LA MANIOBRA SALVADORA DE OBAMA

Con la popularidad por los suelos y escaso capital político, el presidente Barack Obama anunció la medida con la cual puede pasar a la historia: El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba tras más de medio siglo de diferendo bilateral.

Homero Campa y J. Jesús Esquivel

WASHINGTON, 20 de diciembre (proceso).- En la parte final de su segundo mandato, con la popularidad por los suelos y escaso capital político, el presidente Barack Obama anunció la medida con la cual puede pasar a la historia: El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba tras más de medio siglo de diferendo bilateral.
Tal decisión –que los analistas juzgan como el más importante giro en la política exterior de Estados Unidos en las últimas cuatro décadas– trae aparejada una jugada política del jefe de la Casa Blanca: Ponerse a tono con los deseos de las nuevas generación de electores que consideran caduco y contraproducente el embargo económico a Cuba.
Más aún, Obama lanzó al Congreso –que a partir de enero estará dominado por los republicanos– el reto de anular la legislación sobre el embargo contra la isla, lo cual incluye la ley más cuestionada por la comunidad internacional: la Helms-Burton.
“No creo que podamos seguir haciendo lo que hemos venido haciendo durante más de cinco décadas y que esperemos tener un resultado diferente. Es más, empujar a Cuba hacia el colapso no representa los intereses de los estadunidenses ni de los cubanos”, declaró Obama el miércoles 17 en el discurso en el cual, sorpresivamente, hizo el anuncio.
Añadió: “Aun cuando funcione, que no ha sido el caso en más de 50 años, sabemos por las duras experiencias que los países tienen más posibilidades de disfrutar una transformación si su pueblo no está sujeto al caos”.
De acuerdo con el gobierno estadunidense, el secretario de Estado John Kerry debe iniciar conversaciones con el canciller cubano, Bruno Rodríguez Padilla, con el propósito de que “de manera inmediata” se restablezcan las relaciones diplomáticas entre los dos países.
Una “hoja informativa” que la Casa Blanca distribuyo a la prensa –con la enumeración de las medidas que Obama se propone aplicar–, apunta: “En los próximos meses volveremos a abrir una embajada en La Habana y realizaremos intercambios y visitas de alto nivel entre nuestros dos gobiernos como parte del proceso de normalización de relaciones”.
Según Washington, dicho “proceso de normalización” fue acordado con el gobierno de Raúl Castro después de 17 meses de negociaciones secretas celebradas bajo los auspicios del papa Francisco. Dichas negociaciones tuvieron como epílogo una histórica conversación telefónica de unos 45 minutos, el martes 16, entre Obama y Castro.
Como parte del acuerdo, ambos gobiernos intercambiaron espías que se encontraban encarcelados en sus respectivos países. Obama ordenó la liberación de Antonio Guerrero Rodríguez, Ramón Labanino Salazar y Gerardo Hernández Nordelo, de los servicios de inteligencia cubanos e integrantes de La Red Avispa o Grupo de los Cinco, detenidos en septiembre de 1988 en Miami, acusados de conspirar para realizar actos de terrorismo, espionaje y asesinatos en Estados Unidos.
En reciprocidad, el gobierno cubano puso en libertad a un “activo de los servicios de inteligencia” de Estados Unidos cuyo nombre fue revelado posteriormente por el diario The New York Times: Rolando Roly Sarraff Trujillo. Además liberó a 53 disidentes cubanos y, por razones humanitarias, al ciudadano estadunidense Alan Gross.
Este intercambio contribuyó a que Obama estableciera el compromiso de analizar el retiro de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo internacional que cada año emite el Departamento de Estado.
Cambio generacional

En este contexto de compromisos y gestos de reciprocidad entre Cuba y Estados Unidos, Obama lanzó al Congreso el reto de acabar con el embargo económico que desde octubre de 1960 Washington ha impuesto a la isla y el cual está establecido en la legislación estadunidense.
“Al mismo tiempo que se desarrollan los cambios anunciados, estoy listo para involucrarme con el Congreso en un honesto y serio debate para levantar el embargo”, afirmó Obama.
La reacción de los legisladores republicanos fue inmediata. Destacó la del senador Marco Rubio, de origen cubano y posible contendiente a la nominación presidencial por el Partido Republicano, quien calificó a Obama de “ingenuo” por haber aceptado el compromiso que le propuso Raúl Castro.
“Todo esto le servirá únicamente al régimen de Castro, que controla cada aspecto de la vida en Cuba, como una oportunidad para manipular estos cambios y con ello perpetuarse en el poder”, declaró el senador, quien en la próxima legislatura será presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
Lanzó incluso la siguiente amenaza: “Utilizaré mi poder y mi voto para negar el financiamiento de la embajada en Cuba y para rechazar al nominado del presidente para ser embajador en La Habana”.
Aun cuando faltan dos años para las elecciones presidenciales, los partidos Republicano y Demócrata saben que los 29 votos electorales que le corresponden a Florida podrían ser determinantes. Pero –a diferencia de décadas anteriores– ahora hay un nuevo factor que influye en los cálculos políticos de Obama: El cambio generacional de la comunidad cubano-estadunidense en Florida.
La gran mayoría de los electores de origen cubano que vive ahí son hijos o nietos de quienes dejaron Cuba tras la llegada de Fidel Castro al poder, en 1959. A ellos hay que agregar a los emigrados que han obtenido la ciudadanía estadunidense.
Según el censo de 2012 hay un millón 800 mil cubanos residentes en Estados Unidos –un millón 200 mil de ellos, en Florida–, pero se han naturalizado como estadunidenses unos 250 mil. Lo interesante es que los cubanos que llegaron en las recientes olas migratorias –El Mariel en los ochenta, los balseros en los noventa– son jóvenes que obtienen más rápidamente la ciudadanía: un promedio anual de 35 mil cubanos en los últimos cuatro años.
Hasta hace una década era impensable o una especie de suicidio político-electoral que un candidato presidencial hablara de cambios en la política de Estados Unidos hacia Cuba. Si quería la victoria debía enfocar su discurso en fortalecer el aislamiento del régimen de Castro.
Ahora la situación es otra. Según las más recientes encuestas sobre las tendencias electorales de la comunidad cubano-estadunidense, el viejo exilio se ha quedado solo y las nuevas generaciones –la mayoría de ellas integrada por los nacidos en Estados Unidos– ya no ven a Fidel y a Raúl Castro como enemigos. Los miran más bien con un aire de caduca nostalgia política propia de sus padres o abuelos, pero en la práctica las acciones del régimen de la isla no tienen para ellos ningún efecto económico o político.
En febrero de 2014, el Centro Latinoamericano Adrienne Arsht del prestigiado Atlantic Council llevó a cabo un sondeo entre la población cubano-estadunidense de Florida y registró que 63% de ésta favorecía cambios en la relaciones con Cuba, como los anunciados por Obama el miércoles 17. Sólo 30% se oponía.
La encuesta registró que a escala nacional, sin hacer distinción de raza ni origen nacional entre los entrevistados, 56% de la población del país estaba a favor de cambios en las relaciones con Cuba.
Significativo fue el resultado a la pregunta sobre si Estados Unidos debería “normalizar” las relaciones con Cuba: 73% de los encuestados del país estuvo a favor y en Florida la respuesta positiva alcanzó 79%.
El jueves 18 –un día después de que Washington anunció las medidas– varios medios hicieron sondeos rápidos. Sus resultados coincidieron: alrededor de 60% de la población cubano-estadunidense de Florida apoya la decisión tomada por Obama.
En las elecciones presidenciales de 2016 los votantes hispanos podrían definir al ganador. La mayoría de ellos son de origen mexicano y miran con simpatía los cambios hacia Cuba anunciados por Obama.
La encuesta del Centro Latinoamericano Adrienne Arsht encontró que 62% de los votantes hispanos está a favor de cambios en la relación con Cuba, y que sólo 30% los rechaza.
Los resultados que sobre este tema arrojan las encuestas –tanto las aplicadas a los cubano-estadunidenses de Florida como a los hispanos en general– no pueden pasar inadvertidos para el liderazgo republicano en el Congreso ni para quien vaya a ser su candidato presidencial. De hecho algunos legisladores republicanos, como Jeff Flake, senador por Arizona, apoyaron lo anunciado por Obama; otros se escudaron en la prudencia: Argumentaron que preferían estudiar más a detalle las modificaciones antes de asumir una posición pública.
Jeb Bush, exgobernador de Florida, quien el martes 16 técnicamente lanzó su candidatura a la nominación presidencial republicana, se declaró en contra del restablecimiento de relaciones diplomáticas con La Habana. El cambio en la política hacia Cuba “minimiza la credibilidad de Estados Unidos y la búsqueda de la libertad y la democracia” en la isla, aseguró el hijo del expresidente George H. W. Bush y hermano del exmandatario George W. Bush.
Varios analistas políticos aventuran que la jugada política de Obama podría poner a los republicanos en el Congreso entre la espada y la pared, pues éstos no pueden ignorar lo que dictan encuestas como las anteriores.
Al mismo tiempo Obama obtuvo el reconocimiento de la comunidad internacional, la cual celebró el principio del fin de una política anacrónica heredada de la Guerra Fría. Con credenciales de líder audaz, el jefe de la Casa Blanca acudirá a la próxima Cumbre de Las Américas –que se celebrará en Panamá el próximo abril– y donde Cuba participará por primera vez.
Primero la familia

En la medida en que hay una renovación generacional en la diáspora cubana asentada en Estados Unidos, la política y la ideología dejaron de ser los temas centrales en las dos orillas del Estrecho de La Florida; ahora la mayoría de los cubanos –tanto en Miami como en la isla– tiene otras prioridades. Una de ellas: la familia.
Varias de las medidas anunciadas por Washington facilitan la comunicación y las visitas familiares, así como el apoyo económico de los cubanos residentes en Estado Unidos hacia sus parientes en la isla.
Así, el gobierno estadunidense ampliará los permisos generales de viaje para las 12 categorías existentes, entre ellos los realizados con propósitos familiares. También permitirá aumentar los montos individuales de las remesas: de 500 a 2 mil dólares cada trimestre. Se trata de un aumento de 300%, lo que permitirá a Cuba aumentar el ingreso de divisas por concepto de remesas, las cuales alcanzaron en 2013 un monto de 2 mil 777 millones de dólares, según la organización The Havana Consulting Group. De hecho las remesas son la tercera fuente de entrada de moneda dura a la isla, después del turismo y de la exportación de servicios.
Washington se compromete a respaldar el acceso de la población cubana a los servicios de telecomunicaciones e internet, cuya penetración en la isla toca apenas a 5% de la población. De hecho se propone autorizar la exportación a Cuba de artículos que contribuyan a la “comunicación tecnológica” de cubanos con estadunidenses.
Además facilitará la exportación de productos que serán bien recibidos por la población de la isla: materiales de construcción, bienes para el sector privado cubano, equipo agrícola y medicamentos.
De hecho, a pesar del embargo económico, Estados Unidos es el principal proveedor de alimentos y productos agrícolas a Cuba: en 2012 le exportó un monto equivalente a 460 millones de dólares, casi la tercera parte del total de las importaciones de la isla en esos rubros.
Las medidas anunciadas por Washington incluyen la autorización para que instituciones financieras de Estados Unidos abran cuentas corresponsales en instituciones financieras cubanas y para que los viajeros a Cuba utilicen tarjetas de crédito y débito emitidas por instituciones financieras de Estados Unidos.
Si bien las medidas ejecutivas de Obama no anulan las leyes del embargo, sí lo flexibilizan en una etapa en la cual el régimen de Castro apura reformas en su maltrecha economía: En 2013 el PIB creció 2.5%; para 2014 las autoridades de la isla estimaron un crecimiento de 2.2%, pero los analistas lo ajustaron a la baja hasta 1.4%.
Hasta ahora el gobierno de la isla aplicó alrededor de 250 medidas económicas de las 300 que se propuso en un plazo que va de 2011 a 2016. Entre ellas, la nueva Ley de Inversión Extranjera que el Parlamento cubano aprobó en marzo pasado. Ávido de recursos frescos del exterior, dicha ley busca atraer capitales ofreciendo ventajas: Reduce a la mitad los impuestos sobre las ganancias (de 30% a 15%), permite ocho años de moratoria tributaria y autoriza la entrada de capitales de la diáspora cubana.
Las autoridades de la isla no ocultan lo que buscan con dicha ley: Que en los próximos tres años ingresen a la isla entre 2 mil y 2 mil 500 millones de dólares de inversión extranjera y que ello ayude a oxigenar su alicaída economía.
Y los empresarios estadunidenses están puestos. De hecho la Cámara de Comercio de Estados Unidos (USCC) aplaudió las medidas anunciadas por la Casa Blanca. Thomas Donohue, presidente de ese organismo –el principal del país en el ámbito empresarial– declaró que “las medidas anunciadas son un importante avance para permitir el florecimiento de la libre empresa” en Cuba.
La USCC estima que los empresarios estadunidenses pierden al menos unos mil 200 millones de dólares al año en negocios que no pueden hacer con Cuba debido a las leyes del embargo.
Obama les está allanando el camino…

-fin de nota-

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