De política y cosas peores

«¿Cómo pretende usted casarse con mi hija, si ni siquiera tiene para comprarle un par de buenos calzones?». Eso le dijo don Poseidón al novio de Glafira. Respondió con enojo el galancete: «Los que usted le compra tampoco son tan buenos». Babalucas le contó a su amigo: «Crío palomas en mi casa. Tengo más de cien». «¿Mensajeras?» -preguntó el amigo. Repuso Babalucas: «No, no te exagero». Salomón, dicen las Escrituras, tenía 500 esposas y 500 concubinas. El Señor lo reprendió, severo: «¿Por qué tienes tantas mujeres?». «Señor -respondió compungido el sabio rey-, es la única manera de asegurarme de que por lo menos a una no le dolerá la cabeza en la noche». Asistí el pasado jueves a una bella ceremonia. Soy devoto aficionado al Rey de los Deportes, el beisbol, y el equipo de mi ciudad, los Saraperos de Saltillo, cumplió 50 años de ser orgullo y emoción para los saltillenses. Desde luego hay otros deportes -al menos eso he oído-, pero quienes vivimos en Saltillo somos beisbolero de corazón, y ese aniversario nos llevó a recordar las glorias del equipo de casa. Puestos de pie aplaudimos a tres ídolos locales: Lupe Chávez, Marcelo Juárez y Miguel Solís. Rendimos homenaje a la noble afición saltillera en la persona de una apreciada y muy valiosa dama, Juanita Lara, quien a lo largo de diez lustros ha animado al equipo desde las tribunas. Testigos de honor de la ocasión fueron grandes cronistas del diamante: Enrique Kerlegand; Carlos Fuentes, hermano queridísimo mío; Pepe «Monterrey» González; Gerardo Almaraz. Dimos gracias a los jóvenes empresarios presididos por César Cantú García que han tomado el timón de la nave sarapera, ahora bajo la dirección de un gran señor del beisbol mexicano, Roberto Magdaleno, que ha dedicado su vida al Rey de los Deportes y cuyo talento, experiencia y don de gentes, junto con su excelente grupo de colaboradores, auguran muy buenas cosas para nuestro equipo. La historia de este medio siglo sarapero quedó plasmada en un libro bellamente escrito, ilustrado con profusión de fotografías y pulcramente editado en los talleres de Armando Castilla Galindo. Al final del emotivo acto recibí un regalo inesperado. Nino, el amable y eficiente chofer del equipo, me dijo a la salida del evento: «Yo lo conozco a usted desde la época de mi niñez». Me contó que al lado de su padre iba a trabajar en la pisca del algodón. Por ese tiempo yo tenía un programa de radio en las estaciones de mi amigo lagunero Luis de la Rosa, generoso comunicador y hombre de bien. El papá de Nino trabajaba en el campo algodonero llevando consigo un radio de baterías. Cuando el locutor anunciaba mi participación el señor llamaba a su hijo, que cerca de él recogía también el algodón, y le decía: «Ven, Nino. Ya viene el señor que habla bonito». Guardaré ese recuerdo que Nino me obsequió junto con la placa que de los Saraperos recibí en estos primeros 50 años del equipo. He aquí un regalo más de la señora Vida. «La economía anda muy mal -comentó Lenon, dueño de casas de mala nota-. Hace un año contraté 10 nuevas chicas, y siete de ellas todavía son vírgenes». El perito en temas sísmicos aseveró en su conferencia: «No se sabe con exactitud por dónde va la Falla de San Andrés». Don Martiriano, el sufrido cónyuge de doña Jodoncia, levantó la mano y sugirió: «Llamen a mi esposa. Ella es experta en encontrar fallas». El explorador del Ártico llevó consigo a su mujer a una de sus expediciones. Bien pronto la señora hizo amistad demasiado íntima con un esquimal. Cierto día estaba yogando con él cuando se oyó llegar el trineo del marido. «¡Rápido, Nanuk! -le dijo la señora al esquimal-. ¡Métete en el refrigerador!». FIN.

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