De política y cosas peores

Armando Fuentes

5/10/15

“Que no haya ilusos, para que no haya desilusionados”. Esa frase es aplicable lo mismo al hombre o la mujer en trance de casarse que a aquel que compra una sandía con la esperanza de que le salga dulce. Yo la cito hoy como advertencia a quienes han depositado -creo- demasiadas expectativas en el Bronco, o sea Jaime Rodríguez, el nuevo gobernador de Nuevo León. Me sorprendió ver en la encuesta publicada por Reforma el alto número de quienes tienen la certeza de que hará un buen gobierno. Lejos de mí la temeraria idea de poner agua en la fiesta, pero pienso que en cosas de política es prudente esperar a ver de qué color pinta el verde antes de hacer pronósticos alegres. Las condiciones en que el flamante gobernador halla al estado no son precisamente bonancibles. Nuevo León tiene una deuda pública comparada con la cual la de Coahuila, mi estado, vale tres cacahuates, o cuando mucho cuatro. Para hacer frente a la ruinosa condición de las finanzas el Bronco sólo tiene tres caminos. El primero es endeudar aun más a la entidad, lo cual difícilmente podrá hacer. El segundo es crear nuevos impuestos, siendo que prometió no imponer nuevos gravámenes ni aumentar los ya existentes, sino antes bien suprimir algunos, como el de la tenencia de vehículos. El tercero es implantar un régimen drástico de austeridad en la administración: recortar severamente la nómina estatal, restringir la obra pública y limitar la creación de nuevas plazas, todo lo cual no es algo que allegue popularidad a un gobernante. En cuanto a su ofrecimiento de castigar la corrupción eso no es tortas y pan pintado. Quienes distraen fondos del erario podrán ser ladrones, pero no son pendejos, si me es permitida esa expresión cultiparlista. Rara vez dejan huella de sus latrocinios. Disponen además de buenos abogados que los ayudan a evadir siempre la acción de la justicia. Para pagarlos tienen el dinero con que se enriquecieron. Ya lo dijo la desolada cuarteta que mano anónima escribió en un muro de la antigua prisión de Lecumberri: “En este lugar maldito / donde reina la tristeza / no se castiga el delito: / se castiga la pobreza”. Así, en medio de dificultades económicas y sin poder cumplir sus promesas de meter a la cárcel a los sinvergüenzas, es muy posible que más temprano que tarde termine la luna de miel que ahora existe entre el Bronco y “la raza”. Llegará el momento en que Jaime no pueda ser ya el sastre que es ahora, que todo lo resuelve a base de puntadas. En su pared aparecerán las palabras “Facta, non verba”: hechos, no palabras. Con un Congreso que le es ajeno y un gobierno federal hostil, el panorama no se mira despejado para el nuevo gobernador. Por eso dije que lo que debe hacer el Bronco es no abroncar a Nuevo León, es decir no disgustarlo o enfadarlo, y menos aún avergonzarlo, que todo eso significa el verbo abroncar. Su responsabilidad histórica es muy grande. Si falla él pondrá en riesgo la viabilidad de todas las candidaturas independientes que en todo el país se presenten. Hoy por hoy está en los cuernos de la luna. Pero ese encumbramiento es peligroso, a más de que no suele durar. Su camino es entonces el de la humildad en el trato; la constancia y eficiencia en el trabajo; la seriedad en la palabra y la conducta, y -sobre todo- la honestidad en la actuación, pues las tentaciones que hallará en el camino serán muchas, y no puede arriesgarse a que lo tachen de ser más de lo mismo. Yo quiero mucho a Nuevo León, y particularmente a Monterrey, generosísima ciudad de la que tanto bien he recibido. El afecto que siento por los nuevoleoneses y los regiomontanos me lleva a desear sinceramente que el Bronco tenga el mejor de los éxitos en su administración, y que sus colaboradores lo ayuden con lealtad y altura de intenciones a superar los muchos desafíos que habrá de enfrentar. Jaime Rodríguez se equivocará si gobierna pensando en el 2018. Acertará si lo hace pensando sólo en Nuevo León y en su gente, sobre todo en la más necesitada. Debe su cargo principalmente a la que él llama “la raza”, el pueblo, que fue el que con su voto lo eligió. Para la raza, y no para los hombres del dinero debe gobernar. Así honrará su origen. Así se honrará él mismo. FIN.

MIRADOR.
Fuimos ayer a visitar a San Francisco.
El día amaneció soleado. El templo del Poverello en mi ciudad, Saltillo, estaba abarrotado con devotos de toda edad y condición. La compañera de mi vida y yo tenemos herencia franciscana, por su madre ella, por mi abuela yo. Las dos santas señoras estaban con nosotros cuando llegamos a saludar al santo.
Le cantamos las Mañanitas. El sacerdote que nos guió debería dedicarse a la ópera -claro, sin dejar su ministerio-, así de recia, clara y bien entonada era su voz. Al terminar el canto la mitad de los aplausos fueron para Panchito y la otra mitad para él.
Cuando salimos soplaba un vientecillo frío y el sol se había ocultado entre las nubes. En mi ciudad no falla nunca el cordonazo de San Francisco. Llega con la puntualidad de un tren inglés. El de ayer fue benévolo, sin los rigores gélidos de antaño, pero aun así llegó para decirnos: “Aquí estoy”.
Bienvenido sea este temprano aviso del invierno, pues el invierno es a su vez el anuncio de la primavera. Otros días de San Panchito habrá. Otras voces le cantarán sus Mañanitas. Y todos estaremos juntos en el recuerdo, y unidos en la paz y el bien.
¡Hasta mañana!…

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