De política y cosas peores

Armando Fuentes

16/12/15

En el club nudista una curvilínea socia le comentó a otra: “¡Qué hombre tan desagradable es ese Pitorreal! ¡Cuando me mira hace que me sienta vestida!”. El estudiante le dijo a su papá: “La maestra de ciencias políticas nos pondrá un examen sobre la administración de Bill Clinton”. Respondió el señor: “Supongo que el examen será oral ¿no?”. El amigo de Babalucas declaró en la marisquería: “Los ostiones me provocan el deseo de hacer el amor”. “Qué raro -se sorprendió el badulaque-. A mí ese deseo me lo provocan solamente las mujeres”. En el curso del acto del amor el marido exclamó emocionado: “¡En este momento no me cambiaría ni por Brad Pitt!”. Dijo su mujer: “¡Qué malo eres! ¿Por qué no?”. Yo no soy de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. Tampoco soy de centro, pues vivo continuamente descentrado. Las únicas posiciones que me exaltan son las del erotismo: la tradicional -casi ejidataria- del misionero, o las más novedosas y variadas del doggy style, woman on top, spooning, cowgirl, pounding, piledriver o T-square. En México las posiciones ideológicas de los partidos aparecen borrosas, imprecisas. El PAN, que es de derecha, entra en continuas alianzas con el PRD, supuestamente de izquierda. El PRI oscila como péndulo de uno a otro extremo, según las circunstancias. López Obrador, que se dice izquierdista, guarda un silencio bastante derechista en temas como el del aborto o los derechos de los homosexuales. El resto de los partiditos, partidillos o partidejos la única postura que conocen es la de estirar la mano para recibir dinero. En las naciones donde las posiciones políticas son más claras los votantes están dando la espalda al izquierdismo, sobre todo al populista, como se vio recientemente en Venezuela. Y es que el modelo de populismo caudillista, mesiánico y autoritario, cura el catarro de hoy, pero sólo para causar el cáncer de mañana. México no está vacunado contra ese mal. Las actuales circunstancias pueden llevar a los electores a emitir un voto de desesperación con tal de que el país tome un rumbo diferente. Si las cosas siguen como van será inútil hacer un llamamiento a la razón, pues una sociedad desesperada es por esencia irrazonable. Con la esperanza de que eso no suceda contaré un chascarrillo final y luego iré a refugiar mi inquietud en otra parte. El padre Arsilio pedía en cada misa la ayuda de sus feligreses a fin de obtener fondos para las obras del templo parroquial. Pese a las súplicas del sacerdote los fieles se mostraban avaros y mezquinos. El señor cura se angustiaba, pues veía que sus instancias eran desoídas: vox clamantis in deserto. Un día el sacristán, rudo lugareño que antes había trabajado en el rastro municipal, le hizo una sugerencia: “Lo que sucede, padre, es que a usted le falta energía al dirigirse a la gente. El próximo domingo déjeme solo con los asistentes a la misa. Yo les hablaré a mi manera, y ya verá los resultados”. Don Arsilio accedió a la petición del hombre. El siguiente domingo, en efecto, al final de la misa les pidió a los fieles que antes de irse escucharan algo que iba a decirles Farfantón, que así se llamaba el sacristán. Luego se retiró para dejarlo a solas con la gente. Una hora después el sujeto regresó con el párroco. Llevaba dos grandes bolsas, una de las cuales vació sobre el escritorio. Don Arsilio quedó estupefacto: de la bolsa salió una catarata de billetes de alta denominación: 500 pesos, mil. “¡Loado sea el Señor!” -exultó admirado-. ¿Cómo hiciste para juntar tanto dinero?”. Respondió el sacristán: “Pedí que salieran las mujeres, y a los hombres les hablé con energía. Saqué mi cuchillo de carnicero y les dije: A los que no cooperen pa las obras del templo les cortaré los güevos “. “¡Qué barbaridad! -exclamó consternado el padre Arsilio-. ¡Con razón reuniste todo ese dinero! ¡Yo mismo habría dado una generosa aportación! Pero dime: ¿qué contiene la otra bolsa?”. Contestó Farfantón: “Son los de los cabrones que no quisieron cooperar”. FIN.

MIRADOR

“.Unidos, el hombre y la mujer forman el ser humano completo. Separados, a ella le falta la fuerza corporal del hombre y su capacidad de razonar con sentido de la realidad. Él, por su parte, extraña la ternura y suavidad de la mujer, su sensibilidad y perspicacia. Un hombre solo es un ser incompleto. Igual sucede con la mujer. Solos, cada uno es como la mitad de unas tijeras cuyas dos partes, si no están juntas, no sirven para nada.”.
Esas palabras son de Benjamín Franklin. Las escribió en un pequeño ensayo cuyo título es “Consejos para escoger una amante”.
Desde luego las opiniones del ingenioso -y cachondo- prócer norteamericano no serán del gusto ni de los machistas ni de las feministas de hoy. Sin embargo hay en ellas una dosis considerable de buen juicio. Ciertamente la mujer necesita del hombre, y éste de su compañera. Podrán ir solos por la vida, pero la naturaleza los hizo para unirse.
Yo aplaudo a la naturaleza por ese sapientísimo diseño.
(Claro, no doy el aplauso en el momento de la unión).
¡Hasta mañana!…

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