De política y cosas peores

Armando Fuentes

18/12/15

En la cena de aniversario Capronio se levantó de la silla que ocupaba al lado de su esposa, tomó el micrófono y dijo: “Quisiera expresar mi gratitud a la mujer que durante estos 25 años me ha dado amor, apoyo, comprensión y, si me es permitido decirlo, un gran sexo en la cama”. Hizo una pausa para dejar que se apagaran los murmullos y risas de la gente y añadió en seguida: “Desgraciadamente ella no está aquí”. Don Astasio llegó a su casa después de su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba aun en los días de calor canicular y luego se encaminó a su alcoba a fin de reposar un poco su fatiga antes de la cena. Lo que vio en el aposento le impidió el descanso: su esposa Facilisa estaba en el lecho conyugal refocilándose con un desconocido. Desconocido para don Astasio, pues la señora daba trazas de conocer bien al sujeto, a juzgar por las expresiones con que se dirigía a él. Le decía “pechochón”, “papashito” y “cochototas”. El mitrado marido pensó que de seguro ninguno de esos tres vocablos aparecía en el diccionario de la Academia. Eso lo disgustó sobremanera, pues era partidario de la corrección idiomática. Fue al chifonier donde guardaba una libreta en la cual solía anotar inris para decirlos a su mujer en tales ocasiones; volvió a la alcoba y le espetó el último que había registrado: “¡Herbolaria!”. Ese adjetivo se aplica a las personas alocadas y ligeras. “¡Ay, Astasio! -replicó la señora, quejumbrosa-. ¿No puedo tener una distracción en medio de todos los problemas que hay en el país?”.Si hubiera un Concurso Internacional de Apretarse el Cinturón los mexicanos ganaríamos el primer premio. Años y años nos la hemos pasado apretándonos el cinturón. No recuerdo las primeras palabras que escuché al nacer, pero seguramente fueron: “Hay que apretarnos el cinturón”. Esas mismas palabras, afirman los cronistas, las pronunció Acamapixtli, primer emperador de los aztecas, en su mensaje de toma de posesión. Ahora vuelve a sonar tan ominosa frase. El precio del dólar y el del barril de petróleo van que vuelan para estar a 20, igual que las mentadas. Esa sombría posibilidad hace que otra vez se nos diga que hay que apretarnos el cinturón. El problema es aún más grave si se considera que la inmensa mayoría del pueblo no tiene cinturón, así de aflictiva es su pobreza. Vale decir que estamos ligeramente jodidísimos. Desde luego hay naciones con problemas mayores que los nuestros: Burundi, Comoras, Kiribati y Togo, por ejemplo. Además ha comenzado ya el gozoso período del año conocido con el nombre de Puente Guadalupe Reyes, que algunos extienden hasta la Candelaria. Eso nos ayuda a olvidar, siquiera sea por el momento, nuestros duelos y quebrantos. Dejémosle, pues, a cada día su afán. Seguramente vendrán días mejores. Nuestros tataranietos los verán. Himenia Camafría, madura señorita soltera, conoció a un joven y apuesto boy scout. Le dijo: “Quizá ya hiciste tu buena obra del día, muchacho; pero dime: ¿ya hiciste tu buena obra de la noche?”. Babalucas esperaba en la esquina un autobús. A su lado un señor aguardaba el suyo. Llegó un camión y el señor le preguntó al chofer: “Este autobús ¿me lleva al centro?”. Respondió el conductor: “”No”. Preguntó Babalucas: “¿Y a mí?”. Un turista norteamericano viajó a Alvarado, Veracruz. El hombre medía 2 metros de estatura. Lo vio un alvaradeño y le dijo: “¡Qué alto eres, hijoeputa!”. Respondió el estadounidense: “Y tener un hermano que ser 5 centímetros más hijoeputa que yo”. Don Cornífero se sintió muy halagado cuando su hijito de 5 años le dijo: “Eres muy valiente, papi”. Le preguntó: “¿Por qué lo dices?”. Respondió el chiquitín: “Eres bombero voluntario, y cuando suena la sirena sales corriendo de la casa a apagar el incendio, sin miedo al peligro”. “Es mi deber, hijo mío” -declaró don Cornífero atusándose el bigote con orgullo. “En cambio -prosiguió el pequeño- el vecino es muy miedoso”. “¿Ah sí? -sonrió el papá-. ¿Por qué piensas eso?”. Explicó el niño: “Le da tanto miedo el incendio que nomás sales tú de la casa viene y se mete en la cama de mi mamá”. FIN.

MIRADOR

Oí hablar de cierto elegante caballero de edad madura -ya peinaba canas- que llegó a una tienda de departamentos a hacer sus compras navideñas.
En la juguetería vio un precioso tren eléctrico que daba vueltas y vueltas en torno de una aldea de casitas de cartón. La locomotora silbaba y echaba humo; en los vagones iluminados se veían alegres pasajeros.
Llamó el señor al encargado y le pidió:
-Quiero un tren como ése.
Dijo el empleado:
-Hace usted muy buena compra, caballero. Este trenecito es el regalo perfecto para un nieto.
Respondió, pensativo, el maduro caballero:
-Tiene usted razón. Deme otro.
Me gusta la historieta porque muestra que el arte de ser un buen abuelo consiste en no dejar nunca de ser niño.
¡Hasta mañana!…

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