De política y cosas peores

Armando Fuentes

12/10/15

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, logró por fin que Dulciflor, muchacha ingenua, aceptara visitarlo en su departamento. Tan pronto se acomodaron en el sofá de la sala el libidinoso sujeto apagó la luz. Preguntó la ingenua chica: “¿Quieres conservar energía?”. No -respondió Afrodisio-. Quiero gastar toda la que tengo”… Rosilita, ya se sabe, es el equivalente femenino de Pepito. Un día su pequeño vecino Simplicitoo la invitó a jugar. Le preguntó Rosilita: “¿A qué jugaremos?” Respondió el chiquillo: “A las comiditas”. “Uh, no -contestó Rosilita, despectiva-. Ése es juego de niñas. Si acaso quieres que juegue contigo cambia la eme por ge”. (No le entendí). Un señor estaba en su lecho de enfermo. Se sentía animado, pues su esposa le acababa de decir que el médico le había asegurado que se pondría bien. De la cocina le llegó un aromático perfume de café recién hecho. El lacerado llamó a su hijo y con voz apenas audible le pidió: “Dile a tu madre que me traiga una tacita de café”. Fue el muchacho, regresó a poco y le informó al señor: “Dice mi mamá que el café es para el velorio”. La enfermera Clisterina se quejó con el sindicato: el director del hospital había usado con ella una expresión impropia. La comisión de Honor y Justicia fue a hablar con el doctor. ¿Qué le había dicho a la enfermera que tanto la ofendió? “Déjenme contarles cómo sucedieron las cosas -empezó a relatar el médico-. Anoche tuve una operación que duró hasta las 2 de la mañana. Llegué a mi casa muy cansado, y estaba ya dormido cuando a las 4 me despertó el teléfono. Era la enfermera Clisterina. Me dijo que había un asunto urgente en el hospital que hacía necesaria mi presencia. Me levanté casi dormido. Tropecé en el tapete; caí sobre el buró; quebré la lámpara y me hice una herida en la cabeza. Atontado me fui a bañar. El agua salió hirviendo; salté y resbalé en el piso. Me luxé una mano. Me vestí; salí rápidamente; di un mal paso y rodé por la escalera. Como pude me puse en pie, subí a mi coche y al manejar maltrecho y confundido fui a chocar con un taxista que me hizo pagarle ahí mismo 10 mil pesos. Llegué a todo correr al hospital, y la enfermera Clisterina me informó cuál era el asunto urgente que requería mi presencia: se habían recibido 10 termómetros, y quería saber qué debía hacer con ellos. Yo, señores del sindicato, lo único que hice fue decírselo”… Cada vez son más frecuentes los embarazos entre adolescentes. El problema ha adquirido ya dimensiones de extrema gravedad. Las actuales condiciones sociales y económicas han hecho que se pierdan los antiguos mecanismos -llamémosles así- que en el hogar, la escuela y las iglesias servían de eficaz medio para evitar que la sexualidad ejercida por los jóvenes prematuramente y sin precauciones derivara en embarazos no deseados. Al parecer no dan resultado ya las prédicas sobre la castidad y le conveniencia de guardar continencia hasta el matrimonio. Se necesita ahora una educación sexual que dé información a los adolescentes sobre los medios a que pueden recurrir para no verse en problemas. Conozco a unos esposos que tienen un hijo y una hija en esa crítica edad, la de la adolescencia. A uno y a la otra el padre y la madre los han instruido sobre el modo de ejercer su sexualidad responsablemente, si acaso se ven en el trance de ejercerla en forma anticipada, y les han dado a conocer los modos de prevenir lo mismo el embarazo que las enfermedades venéreas. Eso es paternidad responsable. Toca a los padres, a los educadores y a los guías religiosos orientar a los jóvenes. Enseñarlos a ejercer su sexualidad con amor y responsabilidad es tarea fundamental. No se puede ya cerrar los ojos y mantener los tabúes del pasado. El rabino Mohel le indicó a su joven ayudante, que le mostraba un sacapuntas eléctrico: “No es que me oponga al uso de la tecnología, joven amigo, pero ésa no es la manera correcta de hacer una circuncisión”. Cierto majadero individuo le lanzó un piropo de mal gusto a la guapa mujer que mostraba señales evidentes de embarazo. “Señora -le dijo con expresión grosera-. Cuando quede libre el cuarto me gustará ocuparlo”. “Cómo no -respondió ella sin molestarse-. Gustosamente mi marido le pondrá la llave en su mano”. FIN.

MIRADOR
Picasso terminó de pintar el retrato de una mujer joven.
-¡Ahora sí! -le ordenó a la muchacha-. ¡A parecerse!
Oscar Wilde dijo algo más que una boutade cuando afirmó aquello de que no es el arte el que copia a la naturaleza, sino la naturaleza la que copia al arte. Los hombres empezaron a admirar los crepúsculos sólo hasta que los pintores empezaron a plasmarlos en sus telas.
Los artistas -sean poetas, músicos o pintores- tienen el don de ver ahí donde los mortales comunes no miramos. Son ellos los que nos revelan la belleza que de otro modo nos pasaría al lado sin mirarnos, y sin nosotros verla.
Llenen ellos el mundo con su arte -cántenlo, tóquenlo, píntenlo- y luego ordénenle:
-¡Ahora sí! ¡A parecerse!
¡Hasta mañana!…

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