De política y cosas peores

12/04/2019 – Noche de bodas. El famoso karateca se precipitó al lecho nupcial y a los brazos de su flamante mujercita al grito de ataque de “¡¡¡Yaaaaa!!!”. Unos segundos después le preguntó ella, desolada: “¿Ya?”. Una joven señora estaba a punto de dar a luz. Afuera de la sala de partos aguardaba un hombre. La enfermera le pidió: “Deme el nombre de su esposa, por favor”. Preguntó el tipo: “¿Es necesario involucrar en esto a mi esposa?”. Don Algón, ejecutivo de empresa, se preocupó bastante cuando supo que su hija Dulcimel andaba de novia con Bragueto, un vivalavirgen sin oficio en busca de beneficio. Recuerdo en este punto la película “Narrow margin” (1990, con Gene Hackman, Anne Archer y el grande y olvidado actor M. Emmet Walsh). Uno de los personajes le pregunta a otro: “What kind of dame would marry a hood?”. Responde el otro: “All kinds”. Algo así como: “¿Qué mujer se casaría con un sinvergüenza?”. “Todas”. El tal Bragueto se presentó ante don Algón y con la mayor desfachatez le pidió la mano de su hija. Respondió el progenitor: “Mi respuesta, joven, depende de su situación económica”. “¡Qué coincidencia, señor! -exclamó alegremente el cínico Bragueto-. ¡Mi condición económica depende de su respuesta!”. Uno de los paradigmas de López Obrador es Juárez. Pero vamos a ver. El Benemérito solía decir que cada uno de los ministros que formaban su Gobierno era en todo superior a él. Eso explica en parte la grandiosidad de su obra. ¿Puede afirmar lo mismo de su Gabinete el Presidente actual? Dicho sea con el mayor respeto -así empieza AMLO cuando se dispone a asestarle un chingadazo a alguien- casi todos sus colaboradores, con una que otra excepción, son ilustres medianías. De ahí lo errático de la administración, los indicios, que aparecen cada día con claridad mayor, de que la nave del Estado no va con rumbo cierto. Los muchos males que el país ha padecido -criminalidad, desapego de la ley, impunidad, entre otros- siguen rampantes, aunque otros, principalmente el de la corrupción, ya no se ven, lo cual es en sí mismo un gran avance que se debe reconocer y aplaudir. Alguien dirá, no obstante, que la excesiva concentración de poder en el Ejecutivo, poder que paulatinamente va aumentando a costa de los otros Poderes, y la manera como el Presidente ha alterado algunas instituciones para controlarlas y preparar el camino que nos llevará quién sabe a dónde, son otra forma de corrupción, pero eso ya es cosa de opiniones. Mientras tanto los hechos muestran un manejo ineficiente de la cosa pública y una falta absoluta de coordinación entre López Obrador y sus colaboradores. Se nota que no hay acuerdo entre ellos, y que los integrantes del Gabinete se manejan como Dios les da a entender. (Quién sabe cómo se manejarán los ateos). Esperemos que con el paso de los días, las semanas y los meses el señor Presidente se serene un poco y no quiera comerse el mundo en un solo bocado. A este respecto, considerando sus madrugones, sus diarias conferencias matutinas, sus viajes casi cotidianos, le sería útil meditar la pregunta que el fabulista hizo a la ardilla: “Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, quiero, amiga, que me diga: ¿son de alguna utilidad?”. Mediados del siglo diecinueve. Nos encontramos en una plantación algodonera en el sur de Estados Unidos. El esclavo le pregunta a su amo: “¿Por qué si yo soy negro mi mujer tuvo un hijo blanco?”. Contesta el propietario, displicente: “No te extrañe; así es la naturaleza. Mi borrega es blanca, y sin embargo parió un borreguito negro”. “Muy bien -admite el esclavo-. Usted deje en paz a mi mujer y yo dejaré en paz a su borrega”. (No le entendí). FIN.


De política y cosas peores

11/04/2019 – El severo genitor interrogaba al pretendiente de su hija. “¿Se siente usted capaz, joven, de hacer feliz a Dulcibella?”. “¡Uh, señor! -respondió muy ufano el galancete-. ¡Nomás la viera! ¡Hasta grita!”. Con motivo de ciertos negocios el esposo de doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, invitó a cenar en su residencia a don Poseidón, labriego dineroso pero de muy poco trato urbano. Al final del convivio la anfitriona sugirió: “¿Le parece, querido señor, si vamos a tomar el café en la biblioteca?”. “Creo que no será posible, Panoplita -contestó el rústico invitado-. A esta hora ya debe estar cerrada”. La maestra le preguntó a Pepito: “Si traes 10 mil pesos y le das 2 mil a Rosilita, 2 mil a Juanilita, 2 mil a Marilita y 2 mil a Tirilita ¿qué tienes?”. Respondió prontamente el muchachillo: “¡Una orgía!”. Doña Macalota, la cónyuge de don Chinguetas, fue a poner un aviso en el periódico. Decía el tal anuncio: “Solicito niñera que sepa karate, judo, kung fu, kick boxing y jiu-jitsu”. Inquirió con asombro el encargado: “¿Tan difícil de controlar es su niño?”. “No -aclaró doña Macalota-. El que es difícil de controlar es mi marido”. Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Anoche les contó en el bar a sus amigos: “Cuando una mujer me pide sexo empiezo a sudar frío, me echo a temblar y se me erizan los cabellos en la nuca”. “¿Por qué tan extraña reacción?” -se asombró uno. Explicó el canalla: “Es que esa mujer es la mía”. Aplaudo -y con las dos manos, para mayor efecto- a Xavier Bettel, Primer Ministro de Luxemburgo, por la defensa que hizo ante el Senado mexicano de la causa homosexual. Dijo lo que es ya bien sabido por la ciencia, pero que algunas religiones siguen ignorando absurdamente: la homosexualidad no es una elección. En efecto, es una condición derivada de la naturaleza, lo mismo que la heterosexualidad. Incurren en gran error y grave abuso quienes todavía en este tiempo consideran que el homosexual es un enfermo, y que se le puede tratar para “curarlo”. La acción de quien somete a un gay o una lesbiana a esa “terapia” es tan reprobable como la cruel costumbre que conocí en mi infancia, de atarles el brazo izquierdo a los niños zurdos para obligarlos escribir con la mano derecha. El Primer Ministro Bettel se ha convertido en un eficaz portavoz de los derechos de la comunidad homosexual. Hace muy bien en aplicar su calidad de Jefe de Estado a la promoción de esa buena causa. Las personas homosexuales sufren todavía diversas formas de discriminación, ya abiertas, ya veladas. Cualquier esfuerzo tendiente a superar esa injusticia es merecedor de reconocimiento. Himenia Camafría, madura señorita soltera, le preguntó al apuesto boy scout: “¿Ya hiciste tu buena obra del día, joven escultista?”. “Sí -replicó el muchacho-. Ayudé a una anciana a cruzar la calle”. “Acompáñame ahora a mí a mi casa -le pidió la señorita Himenia-. Ahí harás tu buena obra de la noche”. El rey Pedipe Segundo solía empinar el real codo. En cierta ocasión se cayó de borracho al suelo, perdidas todas las potencias del cuerpo y las tres del alma: memoria, entendimiento y voluntad. El cortesano Lametón comentó, untuoso: “Eso es lo que me gusta de Su Majestad: siempre sabe cuándo dejar de beber”. Dice un proverbio antiguo: “El alcalde, el médico y el cura no tienen hora segura”. Cerca ya la medianoche el doctor Ken Hosanna recibió una llamada telefónica en su casa. “Doctor -le dijo el que llamaba-: tengo una enfermedad venérea”. El facultativo respondió, molesto: “Haga una cita con mi secretaria”. “Ya la hice -contestó el otro-. De ahí me resultó la enfermedad venérea”. FIN.


De política y cosas peores

10/04/2019 – Alguien le preguntó a Babalucas: “¿Qué opina usted del bilingüismo?”. “Me parece muy bien -respondió él-, si ambos miembros de la pareja están de acuerdo en practicarlo”. Los nativos de aquella aldea africana contrataron a sir Highrump, gran cazador blanco, a fin de que acabara con el feroz león que estaba diezmando sus ganados. La fiera, a más de fiera, era muy astuta: había eludido todas las trampas y burlado a todos los cazadores. Sir Highrump ideó una estratagema para liquidarlo: se ocultaría bajo una piel de vaca. Así disfrazado conseguiría ponerse a tiro del león y dispararle con su potente rifle Magnum. En efecto, temprano en la mañana salió de la aldea cubierto con la piel de vaca. Regresó cuando caía ya la tarde. Venía todo derrengado, con seis costillas rotas, fractura de cadera y el cuerpo lleno de laceraciones. Los consternados aborígenes pensaron que el gran cazador blanco había sufrido el ataque del león. En eso, sin embargo, sir Highrump preguntó hecho una furia: “Who the fuck (en español “¿Quién chingaos?”) dejó suelto al toro?”. El panorama educativo se ve tan complicado que casi no parece educativo. Los amagos constantes de la CNTE -de que la perra es brava hasta a los de casa muerde- y la nueva irrupción de “la Maestra” -muy entre comillas- en la actividad pública son factores que perturban la buena marcha de la educación, pues introducen en ella elementos insanos de politiquería. Tanto la señora Gordillo como los cenetistas resurgieron al amparo de López Obrador. El ahora Presidente los cobijó a fin de allegarse su apoyo cuando era candidato, y hoy por hoy tiene en ellos un grave quebradero de cabeza. Así las cosas los esfuerzos de los funcionarios de educación no se están encaminando al mejoramiento de la calidad educativa: deben aplicarse, junto con los de otras instancias gubernamentales, a enfrentar los problemas que aquellas dos fuerzas políticas provocan. Mientras eso sucede la Reforma Educativa, que bajo tan buenos auspicios había arrancado, parece naufragar. Así andamos. O, mejor dicho, así no andamos. La llorosa muchacha acusó al maduro ejecutivo de abuso sexual. “Me engañó -se quejó ante el juez de lo familiar-. Le dijo al recepcionista del hotel que yo era su esposa”. En la mesa de la cantina, ante cinco botellas de cerveza ya agotadas y otras cinco por consumir, Empédocles Etílez llamó por el celular a su esposa y le comunicó: “Voy a llegar tarde a la casa, vieja. Me topé con un embotellamiento”. La actriz de Hollywood le contó a su amiga: “Nos conocimos, nos casamos y nos divorciamos. ¡Qué semanita!”. El literato le comentó a su mujer: “Fui al encuentro de escritores surrealistas”. Quiso saber ella: “¿Cuántos asistieron?”. Contestó el literato: “Octubre”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió a la hermosa Dulciflor que yogara con él en una habitación del Motel Kamawa. “Imposible -negó la muchacha-. No creo en el sexo sin amor”. “Está bien -admitió el lúbrico sujeto-. Tú dame el sexo; el amor yo veré dónde lo consigo”. Don Cornígero y doña Camalina acudieron a una vidente, pues la señora se hallaba en estado de buena esperanza, estos es decir embarazada, y los esposos querían conocer el futuro de la criatura por venir. Consultó la adivina su bola de cristal y una mirada de preocupación apareció en sus ojos, que es donde generalmente aparecen las miradas. Anunció con voz temblante: “Veo aquí que el padre de la criatura morirá cuando nazca el niño”. Don Cornígero empalideció. Doña Camalina se volvió hacia él y le dijo con un hondo suspiro: “Bueno, al menos tú estás seguro”. FIN.


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9/04/2019 – “Vine a traerles flores a mis dos novios”. Así me dijo con sonrisa triste cuando me la topé en la puerta del cementerio. Ella salía ya. Yo, sumiso a los protocolos oficiales, llegaba a la celebración del aniversario luctuoso de un personaje público que por estar ya muerto, y por tanto en estado de absoluta indefensión, debía resignarse al discurso anual. La conocí de joven. Tenía cuando mucho 18 años. Era muy bella. Menudita de cuerpo, la tez clara, los ojos muy azules, parecía una niña que hubiera crecido por equivocación. Y sin embargo era dueña de ocultas sabidurías de mujer que nadie adivinaba al verla. Eso lo sé, Armando, porque en aquella época fue mi novia. Y qué novia. Me asustaban a veces sus arranques de pasión, su impetuosa lascivia, su sensualidad. Virgen y cortesana al mismo tiempo nunca me dejó recorrer todo el camino, pero sí la mayor parte. De la tapia lo que yo quisiera; de la huerta nada. Y ella disfrutaba aquello tanto o más que yo. Terminamos no sé por qué. (Tampoco sé por qué empezamos). Un día faltó a la cita -o no fui yo, ya no me acuerdo- y luego no la busqué ni ella me buscó a mí. Eso fue todo. O eso fue nada, como quieras. Un par de años después me enteré de que se iba a casar. No pude menos que envidiar a quien sería su esposo. Supe que lo aguardaban muchas noches buenas. El novio era un muchacho de buena sociedad que tenía un hermano gemelo tan semejante a él que se les confundía. De niños solían divertirse haciendo travesuras basadas en su absoluto parecido. Por ejemplo uno iba al cine y veía la película; salía con el pretexto de llamar por teléfono a su casa y luego entraba el otro. Eran, decía la gente, como dos gotas de agua. Así crecieron, igualitos. Y mira, sobrino, lo que sucedió. Aquí la travesura fue muy otra. Un día el novio de la muchacha le dijo que aquella noche no acudiría al encuentro cotidiano pues iba a trabajar hasta tarde. Por eso ella se extrañó cuando su prometido llegó en un coche nuevo a su casa. Lo acababa de comprar, le dijo. Fueron los dos al lugar apartado al que acostumbraban ir. Ahí él le pidió que se le entregara, al fin y al cabo ya se iban a casar. Ella accedió -las caricias y los besos habían sido más encendidos que de costumbre-, y en el asiento de atrás del automóvil tuvo lugar la entrega. Seguramente lo has adivinado ya. Quien poseyó a la chica no fue su novio, sino el hermano de su novio. Los gemelos habían tenido un pleito judicial a causa de la herencia de sus padres; uno de ellos ganó el litigio y el otro cobró venganza tomando para sí a su novia. Ya no hubo matrimonio, desde luego. Recuerda, Armando, aquellos versos del Tenorio: “Imposible la hais dejado para vos y para mí”. Los dos hermanos se fueron de la ciudad, cada uno a diferente parte. Ella se quedó sola: nadie iba a casarse con aquélla que había pertenecido ya a otro hombre. Pasó el tiempo -mucho tiempo- y los hermanos volvieron a la ciudad, viudos y solos, reconciliados por una hermana y por la cercanía de la muerte. Falleció uno, y pocos meses después lo siguió el otro. En la misma tumba quedaron los dos. Y ella, la mujer que te dije, les llevaba flores cada mes -un ramo a cada uno- en la fecha en que, engañada, la poseyó uno de los dos hermanos haciéndose pasar por el otro. “Vengo a dejarles flores a mis dos novios”, me dijo aquel día que la vi. Y sonrió con tristeza. Sabía que yo sabía. Ahora dime, sobrino, qué te pareció esta historia. No pienses que la inventé yo, tu tío Felipe. La inventó la vida. La vida inventa muchas cosas, ¿sabes?, y a nosotros nos toca sufrirlas y gozarlas. Otra cosa no podemos hacer. Otra vida no podemos vivir. FIN.
OJO: Dice “imposible la hais dejado”. Dejar así. Gracias.


De política y cosas peores

Uno de mis cuatro lectores -igual pudo ser una de mis cuatro lectoras- me envió la copia de una carta que dirigió a López Obrador. La misiva es importante, por eso cumplo el deseo de su autor -o autora- de difundirla, en la esperanza de que sus conceptos lleguen al Presidente. He aquí el mensaje: “Lic. Andrés Manuel López Obrador: Soy mexicano por nacimiento, con todos los derechos y obligaciones que la Constitución me asigna. Soy un ciudadano que desea ver un país mejor, no éste que día a día se va deteriorando. A usted se le confirió una grave responsabilidad: México. Aunque muchos no votamos por usted, el hecho de que haya llegado a la Presidencia significa que firmó una especie de contrato por el cual trabaja para los más de 100 millones de mexicanos. Es decir, usted debe trabajar para todos. Usted es el empleado, nosotros somos sus patrones. Por eso a nombre de muchos le pido que suspenda esas conferencias mañaneras que cuestan tiempo y recursos y no producen nada; que busque para integrar su Gabinete mejores hombres y mujeres, y no ésos que, se ve, no saben administrar nuestros bienes y recursos; que deje las ocurrencias para sus reuniones familiares, y no para dirigir este país. México lo contrató para hacer las cosas bien. Hágalas. También le exigimos que se conduzca con respeto hacia todos los ciudadanos; que ya no divida al país; que deje de sembrar el odio y la ignorancia en nuestro pueblo. México requiere que usted y todos en el Gobierno actúen con honestidad, transparencia y ética, pero también que se elimine la improvisación y que se trabaje eficazmente con los mejores hombres y mujeres. En México no hay fifís ni hay personas tratadas como mascotas. Todos somos mexicanos y todos somos sus mandantes. Ésos a quienes usted llama fifís y conservadores no son lo que usted dice: fantoches, hipócritas o doble cara. Tampoco hay mascotas. Hay sólo mexicanos. Queremos oportunidades para todos, no limosnas; que la salud sea alcanzable; que se arraigue el patriotismo en nuestra sangre; que se cuiden nuestros recursos naturales; que los pueblos originarios sean objeto de respeto, así como la tierra que por siglos los ha cobijado. Lo hacemos a usted responsable de lo que le suceda a este país. Le pedimos que corrija el rumbo equivocado por el que nos está llevando, pues de lo contrario la pobreza aumentará y crecerá la violencia. Al final la Historia nos cobrará muy cara la mediocridad de su Gobierno y la de todos los ciudadanos que callaron aun sabiéndose humillados y oprimidos. México, señor Presidente, es de los mexicanos y para los mexicanos. Trabaje para ellos. Ya”. Un mensaje así merece ser difundido y llegar a la atención de López Obrador. Es la voz de incontables mexicanos. AMLO debe escuchar y meditar ponderadamente esas palabras. Es cierto lo que dice mi lector -o lectora-: el enorme poder que el Presidente adquirió en las urnas hizo de él un mandatario todopoderoso. Sin siquiera recatarse ha estado ejercitando en forma autoritaria y caprichosa, a veces al margen de la ley, ese poder total. No lleva por buen camino a México, antes bien sus acciones y actitudes han puesto en incontables mexicanos sentimientos de inquietud, y aun de temor. Esta carta, escrita por una persona común y corriente, refleja en modo cabal el ámbito de desasosiego que priva en muchos sectores del país, que temen incluso la perpetuación de AMLO en la Presidencia, pues todos sus movimientos parecen apuntar desde ahora hacia ese objetivo. Por eso es importante tomar en cuenta advertencias y protestas como las que hace el autor -o autora- de esta carta. Por eso la publiqué en mi espacio de hoy. FIN.


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6/04/2019 – Llegó don Astasio a su casa y sorprendió a su mujer en apretado abrazo de concupiscencia con el vecino de al lado. Colgó el mitrado marido su sombrero y procedió a sacar del cajón del chifonier la libreta donde apuntaba dicterios para recitárselos a su mujer en esos casos. De pie frente a los fornicarios, que ni por un instante suspendieron sus arremuescos, leyó con voz de tenedor de libros: “Zorra; mujer de cuatro letras; pérdida; furcia; horizontal”. “No seas desagradecido, Astasio -respondió con tono de reproche la señora sin perder el exacto compás-. Recuerda que vecino te prestó la cortadora de césped”… Caderana, vedette de moda, visitó a su amiga Pecholina en su departamento. Pocos días antes Pecholina había cambiado su cama individual por una king size. Observó aquello Caderana y le dijo a su amiga: “Veo que ya ampliaste el negocio”… El doctor Duerf, célebre analista, le informó a la esposa de don Feblicio: “Su marido tiene doble personalidad”. “No es cierto -respondió ella-. Si así fuera podría hacerlo dos veces, y a duras penas completa una”… El rudo minero relataba: ” No había mujeres en aquella remota mina de la sierra. El pueblo más cercano estaba a 500 kilómetros. ¿Qué podía hacer yo en aquel destierro solitario? Tuve que echarme al vino”. “Y ¿no te volviste alcohólico?” -se preocupó uno de los presentes. “No -respondió el hombre-. ¿Verdad que no, Albino?”… Uno era de Monterrey; el otro de Coahuila. Uno era hombre culto, refinado, gran orador, y meneaba bien la pluma; el otro, en cambio, era áspero, poco dado al trato cortesano -gustaba de ser llamado “el comanche”- y era terco más que una mula aragonesa. El regiomontano se llamaba fray Servando Teresa de Mier; el coahuilense Miguel Ramos Arizpe. Nacía la Nación mexicana y ellos propusieron puntos de vista diferentes para normar su formación: el Padre Mier abogó por el centralismo; el Chantre Ramos propuso el sistema federal. En ese debate Ramos Arizpe salió al fin triunfador. en teoría. Y triunfar en la teoría es no triunfar. Lo que importa es ganar en la realidad. Aquí obtuvo la victoria el Padre Mier. Porque México, que es -en teoría- una República Federal, vive ahora, con la 4T, bajo un centralismo similar al que privaba en tiempos de la dominación priista. El federalismo ha sido uno más de los mitos que han hecho de la vida pública mexicana una escenografía.. Los Estados “libres y soberanos” no son ni una cosa ni la otra; han vivido perpetuamente sometidos al gran poder central; los gobernadores eran en tiempos del PRI gerentes de sucursales dependientes todas de un solo director, el Presidente de la República, cuya benevolencia necesitaban siempre. Ahora esa dependencia se ve con mayor fuerza aún. Debe desaparecer tal situación. Es menester que los Estados cobren conciencia de sí mismos como entidades soberanas y exijan de la Federación lo que requieren para subvenir a sus necesidades, pues ahora el rigor del nuevo régimen les ha recortado casi a todos sus recursos. El ejercicio de la democracia y una legislación fincada en lo que conviene al bien de la Nación serán base para que cobre vigencia plena -por primera vez- ese Federalismo que sigue siendo aún pura teoría… El guía de turismo neoyorquino le dijo a Babalucas: “Y éste es el rascacielos más alto de la ciudad”. Preguntó el tontiloco: “Y¿a qué horas empieza a rascar?”… El cliente de la casa de mala nota se dirigió a la nueva pupila del establecimiento, que se veía muy joven y con cara de inocencia. “Y ¿sabes de estas cosas, muchacha?”. Respondió ella: “Al revés y al derecho”. Dijo entonces el visitante: “Muy bien. Empezaremos al derecho”. (No le entendí)… FIN.


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5/04/2019 – El recién casado llevó a su noviecita a conocer las Cataratas del Niágara. Comentó ella, desdeñosa: “¡Bah! ¡Otra de las cosas que no son tan grandes como yo creía”. La esposa del Lic. Ántropo contrató a una empleada a fin de que aseara la oficina del abogado. Le dijo: “Se encargará usted de limpiarle el bufete a mi marido”. “¡Ah no! -respondió con enojo la mujer-. ¡Eso que se lo limpie él mismo!”. Don Añilio cumplió 40 años de casado. Al día siguiente de la celebración comentó: “Cuando nos casamos mi mujer no hallaba cómo contenerme. Anoche no hallaba cómo consolarme”. Este amigo mío no es político (¡Líbreme Dios!”, dice). Tampoco es empresario, comerciante o industrial. No es comunicador, intelectual o artista. No hizo una carrera universitaria. Mi amigo fue maestro de banquillo. Maestro auténtico, no como ésos a los que AMLO protege y a quienes brinda impunidad aunque le den patadas una y otra vez Por casi medio siglo mi amigo estuvo frente al grupo. Primero educó a niños; después a adolescentes. Jubilado ya, vive de su modesta pensión de profesor. Él no lo sabe, pero es mi asesor o consejero. Lo invito a desayunar o a comer, y después de un rato de conversación sobre esto y sobre aquello le pregunto cómo ve al país. Y es que pienso que mi amigo representa al pueblo. No al de la demagogia electoral -o reelectoral-, sino a la gente común, la de todos los días, la que va al Seguro o al ISSSTE, la que se preocupa por lo elevados que llegaron los recibos este mes y por lo mucho que han subido las cosas en el súper. Mi amigo no se llama Juan, pero es Juan Pueblo. Su voz es la de aquéllos que no tienen voz. Ayer me dijo algo muy interesante: ha dejado de ver las conferencias mañaneras de López Obrador. “Ya me cansaron -dice-. Reconozco que es el primer Presidente que da la cara todos los días y hace frente a las preguntas y comentarios de los periodistas, pero ya me aburrió su lentitud en el hablar; me disgustan su actitud personalista y las constantes ocurrencias que debe anunciar para justificar su comparecencia cotidiana. Ya no lo veo. Ya me pasó la novedad”. Si AMLO oyera las opiniones de mi amigo seguramente lo tildaría de conservador y lo llamaría fifí. No es ni una cosa ni otra. Es liberal en el sentido mejor de la palabra y pertenece al común de la gente. Encuentro una buena dosis de razón en lo que dice acerca de las conferencias matutinas de AMLO. El público en general termina por cansarse de ver y oír al mismo personaje cada día. Y ni modo de que el Presidente amenice sus presentaciones con algún grupo musical o coreográfico. Bueno sería que empezara a buscar alguna otra manera de hacer campaña. Don Chinguetas llegó a su casa entrada ya la noche. Su esposa, doña Macalota, lo esperaba vestida vaporoso negligé, medias de malla con liguero y pantaletita crotchless. Además había puesto a helar una botella de champaña. “¡Carajo! -exclamó don Chinguetas irritado-. ¿Otra vez chocaste el coche?”. La mamá de Pepito lo llevó con un especialista, pues el pequeño presentaba cierta dificultad de movimientos. El facultativo procedió a examinarlo. Le preguntó: “¿Dónde está la nariz?”. Pepito se llevó un dedo a la nariz. “¿Dónde están las orejas?”. El chiquillo se llevó las dos manos a los oídos. “¿Dónde están los ojos?”. Pepito le dijo a su mamá: “Vámonos, mami. Este pendejo no sabe ni dónde están las cosas”. El doctor Ken Hosanna amonestó a su enfermera: “Es cierto que el paciente presenta riesgos de contagio, señorita Florencina, pero eso no justifica que le aviente usted el supositorio con cerbatana”. FIN.


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4/04/2019 – He hablado antes del tío Laureano, uno de los más afamados personajes del rico folclor de Coahuila. Sus dichos andan en boca de la gente y sus hechos se cuentan entre risas. Una tarde iba con su esposa por la calle principal de Nava, bello poblado del norte de Coahuila, y se topó con un compadre suyo que le preguntó dónde había andado, pues dejó de verlo varios días. Respondió el tío: “Fui a una boda en San Antonio”. Comentó el compadre: “Si desde acá fue usté, la boda debe haber estado bastante concurrida”. “Mucho -confirmó don Laureano-. Éramos unos 20 mil invitados”. “Ah cabrón -exclamó el otro sin consideración alguna para su comadre-. Pos sería muy grande el salón”. “De aquí hasta allá” -respondió el tío señalando la lejana sierra. “¡Uta! -profirió el compadre faltando por segunda vez a la consideración de la señora-. Ya me imagino el tamaño del pastel”. Volvió la vista el tío hacia el kiosco de la plaza como buscando un punto de comparación. Le dijo, cautelosa, su mujer: “Tantéyate, Laureano. Luego no vas a tener belduque pa partirlo”. Belduque por aquellas tierras es cuchillo. Cuando AMLO anunció que hará en la Ciudad de México el centro cultural y artístico más grande del mundo ganas me dieron de decirle: “Tantéyate, Laureano”. Sin embargo la intención es tan buena y el propósito tan loable que no puedo menos que aplaudir su plan. Vivo en Saltillo -sin merecerlo, claro-, ciudad con fama de cultura, y sé entonces la importancia que tiene alentar en todas las formas posibles las actividades artísticas y culturales. Ojalá el encomiable proyecto de López Obrador se haga realidad para bien no sólo de los habitantes de ese adorable monstruo que es la Capital de la República, sino de todos los mexicanos. Rosilita le contó a Pepito: “A mi hermanito lo trajo la cigüeña; mi otro hermanito vino de París, y a mi hermanita la encontró mi mami en una col”. Preguntó Pepito: “¿Qué tus papás no saben follar?”. Empédocles Etílez era el borrachín del pueblo. Siempre andaba achispado, alcoholizado, alumbrado y azumbrado. Una noche llegó a su casa en competente estado de ebriedad. Traía los pelos erizados, perdida la mirada, el pantalón meado. Su mujer le dijo: “¡Mira nomás cómo vienes! ¡Ya quítate la borrachera!”. Declaró el beodo, enfático: “¡Me la voy a cortar!”. Respondió con alarma la señora: “No necesitas llegar a tal extremo. Solamente quítate la borrachera”. Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a confesarse con el padre Arsilio. “Acúsome -le dijo- de tener malos pensamientos sobre cosas de sexo”. “Recházalos” -le aconsejó el buen sacerdote. “¡Oh no!-se alarmó Himenia-. ¿Y luego si no vuelven?”. Simpliciano, mancebo candoroso, casó con Pirulina creyendo que era mozuela. Al empezar la noche de bodas la novia se quitó la peluca rubia, los lentes de contacto que hacían que sus ojos se vieran azules, la dentadura postiza y los rellenos de hule que ponían mórbidas redondeces en su busto y sus caderas. “¡Caramba! -exclamó desolado Simpliciano-. ¡No tienes nada natural!”. “Sí que lo tengo -opuso ella-. Un hijo”. Guillermo Prieto, insigne liberal, reveló en sus memorias su gusto por “las chinas”, o sea por las mujeres de condición humilde. Igual proclividad tenía don Chinguetas, señor muy tarambana. Una noche su mujer lo encontró en el lecho de la joven y linda criadita de la casa. Don Chinguetas se justificó: “¿Y cómo podía yo saber que esta noche no te iba a doler la cabeza?”. El proctólogo le comentó a la esposa de su paciente: “No me gusta nada el aspecto de su marido”. “Bueno, doctor -lo defendió ella-. Usted no le ve su mejor ángulo”. FIN.


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3/04/2019 – No acostumbro dar mensajes. Esa tarea, que antes correspondió al arcángel Gabriel o a Mercurio, a los heraldos o pregoneros luego y después a los Telégrafos Nacionales, ahora está a cargo de las redes sociales, monstruosas Furias que hacen más mal que bien; espejo que refleja, entre algunas cosas buenas, lo peor de la naturaleza humana: la mezquindad, la envidia, la calumnia, el odio. Hoy sin embargo, incurro en la osadía de aconsejar algo a mis cuatro lectores, aun sabiendo que los consejos que se piden los da Dios y los que no se piden los da el diablo. El tal consejo es éste: no vayan en estos días a los Estados Unidos, y menos aún en los de las vacaciones que se aproximan. El perverso y sandio Trump ha ordenado a las autoridades fronterizas poner en práctica medidas de tortuguismo a fin de retrasar el paso de los mexicanos al país del norte en represalia porque, al decir del estólido magnate, el gobierno de México no hace nada para frenar las caravanas de migrantes. Para pasar “al otro lado” quienes viajan por carretera están tardando un promedio de 5 horas, y no pocos me han informado que tardaron 8 en atravesar la línea. Desde luego eso origina molestias a los mexicanos, pero provoca también daño gravísimo al comercio norteamericano de la faja fronteriza, el cual depende casi totalmente de los compradores provenientes de México. Aun así Trump usa esos alardes para allegarse votos aprovechando el racismo y xenofobia de buena parte de sus electores. Respondamos nosotros a esa torpe acción absteniéndonos en estos días de ir al país vecino -ahora mal vecino por causa de su majadero Presidente-, y esperemos que sean los propios comerciantes de la faja sur de Estados Unidos quienes exijan a Trump que suspenda ese tortuguismo que mayor perjuicio les causa a ellos que a nosotros. Nadie debería leer el chascarrillo que cierra hoy el telón de este artículejo. Doña Tebaida Tridua lo leyó y al punto le salieron crústulas en el tafanario. Inútil fue que su médico de cabecera le aplicara ahí emplastos de populeón, una pomada lenitiva y analgésica hecha a base de adormidera, belladona y hojas de álamo negro maceradas en manteca de puerco. La ilustre dama estuvo 15 días sin poder sentarse. Quien no quiera exponerse a tan nocivo efecto absténganse de leer la vitanda historieta que ahora sigue. Después de beber algunas copas varios amigos entraron en el terreno de las confidencias eróticas, y empezaron a decir cuál era la postura que cada uno prefería al realizar el acto de la coición. Uno dijo que su señora admitía sólo la posición del misionero, pues era socia de la Congregación Paciana y cualquier otra postura le parecía insana perversión. Otro manifestó que le gustaba hacerlo woman on top. Un tercero declaró que su posición favorita era la llamada spoons o spooning. El último de los cuatro, de nombre Pelerino, dijo que su esposa y él hacían el amor de carretilla. “¿De carretilla? -se desconcertaron los otros-. ¿Cómo es eso?”. Explicó el otro: “Nos quitamos la ropa. Ella se pone de manos y rodillas en el suelo. Yo la levanto por las piernas, me pongo donde debo ponerme y luego arrancamos como si ella fuera una carretilla y yo el que la llevara. Y así vamos a todo carrera por toda la casa; ella con las manos en el suelo; yo sosteniéndola por las piernas; de la sala a la cocina, de la cocina a la sala, una y otra y otra vez”. Uno de los amigos, estupefacto al oír tan peregrina forma de llevar a cabo el acto conyugal, le preguntó a Pelerino: “¿Y eso les da placer a tu mujer y a ti?”. Respondió él: “Placer, lo que se llama placer, no. ¡Pero cómo se divierten los chicos!”. FIN.


De política y cosas peores

2/04/2019 – Este niño tiene un recuerdo horrible. Su edad es de 4 años a lo más, pero le llegó muy pronto el día de saber que hay en el mundo cosas feas. También el mismo día conoció a la muerte. Esa cosa se conoce tarde o temprano, y es bueno conocerla para irse acostumbrando a ella. He aquí la historia de aquel recuerdo que por ser malo se le grabó al pequeño más que los recuerdos buenos. Muy cerca de la casa donde el niño vive está la tienda de un señor que se llama don Clemente. Ahí, a más de abarrotes y artículos de mercería, se vende algo que ya muy pocas tiendas venden: leña. Salvo en las cocinas de los pobres ya en ninguna se usa leña. Las estufas son ahora de petróleo. Incluso en las casas de la clase media baja se usan esas estufas. Pero la mamá del niño va a hacer calabaza con piloncillo, y ese dulce, que el niño espera con ansiosa gula, no sabe igual cuando se le prepara en estufa moderna: debe hacerse con leña. Además la calabaza tarda mucho en cocerse; si se hiciera en la estufa gastaría mucho gas. La mamá del niño, entonces, manda a Goya, la criada de la familia, a comprar leña en la tienda de don Clemente. Le pide que lleve con ella al niño, pues está llorando quién sabe por qué. Ni el niño ni su madre saben por qué llora. Caminan calle arriba Goya y el niño, que ha dejado ya de llorar. El sol cae a plomo; son quizá las 2 de la tarde. La calle está vacía; es la hora de la siesta. Sin embargo en aquella esquina hay gente. ¿Qué sucede? Frente a la tienda de don Clemente hay una cantina de barrio que se llama “Mi ranchito”. Su clientela está formada principalmente por campesinos que vienen a la ciudad a vender leña, carbón, o los magros productos de sus parcelas: maíz, trigo, frijol. Dos ebrios han salido de la taberna a reñir en la calle. No lo hacen a golpes: su duelo es a muerte. Cada uno tiene en la mano un puñal. Se protegen con la camisa enredada en el brazo izquierdo a manera de escudo. Uno viste camiseta; el más joven lleva el torso desnudo. La gente se ha congregado a ver quién mata a quién. Goya se une al corro y hace sitio al niño para que pueda ver bien aquel encuentro. La pelea no dura mucho. El hombre joven, más ágil y más fuerte, clava el puñal en el vientre del otro, que con un grito de dolor suelta su arma y se lleva las manos a la herida. Con paso incierto va a la acera y se sienta a morir recargado en la pared. Su camisa, blanca, se ha vuelto roja por la sangre. El heridor ha quedado inmóvil en el centro del corro, sin saber qué hacer, todavía con el puñal en la mano. Un individuo le dice: “Pélate”. Eso quiere decir que huya. El asesino escapa corriendo por la calle que lleva al arrabal. Se oye la voz de una mujer: “Háblenle a la Cruz Roja”. Y alguien: “Pa qué. Ya está muerto”. Las mujeres se persignan; los hombres que traen sombrero se lo quitan. El niño se persigna también. No sabe por qué, pero siente que está en presencia de un misterio. Ese misterio es el de la muerte. La gente se va y la vida sigue, indiferente. Goya compra la leña y le paga a don Clemente, que ha vuelto a su mostrador. En el camino de regreso la criada le dice al niño que no vaya a contar en la casa lo que vio. El niño no se lo cuenta a nadie: está acostumbrado a obedecer. Pero lo que vio aquella tarde se le queda grabado como en piedra. Lo que vio fue la muerte. Y la vida que siguió quedó marcada en el niño por el sello que la muerte pone en todo lo que toca. El hombre en que se convirtió el niño recuerda ese recuerdo. Aquella muerte está en su vida, y hoy vino a su memoria, no sabe por qué. Quizá porque el día está triste, y él también. FIN.