencia de algunos amigos míos no veo en esa intentona un buscapiés para tantear el terreno con vistas a una posible reelección de AMLO. Mi pesimismo sobre el régimen no llega a tal extremo. Aun así celebro que la maniobra de los legisladores -llamémoslos así- de Morena tenga oposición en sus propias filas. Espero que el Senado frene definitivamente esa burda pretensión a todas luces indebida. La linda Rosibel le contó a su amiga Melibea: “Don Algón es un viejo libidinoso, lascivo y lujurioso. Me dijo que si pasaba un rato agradable con él me regalaría este reloj”. El hijo de Babalucas comentó en su casa: “La maestra dijo que le debemos la luz a Edison y el teléfono a Alejandro Graham Bell”. “¡No es cierto! -protestó con enojo Babalucas-. ¡Ya pagué los dos recibos! ¡A ésos ni los conozco!”. Don Languidio acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna y le pidió que le diera algo para fortalecer la libido, pues tenía dificultades para izar el lábaro de su masculinidad. El médico le recetó una crema llamada Gel Erótiko, preparada por él mismo a base de extracto de hierba damiana, solución de hueva de liza y clorhidrato de yohimbina, la cual crema producía un erguimiento rápido, firme y duradero. Al día siguiente don Languidio llamó muy preocupado al facultativo y le preguntó si había algún antídoto contra el gel. Dijo: “Mi esposa lo confundió con su champú. Ahora tiene el pelo todo levantado y no se lo podemos aplacar”. (Nota. Sin necesidad de sustancias peligrosas don Languidio habría podido solucionar su problema con sólo un trago de las miríficas aguas de Saltillo, cuya virtud potenciadora es conocida en todo el universo). FIN.


De política y cosas peores

¿Qué le pasa al Presidente? Esa pregunta me hice, preocupado, cuando López Obrador mostró el Detente y la estampita con el Sagrado Corazón de Jesús en una de sus conferencias mañaneras. Pensé: o la soberbia lo hace sentirse autorizado para payasear y decir tonteras sin respeto alguno para la ciudadanía, o su desparpajo y desfachatez son parte de una bien estudiada estrategia de comunicación que hoy por hoy ha conseguido, junto con el coronavirus, que haya quedado en el olvido lo de la desatinada rifa del avión presidencial. Alguien debería sugerirle a AMLO que se porte con conducta, como dice la gente en el Potrero, de modo que no sea para nosotros motivo de inquietud o enojo y para los extranjeros causa de irrisión. No me gusta dar mensajes; eso es tarea de telegrafistas, si todavía queda alguno. Pero en el caso de dar un mensaje sería éste: asuma López Obrador a plenitud su papel de Presidente, y la comedia déjela a los comediantes. Por encima de toda convención, y exponiéndome a las iras del feminismo radical, debo decir que la linda Daisy Mae tenía un espléndido tetamen y unas caderas como para figurar en el Libro de Récords de Guinness. Su padre, ranchero en un pueblo del Lejano Oeste, hipotecó su granja, y la iba a perder por su afición al póquer y al licor. El ricachón del pueblo, un malvado de apellido Evileye, le ofreció salvarlo de la ruina si Daisy Mae lo aceptaba como esposo. Desesperado, el hombre le pidió a su hija que se sacrificara, y la infeliz muchacha accedió a la suplica paterna. El matrimonio, pues, se llevó a cabo. La noche de las bodas Daisy Mae le dijo con dramático acento a Evileye: “Todo podrá usted tener de mí, menos mi corazón”. Respondió el cruel villano, displicente: “La verdad, linda, el corazón es lo que menos se me antoja”. La novia de Babalucas lo invitó a una función de ballet: “¿Qué pasan?” -preguntó el badulaque. Le informó la muchacha: “Las sílfides”. Opinó Babalucas: “Me parece de muy mal gusto que alguien escoja como tema para un ballet una enfermedad venérea”. El maestro del taller literario le indicó al novel escritor: “Cometes el error de matar al protagonista de tu obra en el primer acto. Shakespeare no lo hacía morir sino hasta el último”. “Bueno -respondió con acritud el aprendiz de dramaturgo-. Ese escritor tiene su técnica y yo la mía”. El joven marido llegó a su casa en compañía de una guapísima morena. Le dijo alegremente a su esposa: “¡Buenas noticias, cielo! Cerraron el gimnasio por el coronavirus, y como ya había pagado yo el semestre por adelantado me dieron en compensación a mi entrenadora”. Una reportera entrevistó a don Moneto, el hombre más rico de la comarca. Le preguntó: “¿A qué atribuye usted su fortuna?”. Contestó el dineroso señor: “Primero a mi vehemente anhelo de alcanzar la cumbre. Luego a mi firme decisión de ser águila y no gallina. Pero sobre todo a los 100 millones de dólares que me dejó en herencia mi papá”. Don Chinguetas le comentó a doña Macalota, su mujer: “Un amigo me contó que en una colonia de lujo se junta un grupo de parejas de casados y hacen lo que en inglés se llama swinging, o wife swapping. Después de cenar y beber con abundancia los maridos ponen las llaves de su coche en una caja. Las esposas van sacando por turno los llaveros, y cada una se va a pasar la noche con el dueño del vehículo cuyas llaves sacó”. Declaró doña Macalota, terminante: “No me gustaría pertenecer a ese grupo”. “¿Por qué? -preguntó don Chinguetas-. ¿Te parece que su conducta es inmoral?”. “No -replicó doña Macalota-. Antes bien la encuentro interesante. Pero tengo tan mala suerte que de seguro sacaría tu llavero”. FIN.


De política y cosas peores

 “Está bien -reprendió, exasperado, el hombre a la mujer-. Sigue con esa vida de libertinaje, degeneración y crápula que llevas y que es motivo de vergüenza y deshonra para mí. Sigue pasando las noches fuera de la casa; sigue emborrachándote, y consumiendo drogas; sigue metiéndote con hombres de la más baja ralea. Pero una cosa te voy a exigir: a nadie le digas que eres mi abuelita”. Don Prudencio Garza fue comerciante en San Buenaventura. Cada vez que iba yo a ese bello poblado de mi natal Coahuila procuraba visitarlo, pues su amabilidad, don de gentes y agradabilísima conversación me hacían buscar su trato cuantas veces tenía ocasión de disfrutarlo. En una de esas ocasiones me llamó la atención ver en el mostrador de su tienda, junto a las mercancías usuales, un violín. Le pregunté por qué estaba ahí el instrumento. “Lo dejó un músico en consignación” -me dijo. Añadió: “Y el violín está curado”. “¿Cómo curado ?” -me desconcerté. “Sí -me explicó-. Ha tocado lo mismo en la iglesia que en el congal”. Pues bien: en el congal, en la iglesia, en todas partes puede uno adquirir el contagio del coronavirus. Nadie, rico o pobre, joven o viejo, sabio o ignorante, está exento del peligro de contraer el peligroso mal. Conviene por eso tomar todas las precauciones posibles para librarnos de él, aunque cerca veamos muy malos ejemplos. Contra la letal pandemia no valen estampitas como el “Detente” que ayer mostró López Obrador y que lleva consigo porque “no está por demás”, ni sirven los sahumerios de los indígenas, falsos o verdaderos, ni las profusas bendiciones de los pastores evangélicos. A fin de evitar el coronavirus no hay más guardaespaldas que el cuidado de sí mismo. Lo más aconsejable, entre otras medidas sanitarias, es salir de casa lo menos posible y sólo para lo más indispensable; no saludar de mano, y menos aun de abrazo o beso; lavarse las manos o usar con frecuencia gel desinfectante, y no asistir a eventos donde haya concentraciones de personas. Tales precauciones serán causa de trastornos en la vida cotidiana, pero hay ocasiones en que estos sacrificios son absolutamente necesarios. La epidemia pasará -todas han pasado- y las cosas volverán a la normalidad. No nos dejemos poseer por el temor. Cuidémonos, sin embargo, y no cometamos el grave error de pensar: “A mí no me puede tocar el virus”. A todos nos puede tocar. Ya conocemos a don Chinguetas: es un marido casquivano. Su esposa doña Macalota llamó muy enojada a la línea aérea. “Qué mal servicio tienen -reclamó-. Mi esposo fue a San Luis Potosí a una reunión con sus antiguos compañeros de colegio, y su equipaje trae etiqueta de Las Vegas”. Doña Pasita estuvo a punto de ser arrollada por un camión de carga. Furiosa le gritó al chofer: ¡Cofre!”. Un muchacho que estaba ahí la corrigió, sonriendo: “Se dice cafre “. “¡Cafre!” -volvió a gritar doña Pasita. Y volviéndose al muchacho le dijo: “Y tú, por andar corrigiendo a las personas mayores, ve a tiznar a tu madre. ¿Está bien dicho?”. Babalucas les contó a sus amigos: “Inventé un automóvil movido por electricidad que no necesita baterías. El problema es que no puede uno alejarse mucho del enchufe”. Días antes antes de la boda Uglicia le contó a su novio Braguetino: “Papá está arruinado. Su empresa quebró y los bancos le quitaron todas sus propiedades. De la noche a la mañana se quedó en la calle; ya no tiene ni un centavo”. “¡Caramba! -exclamó Braguetino-. ¡No sabía yo que tu padre era capaz de llegar a tal extremo con tal de impedir nuestro matrimonio!”. Himenia Camafría, madura célibe, le comentó a su amiguita Solicia: “Me gusta el sexo opuesto”. “Puesto ¿dónde?” -se interesó ella. FIN.


De política y cosas peores

“Es tiempo ya de que le hables a nuestro hijo acerca de lo que hacen las abejitas y los pajaritos”. Eso le pidió doña Macalota a su esposo don Chinguetas. Llamó el señor el muchacho, lo llevó a una habitación aparte y le dijo tras cerrar la puerta: “Tu mamá quiere que te hable acerca de lo que hacen las abejitas y los pajaritos”. “Te escucho, padre” -respondió el mozalbete, interesado. Empezó don Chinguetas: “¿Recuerdas que hace unos meses fuimos de vacaciones a la playa?”. “Sí, papá”. “¿Recuerdas que en el lobby bar del hotel conocimos a dos muchachas muy guapas?”. “Lo recuerdo, padre”. ¿Recuerdas que después de algunas copas nos invitaron a ir a su habitación?”. “Lo recuerdo bien, papá”. “¿Y recuerdas lo que ahí hicimos?”. “¿Cómo olvidarlo, padre?”. “Bueno -concluyó la lección don Chinguetas-. Eso mismo es lo que hacen las abejitas y los pajaritos”. Babalucas invitó a una linda chica a comer en un restorán de mariscos. Declaró ella: “Me gustan mucho los camarones. Saben a mar”. “Es cierto -confirmó el badulaque-. Son sumamente cariñosos”. Ovonio Grandbolier es el hombre más perezoso de toda la comarca. Le contó a un amigo: “Hoy en la mañana me levanté con ganas de trabajar. Tuve que volverme a acostar hasta que se me pasaron”. Un ovni (objeto volador no identificado) aterrizó en el jardín de don Martiriano, el abnegado esposo de doña Jodoncia. Del vehículo intergaláctico descendió un marciano que le ordenó con voz ronca al señorcito: “Llévame con tu líder”. “No está -contestó don Martiriano-. Se fue a merendar con sus amigas”. La recién casada le preguntó a su flamante maridito: “¿Te gustó la comida, mi amor?”. Respondió él con ternura: “Estaba sabrosísima, mi cielo”. Declaró muy orgullosa la muchacha: “La compré con mis propias manos”. “Voy a dejar este trabajo -le comentó la criadita a la sirvienta de la casa vecina-. Ya me cansé de estar todo el día diciendo: Sí, señora; sí, señora , y toda la noche: No, señor; no, señor “. “Prediquen, aunque sea con la palabra”. Eso les decía San Francisco de Asís a sus hermanos. Quería significar que las acciones cuentan más que las palabras. Ciertamente no hay mejor predicador que fray Ejemplo. En el caso de las prevenciones contra el coronavirus el primero que tendría que dar ejemplo de prudencia es el Presidente López Obrador. Eso le deberían decir sus colaboradores del sector salud en vez de endulzarle los oídos con expresiones zalameras. Si se cierran las escuelas ¿por qué no cerrar también temporalmente las conferencias mañaneras? Abstenerse de viajar, evitar las concentraciones de personas, no saludar de mano ni con besos o abrazos, todo eso ha de ser parte de la conducta de AMLO de cara a la pandemia. El hecho de ser Presidente de la República no libra a López Obrador del peligro de ser contagiado ni del riesgo de contagiar.Ya conocemos a Afrodisio Pitongo: es un hombre proclive a la concupiscencia de la carne. Una noche, en el curso de una fiesta, tomó de la mano a una chica y sin decir palabra la condujo a una habitación del segundo piso, le quitó la ropa, la llevó a la cama y le hizo el amor, todo eso en el más absoluto silencio. Terminado aquel intempestivo trance la muchacha le dijo al individuo, sin reponerse todavía de la sorpresa: “Pero, don Afrodisio, yo lo único que le pregunté fue qué hacía la gente por las noches antes de que hubiera televisión”. Don Isaac habló con su hijo. Le mostró: “Este dedo es el pulgar; éste se llama índice ; este otro es el anular, y éste el meñique. El dedo de en medio, hijo, es el dedo del placer. Con él se marcan los precios en la caja registradora cuando vas a cobrar”. FIN.


De política y cosas peores

Cuando aquella mujer llegó al rancho a la gente le dio por morirse. Nadie supo de dónde vino; nadie jamás la había visto. Ocupó la casa que alguna vez fue de don Layo, el administrador de la hacienda de los Peña. Esa casa tenía años abandonada, pues la hacienda se perdió cuando lo del agrarismo y don Layo se fue a Santiago junto con su patrón don Sixto, y nunca se volvió a saber ni de uno ni del otro. Quienes vieron llegar a la mujer dijeron que traía la llave de la casa y que entró en ella como en casa propia. La acompañaba un hombre, al parecer su criado. Siempre andaba cargando sobre el hombro un talache y una pala, pero al principio no los usaba. La mujer era muy rara: siempre vestía de gris. Con nadie hablaba. Lo único que hacía era mirar a las personas. Y sucedió que la gente a quien miraba se moría. A las primeras que vio fue a las hijas de don Octavio, el profesor del rancho. Era hombre leído, y les puso a sus hijas nombres que había sacado de sus libros. Beatriz se llamaba una; Laura la otra. Las dos jóvenes fueron a la casa de la mujer de gris, como vecinas buenas, a ver qué se le ofrecía. Ella las vio desde la ventana, pero no les abrió la puerta. Se cansaron de tocar y se fueron a su casa. Ese día fue el último que salieron. A las dos les sobrevino de repente una fiebre perniciosa que las mató en dos días. Entonces apareció el hombre del talache y la pala y cavó las tumbas para ellas. Toda la gente del rancho fue al entierro, lo mismo que la de los caseríos comarcanos, y a todos los vio de lejos la mujer de gris, pero como si estuviera cerca. En los siguientes días la demás gente comenzó a morir. Se fue primero don Octavio. Los vecinos dijeron que había muerto de tristeza, pues era viudo de hacía muchos años y no tenía más familia en el mundo que sus hijas, las que se fueron. Luego las fiebres se llevaron a doña Lipa, la molinera, y a Lorenza, la que no se había casado nunca y que por las noches, según se murmuraba, le abría la puerta de su jacal a Chebo el de Matilde. En esos días no hubo edad para morir. Lo mismo se fue don Ambrosio, que tenía 101 años, que la criatura que había nacido el mismo día que llegó la mujer de gris, y a la que sus papás tuvieron que bautizar de prisa con agua de la acequia para que el angelito no se fuera al limbo, lugar vacío de todo, sino derechito al Cielo. El hombre de la pala y el talache no se daba abasto. Acabó abriendo una sola tumba para todos. Ahí fueron a dar juntos Rodolfo y Carlos, que en vida no se podían ver y pelearon una vez a machetazos. Obra de Dios que en eso llegó el señor cura y con una voz los hizo separarse. Ahora estaban muertos. Cuando el hombre del talache y la pala los echó al pozo quedaron los dos como abrazados. Qué cosas tiene la vida. O, mejor dicho, qué cosas tiene la muerte. Medio Potrero se murió esos días. Una mañana ya no se vio a la mujer de gris. También su criado desapareció. Así como llegaron así se fueron A la gente se le quitó de pronto la maña de morirse. Los que quedaron vivos estaban tristes por fuera, pues habían perdido al padre y a la madre, a la esposa y los hijos, a los hermanos, pero por dentro estaban felices por no ser ellos los que estaban en el pozo. Eso los avergonzaba, pero así se sentían, y ni modo. Ya se lo dirían al cura cuando se presentara en el Potrero, lo que seguramente tardaría, pues había corrido la noticia de la mujer que mataba a la gente nomás viéndola, y de seguro el padre esperaría a que se fuera toda para volver al rancho. De esto que he contado ya hace muchos años. Nadie ha vuelto a ver a la mujer de gris, pero se dice todos la veremos algún día. FIN.


De política y cosas peores

“¿Me aceptas una copa?”. La linda Dulcibel no respondió palabra a la invitación de Pitorrango, pero hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Poco después le dijo el avieso galán: “¿Te gustaría conocer mi departamento?”. De nueva cuenta no se oyó la voz de Dulcibel, pero la muchacha hizo por segunda vez con la cabeza un gesto de aceptación. Ya en el departamento propuso el salaz tipo: “¿Vamos a la cama?”. Otra vez silencio de Dulcibel, pero otra vez el “sí” con la cabeza. Al terminar el amatorio trance Pirorrango le preguntó a la chica: “¿Por qué aceptaste todas las propuestas que te hice, pero sin palabras, moviendo sólo la cabeza?”. Explicó Dulcibel: “Es que mi mamá me ha dicho que no debo hablar con desconocidos”. Doña Macalota le anunció a su esposo don Chinguetas: “”Voy a la sala a ensayar el aria Caro nome que cantaré en la velada del Club Melba”. Le pidió don Chinguetas: “Déjame primero salirme a la calle. No quiero que los vecinos vayan a pensar que te estoy golpeando”. Mamá Coneja le preguntó a Papá Conejo: “¿Por qué Conejito regresó tan contento de la escuela?”. Respondió Papá Conejo. “Parece que en el camino aprendió a multiplicar”. Don Cucoldo les contó a sus compañeros de oficina: “Le retorcí el pescuezo al perico de la casa. Pasé frente su jaula y me llamó cornudo”. “¡Pobre pájaro! -se condolió uno-. ¡Un mártir de la verdad!”. El papá de Pepito comentó: “Si no fuera por el niño mi esposa y yo ya nos habríamos divorciado. Ni ella ni yo queremos quedarnos con él”. El doctor Ken Hosanna le pidió a su enfermera: “Por favor, señorita Florence, tráigame mis píldoras tranquilizantes. Ya llegó la paciente 90-60-90”. El padre Arsilio dio una conferencia con el tema “Las venturas del matrimonio”. Uno de los asistentes se volvió hacia su vecino de asiento y le dijo: “Me gustaría saber tan poco del tema como él”. Un marciano le informó a su líder: “Chocaron dos platos voladores de nuestra flota, jefe, y se hicieron pedazos. Pero no se preocupe: ninguno de los dos era de la vajilla fina”. Pirulina le dijo al señor cura: “Anoche hice el amor con mi novio”. “De penitencia -le impuso el confesor- rezarás 10 padrenuestros”. Repuso Pirulina: “Écheme 20 de una vez, padre. Lo más probable es que esta noche repitamos”. El excitado pulpo le dijo a la enojada hembra: “Pero, mi vida. ¿por qué crees que se llaman tentáculos ?”. Doña Holofernes, la esposa de don Poseidón, se preocupó bastante: su hija Glafira fue a estudiar a la ciudad y tuvo que compartir el mismo cuarto con otro estudiante. “La habitación es muy pequeña -le contó la muchacha a su mamá-, tanto que debemos acostarnos en la misma cama. Pero no te preocupes, mami: todas las noches ponemos una almohada entre los dos”. “¡Santo Cielo! -se alarmó doña Holofernes-. Pero ¿y si los asalta la tentación?”. Respondió Glafira: “Cuando eso nos sucede quitamos la almohada”. “Señor Presidente: a pesar del riesgo de contagio ¿seguirán las mañaneras?”. “Me canso ganso”. “Todo indica que el coronavirus se originó en China”. “Acá lo trajeron nuestros adversarios: los neoliberales, conservadores y fifís”. “Todos los gobiernos están alarmados, pero el suyo parece estar tranquilo”. “Nosotros somos distintos”. “Algunos piensan que hay irresponsabilidad de su parte”. “Eso calienta”. “¿Qué les responde usted a quienes eso dicen?”. “Fuchi caca”. “¿Se tomarán medidas eficientes contra la pandemia?”. “Lo que diga mi dedito”. “Usted sigue besando niños y abrazando a sus partidarios”. “No hay peligro: me cuida el pueblo bueno y sabio”. “El contagio cunde”. “México está retebien”. “La epidemia es sumamente peligrosa”. “Yo tengo otros datos”. FIN.


De política y cosas peores

CIUDAD DE MÉXICO.-“Es un resucitado”. Eso decía la gente de aquel hombre que vendía churros frente al Mercado Juárez de mi ciudad, Saltillo. Lo conocí siendo yo niño, y ciertamente inspiraba un temor supersticioso. Según la leyenda había muerto, y milagrosamente regresó a la vida después de estar en el caliginoso reino de ultratumba. La verdad fue otra. El médico municipal era el doctor Antonio María Zertuche, de gran prestigio porque había estudiando en la Sorbona de París. Cuando se presentó en la población la epidemia de influenza española -año 18 del pasado siglo- el doctor Zertuche fue casa por casa marcando con una tiza blanca la frente de los que habían muerto víctimas de aquel terrible mal. Por equivocación marcó la del churrero, que estaba solamente privado de sentido. Lo recobró a bordo del fúnebre carretón de mulas que en confuso hacinamiento de cadáveres lo llevaba para ser arrojado en la fosa común. El vendedor de churros, espantado, pretendió descender de aquel macabro carromato, pero el de las riendas lo detuvo con imperiosa voz: “¡Epa, amigo! ¿A dónde va?”. “Voy a bajarme -respondió el infeliz churrero, tembloroso-. Yo no estoy muerto”. “Usté cállese y échese -le ordenó el carretonero-. ¿A poco va a saber más usté que el doctor Zertuche?”. Las naciones del mundo están tomando precauciones extremas ante el coronavirus. En México nuestro Presidente nos asegura que la plaga no es tan terrible, y que no debemos temer tanto su amenaza. Tranquilícense, pues, los demás países. ¿A poco van a saber más que López Obrador?… Sor Bette, directora del Colegio de Santa Genoveva, llevó a sus alumnas al zoológico de la ciudad. Una de las chica quiso saber: “Madre: ese rinoceronte ¿es hembra o macho?”. “Niña -le contestó sor Bette, exasperada-. Esa pregunta sólo tiene interés para otro rinoceronte”. Don Cucoldo llegó a su casa inesperadamente y vio abajo de su cama un par de zapatos de hombre. Le preguntó a su esposa: “¿De quién son esos zapatos?”. Contestó, nerviosa, la señora: “Son tuyos”. Replicó don Cucoldo: “Supongamos sin conceder. Pero ¿de quién son esos pies?”. La enfermera estaba segura de que le había puesto al paciente un termómetro rectal, y sin embargo el hombre lo tenía en la boca. Explicó el tipo: “Es que me dio hipo y respiré p adentro”. Don Algón le preguntó a la chica que solicitaba el empleo de secretaria: “¿Tiene usted referencias?”. “Tengo tres -respondió ella-. Busto 106, cintura 60 y cadera 92”. Pomponona Segunda era la reina de los caníbales. Mujer extremadamente gorda, se necesitaban 14 hombres, escogidos entre los más fuertes de la tribu, para llevarla en andas en su trono. Cierto día los salvajes capturaron a una bella exploradora de cabellera de oro, esbeltas formas y agraciado rostro. Determinó la reina Pomponona: “Nos la comeremos mañana”. Le informó el primer ministro: “Desgraciadamente, Majestad, el concejo de la tribu se reunió hace rato, y por unanimidad los concejales acordaron que nos será de mayor provecho que la rubia sea nuestra reina y que a usted nos la comamos”. La maestra le preguntó a Pepito: “¿Cómo deletreas la palabra vaca ?”. Contestó el chiquillo: “Be, a, ce, a”. Opuso la profesora: “Así no la deletrea el diccionario”. Replicó Pepito: “Usted me preguntó cómo la deletreo yo, no cómo la deletrea el diccionario”. Doña Holofernes, esposa de don Poseidón, habló con su marido: “Nuestra hija Glafira me contó que anoche tuvo trato íntimo con su novio”. El severo genitor llamó a la muchacha y le dijo: “Entiendo que has perdido la virginidad”. “Ay, papá -replicó ella con tono de molestia-. ¡También dónde la ponen!”. FIN.