DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes

02/08/2017

“Sufro de eyaculación prematura” -le dijo un hombre al doctor Duerf. “No se preocupe -lo tranquilizó el célebre analista-. Le presentaré a una paciente mía que tiene lapsos de atención muy cortos”. Don Chinguetas y doña Macalota iban en un crucero. Naufragó el barco, y don Chinguetas llegó a una isla desierta en compañía de una hermosa rubia. La joven se echó a llorar. “¡Estamos perdidos! -gimió desesperada-. ¡Nadie nos va a encontrar en este remoto sitio perdido en la inmensidad del mar!”. “Desgraciadamente no es así -suspiró don Chinguetas-. Mi mujer no tardará en dar con nosotros”. Lord Feebledick volvió a su finca después de la cacería de perdices y sorprendió a su esposa, lady Loosebloomers, en ilícita coición con Wellh Ung, el lacertoso mancebo encargado de la cría de los faisanes. El señor llevaba aún su escopeta, y con ella le apuntó al mozalbete, que se había puesto en pie sobre la cama y estaba tal como vino al mundo. “¡No dispare, milord! -rogó el bellaco-. ¡Deme otra oportunidad! ¡Procuraré no volver a hacer esto, o hacerlo con discreción mayor!”. “Muy bien, muchacho -concedió lord Feebledick, magnánimo, pero sin dejar de apuntarle-. Te daré una oportunidad. Balancéalos”. Cuando a dos se les compara uno de los dos repara. ¿Cuál de estos dos países, Venezuela y México, está más jodido? Difícil es responder a la pregunta. Venezuela cayó en manos de una dictadura que tiene a la nación sumida en el agobio y la irritación social. De México se apoderó la delincuencia, que gobierna ya más que el Gobierno, y el país sufre los efectos de una rampante corrupción que ha inficionado todos los ámbitos de la vida nacional. Yo, quizá movido por el fervor patriótico que nos caracteriza a los mexicanos, y que se manifiesta sobre todo en las peleas de box y los partidos de futbol, opino que Venezuela está más jodida que nosotros. México, pese a todos los pesares, ha conseguido mantenerse en el camino del ejercicio democrático y la institucionalidad. Sus gobiernos han cometido errores graves que acarrearon a la República males de todo orden: pobreza; inseguridad; abusos de la casta política reinante; la ya mentada corrupción. Sin embargo los errores que se cometen en la democracia pueden corregirse con más democracia. Venezuela, en cambio, es víctima de una dictadura. Y las dictaduras, lejos de enmendar sus yerros, los mantienen por medio de la fuerza. Eso llevó a Maduro, obscena pústula en el cuerpo de la nación hermana, a darse a sí mismo un golpe de estado para mantenerse en el poder. Así, Venezuela se halla al borde de la guerra civil. En México no hemos llegado a tal extremo. Hasta ahora hemos logrado resistir las tentaciones del populismo, la demagogia y el caudillismo autoritarismo. Por eso, a pesar del cariño y admiración que siento por el pueblo venezolano, opino que Venezuela está más jodida que México. Lo digo con el mayor respeto, aunque esa frase se usa cuando se ha sido o se va a ser irrespetuoso. No quiero faltarle al respeto a esa hermosa y gran nación. Pero tampoco quiero faltarle al respeto a la verdad. A Augurio Malsinado lo persigue un hado adverso. El otro día una joven masajista le dio un sensual masaje. Sus frotamientos hicieron que Augurio experimentara en la entrepierna una tumefacción tan evidente que la bella muchacha no pudo menos que notarla. Se inclinó y le dijo al oído a Malsinado: “¿Le gustaría un trabajito manual?”. “Mucho” -contestó él respirando agitadamente. “En seguida vuelvo” -dijo la masajista. Salió de la habitación; regresó 15 minutos después y le preguntó a Malsinado: “¿Ya terminó?”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
No sé si soy un creyente que duda o un escéptico que cree.
Los misterios del mundo me anonadan, y no hallo explicación a las tragedias de la vida, ni a sus goces.
Entonces me refugio en la fe de mis abuelos y mis padres. Esa fe sin preguntas me da consuelo en las horas de tristeza y me hace sentir gratitud en los momentos de felicidad.
Ayer, igual que cada día primero de mes, encendí la pequeña llama de una vela ante la estampa de la Divina Providencia. No sé si creo en ella o no, pero tampoco sé de dónde me han llegado la casa, el vestido y el sustento. A alguien tengo que agradecer esos milagros tan inadvertidos: el techo que me ampara, la ropa que me cubre, el pan que me alimenta. Además a nadie hago daño con ese inofensivo rito que para mí es recordación de los que ya se fueron y esperanza de los que conmigo están.
No sé si me equivoco al creer. No sé si me equivoco al dudar. Pero doy gracias. Y en la gratitud nadie se equivoca.
¡Hasta mañana!…

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