De política y cosas peores

Armando Fuentes

21/03/16

En el bar del hotel una bella muchacha bebía sola. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió al barman que le llevara una copa de su parte. La chica rechazó el obsequio, molesta, y le dijo a su galanteador: “¿Acaso crees que con una copa puedes llevarme a la cama?”. Preguntó Afrodisio: “¿Cuántas se necesitan?”. El sheriff de aquel pueblo del Salvaje Oeste tomó el teléfono y marcó el número 4-44-444-444. Le contestó una voz: “Diga”. Preguntó el sheriff: “¿Están los cuatreros?”. Un chiste más como éste y mis cuatro lectores quedarán reducidos a dos). Un astroso individuo entró a una cantina y le preguntó al tabernero: “¿Hay caldo de pollo?”. Respondió el hombre: “Ésta es una cantina, no un restorán. Aquí no servimos comida”. Se fue el tipo, pero regresó media hora después. “¿Tiene caldo de pollo?”. “Ya le dije que no hay -volvió a decirle el cantinero-.Vaya a un restorán”. Se retira el sujeto, pero antes de una hora estuvo de vuelta. “¿Tiene caldo de pollo?”. “¡Ya le dije que no! -estalla el de la cantina-. ¡Y no me moleste más! ¡Si vuelve a pedirme caldo de pollo le voy clavaré la pija en el mostrador!”. Salió de la cantina el individuo. Regresó un par de horas después. “¿Tiene clavos?”. “No” -contesta desconcertado el tabernero. “Entonces -preguntó el tipo- ¿tiene caldo de pollo?”. Todos los actos de gobierno deben encaminarse en estos calamitosos tiempos a procurar el bien de los mexicanos pobres. La situación es agobiante para millones de compatriotas nuestros que sufren cada vez en mayor medida los efectos de la pobreza, según se puso de manifiesto en los pasados días invernales. Se les llevan a regalar cobijas y despensas, y eso está bien, pero tales apoyos ocasionales en modo alguno resuelven su problema de fondo, que es la carencia de condiciones mínimas para vivir con dignidad. Las evidencias muestran que no se ha avanzado en el terreno de la justicia social. Si yo fuera gobernante -Dios me libre- tendría sobre mi escritorio las fotografías de un obrero sin trabajo, un campesino sin esperanza de cosecha, un padre y una madre angustiados porque lo que ganan no les alcanza para dar alimento y educación a sus hijos. Eso me ayudaría a no dejar pasar un solo día sin hacer un esfuerzo serio y consistente en bien de los marginados, cuyo número va creciendo más y más. La libertad y la democracia son bienes valiosos, pero de nada sirven si no los acompaña la justicia. Y en México el reloj de la justicia está muy atrasado. En un bar de Tucson una joven y atractiva norteamericana entabló conversación con el hombre que estaba a su lado. “Soy investigadora -le dijo-, y he encontrado un dato interesante. Los mejores amantes de esta región han sido siempre los indios pieles rojas y los colonos mexicanos. Pero, perdóneme, no me presenté. Soy Margo Mead”. Dijo el otro: “Y yo soy Toro Sentado González, para servir a usted”. Cierto señor sufrió un accidente automovilístico y fue sometido a una cirugía plástica en el rostro. Tiempo después les contó sus amigos: “Me pusieron un injerto de mi propia piel en la cara”. Preguntó uno: “¿De dónde te tomaron piel para el injerto?”. “No sé -respondió el señor-. Pero cada vez que me canso mi cara se quiere sentar”. El cuento que sigue no debe ser leído por personas con escrúpulos morales.Una dama con mucha ciencia de la vida conoció a un rudo mocetón de torosa musculatura, y entró en deseos de refocilarse con él. Lo llevó a su departamento, y empleando sutiles artes aprendidas en muchos trances similares lo puso pronto en acezante estado de lubricidad. Ya iba el mancebo a consumar el trance cuando ella lo detuvo. Le preguntó: “¿No traes preservativo?”. El muchacho, confundido, respondió que no. “Yo tengo uno -dijo ella. Y extrajo de su bolso el artilugio. El muchacho lo sacó del sobrecito y procedió a examinarlo fijamente. Luego, sin decir palabra, empezó a ponérselo a manera de gorro en la cabeza. Le dijo la mujer entre asombrada y divertida: “Ahí no se pone”. “Ya lo sé -contesta el mocetón-. Lo estoy aflojando”. (No le entendí)… FIN.

MIRADOR

El padre Soáres charlaba con el Cristo de su iglesia. Le preguntó:
-¿Escuchaste mi sermón del domingo?
Le contestó el Señor:
-Perdóname. Tú sabes que no me gustan los sermones. Tuve que decir uno cierta vez, en la montaña, pero compensé a quienes lo escucharon dándoles de comer panes y peces. Con eso te quiero decir que un sermón es inútil si no sirve para aliviar una necesidad de nuestro prójimo.
-Pero yo hablé muy bien -dijo el padre Soárez-. Varias personas me dijeron que estuve elocuentísimo.
-Y tu sermón -preguntó el Cristo- ¿sirvió de algo a tu hermano, o sirvió sólo para lucirte tú?
-No lo sé -respondió perplejo el padre Soárez.
-Entonces -le dijo Jesús-, el próximo domingo en vez de hablar toca las campanas. Harás un mejor ruido.
¡Hasta mañana!…

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