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Desafío
9/3/2010
- Burdos espejismos
- El terror oficial
- De la tranquilidad

Algunos de los conspicuos adoradores del foxismo, asistentes cotidianos al templo faraónico erigido por el rumbo de San Francisco del Rincón, allá en donde también "Las Poquianchis" saltaron a la celebridad en la década de los cincuenta, con frecuencia se querellan contra el columnista al plantear que, en todo caso, el régimen surgido de la primera alternancia no fue peor a los precedentes ni navegó sobre las aguas turbulentas que sacuden a la administración sucesora. Demandan también respeto por ello y hasta el reconocimiento público por los favores generosamente otorgados por la pareja ex presidencial. Sólo falta que sus nombres, los de ella y él naturalmente, se inscriban con letras de oro en la sede del Congreso de la Unión.
Insisten igualmente en que las gracias recibidas nos permiten, como si se tratara de una benévola concesión desde la cúpula del poder insondable, "atacar" al presidente en funciones -así consideran las líneas críticas cuantos no suelen aplicarse a los debates para confrontar ideas y posturas-, a diferencia de los "elogios lacayunos" dispensados a los huéspedes de Los Pinos en otros tiempos. Esto es: Como ahora los informadores supuestamente no somos perseguidos, ni amenazados ni muertos por divulgar hechos, debemos sumarnos a las loas sobre el ejercicio responsable del gobierno que posibilita seguir aumentando las reservas monetarias del Banco de México -superiores a 85 mil millones de dólares- aun cuando la especulación destaza, a cada rato, al pobre peso.
Los espejismos suelen marcar las pautas sobre comunidades ignorantes o perezosas, resistentes a corroborar cuanto sucede alrededor y susceptibles de asimilar las inducciones provenientes de la clase gobernante, y de sus aliados mediáticos -todos sabemos de quienes hablamos-, hasta que los lugares comunes y los valores entendidos cubran los espacios de la conciencia. Luego, claro, satanizarán a quienes esgriman su libertad para inconformarse ante las medias mentiras usando a la crítica como contrapeso a los abusos del poder.
En tal esquema, cabría preguntar a los panegiristas de la derecha ayuna de resultados a más de ocho años de su iniciación presidencial, ¿dónde inicia la democracia y en qué punto se sitúa el totalitarismo? Si el sentido democrático deviene de una mayor participación colectiva en las decisiones generales, en una nación plural, como la nuestra, ¿existe otra ruta que no sea la del debate para ampliar criterios y asegurar el destino colectivo bajo la fuerza de la expresión mayoritaria? Y, por otra parte, ¿acaso la imposición de una minoría, hasta ahora acreditada por uno de cada cinco empadronados de acuerdo a las estadísticas electorales oficializadas en 2006, no se ajusta al modelo autocrático en donde no se admite más opinión y criterio que el de la voluntad superior, considerada ésa no sólo por la del titular del Ejecutivo federal sino por la fusión de cuantas le controlan? Combatir las confusiones conceptuales debiera ser, cuando menos, el primer paso hacia la superación de los lindes de la manipulación. Permítanme, siquiera, invitarlos a ello.
El lugar común más utilizado por los defensores del actual estado de cosas es el de ponderar que la democracia nació en México en el año 2000 con el reconocimiento institucional pleno a la victoria del foxismo -más que el panismo en sí, según expresión de quienes fueron protagonistas entonces-. Sin embargo, los desenlaces de aquel período no fueron felices bajo el peso de las sospechas, partido el país en dos bandos irreconciliables con aplicaciones maniqueas además: Todo lo bueno se acreditaba al grupo afín mientras las perversidades exaltaban a los contrarios. Lo mismo desde una posición y otra, en plena eclosión de sectarismos... antidemocráticos.
Contra el cambio postulado, el continuismo, en materia financiera sobre todo, concentró en el supuesto "blindaje" económico las bienaventuranzas para el recorrido sexenal iniciado en 2006 con reservas de divisas récord, ociosas diríamos cuando pudieron servir para liquidar la asfixia de la deuda externa, y un mercado atractivo para los inversionistas foráneos listos a disputarse los privilegios gubernamentales, armados para extender las alianzas "estratégicas" a golpes de complicidades políticas.
Cuando, en agosto de 2000, conversé con Vicente Fox, éste ya con la jerarquía de "presidente electo", sugerí que era necesario, para cambiar el desdén habitual de los autócratas, responder a las críticas razonablemente y así evitar posteriores chantajes de cuantos apostaban por el desgaste temprano de su figura. Contra lo que esperaba, me respondió, con aire de fastidio y un cierto dejo de displicencia:
--En los medios tengo tres grandes aliados... ¡y con ellos me basta!
Intuí, claro, que se refería a las dos cadenas privadas de televisión y a alguno de los cotidianos de distribución nacional que apostaron por él desde el inicio de sus convocatorias. De los primeros, los electrónicos masivos, no había dudas si bien con el tercer podríamos especular. Él, desde luego, no definió el punto, protegiéndose claro, acaso para medirme también.
Andado el tiempo, se evidenciaron sus compromisos y sus alianzas. Bastaría citar el penoso episodio de la invasión a las instalaciones del Canal 40, más allá de la controversia jurídica, y de la ominosa pasividad oficial ante el uso de una fuerza policial privada, al servicio de la empresa de Ricardo Salinas Pliego, para tomar a su arbitrio lo que demandaban como suyo. Y por allí transitó, como abogado defensor de los afrentados, Fernando Gómez Mont, designado en noviembre de 2008 secretario de Gobernación. Bien se conoce, por tanto, el meollo de la historia y las secuencias de la inocultable complicidad de los Fox con el poderoso empresario que también hinca el diente, sin disimulo, a las remesas que los trabajadores mexicanos, los más indocumentados, envían a sus familiares desde los Estados Unidos.
En fin, las tumbas de los sesenta periodistas asesinados -catorce en el año anterior-, desde el 2000, demuestran que ha triunfado la continuidad -de los crímenes también- sobre el cambio prometido.
Debate
¿Diferencias? Durante el lapso de Miguel de la Madrid, entre 1982 y 1988, setenta y cuatro periodistas fueron asesinados. La pauta, entonces como ahora, consistía en difamar a las víctimas, responsabilizándolas por pleitos de alcoba o entre homosexuales, antes de investigar con seriedad las fuentes de la discordia por el ejercicio de la crítica. Sobre muy pocos casos -más bien sólo respecto a los célebres como el del columnista Manuel Buendía-, se mantuvo el interés colectivo y el proverbial seguimiento periodístico. Por lo general, el gremio suele pecar de soberbia y cada quien concentra su interés en los afines e ignora a cuantos no navegan en la misma barca. De esta circunstancia, claro, se aprovechan los represores contumaces que además suelen refugiarse en un entorno violento en donde los crímenes son parte de la rutina cotidiana.
En esa época, marcada igualmente por la escisión del neocardenismo del PRI y la posterior persecución a los dirigentes de izquierda -los homicidios de doscientos cuarenta de éstos confirman el clima de linchamiento que privó entonces-, el "boom" de los cárteles extendidos sobre suelo azteca posibilitó las complicidades hacia el interior de la estructura gobernante y modificó las reglas conocidas en materia de urbanidad política. Los narcos comenzaron a convertirse en los brazos guerreros de los clanes, caciques y cofrades intocables.

"Todo lo bueno se acreditaba al grupo afín mientras las perversidades exaltaban a los contrarios"


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