De política y cosas peores

Armando Fuentes

5/12/15

Con angustiada voz la chica le dijo a su mamá: “Perdí dos kilos”. La señora la tranquilizó: “Eso no es nada”. Replicó la muchacha, sombría: “Los narcos no piensan igual”. Sonó el teléfono en la casa de Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera. Tan pronto levantó el auricular oyó la respiración acezante de un hombre que le dijo con voz ronca: “Voy a quitarte la ropa, y luego.”. “¡Ah! -se alegró la señorita Celiberia-. ¡Una llamada obscena! ¡Espere, no vaya a colgar! ¡Voy a prender un cigarrito y a acomodarme bien en el sillón!”. El pasante de Medicina les dijo a sus compañeros: “No cabe duda: en el hospital aprende uno cosas que no se aprenden en la facultad”. Preguntó uno: “¿Como cuál?”. Respondió el otro, mohíno: “Como ésa de no agarrarle las pompas a una enfermera cuando sale del cuarto del paciente llevando en la mano el cómodo o el pato”. Don Chinguetas, el marido de doña Macalota, conoció en una fiesta a una estupenda rubia. Le dijo: “He oído que tiene usted fama de destructora de hogares. ¿Sería tan amable de destruir el mío?”. Jactancio Elátez, porteño él, se topó con un amigo en una calle de Buenos Aires. Le comentó: “Ahora vivo en Los Ángeles. Ando con Julia Roberts”. El amigo se asombró: “No lo puedo creer”. “Che pibe -suspiró Jactancio-, cuando estás fuera de Argentina con cualquier cosa te conformás”. El novio de la Venus de Milo se desconcertó: “Pero, mi vida: ¿cómo quieres que pida tu mano?”. Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le llevó unas muletas a su novia. Dijo ella: “La verdad, no estaba pensando en esto cuando te dije que estaba embarazada y que necesitaba apoyo”. Este libro se llama “Cuentos de todos, y de otros también”. Es el más reciente de los que he escrito, y quizá será el último. Es un buen libro -¿quién podrá decir que un hijo suyo es malo?-; de él se han vendido ya miles de ejemplares cuando ni siquiera lo he presentado todavía. ¿A qué se debe su éxito? Se debe, creo, a que en cada una de sus páginas hay algo que hace reír y algo que hace pensar. Esos dos ejercicios, el de la risa y el del pensamiento, son muy necesarios: ayudan a vivir. El libro contiene narraciones breves; en él se alternan un cuento pícaro y otro que invita a la meditación. Por su lectura amena y su accesible precio muchos han visto en él un excelente regalo navideño. Mañana lo presentaré en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a las 12 horas, en el Salón Enrique González Martínez. Hablaré de mi oficio de escritor; diré cómo hago mis columnas y mis libros; narraré anécdotas picarescas e historias sacadas de mi vida y de otras vidas. Compartiré, en fin, con mis cuatro lectores los milagros del humor y del amor, de la risa y de la reflexión. Tú eres uno de esos lectores a quienes debo lo que soy. Te espero en la FIL para agradecerte una vez más tu afecto y tu compañía. Pondré en tu libro una dedicatoria, y me tomaré contigo una foto que seguirá estando contigo aunque yo ya no esté. ¡Ahí nos vemos!… Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, comentó en la merienda de los jueves: “Anoche tuve una pesadilla horrible. Soñé que me atacaban los animales de cuyas pieles está hecho mi abrigo”. “Qué raro -comentó una de las señoras-. Los conejos no atacan”. Babalucas le informó a su esposa: “Voy a salir a la calle a vender helados y paletas”. La señora se asombró: “¿Vas a vender helados y paletas con este frío?”. Respondió Babalucas: “Me pondré un suéter”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, se acercó en el bar a una linda chica. Le dijo: “¿Puedo acompañarte?”. Respondió ella: “No”. Le ofreció Pitongo un cigarro. “¿Fumas?”. Contestó la muchacha: “No”. Preguntó Afrodisio: “¿Me aceptas una copa?”. Y ella: “No”. Ofreció el salaz tipo: “¿Te gustaría ir conmigo a mi departamento?”. Dijo la chica: “No”. “Está bien -cedió Afrodisio-. De cualquier modo creo que no habría disfrutado tu compañía. Hablas demasiado”. Al comenzar la noche de las bodas Simpliciano tomó por los hombros a su novia Pirulina y le preguntó, solemne: “¿Eres virgen?”. Respondió ella: “¿Para qué quieres que sea virgen? Todavía no empiezan las posadas”. (Nota: empiezan el día 16). FIN.

MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Llegó sin aviso el color rojo y me dijo:
-Soy el mejor color.
Pensé en los demás colores y le pregunté:
-¿Se olvida usted del verde? ¿Del amarillo? ¿Del azul?
Respondió:
-No están mal. Pero ninguno de ellos es rojo.
Argumenté:
-¿Cómo puede ser rojo el verde? Si el verde fuera rojo ya no sería verde: sería rojo. Lo mismo puede decirse del azul y del amarillo.
-Eso demuestra -dijo el rojo- que ninguno de ellos es como yo. ¿Entiende ahora por qué soy el mejor color?
Su extraña lógica me desconcertó. Sentí la tentación de pensar que tenía razón. El color rojo advirtió mi vacilación y concluyó:
-¿Lo ve? Soy el mejor color.
Dijo eso sin siquiera ponerse colorado. Eso me demostró que no era el mejor color. El que piensa que es mejor que los demás, por eso sólo hecho ya no es el mejor.
¡Hasta mañana!…

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