De política y cosas peores

Armando Fuentes

7/10/15

Aquella muchacha llamada Chicholina tenía un busto espléndido, pródigo, munífico, fantástico, magnífico, ubérrimo, pletórico, titánico. Un amigo suyo la invitó a nadar en el río. “No puedo -respondió apenada la muchacha-. Siempre pego con el busto en el fondo”. Sugirió el invitante: “¿Por qué no nadas de espaldas?”. “Tampoco puedo -repitió ella con la misma pena-. Hay puentes”. El ricachón del pueblo había dado muchas contribuciones a la iglesia del lugar. Murió el señor, y el padre Arsilio, cura párroco, puso un letrero en la puerta del templo: “Nuestro querido bienhechor don Crésido Moneto partió al Cielo hoy a las 6 de la mañana. Atentamente. El párroco”. Abajo algún travieso escribió: “Ya son las 11 de la noche y don Crésido no ha llegado. ¿Alguien tiene idea de dónde puede estar? Atentamente. San Pedro”. Doña Petacona, mujer de abundante región glútea, fue a devolver el coche compacto que le había regalado su marido. Preguntó, inquieto, el vendedor: “¿No le gustó el coche, señora?”. Contestó doña Petacona, mohína: “No me quedó”. Una señora se esforzaba en enseñarle al gato a traerle sus pantuflas. Una de sus hijas le dijo: “No gastes tu tiempo, mami. Jamás podrás enseñar al gato a obedecer”. “¡Uh! -contesta, burlona, la señora-. ¡Tu papá era más difícil, y míralo ahora!”. Pepehillo Cúchilles, torero de profesión, le confió atribulado a un amigo: “Sospecho que mi mujer me está engañando”. “¿Por qué piensas eso?” -preguntó el otro-. Explicó Cúchilles: “Cuando en el ruedo levanto el estoque frente al toro, el cornúpeta me dice: No irás a matar a un compañero, ¿eh? “. Muy raro pueblo es el norteamericano. Tiene al mismo tiempo cosas de necio y cosas de sabio. Defiende con encono el derecho de los ciudadanos a tener y portar armas de fuego, y luego llora con dolor acerbo las matanzas que locos armados cometen contra inocentes víctimas. Muchos de sus pobladores consumen con singular alegría drogas de todas clases que los idiotizan y aun los matan, y su gobierno culpa de eso a los países de la frontera sur. Ven con naturalidad la pena de muerte, pero castigan con rigor a quien le estira por placer la cola a un perro. Condonan el adulterio y la promiscuidad sexual, y ven a la mentira como mortal pecado. El agravio mayor que se puede inferir a un estadounidense es llamarlo mentiroso. Me divierte ver en las películas de vaqueros cómo los rudos cowboys se encrespan cuando alguien pone en duda la veracidad de lo que dicen. “Are you callin me a liar?” -reclama con ominoso acento el ofendido. Y al decir eso acerca la mano a la pistola dispuesto a vengar el grave insulto. Mentir en tribunales es delito capital que lleva a prisión a quien lo comete. En México, en cambio, la mentira es hábito institucional. El relato oficial de nuestra historia, por ejemplo, es un inacabable tejido de mentiras. Por eso mi querido maestro don Arturo Moncada Garza solía decir: “Lo que voy a contar no es histórico. Es verídico”. Por eso nadie cree en “la verdad histórica”, y la considera histérica mentira. Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, pintó un lado de su coche de color rojo, y el otro de amarillo. “Se ve muy feo -reconocía-, pero si llego a atropellar a alguien ¡el relajo que se va a armar entre los testigos!”. La abuelita de Pepito le preguntó: “¿Por qué tratas en forma tan irrespetuosa a tu papá?”. Contestó Pepito: “No es mi papá. Mi mami dice que me trajo la cigüeña”. La viuda se enteró de que su difunto -y casquivano- esposo le había dejado una importante cantidad de dinero a una mujer de picos pardos. Fue con el administrador del panteón y le dijo que quería cambiar la inscripción en la lápida de su marido. Preguntó el del cementerio: “¿Qué cambio le quiere hacer a la lápida?”. Respondió con encono la mujer: “La inscripción dice: Descansa en paz . Añádale por favor: ¡Hasta que nos volvamos a ver, grandísimo cabrón !”. Don Algón, el jefe de la compañía, entrevistaba a la guapa chica que pedía el puesto de secretaria. “Y dígame, señorita Pompilia -le preguntó-. ¿Tiene usted facilidad de palabra?”. “Bastante -respondió ella con una sonrisa insinuativa-. La única palabra que se me dificulta pronunciar es No “. FIN.

MIRADOR
A los 80 años de su edad John Dee encontró finalmente lo que toda su vida había buscado: el secreto de la piedra filosofal, aquella maravillosa sustancia a cuyo toque las cosas se convertían en oro.
El descubrimiento, pensó, lo haría el hombre más poderoso de la Tierra. Sería inmensamente rico; los monarcas doblarían la rodilla ante él.
En la penumbra de su laboratorio tomó delicadamente la prodigiosa piedra. Los dedos se le volvieron oro. Con la otra mano trató de separar de sí la piedra: la mano se convirtió en oro también. Espantado, John Dee arrojó de sí aquella siniestra maldición: si la piedra le tocaba el pecho, alcanzó a pensar en su terror, el corazón se le haría metal, y moriría.
Cavó en un rincón de su jardín un hondo pozo y ahí arrojó la piedra. A nadie dijo que había hallado el secreto del oro. En las noches sin luna la gente ve salir del jardín del alquimista un raro resplandor. Sólo John Dee sabe que es el resplandor de la muerte.
¡Hasta mañana!…

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