De política y cosas peores

Armando Fuentes

12/09/17

Pasos de un peregrino son, errante, los que me llevaron hace unos días a la pequeña tienda de artículos religiosos que está junto al convento de Santo Domingo, en Oaxaca. Ahí compré algunas cosas. Cuando iba a pagar me dijo la encargada de la caja: “Usted es sacerdote ¿verdad?”. Respondí: “No, señorita. ¿Por qué piensa que lo soy?”. “Porque parece padre” -me dijo la muchacha. Debí haberle dicho que sí lo era. De ese modo habría obtenido beneficio, aun sin oficio, con el jugoso descuento que -demasiado tarde me enteré- se hace ahí a la gente de sotana. Ignoro si es mi traza y voz de cura lo que hace que en mis andanzas por el mundo algunos me tomen por su confidente y me cuenten cosas que a otro no contarían. O quizá se franquean conmigo porque saben que no nos volveremos a ver nunca, y siempre es bueno descargar el pecho, aunque sea en un extraño. Así, no es raro que vuelva a casa llevando en mi maleta alguna historia de la vida real (las de la vida irreal yo me las invento). Uno de esos relatos lo escuché hace tiempo en Tepic. Ahí hay una colonia, la Menchaca, que lleva el nombre de un ingenio azucarero de mucha tradición. Sucede que los vecinos de ese barrio andaban inquietos, pues se había afincado en ella un seductor, un don Juan de nuestro tiempo. Pero, atención: los desasosegados vecinos no decían: “Cuidemos a nuestras hijas”. Decían: “Cuidemos a nuestras mamás”. Sucede que el dicho galán se especializaba en señoras ya maduras, generalmente viudas. No las buscaba para quitarles el dinero, no. Al contrario: con ellas compartía el suyo generosamente. Las procuraba para gozar los pedacitos buenos que todavía les quedaban, y después de disfrutar tales trocitos las despedía caballerosamente, no sin antes darles una especie de pago de marcha o indemnización. El noviazgo -llamémoslo así- con cada una de ellas duraba un par de meses a lo más. El hombre llevaba a su casa su nueva adquisición; hacía con ella vida marital durante el tiempo dicho, y luego decía adiós a la señora, pues otra había hallado ya para ocupar su sitio. A la que se iba le entregaba una generosa cantidad que -decía galantemente- no era un pago, sino “una pequeña compensación que de ninguna manera corresponde a lo mucho que recibí de ti”. Todas, oí decir, tomaban el dinero y se iban muy contentas, y aun agradecidas. El hombre era sesentón, pero, según el evocador dicho de las damas conservaba incólumes las facultades de la juventud. Vestía bien, a la usanza vaquera, con botas de punta y sombrero texano; gozaba de cabal salud; tenía elegantes modos; no era de mal ver (algunas dicen que les recordaba a JR, el de la serie “Dallas”) y trataba bien a sus mujeres. Con las muchachas no se metía, aunque más de una se le resbaló por interés de la jugosa gratificación que daba. Los hijos de señoras viudas andaban desazonados, y las hijas más. Temían que a su santa madrecita se le quitara lo santa; que cayera en manos -y en todo lo demás- del labioso seductor, con lo cual faltaría a la memoria de su difunto esposo. Si la mamá les decía que iba a salir, le preguntaban llenos de zozobra: “¿A dónde vas?”, “¿Con quién?”, y: “¿A qué horas vas a regresar?”, como hacen los papás con sus hijas en edad de  merecer.  Perdónenme ustedes, pero yo admiro a ese extraño Casanova, y si alguna vez me lo topara lo felicitaría. No era suya la desdichada suerte de aquel pobre señor que se lamentaba a propósito de las mujeres: “Cuando tenía qué echarles no tenía qué darles. Y ahora que tengo qué darles no tengo qué echarles”. El hombre de mi relato tenía las dos cositas, bendito sea el Señor. Por eso ponía a los pollos en trance de cuidar a las gallinas. ¡Qué revuelto anda este mundo!… FIN.Pasos de un peregrino son, errante, los que me llevaron hace unos días a la pequeña tienda de artículos religiosos que está junto al convento de Santo Domingo, en Oaxaca. Ahí compré algunas cosas. Cuando iba a pagar me dijo la encargada de la caja: “Usted es sacerdote ¿verdad?”. Respondí: “No, señorita. ¿Por qué piensa que lo soy?”. “Porque parece padre” -me dijo la muchacha. Debí haberle dicho que sí lo era. De ese modo habría obtenido beneficio, aun sin oficio, con el jugoso descuento que -demasiado tarde me enteré- se hace ahí a la gente de sotana. Ignoro si es mi traza y voz de cura lo que hace que en mis andanzas por el mundo algunos me tomen por su confidente y me cuenten cosas que a otro no contarían. O quizá se franquean conmigo porque saben que no nos volveremos a ver nunca, y siempre es bueno descargar el pecho, aunque sea en un extraño. Así, no es raro que vuelva a casa llevando en mi maleta alguna historia de la vida real (las de la vida irreal yo me las invento). Uno de esos relatos lo escuché hace tiempo en Tepic. Ahí hay una colonia, la Menchaca, que lleva el nombre de un ingenio azucarero de mucha tradición. Sucede que los vecinos de ese barrio andaban inquietos, pues se había afincado en ella un seductor, un don Juan de nuestro tiempo. Pero, atención: los desasosegados vecinos no decían: “Cuidemos a nuestras hijas”. Decían: “Cuidemos a nuestras mamás”. Sucede que el dicho galán se especializaba en señoras ya maduras, generalmente viudas. No las buscaba para quitarles el dinero, no. Al contrario: con ellas compartía el suyo generosamente. Las procuraba para gozar los pedacitos buenos que todavía les quedaban, y después de disfrutar tales trocitos las despedía caballerosamente, no sin antes darles una especie de pago de marcha o indemnización. El noviazgo -llamémoslo así- con cada una de ellas duraba un par de meses a lo más. El hombre llevaba a su casa su nueva adquisición; hacía con ella vida marital durante el tiempo dicho, y luego decía adiós a la señora, pues otra había hallado ya para ocupar su sitio. A la que se iba le entregaba una generosa cantidad que -decía galantemente- no era un pago, sino “una pequeña compensación que de ninguna manera corresponde a lo mucho que recibí de ti”. Todas, oí decir, tomaban el dinero y se iban muy contentas, y aun agradecidas. El hombre era sesentón, pero, según el evocador dicho de las damas conservaba incólumes las facultades de la juventud. Vestía bien, a la usanza vaquera, con botas de punta y sombrero texano; gozaba de cabal salud; tenía elegantes modos; no era de mal ver (algunas dicen que les recordaba a JR, el de la serie “Dallas”) y trataba bien a sus mujeres. Con las muchachas no se metía, aunque más de una se le resbaló por interés de la jugosa gratificación que daba. Los hijos de señoras viudas andaban desazonados, y las hijas más. Temían que a su santa madrecita se le quitara lo santa; que cayera en manos -y en todo lo demás- del labioso seductor, con lo cual faltaría a la memoria de su difunto esposo. Si la mamá les decía que iba a salir, le preguntaban llenos de zozobra: “¿A dónde vas?”, “¿Con quién?”, y: “¿A qué horas vas a regresar?”, como hacen los papás con sus hijas en edad de  merecer.  Perdónenme ustedes, pero yo admiro a ese extraño Casanova, y si alguna vez me lo topara lo felicitaría. No era suya la desdichada suerte de aquel pobre señor que se lamentaba a propósito de las mujeres: “Cuando tenía qué echarles no tenía qué darles. Y ahora que tengo qué darles no tengo qué echarles”. El hombre de mi relato tenía las dos cositas, bendito sea el Señor. Por eso ponía a los pollos en trance de cuidar a las gallinas. ¡Qué revuelto anda este mundo!… FIN. MIRADOR. Por Armando FUENTES AGUIRRE. Esa noche la luna era más luna que otras noches. Llenaba casi todo el cielo; apenas dejaba un rincón para la sombra. El rico señor y su pequeño hijo la miraban. Preguntó el pequeño: -¿De quién es la luna, padre? A su edad ya sabía que todo lo que existe es propiedad de alguien.  Respondió el rico señor: -Es tuya. El niño contempla ahora la luna con mirada de propietario. Cerca de ahí está el niño pobre. Tan pobre es ese niño que ni siquiera tiene padre. El niño pobre se dirige al rico y le pide con timidez: -¿Me dejas ver tu luna? El niño rico quiere que digan de él que es un buen niño: Le contesta, magnánimo: -Está bien; puedes mirarla. Pero no la toques. ¡Hasta mañana!…

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