De política y cosas peores

Armando Fuentes

22/10/15

Los recién casados terminaron el primer trance de amor. La flamante desposada le preguntó a su maridito. “¿Y el dinero?”. Preguntó él, sorprendido: “¿Cuál dinero?”. “¡Cómo! -se alarmó la novia-. ¿Significa eso que cuando te casas ya no te pagan?”. Un tío de Pepito, practicante de yoga, se quejaba de tener siempre los pies fríos. “No sé qué me sucede -relataba-. Cuando me pongo cabeza abajo la sangre se me va a la cabeza, pero cuando estoy de pie la sangre no se me va a los pies”. Dijo Pepito: “Es que tus pies no están vacíos”. Himenia Camafría y su amiga Solicia Sinpitier, maduras célibes las dos, estaban con aspecto desolado en la galería de arte frente a la estatua de mármol de un musculoso atleta que tenía sus atributos varoniles cubiertos por una hoja de parra. Le dice Himenia con tristeza a la señorita Sinpitier: “¿Lo ves, amiga? Llega el otoño, y nada que se cae la hoja”. Astatrasio fue a una fiesta y empinó el codo más de lo que podía aguantar el resto de su cuerpo. Al día siguiente de la noche anterior se sintió tan mal que decidió no ir a trabajar. Tomó el teléfono y llamó a su jefe: “Don Algón -le dijo con tremulosa voz-. Amanecí con un tremendo dolor de cabeza. No podré ir a trabajar”. “No hay problema -contestó don Algón-. Puedes quedarte en tu casa todo el día. Hoy es domingo”. En un consulado americano la linda Susiflor llenaba su solicitud de visa. En el renglón correspondiente a sexo puso: “No tengo inconveniente”. El abarrotero del pueblo no sólo abría su tienda los domingos, sino que además vendía licor y cerveza a sus parroquianos. Sucedió, sin embargo, que llegó al pueblo un predicador muy convincente, y el tendero volvió a nacer en el Señor. El siguiente domingo los asiduos clientes del sujeto se sorprendieron al llegar a la tienda y encontrarla cerrada. Llamaron una y otra vez con grandes golpes a la puerta. Se asomó el tendero por el balcón del segundo piso y les dijo: “Lo siento mucho, amigos. Me he convertido a la religión, y voy a respetar el día del Señor. De hoy en adelante si quieren licor o cerveza tendrán que pedirlos por la puerta de atrás”. Se realizó una encuesta para saber cuál invento de los que se han hecho en el curso de la historia es el más útil para el hombre. El primer lugar lo obtuvo la rueda. El segundo lo ocupó el uso de la electricidad. Y el honroso tercer premio fue para el internet. Yo, con perdón sea dicho, le habría otorgado el máximo trofeo al excusado inglés, pero ésa es solamente una opinión. En lo que no tengo duda es en cuanto al mejor invento de Dios sobre la tierra. Creo que es el árbol. Será difícil encontrar otra criatura que haga más bien y rinda mayor utilidad que el árbol. No sólo purifica el aire que respiramos: nos regala además de su sombra, sus frutos, su madera, y pone su verdor y su belleza en el paisaje citadino o campirano. Y sin embargo en México no lo sabemos apreciar, y lo talamos desordenadamente por apetito de dinero. Estanos arrasando nuestras selvas y bosques. Antes de cortar un árbol -un solo árbol- deberíamos pedirle perdón, como hacían nuestros antepasados. Al paso que vamos nuestros descendientes conocerán los árboles sólo en fotografía. Cierto individuo tuvo un accidente lamentable y en él perdió los dos testículos, pérdida grande si se considera que ya no tenía otros. El doctor Ken Hosanna, médico eminente, le implantó un par de dídimos artificiales, uno de madera y el otro de metal. Pasaron los años -esa es su principal actividad- y cierto día el facultativo se topó en la calle al individuo. Le preguntó: “¿Cómo le ha ido con el implante que le hice?”. “Muy bien, doctor -responde el tipo-. No tuve problema de rechazo”. Inquirió de nueva cuenta, el médico, ahora con cautela: “¿Y en lo relativo a su ejercicio sexual?”. “Funciono con gran funcionalidad, doctor -contestó el hombre-. Tengo relaciones normales con mi esposa”. En vista de esa respuesta positiva se atrevió el galeno a preguntar: “¿Tuvo usted familia?”. “Sí, -respondió el sujeto-. Soy feliz padre de dos hijos varones”. “Y ¿están bien los niños?” -quiso saber el facultativo, cuidadoso. “Perfectamente -dijo el individuo-. Pinocho está en tercer año de jardín de niños y Robocop en primero de primaria”… FIN.

MIRADOR

Camina con ligereza la muchacha, como una nube, como un velero, como una luna nueva por la noche.
Me pregunto por qué es así su paso, tan leve que casi no pisa el piso, tan airoso que casi no pisa el aire. Nada miran sus ojos, grandes ojos de luz y de agua en los que todo podría caber. Erguida la cabeza, alta la frente, mira los inasibles horizontes de un mundo que solamente puede mirar ella.
¿Por qué esa majestad, esa realeza? ¿Por qué esa vaga sonrisa de esfinge sin alas, de Gioconda morena y cimbreante?
Se detiene de pronto la muchacha frente a un escaparate. En él hay un letrero: “Gran venta nupcial. Todo para la novia que se va a casar”.
Entra en la tienda, presurosa. Yo, morador de la eterna ineptitud varonil, siento que he pasado la yema de los dedos por la piel del misterio femenino.
¡Hasta mañana!…

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