De política y cosas peores

La enamorada chica le dijo a su galán: «Me voy a tatuar tu rostro en una de mis bubis». Opinó él: «No me parece buena idea». «¿Por qué?» -quiso saber la muchacha. Respondió el novio: «Al paso de los años voy a andar por ahí con cara larga». (No le entendí). Terminado el partido de futbol femenino las jugadoras estaban todas bajo la ducha. En eso el árbitro irrumpió en el baño, y todas se cubrieron apresuradamente con manos o con toallas. «¿Por qué se cubren, chicas? -les preguntó el hombre, burlón-. ¿No decían en el campo que estoy ciego?». Don Inepcio llegó a su casa y le comentó a su esposa: «Vengo de ver al médico. Me dijo que no puedo cargar cosas pesadas, que no puedo hacer ejercicios violentos y que no puedo hacer el amor». Preguntó la mujer: «¿Cómo supo eso último?».Dos pericos pasaron frente a una rosticería. Uno de ellos vio a los pollos que daban vueltas en el rosticero y comentó con enojo: «¿Cuándo se acabará esta ola de pornografía?». Los caminos de la demagogia son infinitos, y fértil la imaginación de la burocracia para justificar su existencia. Lo digo por la reclamación que la secretaría de Cultura hizo a la casa de modas Carolina Herrera por el empleo de diseños de varias etnias del país. Esa demanda carece no sólo de fundamento legal, sino también de razón. Tales diseños son patrimonio de todos los mexicanos, y aún del mundo entero; nadie tiene derechos de propiedad sobre ellos y nadie tampoco puede arrogarse la representación de los pueblos en donde tales diseños se han originado, ni plantear en su nombre protestas o exigencias. Entre los vastos campos por donde campa mi vastísima ignorancia está el de la moda. Soy incapaz de distinguir entre un modelo de Chanel y uno de Dior. Tal desconocimiento no impide, sin embargo, que unas cosas me gusten y otras no. Y la nueva colección de esa casa de modas me encantó. Los vestidos me parecieron maravillosamente bellos y elegantes, modernísimos, llenos de color. Como saltillense aplaudí la evocación del sarape de Saltillo en una de esas creaciones, y como mexicano juzgué digno de encomio que se difundan por el mundo los dibujos y formas surgidos de nuestros pueblos aborígenes. Con un poco menos de política y un poco más de verdadero sentido del arte y la cultura la dependencia reclamante debió felicitar a Carolina Herrera y a su director creativo por esa espléndida colección, tan mexicana, en vez de hacerles esa infundada reprensión y pedirles explicaciones que no tiene derecho a demandar. Malo el cuento cuando el Estado pretende poner límites al individuo en campos tan libres como el del arte. Y a propósito de felicitaciones envío una muy expresiva y cálida a Aeroméxico por tener funcionarios tan amables y eficientes como don Américo Garza Montemayor, que en el aeropuerto de Monterrey atiende con gentileza y cortesía a quienes acudimos al mostrador de la aerolínea. Personas como él dan excelente imagen a la empresa y son de valiosa ayuda para viajeros como yo, que a veces llegamos a la terminal sin saber ni a dónde vamos. Gracias, pues, a don Américo, y gracias a Aeroméxico. El cuento que despide hoy estos renglones pertenece a la época en que las parejas bailaban como deben bailar el hombre y la mujer: abrazados y en promisorio arrimo, no como ahora, que danzan separados, con movimientos de robots o autómatas, la mirada perdida y el ritmo más perdido todavía. Un tipo le dijo a otro: «Mi novia tiene las bubis en la espalda y las pompis por delante». Al oír esa declaración comentó cautelosamente el otro: «Se ha de ver muy rara». «Rara sí se ve -admitió el tipo-. ¡Pero vieras qué a gusto baila uno con ella!». FIN.


De política y cosas peores

El recién casado llegó a su departamento y encontró a su flamante mujercita en estrecho abrazo de pasional amor con un individuo de estatura procerosa, rubio y fornido, que vestía ropas clericales. Mudo el cuclillo al ver aquello le dijo su esposa: «Antes de casarnos te informé que tenía un pastor alemán, y tú me dijiste que no había problema, que podía traerlo al departamento». Una amiga le preguntó a la mujer de don Languidio: «¿Qué te gusta más: la Navidad o hacer el amor?». Sin vacilar respondió ella: «La Navidad». «¿Por qué?» -quiso saber la amiga. Explicó la señora: «Es más seguido». La casa iba a ser fumigada, de modo que el señor y la señora hubieron de pasar la noche en un hotel. En la recepción el encargado le indicó al señor: «Debe usted registrarse». Inquirió el señor: «¿Mi esposa también?». «No -replicó el empleado-. Ella es clienta de años». Una mujer joven llegó a la farmacia y le pidió a la dependienta: «Dame por favor una caja de toallas sanitarias». Seguidamente alzó la vista al cielo y exclamó con fervoroso acento: «¡Gracias, Diosito!». En la barra de la cantina, ante su copa, declaró el astroso ebrio: «Alguna vez fui rico». Preguntó el cantinero: «¿Cuándo?». Suspiró el beodo: «Hace dos divorcios». Un tipo le contó a otro: «Mi madre trajo al mundo 14 hijos. La tenemos en un pedestal. Ahora espera el hijo número 15. Papá la bajó del pedestal». Aplaudo -con las dos manos, para mayor efecto- a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Se abstuvieron de asistir a la astracanada a la que convocó en Tijuana López Obrador, y al hacerlo evidenciaron no sólo autonomía frente al Poder Ejecutivo, sino también respeto a su investidura. En agonía los partidos de oposición; enceguecido el pueblo; hostigados los organismos de la sociedad civil; obsecuentes casi todas las cúpulas del sector privado, o en un silencio que a la postre puede resultar suicida, el único contrapeso que tiene el poder omnímodo de López Obrador es la prensa independiente, en forma principal el Grupo Reforma, y la Suprema Corte. Ésta sufrió el acoso de AMLO con esa intentona de aumentar el número de ministros a fin de colocar en el máximo órgano a incondicionales suyos en número tal que le permita tomar el control del Poder Judicial. La actitud de los ministros de la Corte es entonces merecedora de reconocimiento. Constituye una valiosa declaración de independencia sumamente importante en este tiempo en que el Presidente que juró cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen impone su voluntad por sobre ellas. El famoso explorador inglés sir Fluffyrump y su esposa iban por la helada soledad del Himalaya cuando les salió al paso el Yeti, a quien sus malquerientes llaman el Abominable Hombre de las Nieves. El monstruo tomó en sus membrudos brazos a la señora y se alejó con ella. Sir Fluffyrump le gritó a su mujer: «¡Dile que te duele la cabeza!». Astatrasio Garrajarra, el borrachín del pueblo, llegó a su casa, como de costumbre, a horas de la madrugada. En la oscuridad de la alcoba se desvistió y se metió en la cama. Lo sintió su esposa y le preguntó. «¿Eres tú, Astatrasio?». Respondió el temulento: «Si no soy yo vas a ver la que se va a armar». Don Senilio, señor octogenario, fue a confesarse con el padre Arsilio. Le dijo: «Acúsome, padre, de que anoche estuve con una linda chica de 20 años, y le hice el amor tres veces». «Grave pecado es ése -lo amonestó el buen sacerdote-, siendo tú casado. De penitencia rezarás tres rosarios, uno por cada vez». Exclamó lleno de alegría don Senilio: «¿Entonces usted sí me cree, padrecito?». FIN.


De política y cosas peores

¿De qué color era su carne? Morena, estoy seguro. No: era blanca. Y sus ojos ¿de qué color? Cafés. No: eran de un azul desvaído, como grises. Su cabello era negro. Me equivoco: más bien era de ese color que llaman oro viejo. Tenía senos opulentos que no alcanzaba yo a cubrir con el hueco de mis manos. No: tenía senos pequeños, como de adolescente. Cuando estiraba los brazos hacia atrás su pecho parecía el de un muchacho. Con la mitad de una caricia se le podía abarcar todo. Sus caderas eran rotundas, exuberantes, pródigas. No: vista por atrás semejaba un desnudo de Modigliani. ¿Sabes qué pasa, Armando? ¿Entiendes por qué me contradigo así? Porque te estoy hablando de dos mujeres que en el recuerdo se me vuelven una. Las dos se me confunden. Pienso en una y estoy pensando en la otra. Evoco a una e irrumpe la otra en medio de la evocación. Alguna vez, sobrino, me dijiste que te proponías escribir el relato de mis historias de alcoba según te las he contado en noches de vino como ésta. Incluso me pediste que aprobara el título que le pondrías al libro: «Las aventuras eróticas de mi tío Felipe». Pensé que el nombre tenía un cierto tufo de pornografía, y que si bien eso era bueno desde el punto de vista de la mercadotecnia el título no correspondía a la naturaleza de mi trato con las mujeres que en mi vida hubo. Has de saber que a todas las amé, siquiera haya sido por una hora. En ninguna vi nunca un mero objeto para mi satisfacción sensual, sino a una persona que me hizo el inmenso favor de ayudarme a vivir. A todas les sigo agradeciendo eso, y de todas guardo una memoria agradecida. Pero déjame decirte por qué se me confunden aquellas dos mujeres. En ese tiempo yo era joven. No tenía más compromisos que el que se tiene con la vida. En cierta ocasión mi jefe en el trabajo me invitó a una cena en su casa. La muchacha -así empezaban a llamarse las que antes se llamaban criadas o sirvientas-, de origen claramente indígena, tenía la belleza de su raza, según decían entonces los poetas. No pude menos que fijarme en ella. Y ella se fijó. En el curso de la cena miradas iban y miradas venían. Yo figuraba con los labios la palabra «Guapa» y ella se sonreía por lo bajo. Me las arreglé para decirle en un aparte: «Vendré a verte». Respondió: «Lo espero». Una mañana la esposa de mi jefe llegó por él a la oficina. Irían de compras y a comer después en restorán. Me escabullí y fui a su casa. La muchacha estaba sola, pero luego ya no lo estuvo. Casi no hablamos. Después de unas caricias presurosas nos quitamos la ropa el uno al otro e hicimos el amor en la cama de mi jefe y de la jefa de ella. Su carne era morena; cafés sus ojos, negros sus cabellos. Sus senos eran opulentos; sus caderas rotundas, exuberantes, pródigas. No tenía ningún saber, pero el que yo tenía, aceptado por ella sin reservas, fue suficiente para forjar una hora memorable. En las noches siguientes la visitaba en su cuarto de sirvienta. Aprendió en forma tan rápida que luego se convirtió en mi maestra. Y sucedió una noche que al ir a verla me salió al paso la señora de la casa. En la penumbra del jardín me dijo con voz queda: «¿Qué tiene ella que no tenga yo?». Su esposo había salido de viaje. Esa vez cambié de habitación. Tampoco la señora sabía mucho, pero admitió también sin límites todos mis saberes. Su carne era blanca; sus ojos de un azul desvaído, como grises. Sus cabellos mostraban ese color que llaman oro viejo. Tenía senos pequeños, y vista por atrás semejaba un desnudo de Modigliani. ¿Entiendes ahora, Armando, por qué se me confunden aquellas dos mujeres? En mi recuerdo son como una sola. En mis recuerdos todas las mujeres son como una sola. FIN.


De política y cosas peores

El ardiente galán ansiaba gozar ya el más íntimo encanto de su novia. Ella se resistía. Le decía una y otra vez: “Soy señorita”. Con eso quería significar que conservaba aún la gala de su virginidad, y que no estaba dispuesta a permitir que algo le entrara si antes no le entraba el anillo de casada. Sin embargo no hay pertinacia mayor que la de un hombre en rijo. El Señor le dio al varón dos órganos muy importantes, pero los dos no pueden funcionar al mismo tiempo. El novio porfió y porfió y porfió, y consiguió finalmente, bajo palabra de matrimonio, que la muchacha accediera a entregarle por adelantado la impoluta flor que le iba a dar cuando fuera su esposo. La entrega tuvo lugar en un ameno y soledoso prado. El galán tendió a la chica sobre el suelo y luego él se tendió sobre ella. En el curso del acto el muchacho se asombró al ver que su novia, que él creía ingenua y cándida, hacía movimientos que la más lasciva cortesana habría envidiado. Una y otra vez adelantaba la pelvis con gran ímpetu; le daba vueltas como figurando la letra o; se torcía y retorcía en modo tal que provocó la rápida terminación de las acciones. El novio, enfadado por verse vencido tan prontamente en aquel dulce combate, le dijo amoscado a la muchacha: “Los movimientos que hiciste no son propios de una señorita”. “Sí lo son -replicó ella-. Son los movimientos propios de una señorita a la que el pendejo de su novio acostó sobre un hormiguero”. El esposo y la esposa llegaron al mismo tiempo al Cielo. San Pedro, el portero celestial, le preguntó al marido: “¿Cuántas veces engañaste a tu mujer?”. El hombre, apenado por la presencia de su cónyuge, respondió bajando la cabeza: “Una vez”. Le indicó el apóstol de las llaves: “Le darás una vuelta a la muralla de la mansión celeste”. No echaba aún a caminar el contrito señor cuando San Pedro le preguntó a la mujer: “Y tú ¿cuántas veces le fuiste infiel a tu marido?”. A esa pregunta la esposa respondió con otra: “¿Tienes una bicicleta?”. La tía de Pepito declaró: “En toda mi vida no recuerdo haber dicho más de dos mentiras”. “Y con ésta tres” -completó el niño. Ella le dijo a él: “Soy muy pudorosa. Lo haremos con la luz apagada”. “Está bien -admitió él-. Entonces déjame cerrar la puerta del coche”. En mi fuero interno -el único fuero que tengo- estoy seguro de que López Obrador y Ebrard saben que no hay motivo para festejar. El mitin de Tijuana, reunión de pacotilla semejante a las que en el pasado organizaba el PRI, no sirvió ni aun remotamente para encubrir el hecho de que Trump consiguió al fin que México pague el muro, sólo que el tal muro estará ahora en la frontera sur. El presidente norteamericano usó con los negociadores mexicanos las tácticas que en su libro describe, y que en este caso le dieron muy buen resultado. A partir de los desarreglados arreglos pactados por nuestra representación seremos en adelante patrulla fronteriza al servicio de los Estados Unidos, país al que le haremos el trabajo sucio de detener a los migrantes, y además gratuitamente y con la amenaza de que Trump nos castigará si no cumplimos esa tarea a su satisfacción. Lo que Ebrard hizo de consuno con López Obrador fue rendirse al grosero chantaje del presidente yanqui. Ante eso no hay nada qué celebrar, de modo que el festejo de Tijuana bien puede calificarse de farsa. Desde ahora la principal función del Gobierno mexicano será servir de gendarme fronterizo a Trump y, derechos humanos o no, contener a como dé lugar a los migrantes para que no se enoje el señor Don. He aquí a nuestro Gobierno convertido en el Siervo de la Nación. Pero de la nación vecina. FIN.


De política y cosas peores

Don Gerolano se esforzó bastante pero no pudo ponerse en aptitud de hacer honor a los encantos de la joven y linda Loretela. No por eso perdió la presencia de ánimo. Cuando la muchacha le dijo: «Esto está blando» el provecto señor respondió tranquilamente: «¿Ah sí? Y ¿qué dice?». El novio de Eglogia, la hija de don Poseidón, habló con él: «Vengo a pedirle la mano de su hija». El rudo labrador se volvió hacia su mujer: «Te dije que es un pendejo. Mira con lo que se conforma». El niñito le preguntó a su padre: «¿Tienes muy buen estómago?». El señor se extrañó: «¿Por qué me preguntas eso?». Explicó el pequeño: «Oí que mi mamá le dijo al vecino que tú te tragas todo». Entre las muchas locuras que he emprendido -bellas locuras todas- estuvo alguna vez la de de presentar conciertos de música clásica en Saltillo, mi ciudad. Con esa música salí bailando siempre. Eso quiere decir que invariablemente acabé poniendo dinero de mi exigua bolsa, pues nunca los resultados económicos correspondieron a mis idealismos. En cierta ocasión invité a un organista de fama nacional. Era muy joven y algo petulante. Tocó en el órgano de una iglesia. El sacristán del templo, un buen hombre llamado don Juanito, fue el encargado de accionar el fuelle que surtía de aire al instrumento. Terminó la primera parte del recital y el público premió al artista con un gran aplauso que él agradeció desde lo alto del coro. Don Juanito, orgulloso, le dijo al organista: «¡Qué bien tocamos, maestro!». Replicó el organista, burlón y desdeñoso: «¿Tocamos?» El humilde sacristán quedó apenado. Llegó el momento de iniciar la segunda parte del concierto. El músico ocupó su banco y volvió la vista hacia don Juanito para que accionara el fuelle sin cuyo aire no sonaba el órgano. El sacristán, sentado en una silla y cruzado de brazos, fijó en él la vista, pero no se movió. El organista entendió y dijo, ahora apenado él: «Tiene usted razón, don Juanito. Por favor, vamos a tocar». Con una sonrisa de satisfacción el buen señor volvió a accionar el fuelle. El anterior relato me sirve para señalar que muchas veces el débil tiene medios de defensa frente al poderoso. Esos medios, empero, han de ser reales, eficaces y tendientes a dar respuesta concreta y pertinente a los agravios inferidos por el soberbio. México no es un país de pacotilla. Si bien su poder no se compara con el de su vecino norteamericano, tampoco nuestra nación es una republiquita bananera de la que se puede abusar impunemente de palabra y obra. El mitin en Tijuana más parece acto propio de país subdesarrollado que medida efectiva para enfrentar a Trump. Muchos verán esa manifestación como política de campanario más que como defensa efectiva de la dignidad nacional. Ésta, junto con los derechos legítimos de México, se debe defender con hechos, no con amontonamientos de personas que hoy están y mañana ya no. En vez de hacer algún efecto sobre Trump el tal mitin lo favorecerá, pues el mandatario yanqui presentará esa concentración a sus electores como prueba evidente del peligro que, según él, México significa para los Estados Unidos. López Obrador, obligado a la prudencia, ha actuado así: prudentemente. No podemos ponernos con Sansón a las patadas, según describe el proloquio popular. Pero ahora parece ser que Trump enfrenta más oposición real en el interior de su país que en el nuestro. La manifestación de Tijuana tendrá valor emblemático, sí. Realzará la imagen de AMLO a los ojos de muchos, pero en relación con el problema que enfrentamos con Estados Unidos no tendrá ningún valor. López Obrador se quedará, para usar otro dicho de pueblo, como el que chifló en la loma. Y nosotros con él. FIN.


De política y cosas peores

En el cálido acogimiento del lecho conyugal el marido se acercó a su esposa dispuesto ya para el acto del amor. La señora estaba pensando en otra cosa, de modo que le dijo a su consorte: «Todo ha subido. Ha subido el aguacate; ha subido el detergente; ha subido la cebolla; ha subido el recibo del gas. Todo ha subido». Y siguió con una larga retahíla de quejas a propósito de lo mucho que había subido todo. La interrumpió el hombre, mohíno: «Tú acabas de conseguir que algo baje». Lejos de mí la temeraria idea de murmurar acerca del águila que se posó en el nopal y se puso a devorar a una serpiente. Esa ave emblemática está en el escudo nacional y es ornato y gala de nuestra hermosísima bandera. Sin embargo hay que reconocer que el lugar indicado por el águila no era muy apto para fincar ahí una ciudad. La zona es volcánica, y por lo tanto dada a terremotos. También era lacustre, lo cual es causa ahora de hundimientos. Desde luego el águila no tiene responsabilidad en eso, pero si hubiera volado un poco más seguramente habría dado con otro sitio, si no más bello, sí más seguro para el hábitat humano. Aun así yo amo entrañablemente a esa bella giganta que es la Ciudad de México. En el Zócalo siento latir su corazón -el de la Patria-, y me emociono con emoción de niño al ver ondear nuestro lábaro. Cuando entro en su Catedral o miro sus ruinas arqueológicas me parece estar abrazando al mismo tiempo a mis antepasados aborígenes y a aquéllos que vinieron de la Europa. En esa urbe, al mismo tiempo temible y adorable, viví algunos de los mejores años de mi juventud, cuando su aire era todavía respirable, cuando desde las azoteas se veían los volcanes del doctor Atl y el cielo claro que pintó Velasco. A pesar de todas las calamidades de hoy siempre que regreso a la Ciudad de México vuelvo a sentir su hermosura y su grandeza. Es una pena que haya quienes la lastimen por ignorancia o por maldad. Todos sus habitantes deberían cuidarla como se cuida la casa que nuestros padres nos dejaron en herencia y que ellos a su vez recibieron de sus padres. Pero nadie haga caso de esta inútil perorata. Debería colgarme al cuello un palo codal para hacer penitencia por haberla dicho. Olviden mis cuatro lectores mis palabras, especialmente las que escribí acerca del águila. Don Algón y su linda secretaria terminaron de arreglarse las ropas en la oficina del salaz ejecutivo. Le dijo él a ella: «¿Está ya más tranquila, Susiflor? ¿Se ha convencido de que hay cosas que usted puede hacer y una computadora no?». Don Frustracio se asomó por la ventana y exclamó con acento ensoñador: «¡Qué hermosa está la luna!». Doña Frigidia, su mujer, dijo inmediatamente: «Hoy no. Me duele la cabeza». Sor Bette fue con sus alumnas a una tienda de ropa. Le preguntó a la dependienta: «¿Por qué es tan caro este abrigo?». Le explicó la encargada: «Porque es de lana virgen». La monjita se volvió hacia sus pupilas y les dijo: «¿Lo ven, muchachas? ¡La virtud paga!». Babalucas le pidió con ansiedad a su novia Loretela: «¿Hacemos el amor, mi vida? ¡Por favor, dime que estás dispuesta a hacer el amor conmigo!». Replicó ella: «Otra pregunta estúpida como ésa y me salgo de la cama, me visto y me voy de tu departamento». La vedette le preguntó a su compañera: «¿Cómo te fue anoche con ese muchacho norteño con el que saliste?». Respondió la otra: «Me hizo una impresión profunda». «¿De veras?» -se interesó la amiga. «Sí -respondió la vedette-. Me dejó impresa en la barriga la hebilla de su cinturón». El tipo se presentó con don Chinguetas: «Soy de la Sociedad Protectora de Animales». Inquirió él: «¿Protector o protegido?». FIN.


De política y cosas peores

El cuento que abre hoy el telón de esta columnejilla es de color subido, muy subido. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y de inmediato le sobrevino un acceso de singultos tan intenso que para aliviar a la señora su médico de cabecera hubo de administrarle una potente menesunda. Quien no quiera exponerse a un accidente igual debe abstenerse de leer el vitando chascarrillo que ahora sigue. Tres individuos acudieron a una casa de mala nota. El dicho establecimiento tenía una particularidad extraña: cobraba según la medida de entrepierna que tuviera el cliente. A medida mayor, mayor tarifa. Acabado el menester que ahí los había llevado los tres sujetos salieron del local y al punto comentaron lo que a cada uno le habían cobrado. Resultó que dos de ellos habían pagado mucho, y el tercero poco. Explicó éste antes de que los otros aventuraran alguna otra explicación: «Es que ustedes pagaron a la entrada, y yo a la salida». (No le entendí). «Ahora que nos vamos a casar -le dijo él a ella- no te pido nada. Lo único que espero de ti es que me seas fiel». «Está bien -aceptó ella-. Te seré fiel con la mayor frecuencia que me sea posible». Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Su esposa le contó a una amiga: «Anoche mi marido me besó la mano cuando estábamos cenando». Comentó la otra: «¡Qué romántico!». «No -aclaró la mujer del majadero-. Es que no había servilleta». Declaró don Languidio: «Hace unos días me tomé una pastilla de Viagra y se me atoró en la garganta. Es fecha que todavía no puedo doblar el cuello». El marido iba a salir de viaje. Su mujer le pidió: «Dame para pagarle al casero lo que le debemos». «No tengo dinero -negó el hombre-. Hazle como puedas». Al regreso del tipo le informó la señora: «Hice lo que pude, tal como me dijiste. Le di al casero algo que le gustó bastante. Con eso le pagué todo lo que le debíamos. Y en la semana que estuviste ausente quedaron pagados también los próximos 14 meses». Terminó el trance de amor, y el indio maya le dijo muy ufano a la doncella: «Deberías darme las gracias por esto, Nikteria. Después de lo que acabo de hacerte ya no corres el riesgo de que los sacerdotes te echen al cenote de las vírgenes». Las palabras con que terminará este artículo seguramente sonarán muy duras, pero pienso que corresponden a la realidad. Al cotidiano número de muertos por el crimen organizado debe añadirse otra cifra igualmente cotidiana: la de los niños y ancianos, las mujeres y hombres que están muriendo por falta de medicinas y tratamientos médicos en los hospitales públicos. Los recortes presupuestales hechos por el nuevo régimen han incapacitado a esas instituciones para cumplir debidamente su función. No pueden ya surtir a los pacientes los medicamentos que necesitan, ni darles los tratamientos que requieren para seguir con vida. Eso provoca muertes atribuibles al manejo que se está haciendo de los recursos públicos, destinados a pagar obras cuya viabilidad y utilidad son en extremos discutibles, a mantener a ninis -personas jóvenes que ni estudian ni trabajan-, o entregados con propósitos electorales a gente que en verdad no necesita ese dinero. Las instituciones de salud pública deberían llevar una estadística de las personas que mueren por causa del desabasto de medicamentos o de la falta de atención a los pacientes necesitados de tratamientos especiales que no se les proporcionan ya por falta de presupuesto. Así se vería que el número de esos muertos es semejante a los causados cada día por el crimen. FIN.


De política y cosas peores

«Me da un condón» -le pidió el cliente al farmacéutico. «Los tengo en tres presentaciones -le informó el hombre-. Para principiantes, con un solo condón para los sábados. Para solteros, con tres condones para martes, jueves y sábados. Y para casados, con 12 condones». Preguntó el comprador: «¿Por qué tantos?». Explicó el de la farmacia: «Uno para enero, otro para febrero, otro para marzo.». Doña Balena, señora que pesaba 10 arrobas -cada arroba equivale a 11 kilos y medio-, les comentó a sus amigas: «Todos los días voy al gimnasio, pero cuando acabo de ponerme el leotardo quedo tan agotada que ya no puedo hacer ninguna clase de ejercicio». Él y ella eran radioaficionados. Su común afición los condujo al matrimonio. (Nunca se sabe a dónde pueden conducir las aficiones). La noche de las bodas ella se mostró decepcionada por las exiguas dimensiones de entrepierna de su maridito. Le dijo con tono desabrido: «No sabía que eras de onda corta». Replicó él: «No es que yo sea de onda corta, Amilia. Lo que pasa es que tú eres de banda ancha». Un nuevo fantasma, entre los muchos que ya rondan por México, apareció en las elecciones del último domingo: la indiferencia. Los efectos del abstencionismo los sufrieron no sólo el desmigajado PAN, el aturrullado PRI y el agonizante PRD: también Morena vio un descenso en el número de sus electores. Se diría que la clase fifí ya se resignó al inevitable dominio del régimen actual, y que los partidarios de éste lo ven con tanta fuerza que consideran innecesaria su participación. Estamos regresando al viejo tiempo de la dominación de un solo partido, con la diferencia -notable y notoria diferencia- de que seguramente el nuevo grupo en el poder durará lo que dure su único caudillo. Después de él vendrá el diluvio. Por eso es importante que los demás partidos se fortalezcan. Existen todavía esos partidos, y en la jornada electoral pasada el PRI y el PAN dieron algunas señales de vida. En la renovación de su dirigencia nacional tendrán los priistas una buena oportunidad para reorganizar sus estructuras y reemprender la marcha; eso si consiguen evitar que la pugna entre los cacicazgos cupulares debilite aún más al ya debilitado partido tricolor. Por su parte Acción Nacional, si recupera su unidad y vuelve a poner en ejercicio los principios que le dieron vida, podrá ser opción valiosa para un vasto sector de mexicanos que no quieren ver perdidos los precarios avances democráticos que en los últimos tiempos se han logrado. En el caso de que la oposición no se fortalezca la hegemonía priista que en el pasado conocimos será juego de niños frente a la férrea dominación del régimen absolutista que llegó y que ha crecido en forma vertiginosa y aplastante. Daisy Mae, muchacha americana , de Poughkeepsie, sufría dificultades de lenguaje. A la hora del amor en vez de gritar: «Oh my God!» gritaba: «Oh my dog!». El busto femenino ha ejercido siempre un poderoso atractivo sobre el varón. Dos teorías hay a ese respecto. La primera dice que ese atractivo se debe a la evocación del seno materno. La segunda afirma que a la vista de un tetamen generoso el hombre siente asegurada la nutrición de su progenie. El caso es que en una cena de gala quedaron juntos Bubilina, mujer de senos túrgidos, y el doctor Alfárez, cirujano plástico. Un pronunciado escote dejaba a la vista en toda su magnífica opulencia el doble encanto de la hermosa dama. A la mitad de la cena le dijo ella al médico: «Me gustaría, doctor, que me quitara algo de mi busto». «Será un placer -repicó el facultativo-. ¿Qué quiere que le quite?». «¡Los ojos!» -profirió con enojo Bubilina. FIN.


De política y cosas peores

Este niño sueña. A él lo soñó su madre cuando era todavía niña, y ahora él sueña los sueños que su hijo va a soñar. Los sueños de este niño no son los sueños de todos los niños. Este niño no sueña perros, o gatos, o personas. Sueña barcos que van sobre los bosques; estrellas que brillan bajo el mar; gigantes en cuyas largas cabelleras se enredan mujeres de largas cabelleras. El niño no lo sabe, pero a la vuelta de la esquina lo aguarda otro sueño: el del amor. Y luego lo espera un sueño más: el del olvido. Un día el niño dejará de ser niño para volverse hombre. Después dejará de ser hombre para volverse muerte. Entre una vuelta y otra vivirá. Vivirá a la vuelta y vuelta, como vivimos todos, y todo para volver al sitio donde empezaron nuestras vueltas. El niño es hombre ya, pero el hombre es niño todavía. Sigue soñando. Ahora sueña que ama a una mujer. Y otro sueño tiene, más sueño todavía: sueña que la mujer lo ama también. Por eso sueña que es feliz. Te diré cómo es la mujer a la que ama este hombre. Es alta y es esbelta. Supongo que a veces debe agacharse un poco para no dar con la frente en el cielo. Su rostro es blanco: tiene la palidez de los antiguos poemas que hablaban de lirios pálidos y rosas desmayadas. El cabello de esta mujer es negro como un no. Sus ojos son grises durante el día, y en la noche se ponen azules para el amor. Si no hay amor siguen siendo grises. El hombre ama a esta mujer. Dejará de amarla cuando sepa que no es un sueño, que si pone la mano sobre ella se le quedará en su hombro, en su pecho, en su cintura, en vez de atravesarla como niebla, como humo, como nada. La mujer no ama al hombre. Si supiera que es un niño quizá lo amaría, pero no lo sabe. Cuando este hombre le diga que la ama ella no responderá. Su silencio se enredará para siempre en el hombre que la ama. El infeliz irá por la vida cargando ese silencio como se carga a los antepasados, y cuando muera lo sepultarán con él. En la tumba seguirá oyendo ese silencio, y muerto mirará un rostro pálido, unos ojos azules y una cabellera negra. Pero ahora es feliz porque cree que la mujer lo ama. Por eso el día es día para él, y en él hay sol, y escucha las palabras que lleva el viento hacia otro viento, y existen los seres y las cosas. Por eso vive, en vez de andar por ahí muerto. El amor, esa cosa que sucede por milagro, hace milagros. El primero es hacerte sentir vivo. Y este hombre siente la vida porque está enamorado. En la noche, cuando la tiniebla llega, oye el ir y venir de la sangre por sus venas, y escucha el ruido de su alma caminando de un lado a otro de su celda. La oscuridad, negra al decir de la gente, se vuelve de colores para él. Aquí el azul de los ojos de la amada; allá el rojo de su propia sangre transida de amor; más allá el verde de la brizna de hierba, tan efímera, tan eterna. Y ahí él, enamorado, y ahí ella, silenciosa. Dejemos que la mujer vaya a donde va el silencio. Dejemos que el hombre vaya a donde va el amor que no halló amor. Sintamos piedad de esos dos pobres. Él es un niño que sueña y no sabe que está soñando. Ella es una niña que ve por la ventana a otras niñas que juegan y no puede salir de su casa. Yo no quiero ser ese niño. pero soy. Ella no quiere ser esa niña, pero es. Dejémoslos solos, a él con su sueño, a ella con su soledad. Alguna vez quizás él dejará de soñar y ella saldrá al fin de su casa. Entonces él pondrá la mano sobre el hombro de ella; tocará su pecho y su cintura. Entonces ella oirá el ir y venir de la sangre por las venas de él y por las venas de la vida. Y se amarán. Y su historia será de amor, no como ésta que fue de desamor. FIN.


De política y cosas peores

Don Astasio sorprendió a su mujer, doña Facilisa, en apretado trance de fornicio con el vecino del 14. Le dijo con energía al hombre, aunque procurando no perder su acostumbrada ecuanimidad: “Esto no se va a a quedar así”. “Claro que no, vecino -le respondió, cortés el individuo-. Ya le había prometido yo a su señora esposa que al terminar esto le ayudaré a tender la cama”. Pepito invitó a Tirilita, su pequeña y linda amiga, a jugar en su alberquita. Le propuso: “Nos descalzaremos y meteremos los pies en el agua”. La niña se preocupó: “¿Y si se me moja mi ropita?”. “Eso no sucederá -la tranquilizó Pepito-. Nos descalzaremos hasta arriba”… Otro de Pepito. Cierto día le preguntó a su mami cómo nacían los niños. La señora, algo turbada por aquella súbita pregunta, trató de explicarle el milagro de la vida recurriendo al tradicional ejemplo de los pajaritos y las florecitas. Una semana después la familia de Pepito fue a una boda. El novio era flacucho y esmirriado, enclenque, raquítico, cuculmeque, tilico y escuchimizado. La desposada, por el contrario, era gigantea, robusta, bien nutrida y dueña de prominente tetamen y abultado nalgatorio. Pepito se inclinó hacia su mamá y le dijo al oído: “Me parece muy poco pajarito para tamaña floresota”… Doña Golona, matriarca con mucha ciencia de la vida, amonestaba a sus nietas y le advertía sobre los riesgos del trato con los hombres. Les dijo: “Si un individuo las invita a tomar licor con él no acepten”. Preguntó, divertida, una de las nietas: “¿Podríamos acabar debajo de la mesa, abuela?”. “No -respondió doña Golona-. Podrían acabar debajo del individuo… La adivina, tras consultar su bola de cristal, le anunció a la chica que la visitó: “Muy pronto llegará a tu vida un hombre”. “Ya lo sé -sonrió la muchacha-. Alto y moreno ¿verdad?”. “No -replicó la adivinadora-. El que yo digo es otro. Te lo entregarán en la clínica de maternidad aproximadamente dentro de 8 meses”… Picia, muchacha rica, pero fea -o muchacha fea, pero rica, según se vea- le decía a su novio, gemebunda: “¡No lo niegues, Interesio! ¡Te quieres casar conmigo porque soy rica!”. “Todo lo contrario, vida mía -protestó él-. Me quiero casar contigo porque yo soy pobre”…. Una tía de Pirulina que vivía en otra ciudad tenía algún tiempo de no ver a la muchacha. Con motivo de las vacaciones fue a su casa. La mujer gustaba de meter la nariz en los asuntos ajenos, de modo que de buenas a primeras le preguntó con traviesa sonrisa a su sobrina: “¿Ya te picó el gusanito del amor?”. “Sí, tía -respondió ella bajando la voz-. Pero cuando veas a mi novio sabrás que no me picó precisamente un gusanito”. Este día no voy a orientar a la República. Es lunes, y bien puede pasarse la Nación sin mi palabra admonitoria. Después de todo se trata de un solo día. En vez de hablar de política recordaré a petición de uno de mis cuatro lectores una oración muy útil en la vida cotidiana. Si esa plegaria se reza con verdadera devoción protege contra uno de los mayores peligros que en la existencia diaria podemos encontrar. Hago una aclaración: debemos evitar a toda costa actuar de tal manera que los demás tengan que recitar esa invocación para protegerse de nosotros. La oración que en seguida ofrezco no viene en ningún breviario, eucologio, libro de preces o devocionario. Así, bien harán mis lectores en aprenderla de memoria para poder decirla. He aquí el texto de esa útil oración: “¡Oh Señor, Señor, Señor! / Mándame pena y dolor. / Mándame males añejos. / Pero lidiar con pendejos / ¡no me lo mandes, Señor!”… (Debe rezarse todas las mañanas antes de salir de la casa o al empezar una junta de trabajo)… FIN.