De política y cosas peores

CIUDAD DE MÉXICO .-La de antier fue una fecha penosa para México. Penosa en el sentido de triste, penosa también en su acepción de vergonzosa. La asistencia de los más destacados empresarios del país a la cena organizada por López Obrador dio a ver que el interés personal se está poniendo en esta hora difícil por encima de la dignidad propia y del bien de la nación. Al paso del tiempo ese evento aparecerá como de los más oprobiosos y reprochables sucesos de esta época, y quienes en él participaron se sentirán mal por haber estado ahí. Con su presencia convalidaron uno de los mayores desatinos del Presidente, y apoyaron con sus dineros la farsa que ha montado AMLO en el caso del ya tristemente célebre avión presidencial. Los empresarios son por esencia hombres y mujeres libres. Su privilegiada situación económica y su elevada posición social les dan un margen excepcional de libertad. Abdicar de esa libertad para ponerse al servicio de un régimen al cual seguramente critican y reprueban en lo privado es incurrir en hipocresía, y aun en claudicación. Entiendo la necesidad de los hombres de empresa de no estar en malos términos con el poderoso en turno, pero hay tiempos -y éste es uno de ellos- en que los empresarios deben pensar en el bien de México, y no comprometerlo con actos de sumisión y colaboracionismo como ése de la vergonzante cena a que acudieron. La prudencia es necesaria, mas no ha de llegar a la ignominia. El empresariado tiene una gran responsabilidad social, y la tiene también en el ámbito de lo político. Ha de servir de valladar a los excesos de los gobernantes, defender los derechos básicos de la persona humana, mirar por el bien comunitario. Incumplir esa responsabilidad a fin de allegarse el favor del monarca, volverse parte de su corte, cohonestar sus engaños y sus despropósitos, todo eso es atentar contra el futuro de las empresas, e incluso del país. El sector empresarial carece hoy por hoy de un buen liderazgo. Se advierte en él demasiada entreguismo. López Obrador necesita a los empresarios más de lo que los empresarios lo necesitan a él. No renuncien a esa ventaja. No cedan su libertad, su independencia. No pongan en riesgo a México junto con quien lo está poniendo en riesgo ya. Daré salida ahora a una sucesión de inanes chascarrillos a fin de aligerar la tensión que mi anterior perorata debe haber causado a la República. Un amigo le contó a don Chinguetas: «Fui a la estación de policía y me mostraron una máquina detectora de mentiras». Replicó don Chinguetas: «Yo estoy casado con una». Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, solteras de avanzada edad, visitaron el museo de arte. El guía les mostró la efigie de un Hércoles desnudo con su atributo varonil en reposo. Declaró el guía: «La estatua pertenece al período bajo». Himenia le susurró al oído a Celiberia: «La del período alto ha de estar más interesante». La mamá de Simpliciano, muchacho sin ciencia de la vida, le dijo: «He sabido que la mujer con la que andas de novio es de la vida alegre». » Amá -opuso Simpliciano-. ¿Y pa que quiero una de la vida triste?». Don Cucoldo llegó a su casa cuando no se le esperaba y sorprendió a su esposa en brazos y todo lo demás de un desconocido. Desconocido para don Cucoldo, pues la señora demostraba tener familiaridad con el sujeto, a juzgar por los epítetos con que se dirigía a él: «papacito», «negro santo» y «cochototas». Eso no se le dice a un extraño. Ardió en cólera el mitrado marido, y en un solo golpe de voz le dijo a la mujer: «¡Zorravulpejaraposainfamevil!». Contestó ella en tono de reproche o queja: «¡Ay, Cucoldo! ¡Tú insultándome y yo aquí practicando para darte a ti un mejor


De política y cosas peores

 «Todas las mujeres que están en esta reunión han sido mías, menos aquella señora del vestido rojo, que es mi madre». Eso dijo un jactancioso mozalbete en una fiesta. Le indicó un señor: «Entonces entre los dos nos las hemos despachado a todas». Relató el conferencista en temas de historia: «Aníbal cruzó los Alpes con elefantes». Preguntó Babalucas: «Y dígame: ¿qué resultó de esa cruza tan extravagante?». Don Poseidón se preocupó, pues ya era cerca de la medianoche y su hija seguía con su novio en la sala. Asomó por el barandal del segundo piso y le preguntó: «Glafira: ¿está ahí tu novio?». Respondió la muchacha: «No, papi, pero ya se va acercando». Andrés Manuel López Obrador no roba dinero. Eso sí: lo ha tirado, como en el caso del aeropuerto de Texcoco; lo está malgastando, como en Santa Lucía; lo regala -aunque no sea suyo- para fines de política, como se ve en las dádivas que hace a quienes a cambio le entregarán su voto. Pero el Presidente no roba dinero. Hace algo peor: está tomando para sí las instituciones que pertenecen a la Nación, a todos los mexicanos. Lo hizo con la Comisión de Derechos Humanos, de la cual se apoderó y que parece aniquilada. Ahora se dispone a ir por el Instituto Nacional Electoral a fin de convertirlo en apéndice del Estado. Si se sale con su intento los procesos de elección no estarán ya en manos de los ciudadanos, sino del Gobierno, como sucedía en el pasado, un pasado que AMLO resucita con daño para la democracia y para el desarrollo cívico y político del país. La honestidad debe ejercerse no sólo en relación con el dinero. Es algo que pertenece a la totalidad de la conducta. Secuestrar las instituciones nacionales para cumplir un objetivo personal no es algo honesto. Por eso lo que puede pasar con el INE debe preocuparnos. Por eso debe preocuparnos lo que puede pasar con México. «Tiene usted que acostarse con mujer». La recomendación que hizo a su paciente el doctor Ken Hosanna no habría tenido nada de particular de no ser porque el paciente era un sacerdote, el padre Naje. Había acudido éste a la consulta del facultativo porque andaba en un estado de continua excitación nerviosa, tenso, irritable, desasosegado. No dormía bien, comía mal, todo le molestaba. Le dijo el médico: «Su estado es explicable: Semen retentum venenum est . El único remedio para su estrés y su nerviosidad es el que le digo: debe usted tener sexo. Si no sigue mi prescripción corre el riesgo de sufrir una neuropatía de la cual no podrá ya recuperarse». El padre Naje recordó su voto de castidad, pero más que ese voto pudo el instinto de conservación. Reunió, pues, sus ahorros y sacó un boleto de avión para una playa de moda, pues ahí nadie lo conocería. En su primera noche fue al lobby bar del hotel vestido como turista yanqui y llevando, para mayor seguridad, gafas oscuras. En la penumbra cómplice del bar entabló conversación con una dama que portaba también lentes negros, pero que parecía de buen ver. Haré corta la historia. Después de un par de copas -o tres, o cuatro, o cinco- la mujer lo invitó a acompañarla a su habitación. En la oscuridad del cuarto sucedió lo que en esas circunstancias tenía que suceder: el padre Naje siguió al pie de la letra la prescripción del médico, y sintió inmediato alivio. Al terminar el trance erótico encendió la luz, y lo que vio lo dejo atónito. He aquí que la mujer con la que había yogado era sor Bette, la superiora del convento de la Reverberación. La monja no se mostró tan sorprendida. Con tono ligero le dijo al sacerdote: «¡Hola, padre! ¿Usted también es paciente del doctor Hosanna?». FIN.


De política y cosas peores

 «Mi marido me engaña». Esa confidencia le hizo Gordoloba, robusta mujer, a doña Chalina, pidiéndole la mayor reserva sobre el caso. Un cuarto de hora después ya lo sabía todo el edificio. Secreto de dos es de Dios; secreto de tres del diablo es. Tan difícil como tapar la luz del Sol es ocultar un adulterio. Lo que de noche se hace de día aparece. Cuando la esposa engaña al esposo el marido es el último que se entera. Cuando el esposo engaña a la esposa la mujer es la primera en enterarse, muchas veces aun antes de que el engaño sea consumado. Pero advierto que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Añadió Gordoloba: «A consecuencia del adulterio de mi marido estoy sufriendo una grave depresión. Casi no como; me es imposible pegar los ojos -ni siquiera uno- en toda la noche, y desde hace días no me he comprado un vestido, unos zapatos o una bolsa. En un mes he rebajado 7 kilos». Preguntó doña Chalina: «Si tu marido te engaña ¿por qué no lo dejas?». «¿Está usted loca? -se indignó Gordoloba-. ¿Dejar el único medio para bajar de peso que me ha dado resultado?». El odontólogo de la familia iba a arreglarle una muela a Pepito, para cuyo efecto echó mano a su taladro. En ese momento el facultativo sintió que el chiquillo le agarraba los testículos al tiempo que le preguntaba con ominoso acento: «¿Verdad, doctor, que no nos va a doler?». Vino nuevo en botellas viejas. La frase cuadra con la conducta actual de Porfirio Muñoz Ledo, que se ha revelado últimamente como un gran decidor de la verdad. Tiempos hubo en que este señor fue calificado por algunos de funámbulo de la política, hombre que se acomodaba a los cambiantes vientos de las circunstancias. Se decía de él que si a algún partido le faltó pertenecer es porque ese partido aún no existía. Su último giro lo llevó a Morena y lo hizo ser parte de las huestes de López Obrador. Pero he aquí que para sorpresa general Muñoz Ledo se ha mostrado crítico de ese partido y de este régimen, según se vio hace tiempo con la sonora mentada de madre que don Porfirio profirió en ocasión de alguno de los desfiguros de los representantes populares morenistas. Ahora Muñoz Ledo califica de hipócritas a las autoridades mexicanas por su conducta en relación con los migrantes, actitud que favorece a Trump y vulnera la tradición hospitalaria de México, y aun sus leyes. Merece reconocimiento la postura de Muñoz Ledo. El gobierno de AMLO no tiene dentro de sus filas una voz crítica que le ayude al Presidente a ver la realidad de las cosas. Casi todos los que rodean a López Obrador acatan sus decisiones sin chistar, aunque las sepan equivocadas, y se acomodan a la ocurrencia del día. Esperemos que Porfirio Muñoz Ledo siga diciendo lo que su conciencia le dicte, aunque los demás sigan diciendo lo que el Presidente quiere oír. En reunión de amigas todas manifestaron su deseo de irse al Cielo. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, manifestó: «También a mí me gustaría irme al Cielo, pero estoy segura de que en el infierno hay personas más interesantes con las cuales alternar». Los dos jóvenes esposos trabajaban, él como ejecutivo de una empresa, ella como asistente secretarial en otra. Cierta noche, ya en su departamento, él le pidió a ella: «Por favor transcribe en la computadora el mensaje que te voy a dictar». «¡Oye no! -protestó la muchacha-. ¡Ya tengo bastante de eso en la oficina!». Él sintió mucho la respuesta de su esposa, pero no dijo nada. Al punto ella se arrepintió de su aspereza. Fue hacia su maridito, se le sentó en el regazo y lo llenó de besos y caricias. «¡Oye no! -la rechazó él-. ¡Ya tengo bastante de eso en la oficina!». FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

«No me pidas que haga eso. Por favor, no me lo pidas. Me parece algo sumamente cruel, un engaño indigno de ti, y aun de mí. Los dos seríamos reos de alevosía, de perfidia. ¿Cómo puedes pedirme que la seduzca en esa forma tan villana, haciéndole promesas engañosas, llevándola por mi culpa a ser culpable? Tú la conoces bien: es inocente. Ni siquiera sabe que hay mal en este mundo. Es bella de cuerpo, y aún más bella de alma. ¿Y me pides que la lleve al pecado, que la haga ser lo mismo que soy yo? Ahora pienso que en verdad no sé quién eres; que nunca te conoceré en verdad. Me debo a ti, puedo decir que tú me hiciste, y sin embargo ahora me causas temor. Ignoro tus designios, no puedo adivinarlos, pero siento que tienes algún plan oculto, y me asusta ese plan tuyo precisamente porque no lo conozco, como tampoco te conozco a ti. ¿Qué clase de ser eres? ¿Qué trama has urdido? Te desconozco; no puedo creer que seas tú. ¿Haces para deshacer? Me pareces un escultor que talla en mármol una obra maestra, superior a todas, sobrehumana, y luego arroja sobre ella fango y heces. Si no te estuviera viendo, si no estuviera escuchándote, pensaría que es otro el que me pide que haga eso. No me lo pidas. Soy incapaz de esa maldad. Déjala a ella en su perfecto mundo, y déjame seguir en mi inmundo mundo. Te estás aprovechando de mí porque sabes lo que de mí se dice: que soy astuto, avieso. Pero tú caes en lo mismo al pedirme que la seduzca. No se te escapa lo que sucederá si hago lo que me pides. Quizá por eso me lo pides. A mí me maldecirán, la culparán a ella, y tú quedarás al margen, o más bien por encima de todo juicio. No habrá quien haga sobre ti las elucubraciones que ahora estoy haciendo tontamente. Tontamente, sí, porque a ti nadie te juzga. Ella y yo seremos deturpados. A mí me reprobarán por el engaño, a ella por haberse dejado engañar. Y a ti nadie te tocará, siendo que todo sucederá porque tú así lo ordenaste. Lo ordenaste en el sentido de mandar y lo ordenaste en el sentido de disponer las cosas conforme a una intención preconcebida. Porque lo que va a suceder está en tus planes, eso sí lo veo. Tanto ella como yo no no haremos sino lo que tú quieres que hagamos. Ella sin darse cuenta; yo como cómplice tuyo en una acción que no entiendo, que sólo tú puedes entender. Estoy seguro de que sabes bien cuáles serán los efectos de nuestra acción. Y fíjate bien que digo «nuestra acción», porque lo que haré no será obra mía. Seré sólo el instrumento de tu voluntad. No puedo dejar de obedecerte. Soy obra tuya, y obra tuya será finalmente eso que voy a hacer porque tú me lo pides y porque no puedo yo dejar de hacerlo. La seduciré, pues. Parecerá obra mía, pero en verdad será tú obra. Tú eres el que pone en marcha la cadena de acontecimientos que mi acción provocará. Pero no será mi acción. Será la tuya. Espera que sepas bien lo que haces, porque yo no sé lo que voy a hacer. Consumaré la seducción -tengo experiencia en eso-, y ella sufrirá las consecuencias. Tú mismo serás el primero en culparla. ¿Cómo puedes hacer eso si tú mismo haces que las cosas sucedan como quieres que sucedan? Siento deseos de escapar, de escabullirme -también en eso soy diestro-, pero es imposible huir de ti. Cumpliré tu orden, pues, y que suceda lo que debe suceder. Dejaré que me culpen de algo que hago porque tú así lo has dispuesto. Pero me duele que la vayan a culpar también a ella. Eso me parece injusto». «Ya hablaste demasiado, serpiente. Anda, ve a seducir a Eva, y que ella seduzca luego a Adán». Esto que he relatado sucedió hace mucho tiempo. Tanto que parece que no ha pasado el tiempo. FIN.
OJO: Favor de no poner en el recuadro nada de Eva o Adán, o que permita adivinar el final. Gracias.


De política y cosas peores

“Estoy engañando a mi mujer -les contó muy ufano
Babalucas a sus cuates-. Me dijo que tienen tres meses de
embarazo, y no sabe que hace dos años me hice la vasectomía”.
Uno de los mayores aciertos de López Obrador
fue entregar al pueblo la residencia oficial de Los Pinos, antes
coto privado del poderoso en turno, ahora lugar de paseo e
instrucción para los mexicanos. ¿Por qué el Presidente no hace
lo mismo con el avión presidencial? Se me perdonará que a
este respecto traiga a cuento una experiencia personal, pero
ése es el único tipo de experiencias que tengo: las personales.
Era yo un jovenzuelo “sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”
cuando un gran señor, don Felipe Sánchez de la Fuente, rector
de la Universidad de Coahuila, me encomendó la Dirección
de Difusión Cultural de la institución. Lo primero que hice
al asumir el cargo -después de asustarme- fue poner sobre mi
escritorio un letrero que decía: “Una diaria”. En él mostraba
mi intención de llevar a cabo una actividad de cultura cada día.
El lema no le gustó al señor rector. Hombre parsimonioso y
atildado -aún alcancé a verlo usar polainas- me dijo que el lema
era anfibológico y se prestaba a interpretaciones sicalípticas. Lo
retiré, pero cumplí el propósito: durante el tiempo que estuve
en esa dirección, antes de pasar a ser secretario general de la
Universidad, promoví una acción cultural diaria: conferencias,
cine club, teatro, exposiciones, recitales de música y danza,
presentaciones de libros, cafés literarios y una variada variedad
de etcéteras. Los fines de semana ofrecíamos a los estudiantes
un programa llamado “Conoce Coahuila”. Llevábamos en autobuses
a grupos de muchachos y muchachas a conocer las diversas
regiones de Coahuila -la Laguna, la Carbonífera, los Cinco
Manantiales, la frontera-, pues había universitarios de Saltillo
que no conocían Torreón, Monclova o Piedras Negras. Pienso
que ese elefante blanco que es el jet presidencial podría ser
convertido en avión de pasajeros y llevar en él a niños, jóvenes,
y aun adultos de las zonas indígenas y marginadas del país a que
conozcan la Ciudad de México, y de ese modo sientan la historia
de su patria y la grandeza de sus monumentos. Lo mismo
se haría con escolares de la Capital de la República que no han
tenido la oportunidad de ver Chichén Itzá o Monte Albán,. Y
así un grupo cada semana o cada mes. Mejor sería eso que una
frustrada venta, una rifa de difícil realización o tener el avión
estacionado sin ningún provecho. Se dice que los escribidores
criticamos pero no proponemos. Con el mayor respeto le hago
esa sugerencia al señor Presidente, tras de lo cual, según antigua
usanza -como aquella de las polainas-, me suscribo como su más
atento y seguro servidor. Don Inepcio no estaba satisfecho con
el desempeño conyugal de su mujer. “Es muy fría -le comentó
a su compadre Pitorrango, experto en lides de colchón-. No le
interesa el sexo”. Le indicó el compadre: “A veces la rutina en
el acto del amor provoca esa frialdad. La próxima vez hazlo
en un ambiente exótico, oriental, como de serrallo, gineceo o
harén. Contrata a un tipo que se disfrace de esclavo nubio y los
abanique con una hoja de palmera mientras llevan a cabo el in
and out. Esa fantasía erótica hará seguramente que mi comadre
cobre interés mayor en el asunto”. Don Inepcio siguió el consejo,
pero la señora siguió igual de fría. Sin embargo a la mitad del
acto ella sugirió: “¿Por qué el esclavo nubio no viene conmigo
y tú nos echas aire con la hoja de palmera?”. Así lo hicieron, y
con el esclavo la señora empezó a revolverse y a dar gritos de
placer. Comentó, despectivo, don Inepcio: “Nubio pendejo. No
abanicaba bien”. FIN.


De política y cosas peores

«Mi hija salió de la Prepa Abierta». Eso dijo con orgullo la vecina de doña Pasita. Replicó ella: «Pos la mía salió cerrada, y a mucha honra». El cabo Quinche era el mílite más temido de la tropa. (Su nombre obedecía al hecho de que nació en un pueblo situado más al sur del Cabo Catoche). Se unió al ejército rebelde para escapar de su mujer. Dijo: «Es menos peligroso enfrentar a toda la Federación que a ella». Cierto día los revolucionarios asaltaron el convento de las Madres de la Reverberación. El general Store, jefe de los atacantes, le dijo a sor Bette, la superiora de la orden: «Tengo ganas de ver a una monja borracha. Si no se bebe usted media botella de este mezcal de rancho la dejaré librada a los más bajos instintos del cabo Quinche, que de por sí es chaparro». Sor Bette recordó la doctrina jesuítica del mal menor, y apuró el recio mezcal. Cuando acabó la libación se limpió la boca con la manga del hábito y dijo con desafiante voz: «¡Ahora sí! ¡Échenme al pinche cabo!». El guía les informó a los turistas: «En el preciso lugar donde nos encontramos el rey Fredegundo ordenó la construcción de un castillo de mil torres, 2 mil murallas, 3 mil puentes levadizos, 4 mil almenas y 5 mil baluartes». Preguntó uno, desconcertado: «¿Y dónde está el castillo?». Respondió el guía: «Nadie le hizo caso al rey Fredegundo». Escondidos entre los arbustos los salvajes cazadores de cabezas vieron pasar a Miss Asstits, la célebre exploradora blanca. Era mujer de aventajada estatura, dueña de exuberantes y undosas prominencias tanto traseras como delanteras. Le sugirió uno de los aborígenes al otro: «Oye, Jibario: ¿qué te parece si en vez de cazar cabezas nos dedicamos hoy a cazar otras cosas?». Y cuando despertó, el avión todavía estaba ahí. Esto del jet presidencial se ha convertido, si no en una pesadilla, sí en una pesadumbre para López Obrador. Pesadumbre para él; risión para los demás. Se ve que el Presidente no sabe ya qué hacer con el méndigo aeroplano. Estoy seguro de que si AMLO pudiera le diría al malhadado avión las mismas palabras que el Prometeo Sifilítico le espetó al ave fatal en el sonoro poema de Leduc. Pero ahí está el costosísimo armatoste, como un elefante que sigue a su dueño a todas partes sin que éste pueda deshacerse de él. A lo mejor eso es precisamente lo que quiere el tabasqueño: que hablemos del avión en vez de protestar por la criminalidad rampante, la quiebra de la economía, las insuficiencias en la atención a la salud, las amenazas contra las libertades básicas, la ineficacia del gobierno, el retroceso general de la nación. Si tal es la idea ese propósito se está cumpliendo plenamente. No hay madre más sufrida que la gallina. Cada hijo le cuesta un huevo. «¡Estoy perdiendo la vista!» -le dijo con angustia la mujer al oftalmólogo. «No se alarme, señora» -la tranquilizó el facultativo. Le puso tres dedos ante los ojos y le preguntó: «Dígame: ¿cuántos dedos tengo ahí?». «¡Santo Cielo! -exclamó acongojada la mujer-. ¡También estoy perdiendo la sensibilidad!». (No le entendí). Don Valetu di Nario, rico señor que andaba en la ochentena, contrajo matrimonio con Goldigia, linda muchacha en flor de edad. Un amigo del provecto galán le preguntó al mismo tiempo con admiración y envidia: «¿Cómo lograste que una chica de 25 años aceptara casarse contigo, que tienes 80?». Contestó muy ufano don Valetu: «Le dije que tengo 92». El desobligado marido le comentó a su mujer: «Estoy viendo en el periódico el anuncio de un circo. Presenta entre sus números a una trapecista que sostiene en el aire a su marido con los dientes». «¡Bah! -replicó desdeñosa la señora-. Yo te sostengo a ti con otra cosa y ni me anuncio». FIN.


De política y cosas peores

 «A mí ninguna mujer me hizo pendejo», declaró Jactancio, sujeto presuntuoso, en reunión de amigos que hablaban de sus desengaños. Le preguntó uno: «¿Y luego tu mamá?». El Lic. Ántropo le pidió al juez consideración para su cliente. «Es cierto -admitió- que mi defendido se robó una caja fuerte de 100 kilos de peso y se la llevó cargada en la espalda hasta su casa, situada a 10 kilómetros del lugar del robo. Pero, señor juez, cualquiera puede tener un momento de debilidad». Por intermedio del pastor Quemada le llegó al alcalde de Cuitlatzintli un ejemplar de la Cartilla Moral. Eso lo decidió a ordenar que se hiciera una razia de prostitutas en el pueblo. Le presentaron una y procedió a interrogarla: «¿Nombre?». Contestó la mujer: «Leona». «¿Apellido?». «Vicario». «Leona Vicario -repitió el alcalde-. Es un nombre muy conocido, ¿no?». «Tiene que serlo -replicó la mujer-. Llevo ya varios años trabajando en esa misma esquina». El novio de Glafira, hija de don Poseidón, fue a pedir la mano de la muchacha. Le preguntó el papá: «¿Se considera usted capaz de hacer feliz a mi hija?». «¡Uh, señor! -replicó el galancete-. ¿No ha visto usted la cara de felicidad que trae después de cada cita conmigo?». Babalucas oía en el radio un programa con música de la nostalgia. Preguntó: «¿Quién canta?». Le informó uno: «Bienvenido Granda». «¡Qué coincidencia! -se alegró el tontiloco-. ¡Tengo un tapete que se llama así!». El Llanero Solitario y Zorro, su amigo piel roja, hallaron un vaquero al que los indios habían ultimado a flechazos. «Fueron los apaches» -dictaminó el Llanero. «No -lo contradijo el Zorro-. Fueron los navajos». «¿Cómo lo sabes?» -preguntó el Lanero. Explicó el piel roja: «Antes de acabar con él lo rasuraron». Todo indica que Trump será reelecto. Seguiré, pues, sin ir Estados Unidos, por el quijotesco juramento que hice -y que he cumplido al pie de la letra- de no pisar suelo norteamericano mientras ese patán que tanto ha injuriado a México y a los mexicanos siga en la Casa Blanca. Habrá quienes tilden de tonta mi promesa, pero no hallé mejor modo en su momento de expresar mi enojo por los agravios que en su campaña nos infirió el estólido magnate, que ahora tiene en nuestro Presidente a su más atento y seguro servidor. Ahí está precisamente el lado bueno de la eventual reelección de Trump. (A todo hay que encontrarle el lado bueno). Es el único que que puede evitar que López Obrador haga de México otro Venezuela. Un coscorrón o garnucho del mandatario yanqui bastará para frenar cualquier exceso del tabasqueño, cualquier acción suya contraria el interés de la nación del norte. Trump no va a tolerar en su patio trasero a otro Chávez u otro Maduro. Diré entonces aquello de que no hay mal que por bien no venga y me consolaré de seguir sin poder caminar de madrugada por la playa de la Isla del Padre, sin comprar un libro en Barnes & Noble, de McAllen, y sin gozar mi desayuno en el Denny s de Port Isabel… Don Astasio regresó a su casa después de su jornada de trabajo como tenedor de libros de la Compañía Jabonera La Espumosa. Colgó en la percha el saco, el sombrero y la bufanda y encaminó sus pasos a la alcoba a fin de recostarse un rato antes de la cena. No pudo hacer tal cosa: la cama estaba ocupada por su esposa y un desconocido con el cual la señora se hallaba en coición adulterina. Fue a traer don Astasio la libreta en que anotaba palabras de denuesto para calificar a su mujer en tales ocasiones, y le dijo la última que tenía preparada: «Lumia». «Ay, Astasio -se impacientó la esposa-. Yo aquí tan ocupada, y tú con tus palabrejas raras». FIN.


De política y cosas peores

«Acúsome, padre, de que me he acostado con mi novio». Eso le dijo la linda penitente al padre Arsilio en el confesonario. «¿Cuántas veces, hija?» -preguntó el buen sacerdote a fin de calcular la penitencia que impondría. «Perdone, padre -se apenó la chica-. Ignoraba que debía llevar la cuenta». Aquel bar tenía un extraño nombre: se llamaba «Severla». Pasó por ahí un borrachito y vio un letrero que decía: «Cerveza grande: 10 pesos. Cerveza chica: 20». Entró y pidió una cerveza grande. «Son 20 pesos» -le pidió el pago el cantinero. Opuso el borrachín: «El letrero dice que la cerveza grande cuesta 10 pesos, y la chica 20». Le indicó el de la cantina: «Aquí todo es al revés. Lo dice el nombre del local: Severla. Al revés». «Ah -respondió el temulento-. Entonces voy a tiznar a mi madre». Don Algón se inscribió en un club nudista. Horas después presentó su renuncia. «¿Por qué?» -se sorprendió el gerente. Explicó don Algón: «Todos me saludan diciendo: Buenos días, señora «. Una ocurrencia más. Otra. Ahora el todopoderoso señor anuncia que deberemos celebrar los fastos nacionales en el día preciso que el calendario marque. Razona su sinrazón diciendo que eso servirá para evitar los puentes. Precisamente para acabar con ellos se implementó la medida de trasladar al lunes más cercano el descanso de esas fechas. Así se acabó aquella perniciosa costumbre, la de los llamados puentes que favorecían la holganza y la irresponsabilidad. Suprimirlos fue uno de los pocos aciertos que tuvieron Vicente y Martha Fox cuando fueron Presidentes de la República. De nueva cuenta López Obrador nos hace volver al pasado. Su determinación estorbará la convivencia familiar y causará al turismo nacional considerables daños, lo mismo que a la industria y al comercio. Y se explica. AMLO, que presume de transformador, es en el fondo un conservador cuyas acciones son más de derecha que de izquierda. En este caso pone el dogma por encima de la razón. ¿Que los niños deben saber qué se celebra en cada fecha histórica? Para eso están los maestros, que explicarán a sus alumnos, como lo han hecho ya desde años, lo sucedido en la celebración, sin que para eso sea necesario suspender las clases exactamente el día señalado por el calendario. Si se lleva a cabo éste será uno más de los cambios de mera superficie ordenados por López Obrador, cuyo gobierno nada ha conseguido en los temas fundamentales de la Nación, como la economía o la seguridad. Otra vez la distracción a falta de buena administración. Otra vez a discutir intrascendencias mientras se van perdiendo derechos fundamentales, mientras la libertad se ve amenazada y mientras todo el poder de la Nación se va concentrando en las manos de un solo hombre, cuyos caprichos y apartamiento de la ley han lesionado ya al país. En fin, esperemos el próximo puente y disfrutémoslo, al cabo México está requetebién. Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Segunda Venida (no confundir con la Iglesia de la Segunda Avenida, que no tiene mandamientos sino meras recomendaciones), predicó un sermón acerca de las palabras de Jesús: «Dejad que los niños se acerquen a mí». En él manifestó el amor que sentía por los pequeños hijos del Señor. Al día siguiente, sin embargo, cogió a nalgadas a unos chiquillos que rayaron sus nombres en la banqueta que el pastor acababa de poner, todavía con el cemento fresco. «Hermano -lo reconvino la organista de la iglesia-. ¿No dijo usted en su sermón que ama a los niños?». «Y los amo -contestó, mohíno, el reverendo-. Pero en abstracto, no en concreto». Una señora se lamentaba: «¡Pobres de mis hijas! ¡A las tres los maridos les salieron cornudos!». FIN.


De política y cosas peores

Gran diferencia hay entre el Cielo y el Infierno. (Pongo la palabra «Infierno» también con mayúscula por aquello de la igualdad de oportunidades). En el Cielo los cocineros son franceses, los policías son ingleses, los mecánicos son alemanes, el gobierno es administrado por suizos y los encargados de la diversión son mexicanos. En el Infierno los cocineros son ingleses, los policías son alemanes, los mecánicos son franceses, los encargados de la diversión son suizos y el gobierno está administrado por mexicanos. Eso de la rifa del avión presidencial ha convertido a nuestro país en motivo de la irrisión del mundo. A lo largo de los años he hecho amigos de diversas nacionalidades, y con ellos mantengo comunicación. Todos me dicen que en sus respectivos países la mentada rifa es motivo de chunga, chirigota, chocarrería y chacota. Uno de esos amigos me relató un cuentecillo picaresco, el de la mujer que tenía una hija guapa. Eso era lo único que tenía: sufrían pobreza y las dos pasaban hambre. Así, se decidió a rifarla, e hizo diez boletos de mil pesos cada uno para venderlos entre los ricos del pueblo. El primero al que le ofreció uno le dijo tras ver a la muchacha: «Deme los diez boletos». «¡Caramba! -exclamó la mujer-. ¡Usted se la quiere sacar!». «Todo lo contrario, señora -la corrigió el ricacho-. Todo lo contrario». No cabe duda de que con su mentada rifa AMLO se ha metido en un berenjenal del cual no sabe ya cómo salir. Por principio de cuentas la tal rifa es ilegal, pues nadie puede disponer de lo que no le pertenece. Igual podría López Obrador rifar la Catedral Metropolitana, el castillo de Chapultepec o las pirámides de Teotihuacan. Luego, con esa rifa AMLO hace que el pueblo de México vuelva a pagar un bien -o un mal- por el que ya pagó con sus impuestos. Finalmente habrá que pensar en las penalidades que sufrirá el ganador o ganadora de la rifa. Desde luego el Presidente ya resolvió el arduo problema del estacionamiento, pero nada ha dicho de la cuestión, aún más ardua, del mantenimiento. En, fin, todo esto de la rifa del avión es un sainete, una risible astracanada que se explica sólo por la soberbia tozudez de López Obrador, incapaz de dar marcha atrás en sus determinaciones aunque la realidad le muestre que está equivocado. En este y otros casos nos vemos en presencia del más desorbitado absolutismo, y para colmo ni siquiera eficiente y bien orientado, sino totalmente ineficaz y carente de rumbo. Nada bueno augura para México la conducta de AMLO. Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, le contó a una amiga: «Con motivo de mi cumpleaños mi marido me regaló un encendedor». Preguntó la amiga: «Y ¿qué tal te salió?». Contestó doña Macalota: «Tampoco funciona». Dos mosquitos -zancudos- vieron un letrero: «Campo nudista». Le dijo uno al otro: «Entremos. Me han dicho que aquí el buffet es variado y abundante». Pepito se entretenía con el estuche de química que en Navidad le trajo Santa Claus. Sacó de él un objeto metálico y lo clavó con un martillo en la pared. Su abuelo le preguntó, curioso: «¿Qué clavo es ése?». «No es un clavo -respondió Pepito-. Es un cordoncito. Lo mojé en un líquido que elaboré con mi estuche de química, y al contacto con ese líquido el cordoncito se endureció en tal forma que pude clavarlo en la pared». Le pidió el abuelo: «Préstame ese líquido. Si produce el efecto que espero te regalaré una bicicleta». Al día siguiente el abuelo, con una gran sonrisa, le entregó a Pepito un coche del año. El chiquillo se asombró. «Me dijiste que me ibas a regalar una bicicleta». «Eso te dije -replicó el maduro señor-. Lo del coche fue idea de tu abuela». FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

En los hilos de mi vida, Armando, están posados varios pájaros negros. Diría que son los remordimientos si la palabra no fuera tan anacrónica y dramática. Pero cuando ha bebido media botella de tinto a tu tío Felipe le da por ponerse melancólico. Y más de media, creo, me he tomado ahora. Habrás de perdonar entonces que te aseste mis melancolías. No es la primera vez, y espero en Dios que no será la última. Voy a hablarte de la primera mujer con la que no fui hombre. La tomé como se toma el fruto que se te pone al alcance de la mano. Sólo por eso la tomé: porque ahí estaba. La primera vez que salió conmigo la besé; la segunda la acaricié toda; la tercera la poseí. Era virgen, según me lo probó su sangre. En aquel tiempo casi todas las muchachas de mi edad lo eran. Entonces la virginidad era muy apreciada: la mujer debía llegar al matrimonio con el himen intacto, pues si el hombre se daba cuenta de que otro había entrado en la casa antes que él tenía derecho a devolver a la suya a la que pensaba que lo había burlado. Sucedió en mi ciudad que cierto tipo iba a desposar a una dama con fama de ligera. De regalo de bodas sus amigos le enviaron al novio una piñata. «Para que tenga algo que romper» -dijeron. Si aspiraba a casarse, ya te digo, la mujer debía ser doncella. ¿Me creerás, sobrino, si te digo que había clínicas que ofrecían discretamente restaurar los virgos rotos? «Satisfacción garantizada -prometían- o la devolución de su dinero». Una sutil sutura en el quirófano y aquí no ha pasado nada. O, mejor dicho, por aquí no ha pasado nada. Vivíamos una época de brutal machismo, claro. Cuando un hombre desvirgaba a una mujer antes del matrimonio se jactaba de eso. «Era quintito», les contaba orgulloso a sus amigos. Nunca me he podido explicar el sentido de esa expresión: «quintito». Hasta donde sé el único que ha recogido tal palabreja, «quinto», en su acepción vulgar -«virgen, doncella, que no ha tenido relaciones sexuales- es tu tocayo Armando Jiménez. La trae su picaresco «Tumbaburro de la picardía mexicana». Pero ya me fui por el camino de la filología, siendo que iba por el de la melancolía. Aquella muchacha pensaba que me iba a casar con ella -la había besado, acariciado y lo demás; todo lo demás-, pero en aquel entonces yo tenía 18 años y el yugo conyugal no estaba entre mis planes. Comido el fruto me alejé del huerto. Ni siquiera tuve el valor de despedirla, de despedirme. Simple y sencillamente me desaparecí. De vez en cuando nos topábamos a la salida del cine, en el paseo de 12, y ella me miraba con una mirada en la que no había reproche ni rencor sino más bien tristeza. Yo volvía la vista hacia otro lado -a esa edad no gustan las tristezas-, y la olvidaba hasta el siguiente encuentro. Nunca se casó: había sido engañada pero no quiso engañar. Supe que un buen hombre le propuso matrimonio, pero cuando ella le dijo que ya no era señorita la dejó. Vivió sola el resto de su vida. Años después me enteré de su muerte por el obituario. Fui al panteón, pero no me acerqué. Desde lejos vi cómo ponían su féretro en la tumba. Luego la volví a olvidar. Con esa culpa cargo, Armando. A los 18 años no se tienen remordimientos, pero a mis años llegan y ya no se van. Te he mostrado uno de los pájaros negros que están posados en los hilos de mi vida. Otros hay, pero ése fue el primero. A un amigo le conté lo que acabo de contarte a ti y procuró tranquilizarme: «No seas tan severo contigo mismo. Por lo menos hiciste que aquella muchacha no se fuera de la vida sin haber oído un te quiero «. Le contesté: «Ni siquiera puedo recordar si se lo dije». FIN.