De política y cosas peores

Armando Fuentes

19/12/15

Un tipo le preguntó a otro: “¿Cómo te va con tu nueva amiguita?”. Respondió: “La traigo muerta”. Le aconsejó el primero: “Toma Viagra”. El futbolista andaba triste: “Mi equipo me cambió”. Alguien le dijo: “Es frecuente que los equipos cambien a sus jugadores”. “Sí -replicó el futbolista-, pero a mí me cambió por dos balones”. El Lobo Feroz amenazó a la abuelita: “¡Te voy a comer!”. Contestó ella: “Eso es lo que le vas a hacer a Caperucita, guapo. Tú y yo haremos otra cosa”.Tengo un colega que es algo intolerante. Su lema podría ser la frase de Claudel: “¿Tolerancia? ¡Para eso hay zonas!”. A veces sus opiniones tocan los extremos. Dice por ejemplo: “Cuando veo un fumador -o una fumadora- me formo una pobre idea no sólo acerca de su instinto de conservación, sino también de su capacidad intelectual”. Desde luego yo no comparto esa postura. Conozco fumadores -y fumadoras- muy inteligentes y que han leído muchos libros (los dejan, eso sí, apestosos a tabaco). Sobre el instinto de conservación no puedo opinar con objetividad, pues dos amigos míos han muerto a consecuencia del cigarro. Uno de ellos, privado ya del habla por efectos de un cáncer terminal en la garganta, recibió en el hospital la visita de sus sobrinos jóvenes, de quienes quiso despedirse. Angustiado se enderezó en la cama e imitó el movimiento del fumador que se lleva a la boca el cigarrillo. Luego, con el índice, hizo el ademán de negar. En su desesperación quería decirles: “¡No fumen!”. Aun así, por lo que hace al hábito o vicio de fumar soy partidario de la libertad. Cada quién su vida. O, en este caso, cada quién su muerte. Sin embargo no pienso que los fumadores tengan derecho a someter a quienes no fuman a la molestia -y riesgo- de recibir sus emanaciones. Hace tiempo se dictó una disposición por la cual se prohibió fumar en espacios públicos cerrados. Eso fue recibido con aplausos. Así, me sorprendió la decisión por la cual el Congreso local de Nuevo León dio marcha atrás a esa medida, y acordó permitir nuevamente que se fume en sitios cerrados de bares y restoranes. Y no se diga que habrá un espacio “bien resguardado” destinado a los fumadores: sus humos impregnan el ambiente, como sucede en la casa de un fumador, o en su automóvil, y ponen en peligro injustamente al personal de servicio que debe ingresar a ese espacio. Fumen los fumadores, pero no obliguen a otros a fumar también. Quienes aprobaron iniciativa tan retrógrada evidencian no sólo ignorancia en temas de salud pública, sino también falta de sensibilidad. Por este medio les envío una sonora trompetilla de reprobación: “¡Ptrrrrrrrrr!”… Don Inepcio, hombre casado, le confió a su compadre Pitorraudo, soltero y sabidor, sus cuitas conyugales. Le dijo que su esposa era muy fría en lo concerniente al sexo. No aportaba al acto del amor no digamos ya pasión o entusiasmo, sino ni siquiera moderado interés. A veces en el curso de la acción erótica se ponía a comer palomitas, a leer la revista TVNovelas o a jugar al Candy Crush. En otras ocasiones tejía estambre o hacía labor de macramé. “Lo que sucede, compadre -le dijo Pitorraudo-, es que en su alcoba hay ausencia de emoción. El sexo no está completo sin romanticismo. Si usted me lo permite iré a su casa esta noche y tocaré en mi mandolina melodías de antaño que de seguro incitarán a su señora a poner más sentimiento en el connubio”. Don Inepcio aceptó la sugerencia, y esa misma noche el compadre se aplicó a tocar “Torna a Sorrento” mientras los cónyuges hacían el amor. Ciertamente esa tradicional canción de Italia es muy hermosa, pero no surtió el efecto deseado: la mujer siguió fría e indiferente. Sugirió Pitorraudo: “¿Qué le parece, compadre, si por vía de experimentación yo hago el amor con su esposa mientras usted toca la mandolina, a ver qué pasa?”. Accedió don Inepcio a esa segunda sugestión, y se aplicó a tocar la conocida pieza “Al di la”. Bien pronto, con el compadre como pareja, la señora empezó a lanzar gritos y ululatos de pasión. Dijo muy orgulloso don Inepcio: “Eso es lo que hacía falta. Alguien que tocara bien la mandolina”. FIN.

MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, cuando en las tardes invernales encendía yo la chimenea de la sala y me sentaba en el sillón a leer un libro? Tú te tendías a mis pies, como en una perfecta ilustración de Norman Rockwell.
Hace unos días vi una estampa que me conmovió. Representaba una escena semejante. Sólo que en el sillón no había nadie. Al lado, sobre una pequeña mesa, estaba una pipa que nadie usaba ya. Por la ventana se veía, en la puerta, un luctuoso moño. El perro, triste, parecía preguntar a dónde se había ido su amo.
Soy yo quien en estos días extraña más tu ausencia, Terry. No miro reflejadas en tus ojos las cintilaciones de los foquitos que prenden y se apagan en el árbol de Navidad, ni el resplandor de las llamas en la chimenea. Cierro el libro, y no te pones en pie para preguntarme sin palabras: “¿Has terminado de leer? ¿Nos vamos ya a dormir?”.
Ahora que ya no estás conmigo, Terry, es cuando más estás. Tu ausencia es presencia permanente. Acompáñame, perro, ángel, amigo, hasta el día en que yo sea quien te pregunte: “¿Nos vamos ya a dormir?”.
¡Hasta mañana!…

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