De política y cosas peores

Armando Fuentes

26/09/17

Este es un día como todos los días, como los días de siempre, como los siempre días. Los lugares están en su lugar, y las cosas en sus cosas. La casa es lo que debe ser: la casa. Y la calle es la calle, como debe ser. Todo es conocido, hasta lo desconocido. Me sé de memoria la puerta; la llave; el cuadro en la pared; el mantel en la mesa; la cortina en la ventana; el florero en la repisa; el teléfono; la silla; el refrigerador; la tele. En su sitio los platos y las tazas; los vasos y las copas; el cuchillo, la cuchara, el tenedor. Sé que si muevo esto saldrá el agua; si muevo esto otro brillará la luz; si muevo aquello se encenderá la lumbre. Todo está en orden, incluso el desorden. Olvidé dónde está el libro, pero sé que ahí está. Sé dónde estoy; sé que aquí estoy. Y en mí está lo de todos los días: la cartera; el pañuelo; las tarjetas de esto y lo otro; las credenciales de lo otro y de esto, el celular. Todo está donde debe estar: el mundo está en su lugar, y yo en mi lugar del mundo. También Dios está en su lugar. Por eso no te miro cuando paso a tu lado o cuando tú pasas a mi lado. Por eso no eres; por eso no existes, porque este es un día como todos los días; como los días de siempre; como los siempre días. No estás en ningún lugar porque todo está en su lugar. Eres un rostro que no tiene rostro. Eres un nombre al que le falta nombre. Eres nadie. Eres nada. Que eso no te ofenda. Para ti yo soy nadie también. Soy nada. Lo sé y no me ofendo. Pasamos uno junto al otro, y ni el otro ni el uno se ven. Cuando los días son como los otros días todos somos nadie para todos. Por eso no nos vemos, no nos oímos y no nos tocamos. Por eso no existimos para los demás. Existimos apenas para nosotros mismos. Y a veces ni siquiera para nosotros mismos existimos. De pronto cambia todo, y ya nada es lo mismo. La tierra se mueve y todo cambia; y ni la gente ni las cosas somos lo mismo ya. Unos segundos bastan. Entonces los días ya no son lo que son todos los días; entonces las cosas dejan de ser lo que son siempre y se convierten en lo que nunca son. La casa ya no es la casa ni la calle es la calle. Ahora el vaso se ha roto, y el cuadro de la pared está caído, y el libro tiene tierra en sus páginas, y lodo. En esos momentos las tarjetas no sirven, ni las credenciales, ni el teléfono. Ahora todo está en desorden, hasta el orden. Ahora ya nada está en su lugar: el mundo no está en su lugar; yo no conozco el lugar donde estoy. Dios mismo no está ya donde lo dejé. Es entonces cuando te conozco. Cuando te reconozco. Ahora eres yo. Tú y yo en la brigada. Tú y yo brigada. Me das la piedra, el pan, el agua, y yo te doy la piedra, el agua, el pan. Estamos heridos porque las casa y la calle están heridas, pero vamos hacia la herida juntos, y juntos sacamos a los vivos y a los muertos, y de la muerte sacamos otra vez la vida. Ahora tu rostro tiene rostro, y sé que cómo te llamas aunque no sepa tu nombre. Te llamas como yo: hombre o mujer, amigo, compañera. Ahora nos vemos, nos tocamos, nos oímos. Me das tu mirada y yo te doy mis ojos; me das tu mano y yo te doy mis brazos; me das tu voz y yo la escucho, y me oyes cuando te hablo. Los que antes éramos nadie ahora somos nosotros. Buscando a otros nos encontramos. Mañana será otro día. Otra vez los días serán como todos los días; como los siempre días. Las cosas regresarán a su lugar; los lugares regresarán a su lugar. El vaso será de nuevo el vaso, y nuevamente el libro será el libro. Volveremos a tener en nuestras manos la luz, el agua, el fuego. Pero de los escombros hemos sacado a la esperanza. Y la esperanza estaba viva. Ella nos dará otra vez la vida. La siempre vida. FIN.Este es un día como todos los días, como los días de siempre, como los siempre días. Los lugares están en su lugar, y las cosas en sus cosas. La casa es lo que debe ser: la casa. Y la calle es la calle, como debe ser. Todo es conocido, hasta lo desconocido. Me sé de memoria la puerta; la llave; el cuadro en la pared; el mantel en la mesa; la cortina en la ventana; el florero en la repisa; el teléfono; la silla; el refrigerador; la tele. En su sitio los platos y las tazas; los vasos y las copas; el cuchillo, la cuchara, el tenedor. Sé que si muevo esto saldrá el agua; si muevo esto otro brillará la luz; si muevo aquello se encenderá la lumbre. Todo está en orden, incluso el desorden. Olvidé dónde está el libro, pero sé que ahí está. Sé dónde estoy; sé que aquí estoy. Y en mí está lo de todos los días: la cartera; el pañuelo; las tarjetas de esto y lo otro; las credenciales de lo otro y de esto, el celular. Todo está donde debe estar: el mundo está en su lugar, y yo en mi lugar del mundo. También Dios está en su lugar. Por eso no te miro cuando paso a tu lado o cuando tú pasas a mi lado. Por eso no eres; por eso no existes, porque este es un día como todos los días; como los días de siempre; como los siempre días. No estás en ningún lugar porque todo está en su lugar. Eres un rostro que no tiene rostro. Eres un nombre al que le falta nombre. Eres nadie. Eres nada. Que eso no te ofenda. Para ti yo soy nadie también. Soy nada. Lo sé y no me ofendo. Pasamos uno junto al otro, y ni el otro ni el uno se ven. Cuando los días son como los otros días todos somos nadie para todos. Por eso no nos vemos, no nos oímos y no nos tocamos. Por eso no existimos para los demás. Existimos apenas para nosotros mismos. Y a veces ni siquiera para nosotros mismos existimos. De pronto cambia todo, y ya nada es lo mismo. La tierra se mueve y todo cambia; y ni la gente ni las cosas somos lo mismo ya. Unos segundos bastan. Entonces los días ya no son lo que son todos los días; entonces las cosas dejan de ser lo que son siempre y se convierten en lo que nunca son. La casa ya no es la casa ni la calle es la calle. Ahora el vaso se ha roto, y el cuadro de la pared está caído, y el libro tiene tierra en sus páginas, y lodo. En esos momentos las tarjetas no sirven, ni las credenciales, ni el teléfono. Ahora todo está en desorden, hasta el orden. Ahora ya nada está en su lugar: el mundo no está en su lugar; yo no conozco el lugar donde estoy. Dios mismo no está ya donde lo dejé. Es entonces cuando te conozco. Cuando te reconozco. Ahora eres yo. Tú y yo en la brigada. Tú y yo brigada. Me das la piedra, el pan, el agua, y yo te doy la piedra, el agua, el pan. Estamos heridos porque las casa y la calle están heridas, pero vamos hacia la herida juntos, y juntos sacamos a los vivos y a los muertos, y de la muerte sacamos otra vez la vida. Ahora tu rostro tiene rostro, y sé que cómo te llamas aunque no sepa tu nombre. Te llamas como yo: hombre o mujer, amigo, compañera. Ahora nos vemos, nos tocamos, nos oímos. Me das tu mirada y yo te doy mis ojos; me das tu mano y yo te doy mis brazos; me das tu voz y yo la escucho, y me oyes cuando te hablo. Los que antes éramos nadie ahora somos nosotros. Buscando a otros nos encontramos. Mañana será otro día. Otra vez los días serán como todos los días; como los siempre días. Las cosas regresarán a su lugar; los lugares regresarán a su lugar. El vaso será de nuevo el vaso, y nuevamente el libro será el libro. Volveremos a tener en nuestras manos la luz, el agua, el fuego. Pero de los escombros hemos sacado a la esperanza. Y la esperanza estaba viva. Ella nos dará otra vez la vida. La siempre vida. FIN. MIRADOR. Por Armando FUENTES AGUIRRE. Esta foto es antigua, muy antigua. Tiene más años que la casa, que tiene muchos años. Alguna vez quizá fue color sepia. Ahora el tiempo le ha dado un tono gris, el de la tierra. ¿Quién tomaría esta foto? Seguramente un fotógrafo viajero; francés a lo mejor, o americano, de los que llegaron cuando las invasiones. El retrato tiene la vaguedad de las cosas que fueron y que ya no son. En él aparece una muchacha que nos mira desde la lejanía que va con ella. No sé quién es. Desde joven les pregunté a los viejos quién fue esta muchacha, y no me lo supieron decir. Desde jóvenes ellos les preguntaron a los viejos quién fue esa muchacha, y no se lo supieron decir.  Murió y fue enterrada. Se volvió polvo en el cementerio de Ábrego. Pero no murió cuando se le acabó la vida: murió cuando se le acabó el recuerdo. El día que fue olvidada se murió. El olvido es la verdadera muerte. La otra, la del entierro y polvo, es muerte con vida. Ésta, la del olvido, es muerte que ha muerto para siempre. Miro el retrato de esta muchacha y me entristece verla. Vivió como si no hubiera vivido. Le inventaré una historia para que vuelva a vivir. ¡Hasta mañana!…

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