De política y cosas peores

Armando Fuentes

11/01/18

Donald Trump se hallaba en su despacho de la Casa Blanca, el llamado Salón Oval. («Oral», en tiempos de Bill Clinton). De pronto irrumpió en el despacho el chofer del presidente yanqui, un individuo de nombre Waspo. Su aspecto era de lo más extraño. Venía con el cabello y las ropas en desorden; traía en el rostro manchas de lápiz labial; presentaba evidentes signos de embriaguez y llevaba en las manos un pay de manzana. «Holy shit! -exclamó Trump con asombro-. ¿Qué te sucedió?». Respondió el chofer: «Déjeme contarle, jefe. Yo vivo en una granja en las afueras de la ciudad. Ahí todo mundo me conoce y sabe que soy el chofer del Presidente. Ya no me llaman por mi nombre: ahora todos me dicen  el chofer de Trump . Venía yo hacia acá en el automóvil cuando una mujer que iba en dirección contraria me gritó: «¡Marrano!». Furioso por aquel insulto le mostré el dedo y le grité a mi vez: «Fuck you!». Había yo entendido mal, señor Presidente. Lo que me quiso decir la señora es que más adelante estaba un un cerdo en medio de la carretera. No alcancé a frenar. Lo atropellé y lo dejé sin vida. Conocía yo al dueño del animal, pues es vecino mío. Lo encontré en el jardín de su casa, con su esposa y su hija. Seguramente advirtió que iba yo alterado, pues me preguntó con inquietud: «¿Qué te pasa?». Le dije: «Acabo de matar al cerdo». Al oír eso los tres aplaudieron jubilosamente, me abrazaron y bailaron llenos de alegría alrededor de mí. El vecino abrió una botella de whisky y me hizo brindar con él repetidas veces. La señora me llevó a la recámara y me dijo que como premio por lo que había hecho podía hacerle el amor. Y  la hija me regaló un pay de manzana. La verdad, señor Presidente, no entiendo. No entiendo». Es muy posible que la historieta que acabo de contar sea apócrifa, pero sirve para ilustrar el sentimiento de animadversión que Trump ha despertado en muchos de sus conciudadanos, cansados ya de las mentiras de su Presidente, de sus ex abruptos e imprudencias. Ciertamente el mandatario yanqui tiene una base de apoyo extensa y sólida en los estados de mayor tradición supremacista, donde  predominan aún el racismo, la xenofobia y el nacionalismo más elemental. Pero también ahí los votantes se darán cuenta de que eligieron a un hombre ignorante e imprudente que el día menos pensado los va a meter en un conflicto grave. Por mi modesta parte sigo haciendo honor a mi promesa de no pisar suelo norteamericano mientras ese patán esté en la Casa Blanca. Ha injuriado gravemente a México y a los mexicanos, e insiste en hostigar y amenazar a nuestros paisanos que viven en Estados Unidos. Desde aquí le digo a Trump «the F word»  y le muestro el dedo. El primer día de clases la maestra les dijo a los niños: «Si alguno de ustedes tiene ganas de ir al baño levante la mano». Preguntó Pepito: «¿Levantando la mano se quitan las ganas?».Adivinanza de Babalucas: «¿Cómo se llama la perra que aparece en la película  Las aventuras de Lassie ?». Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, fue con sus amigas al museo de arte. El guía les iba mostrando los cuadros: «Éste es un Van Gogh. Éste un Renoir. Éste un Manet.». Doña Panoplia quiso mostrar sus conocimientos de pintura: «Y ése es un Picasso, ¿verdad?». «No, señora -indicó el guía-. Es un espejo». Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Un día su abnegada esposa se quejó: «Trabajo en la casa todo el día como esclava, y todavía en la noche debo ser tu amante. Dame dinero para pagar una mujer que haga el trabajo de la casa». Replicó Capronio: «No. Mejor usaré el dinero para pagarle a una mujer que sea mi amante por la noche. Tú sigue haciendo el trabajo de la casa». FIN.Donald Trump se hallaba en su despacho de la Casa Blanca, el llamado Salón Oval. («Oral», en tiempos de Bill Clinton). De pronto irrumpió en el despacho el chofer del presidente yanqui, un individuo de nombre Waspo. Su aspecto era de lo más extraño. Venía con el cabello y las ropas en desorden; traía en el rostro manchas de lápiz labial; presentaba evidentes signos de embriaguez y llevaba en las manos un pay de manzana. «Holy shit! -exclamó Trump con asombro-. ¿Qué te sucedió?». Respondió el chofer: «Déjeme contarle, jefe. Yo vivo en una granja en las afueras de la ciudad. Ahí todo mundo me conoce y sabe que soy el chofer del Presidente. Ya no me llaman por mi nombre: ahora todos me dicen  el chofer de Trump . Venía yo hacia acá en el automóvil cuando una mujer que iba en dirección contraria me gritó: «¡Marrano!». Furioso por aquel insulto le mostré el dedo y le grité a mi vez: «Fuck you!». Había yo entendido mal, señor Presidente. Lo que me quiso decir la señora es que más adelante estaba un un cerdo en medio de la carretera. No alcancé a frenar. Lo atropellé y lo dejé sin vida. Conocía yo al dueño del animal, pues es vecino mío. Lo encontré en el jardín de su casa, con su esposa y su hija. Seguramente advirtió que iba yo alterado, pues me preguntó con inquietud: «¿Qué te pasa?». Le dije: «Acabo de matar al cerdo». Al oír eso los tres aplaudieron jubilosamente, me abrazaron y bailaron llenos de alegría alrededor de mí. El vecino abrió una botella de whisky y me hizo brindar con él repetidas veces. La señora me llevó a la recámara y me dijo que como premio por lo que había hecho podía hacerle el amor. Y  la hija me regaló un pay de manzana. La verdad, señor Presidente, no entiendo. No entiendo». Es muy posible que la historieta que acabo de contar sea apócrifa, pero sirve para ilustrar el sentimiento de animadversión que Trump ha despertado en muchos de sus conciudadanos, cansados ya de las mentiras de su Presidente, de sus ex abruptos e imprudencias. Ciertamente el mandatario yanqui tiene una base de apoyo extensa y sólida en los estados de mayor tradición supremacista, donde  predominan aún el racismo, la xenofobia y el nacionalismo más elemental. Pero también ahí los votantes se darán cuenta de que eligieron a un hombre ignorante e imprudente que el día menos pensado los va a meter en un conflicto grave. Por mi modesta parte sigo haciendo honor a mi promesa de no pisar suelo norteamericano mientras ese patán esté en la Casa Blanca. Ha injuriado gravemente a México y a los mexicanos, e insiste en hostigar y amenazar a nuestros paisanos que viven en Estados Unidos. Desde aquí le digo a Trump «the F word»  y le muestro el dedo. El primer día de clases la maestra les dijo a los niños: «Si alguno de ustedes tiene ganas de ir al baño levante la mano». Preguntó Pepito: «¿Levantando la mano se quitan las ganas?».Adivinanza de Babalucas: «¿Cómo se llama la perra que aparece en la película  Las aventuras de Lassie ?». Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, fue con sus amigas al museo de arte. El guía les iba mostrando los cuadros: «Éste es un Van Gogh. Éste un Renoir. Éste un Manet.». Doña Panoplia quiso mostrar sus conocimientos de pintura: «Y ése es un Picasso, ¿verdad?». «No, señora -indicó el guía-. Es un espejo». Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Un día su abnegada esposa se quejó: «Trabajo en la casa todo el día como esclava, y todavía en la noche debo ser tu amante. Dame dinero para pagar una mujer que haga el trabajo de la casa». Replicó Capronio: «No. Mejor usaré el dinero para pagarle a una mujer que sea mi amante por la noche. Tú sigue haciendo el trabajo de la casa». FIN. MIRADOR. Por Armando FUENTES AGUIRRE. Variaciones opus 33 sobre el tema de Don Juan. La dama era aún hermosa. Los años habían respetado la belleza de su juventud. Le dijo a Don Juan: -¿Me recuerdas? Respondió él: -¿Cómo podría olvidarte? Cuando cierro los ojos por la noche miro tu rostro. Cuando llega el día y los abro lo sigo mirando. Preguntó la mujer: -¿Recuerdas la primera vez que nos amamos? -Me parece que sucedió ayer. Recuerdo cada palabra tuya, tus suspiros, tus desmayos. Lo recuerdo todo. -Y dime -quiso saber la dama- ¿recuerdas mi nombre? Contestó el caballero: -Nunca se borrará de mi memoria. Lo llevo grabado a fuego en el corazón y el alma. Pero a nadie se lo diré jamás. Ni siquiera a a ti. ¡Hasta mañana!…