De política y cosas peores

Armando Fuentes

14/12/15

Le dijo Rosibel a Susiflor: “Ya supe quién es la mujer con la que me engaña Leovigildo. Es su esposa”. En Canadá un caballo se asomó por la ventana del establo y vio a su jinete yogando sobre el suelo con una linda chica. Dijo el caballo para sí: “Ahora entiendo por qué le llaman policía montado “. Tres palabras de mujer que pueden destruir el ego de cualquier hombre: “¿Ya estás ahí?”. No debería yo sacar a luz el chascarrillo que ahora sigue. Es contrario a mis convicciones y principios. (Algunos tengo todavía, pese al paso y el peso de los años, que ponen en el hombre reumas y cinismo). Pero a más de eso el cuento mencionado despide un cierto tufo machista, lo cual es inaguantable. Si lo doy a los tórculos es sólo porque su personaje principal es aquel Capronio que mis cuatro lectores ya conocen, hombre ruin y desconsiderado capaz de las mayores badomías. Por otra parte el relato de esa historia me da pie, siquiera sea uno solo, para hacer una reflexión que de seguro caerá en el pozo sin fondo de la indiferencia general, como todas las que hago. ¿Alguna vez ha escuchado la República mis orientaciones? ¡Nunca! Los mandatarios de las naciones poderosas, empezando por el señor Obama, ¿se han dejado guiar por mis consejos? ¡Jamás! Eso no me arredra, sin embargo, y sigo mi camino sin volver nunca la vista hacia atrás, salvo para mirar el ondulante antifonario de alguna mujer guapa, lo cual no es lúbrico acoso, como se considera en estos pacatos tiempos que vivimos, de corrección política, sino férvido homenaje de varón a la belleza femenina. Pero advierto que ando ya en los cerros de Úbeda, y he alargado mucho la prefación o introito de la historia. Voy a ella. Capronio le dijo al padre Arsilio: “Tengo muchos deseos de comer carne, señor cura; pero hoy es día de ayuno y abstinencia”. Respondió el bondadoso sacerdote: “A tu edad ni la abstinencia ni el ayuno obligan ya. Eso sí, la Santa Madre Iglesia te pide que si este día comes carne, mañana hagas tres cosas: un sacrificio, un acto de piedad y una obra de misericordia”. “En ese caso -alegó el tal Capronio- ya pagué por adelantado”. “¿Por qué?” -preguntó con extrañeza don Arsilio. “Mire usted, padre -respondió el bellaco-. Anoche mi esposa me pidió que le cumpliera, y tuve que hacerle el amor. Para mí eso es al mismo tiempo obra de misericordia, acto de piedad y sacrificio”. ¡Hideputa avillanado, grosero, lanudo, brusco! (Tomé esa frase interjectiva de un diálogo escrito por el español Juan del Encina, 1468-1529). Uso en mi columna ese personaje, Capronio, para mostrar los vicios del machismo, en los cuales yo mismo incurro algunas veces sin percatarme de ello, crecido y educado como fui en un tiempo y una circunstancia en que el dominio del hombre sobre la mujer era absoluto. Ahora, por una extraña ley del péndulo que lleva a los humanos de un extremo a otro, estamos entrando en una época en la cual el matrimonio empieza a verse como anacrónica antigualla, y en que numerosas parejas escogen vivir en unión libre en vez de fincar su relación en un contrato civil sancionado por la ley. “Nuestro amor no necesita de papeles” -dicen. Pero sucede que después del éxtasis romántico llega la realidad en la forma de los hijos, o de la enfermedad, o de disputas por los bienes que la pareja se allegó en el curso de su unión, y entonces viene the wailing and gnashing of teeth, el llanto y crujir de dientes. Yo simpatizo mucho con las heterodoxias, mas nunca hay que despegar los pies de la tierra, excepción hecha de cuando te vas a poner los pantalones. A la seguridad del amor debe añadirse, para bien de todos, la seguridad jurídica. Pepito se lastimó un dedo al estar jugando, y prorrumpió en un llanto dolorido. Acudió prontamente su mamá, lo consoló y luego y le dio un beso en el dedito. Le dijo que con eso se le quitaría el dolor. Poco después Pepito volvió a lastimarse, pero esta vez en parte más sensible. Volvió a estallar en lloros lastimeros, y de nuevo su mamá acudió con premura. Pepito le mostró la parte que le dolía y luego le pidió: “¡Besito! ¡Besito!”. “¡Caramba, hijo! -exclamó con asombro la señora-. ¡Cada día te pareces más a tu papá!”. FIN.

MIRADOR

Mi amigo Emilio Espinosa, anticuario sapientísimo, me regaló en estos días de Navidad una mancerina.
¿Sabes tú lo que es una mancerina? Yo no lo sabía. Es un plato -lo dice el diccionario- que tiene en el centro una abrazadera circular donde se coloca la jícara donde se bebe el chocolate. Se llama así, mancerina, porque la inventó el Marqués de Mancera, don Pedro de Toledo y Leyva, quien fue virrey del Perú a mediados del siglo diecisiete. Parece que a Su Excelencia le temblaba la mano al sostener el plato con la taza de su soconusco, y de ese modo ya no se le escurría.
Veo mi mancerina, y en ella miro estampas de pasadas épocas. Su abrazadera me abraza para que no me pierda en la inútil nostalgia de lo que ya se fue. Pero en su fondo queda algo de los tiempos en que aún había tiempo para beber con sosegada calma un chocolate a la hora de la tarde, luego del rezo del rosario. Ese sosiego quisiera yo para mi vida. Debería ponerla en una mancerina.
¡Hasta mañana!…

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