De política y cosas peores

Armando Fuentes

21/10/15

Don Rufinio Corvo, profesor de Gramática Española, llegó a su casa inesperadamente y sorprendió a su esposa en ilícito consorcio de carnalidad con un sujeto. Al ver a su marido la pecatriz se turbó toda y empezó a balbucear en vano intento por justificarse: “Yo… Tú… Él… Nosotros…”. Don Rufinio la interrumpió, severo. “Burcelaga -le dijo a la pecatriz irguiendo toda su estatura de gramático-. Primero las explicaciones, después las conjugaciones”. Babalucas decidió casarse, y para tal efecto pidió la mano de su novia. Una amiga de la chica le preguntó llena de admiración: “¿Cómo hiciste para que Babalucas aceptara ir al matrimonio?”. Respondió la muchacha: “Le dije: Baba: creo que estás embarazado “. Rosilita, alumna de tercer año de primaria, le dijo a una compañerita: “Todos los hombres son iguales. Te dicen cosas bonitas, te regalan chocolates, pero todos quieren lo mismo: que les prestes la tarea”. Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajara, ebrios consuetudinarios, se corrían una de sus parrandas habituales. Salieron de la enésima cantina, y Astatrasio le propuso a su contlapache: “Vamos a una casa de mala nota”. Empédocles, menos borracho que su amigo, simuló aceptar, pero como vio que Astatrasio ya ni siquiera se podía sostener en pie no se dirigió a aquel lugar pecaminoso, sino a la casa de su amigo. Llegó, lo recargó en la puerta, tocó el timbre y se alejó apresuradamente para no exponerse a las iras de la señora de la casa. Abrió la puerta la esposa de Astatrasio. Con ojos vidriosos la miró el beodo, y luego prorrumpió hecho una furia: “¡Ah, meretriz infame! ¡De modo que aquí vienes cuando no estoy yo en la casa!”. Don Ramón Menéndez Pidal, ilustre polígrafo español, vivió 99 años. De ellos 80 los dedicó al estudio de las letras y el habla de España. Se cuenta que unos momentos antes de morir suspiró con tristeza: “¡Lástima! ¡Cuando me quedaban tantos libros por leer!”.Casó en flor de edad con la novia de su juventud, María Goyrri, a quien le gustaban las mismas cosas que a él. Su luna de miel la pasaron recorriendo a pie, a lomo de mula o en carreta los más antiguos pueblos de las dos Castillas. Ahí recogieron de viva voz de los aldeanos un rico acervo de versos medievales de donde luego brotaría aquella hermosa “Flor nueva de romances viejos”. Don Ramón tenía un lema: “Lo mejor a los más”. Es frase de escritor, pero igual podría servir a los políticos como programa de trabajo. Pienso que en eso debe consistir el ejercicio de la política: en buscar el mayor bien para el mayor número de personas. Sin esa búsqueda la política se vuelve politiquería. Libidiano Pitorreal, sujeto libidinoso, logró atraer a Dulciflor, hermosa chica a su departamento. Ella, sin embargo, resistió con singular entereza todos los intentos que hizo el lúbrico galán por arrebatarla la flor de su virtud. Por fin, vencido ya por la rotunda oposición de la muchacha, Libidiano le dijo en tono cortante: “Por favor siéntate un par de segundos sobre la botella de champaña. Se me olvidó ponerla a helar”. Himenia Camafría, madura señorita soltera, acudió a la consulta del doctor Duerf, célebre analista, y le contó que tenía un grave problema. Todas las noches soñaba que se hallaba en una isla desierta en compañía de 20 forzudos marineros. Cuando se despertaba estaba bañada en sudor frío, y eso la angustiaba. “Tranquilícese usted -le dijo el doctor Duerf-. Le daré algo para que ese sueño ya no se repita”. “¡No! -se alarmó la señorita Himenia-. ¡Deme algo para no despertarme!”. Zorro, el indio, le dijo al Llanero Solitario: “Nosotros tener que tomar caminos diferentes, Kemosabe. En mi tribu gente empezar a murmurar acerca de nuestra relación”. Don Martiriano le contó a su mujer doña Jodoncia: “Conocí en la oficina a un hombre que se dedica a entrenar animales para el cine”. Preguntó la fiera señora: “¿Y te enseñó algún truco?”. Don Canilito, señor octogenario, llevaba un libro bajo el brazo. Le pregunta su vecino: “¿Qué está leyendo, don Vetulio?”. Respondió el provecto señor: “Es un libro sobre historia antigua”. “¿Historia antigua? -repitió el vecino con sonrisa equívoca-. En la portada dice Sexo “. “Sí -confirmó don Canilito-. Para mí el sexo es historia antigua”. FIN.

MIRADOR

Diminutos insectos son las pulgas. Asombro de mi niñez fue ver algunas en el Museo del Chopo a través de una lupa, vestidas de bailarinas, de cirqueras, de damas de la alta sociedad.
Quien se haga preguntas acerca de los hombres debería preguntarse también acerca de los insectos. En última instancia no hay gran diferencia entre ellos. Y si la hay será en muchas ocasiones favorable al insecto. Una de tales preguntas podría ser ésta: ¿cómo hacen las pulgas para encontrarse y perpetuar su especie en esa enorme selva enmarañada que es el pelambre del perro donde viven? La respuesta asombrará a muchos y conmoverá a unos pocos: las pulgas cantan, igual que lo hacen las ballenas; cantan como los grillos cantan; estridulan con sus patitas micrométricas y dicen una canción que nadie más que ellas escucha, canción de amor que debe ser lo mismo que para nosotros es un aria de Puccini o un lied de Schubert.
Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, nos enseñó el buen padre Ripalda. Si eso es cierto también está en las pulgas. Y canta, aunque nosotros no oigamos su canción.
¡Hasta mañana!…

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