De política y cosas peores

Armando Fuentes

10/08/17

No pondré aquí el nombre de esa señora, pues tuvo numerosa descendencia y no quiero ofender a su linaje. Para efectos de la narración la llamaré doña Birjana. Vecina de mi barrio saltillense, el de Santiago, era una buena mujer. Esposa fiel (hasta donde se sabe); madre amantísima (la mayor parte del tiempo); católica devota (los domingos de 12 a 12 y media de la tarde), tenía un solo defecto: le gustaba mucho jugar a la lotería. No a la nacional, sino a la local; ésa de figuras: la chalupa; el gorrito; la botella; el camarón. Todos los días jugaban, ya en su barrio, ya en los demás de la ciudad: el Ojo de Agua, el Águila de Oro; la Huilota; el Topo Chico; la Guayulera; el Gato Negro; Santa Anita; el Ferrocarril. Cada barrio tenía su salón para jugar a la lotería, y a todos iba doña Birjana movida por su afición al juego. Decía que no jugaba casi nunca; pero los hechos la desmentían. Un día le pidieron que gritara la lotería. Tomó ella el mazo de naipes, y un gesto de inquietud le apareció en el rostro. “No se puede jugar -dijo-. Falta una carta”. Se puso las barajas entre índice y pulgar. “Sí -repitió-. Falta una”. Las contaron, y efectivamente, faltaba una. Puso ella el mazo en la palma de su mano izquierda, y con el pulgar de la derecha las recorrió a gran velocidad. “Falta la rana” -decretó. Y sí, faltaba precisamente esa carta. ¡Y aun así decía doña Birjana que rara vez jugaba! Pues bien: en otra lotería, la de la sucesión presidencial, están apareciendo ya las cartas. Por un partido salieron ya la dama y el catrín. Por otro ha salido desde hace muchos años una carta que algunos dicen es el gallo y otros afirman es el diablito. Y por el partido que va en tercer lugar falta que salga el valiente, pues el que salga casi seguramente no saldrá. En fin; así está ahora la lotería sucesoria. Y si no hay cambios así quedará. Ella: “¡Júrame que no hay en tu vida otra mujer!”. Él: “Te lo juro por mi madre”. Ella: “¡No! ¡Júramelo por tus hijos?”. Él: “¿Por los nuestros o por los otros?”. Doña Madorota, la madama del lupanar del pueblo, estaba como de costumbre en su silla alta frente a la caja registradora cuando vio con sorpresa a un niño que entraba llorando en su establecimiento. Apresuradamente fue hacia él y le dijo: “¿Qué haces aquí, niño?”. “Necesito que me haga un favor” -replicó el chiquillo entre sus lágrimas. “Dime primero por qué lloras” -quiso saber la madama. Contestó el pequeño: “Un hombre muy malo me quitó mi iPhone”. Volvió a preguntar la otra: “Y ¿qué favor me pides?”. Respondió el chamaco: “Quiero que me permita estar con una de sus muchachas, la que tenga alguna enfermedad venérea”. La mujer quedó estupefacta. “¡Niño! -exclamó-. ¿Qué clase de petición es esa?”. “Permítame explicarle -dijo el párvulo-. Esa mujer me trasmitirá su mal. Yo estaré con la niñera y le trasmitiré mi mal. Mi papá estará con la niñera, y ésta le trasmitirá su mal. Luego mi papá estará con mi mamá y le trasmitirá el mal. Mi mamá estará con el chofer y le trasmitirá su mal. El chofer estará con su novia y le trasmitirá el mal. Su novia estará con su jefe y le trasmitirá su mal. Su jefe es el director de mi escuela. ¡Y él fue el que me quitó mi iPhone!”. Un tipo vio un anuncio en el periódico: “Se solicita persona para afeitar la línea del bikini a chicas modelos. Presentarse en el número 10 de la calle 1”. Llamó al teléfono que venía en el anuncio, y el que contestó le dijo: “¿Puede usted presentarse mañana en la calle 85?”. Repuso el tipo: “El anuncio dice calle 1”. “Sí -replicó el otro-. Pero la fila de hombres que aspiran al empleo llega ya hasta la calle 85”. FIN. No pondré aquí el nombre de esa señora, pues tuvo numerosa descendencia y no quiero ofender a su linaje. Para efectos de la narración la llamaré doña Birjana. Vecina de mi barrio saltillense, el de Santiago, era una buena mujer. Esposa fiel (hasta donde se sabe); madre amantísima (la mayor parte del tiempo); católica devota (los domingos de 12 a 12 y media de la tarde), tenía un solo defecto: le gustaba mucho jugar a la lotería. No a la nacional, sino a la local; ésa de figuras: la chalupa; el gorrito; la botella; el camarón. Todos los días jugaban, ya en su barrio, ya en los demás de la ciudad: el Ojo de Agua, el Águila de Oro; la Huilota; el Topo Chico; la Guayulera; el Gato Negro; Santa Anita; el Ferrocarril. Cada barrio tenía su salón para jugar a la lotería, y a todos iba doña Birjana movida por su afición al juego. Decía que no jugaba casi nunca; pero los hechos la desmentían. Un día le pidieron que gritara la lotería. Tomó ella el mazo de naipes, y un gesto de inquietud le apareció en el rostro. “No se puede jugar -dijo-. Falta una carta”. Se puso las barajas entre índice y pulgar. “Sí -repitió-. Falta una”. Las contaron, y efectivamente, faltaba una. Puso ella el mazo en la palma de su mano izquierda, y con el pulgar de la derecha las recorrió a gran velocidad. “Falta la rana” -decretó. Y sí, faltaba precisamente esa carta. ¡Y aun así decía doña Birjana que rara vez jugaba! Pues bien: en otra lotería, la de la sucesión presidencial, están apareciendo ya las cartas. Por un partido salieron ya la dama y el catrín. Por otro ha salido desde hace muchos años una carta que algunos dicen es el gallo y otros afirman es el diablito. Y por el partido que va en tercer lugar falta que salga el valiente, pues el que salga casi seguramente no saldrá. En fin; así está ahora la lotería sucesoria. Y si no hay cambios así quedará. Ella: “¡Júrame que no hay en tu vida otra mujer!”. Él: “Te lo juro por mi madre”. Ella: “¡No! ¡Júramelo por tus hijos?”. Él: “¿Por los nuestros o por los otros?”. Doña Madorota, la madama del lupanar del pueblo, estaba como de costumbre en su silla alta frente a la caja registradora cuando vio con sorpresa a un niño que entraba llorando en su establecimiento. Apresuradamente fue hacia él y le dijo: “¿Qué haces aquí, niño?”. “Necesito que me haga un favor” -replicó el chiquillo entre sus lágrimas. “Dime primero por qué lloras” -quiso saber la madama. Contestó el pequeño: “Un hombre muy malo me quitó mi iPhone”. Volvió a preguntar la otra: “Y ¿qué favor me pides?”. Respondió el chamaco: “Quiero que me permita estar con una de sus muchachas, la que tenga alguna enfermedad venérea”. La mujer quedó estupefacta. “¡Niño! -exclamó-. ¿Qué clase de petición es esa?”. “Permítame explicarle -dijo el párvulo-. Esa mujer me trasmitirá su mal. Yo estaré con la niñera y le trasmitiré mi mal. Mi papá estará con la niñera, y ésta le trasmitirá su mal. Luego mi papá estará con mi mamá y le trasmitirá el mal. Mi mamá estará con el chofer y le trasmitirá su mal. El chofer estará con su novia y le trasmitirá el mal. Su novia estará con su jefe y le trasmitirá su mal. Su jefe es el director de mi escuela. ¡Y él fue el que me quitó mi iPhone!”. Un tipo vio un anuncio en el periódico: “Se solicita persona para afeitar la línea del bikini a chicas modelos. Presentarse en el número 10 de la calle 1”. Llamó al teléfono que venía en el anuncio, y el que contestó le dijo: “¿Puede usted presentarse mañana en la calle 85?”. Repuso el tipo: “El anuncio dice calle 1”. “Sí -replicó el otro-. Pero la fila de hombres que aspiran al empleo llega ya hasta la calle 85”. FIN.  MIRADOR
Era la rosa. Góngora hizo un poema sobre la rosa, y a la rosa se le cayó un pétalo. Era la rosa. Sor Juana hizo un poema sobre la rosa, y a la rosa se le cayó otro pétalo. Era la rosa. Shelley hizo un poema sobre la rosa, y a la rosa se le cayó otro pétalo. Era la rosa. Gertrude Stein hizo un poema sobre la rosa, y a la rosa se le cayó otro pétalo. Era la rosa. Carlos Pellicer hizo un poema sobre la rosa, y a la rosa se le cayó otro pétalo. Así, a fuerza de poemas, la rosa ya no es la rosa, ya no es la rosa, ya no es la rosa. ¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Armando Fuentes

09/08/17

Noche de bodas. El novio, un muchacho de nombre Meñico Maldotado, dejó caer la bata de shantung que lo cubría, y por primera vez su flamante mujercita pudo verlo al natural. Dirigió ella la mirada a la parte de su desposado que más atañía a la ocasión y luego rompió a llorar con desconsuelo. “¿Por qué lloras, cielo mío?” -le preguntó Meñico, apurado. “No me hagas caso, Ñico -gimió la recién casada al tiempo que se enjugaba las lágrimas que le corrían por las mejillas-. Tú me conoces bien, y sabes que lloro por la menor insignificancia”. Don Chinguetas llegó muy contento a la oficina. “Estoy feliz -le comunicó a su socio don Algón-. Mi esposa Macalota se hizo feminista”. Inquirió el otro: “¿Y por qué te alegra tanto que tu mujer se haya hecho feminista?”. Replicó don Chinguetas: “Ahora habla mal de todos los hombres, no nada más de mí”. Los pieles rojas descubrieron consternados que el nuevo y joven jefe de la tribu, Mano Veloz, elegido a la muerte de su padre, acostumbraba satisfacerse a sí mismo cuatro veces diarias. “Se va a quedar ciego” -agoró uno. “Le saldrán pelos en la palma de la mano” -vaticinó otro. “Manifestará su apoyo y simpatía a Corea del Norte” -profetizó un tercero. Los ancianos convocaron a una reunión urgente del concejo, y después de nueve días de arduas deliberaciones acordaron casar al muchacho con una bella sqwaw a fin de alejarlo de aquel hábito unipersonal. Escogieron para el efecto a Pompas de Sueño, hermosísima doncella caracterizada por su ubérrimo trasero, cuyo incitante vaivén al caminar hacía que tuvieran una erección todos los varones de la tribu comprendidos entre los 13 y los 110 años de edad. Se llevaron a cabo las lucidas nupcias, y los esposos quedaron solos en su tepee. Al día siguiente el concejo tribal fue en pleno a ver cómo habían amanecido los recién casados. Grande fue su sorpresa al ver que Mano Veloz seguía satisfaciéndose a sí mismo. “¡Pero, Manito! -le reprochó el anciano principal-. Te conseguimos a la doncella más hermosa de las planicies donde Tatanka habita. ¿Por qué sigues haciendo eso?”. Explicó Mano Veloz: “A la mujer se le cansó el brazo”. La Asamblea Nacional del PRI servirá para que los priistas determinen cómo y con quién van a perder la elección presidencial del próximo año. Un guapo galán y una preciosa chica quedaron atrapados en el elevador del edificio cuando se interrumpió el servicio de energía eléctrica. El ascensor estaba detenido entre dos pisos, de modo que no era posible abrir la puerta para sacarlos. El encargado de seguridad le ordenó a su asistente: “Baja por los cables del elevador, abre la tapa del techo y diles que no se asusten, que pronto los rescataremos”. Bajó, en efecto, el ayudante; abrió la tapa y se asomó. La cerró al punto, azorado, regresó con su jefe y le dijo: “No están asustados”. Tardancio, el hijo mayor de don Sinople, era bastante lento de entendederas. Cursaba a trompicones sus estudios en el Instituto Técnico y Lógico, con grave daño para las finanzas de su padre, pues cada año repetía el año. Un amigo de don Sinople le preguntó: “¿Qué va a ser tu muchacho cuando se reciba?”. “Viejo” -respondió mohíno el genitor. Don Poseidón, granjero acomodado, salió de vacaciones con su esposa. Para poder ausentarse instruyeron a su mozo Pitancho. Le dijeron: “Te encargamos la vaca, el caballo y las gallinas, que están enfermos, y te encargamos también a nuestra hija Bucolina”. A su regreso le preguntaron a la muchacha cómo se había portado Pitancho: “Muy bien -reportó ella-. Curó a la vaca, a las gallinas y al caballo, y a mí me quitó esos malestares tan molesto que me daban cada mes”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Oí un cuento que algunos tildarán de misógino y otros de realista.
Iban por una calle de su colonia dos pequeños niños tirando de un carrito en el cual llevaban piedras que habían recogido de un solar baldío. Vieron a una señora en su jardín y se dirigieron a ella.
-Estamos vendiendo piedras -le dijo uno de los chiquillos-. ¿Nos compra una?
A la señora le divirtió la candidez de los infantiles comerciantes, y pensó que necesitaban el dinero para comprarse algo. Les preguntó, sonriendo:
-¿Cuánto cuestan?
Respondió el chamaquito:
-10 pesos cada piedra.
Pidió la bondadosa dama:
-Denme dos.
Recibió las piedras y pagó su precio.
Quedó la señora muy satisfecha de sí misma. En eso alcanzó a oír a uno de los niños que le dijo al otro al tiempo que se alejaban:
-Te lo dije. Las mujeres compran todo lo que les vendan.
¿Misógino este cuentecillo? ¿Verdadero? No lo sé. Como me lo contaron lo he contado.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Armando Fuentes

08/08/17

“¿Usté por aquí, licenciado?  Qué gusto me da verlo. ¿Se acuerda de mí?”. La recordaba, claro. Era Tulitas, la empleada doméstica -ya no se puede decir “criada” o “sirvienta”- que ayudó a mi esposa en la casa cuando mis hijos eran aún pequeños. Claro que me acordaba de “Gertrudis, pero todos me dicen Tulitas, servidora”. Los años no la habían perdonado -los años a nadie perdonan-, y aquella mujer recia de hace 40 años era ahora una anciana que se encorvaba como para irse acercando a la tierra. Me preguntó por la señora y por los niños. Dijo “los niños”, como si el tiempo se hubiera detenido para mis hijos. “Todos estamos bien, Tulitas, a Dios gracias. Y a ti ¿cómo te ha ido?”. “Pos ya me ve, licenciado. Cada día más vieja y achacosa. Pero aquí ando todavía dando lata. Y usté ¿qué anda haciendo?”. “Vine a saludar al Señor de la Capilla”. “No pierde la costumbre, licenciado. Me acuerdo que siempre venía a la catedral el 6 de agosto”. “Y seguiré viniendo mientras Dios me dé vida y salud”. “Hace muy bien. Yo vengo a darle gracias por un milagro que me hizo”. “Qué bueno, Tulitas”. “Es que somos muy buenos pa  pedir, licenciado, pero muy malos pa  agradecer, ¿verdá?”. “Es cierto lo que dices; es muy cierto”. “Si quiere y no trai prisa le cuento el milagro que me hizo el Santo Cristo. Nomás hágase tantitito pa acá. Aquí no estorbamos el paso de la gente, y se lo puedo platicar”. Sentí el impulso de echarle una ojeada a mi reloj, pues no había olvidado que Tulitas era de plática larga. Mi esposa se desesperaba con ella: “Cuando empieza a hablar no hay quien la pare, y yo tengo muchas cosas qué hacer. Pero debo oírla, porque si no se me siente”. Yo no quise que  se me sintiera a mí, de modo que la seguí a un rincón del atrio donde había poca gente. “¿Qué milagro te hizo el Santo Cristo, Tulitas?” -le pregunté para evitar alguna larga introducción a su relato. “Más bien me hizo dos, licenciado. Mire. Yo siempre le pedí al Señor que me permitiera entregar a mis hijos al sacramento que más les conviniera. Y me lo permitió. Ese fue el primer milagro. A los dos hijos mayores los casé más o menos bien, y a la hija muy bien. Se casó con el hijo de don Chon, el de la tienda. ¿Se acuerda usté de él?”. “Me acuerdo bien, Tulitas. Era aquel señor gordo que no permitía que nadie estacionara el coche frente a su tienda, porque decía que le quitaba la vista, y un día le sacó una pistola a uno que no se quería quitar de ahí, y.”. “Ay, licenciado, usté es el mismo de siempre. Cuando empieza a hablar no hay quien lo pare. Déjeme seguirle platicando lo mío”. “Perdóname, Tulitas. ¿Cuál fue el otro milagro que te hizo el Señor de la Capilla?”. “El menor de mis hijos me salió medio malo, licenciado. No quiso ir a la escuela; se volvió pandillero. De chamaco cada rato se lo llevaban a la Correccional; que por un pleito; que por ratero; que por esto o por l otro. No ganaba yo pa  multas. Cuando creció fue peor. Se metió con gente de ésa de las drogas. Ganaba buen dinero y, lo que sea, me hacía buenos regalos. Yo se los recibía, pero me confesaba luego por haberlos aceptado. Casi de diario venía yo a la capilla a pedirle al Señor que lo quitara de esa vida tan mala en que andaba. Y me hizo el milagro, licenciado. Lo quitó de esa vida. Un día lo mataron a balazos en la puerta de mi casa. Antes de que muriera alcancé a traerle al padre pa  que lo confesara y le diera la extremaunción. Se salvó m hijo de seguir viviendo así y de morir sin sacramentos. Vine a darle las gracias al Santo Cristo por ese milagro tan grande. Qué milagroso es el Señor de la Capilla, ¿verdá, licenciado?”. “Sí, Tulitas. Qué milagroso es”. FIN.”¿Usté por aquí, licenciado?  Qué gusto me da verlo. ¿Se acuerda de mí?”. La recordaba, claro. Era Tulitas, la empleada doméstica -ya no se puede decir “criada” o “sirvienta”- que ayudó a mi esposa en la casa cuando mis hijos eran aún pequeños. Claro que me acordaba de “Gertrudis, pero todos me dicen Tulitas, servidora”. Los años no la habían perdonado -los años a nadie perdonan-, y aquella mujer recia de hace 40 años era ahora una anciana que se encorvaba como para irse acercando a la tierra. Me preguntó por la señora y por los niños. Dijo “los niños”, como si el tiempo se hubiera detenido para mis hijos. “Todos estamos bien, Tulitas, a Dios gracias. Y a ti ¿cómo te ha ido?”. “Pos ya me ve, licenciado. Cada día más vieja y achacosa. Pero aquí ando todavía dando lata. Y usté ¿qué anda haciendo?”. “Vine a saludar al Señor de la Capilla”. “No pierde la costumbre, licenciado. Me acuerdo que siempre venía a la catedral el 6 de agosto”. “Y seguiré viniendo mientras Dios me dé vida y salud”. “Hace muy bien. Yo vengo a darle gracias por un milagro que me hizo”. “Qué bueno, Tulitas”. “Es que somos muy buenos pa  pedir, licenciado, pero muy malos pa  agradecer, ¿verdá?”. “Es cierto lo que dices; es muy cierto”. “Si quiere y no trai prisa le cuento el milagro que me hizo el Santo Cristo. Nomás hágase tantitito pa acá. Aquí no estorbamos el paso de la gente, y se lo puedo platicar”. Sentí el impulso de echarle una ojeada a mi reloj, pues no había olvidado que Tulitas era de plática larga. Mi esposa se desesperaba con ella: “Cuando empieza a hablar no hay quien la pare, y yo tengo muchas cosas qué hacer. Pero debo oírla, porque si no se me siente”. Yo no quise que  se me sintiera a mí, de modo que la seguí a un rincón del atrio donde había poca gente. “¿Qué milagro te hizo el Santo Cristo, Tulitas?” -le pregunté para evitar alguna larga introducción a su relato. “Más bien me hizo dos, licenciado. Mire. Yo siempre le pedí al Señor que me permitiera entregar a mis hijos al sacramento que más les conviniera. Y me lo permitió. Ese fue el primer milagro. A los dos hijos mayores los casé más o menos bien, y a la hija muy bien. Se casó con el hijo de don Chon, el de la tienda. ¿Se acuerda usté de él?”. “Me acuerdo bien, Tulitas. Era aquel señor gordo que no permitía que nadie estacionara el coche frente a su tienda, porque decía que le quitaba la vista, y un día le sacó una pistola a uno que no se quería quitar de ahí, y.”. “Ay, licenciado, usté es el mismo de siempre. Cuando empieza a hablar no hay quien lo pare. Déjeme seguirle platicando lo mío”. “Perdóname, Tulitas. ¿Cuál fue el otro milagro que te hizo el Señor de la Capilla?”. “El menor de mis hijos me salió medio malo, licenciado. No quiso ir a la escuela; se volvió pandillero. De chamaco cada rato se lo llevaban a la Correccional; que por un pleito; que por ratero; que por esto o por l otro. No ganaba yo pa  multas. Cuando creció fue peor. Se metió con gente de ésa de las drogas. Ganaba buen dinero y, lo que sea, me hacía buenos regalos. Yo se los recibía, pero me confesaba luego por haberlos aceptado. Casi de diario venía yo a la capilla a pedirle al Señor que lo quitara de esa vida tan mala en que andaba. Y me hizo el milagro, licenciado. Lo quitó de esa vida. Un día lo mataron a balazos en la puerta de mi casa. Antes de que muriera alcancé a traerle al padre pa  que lo confesara y le diera la extremaunción. Se salvó m hijo de seguir viviendo así y de morir sin sacramentos. Vine a darle las gracias al Santo Cristo por ese milagro tan grande. Qué milagroso es el Señor de la Capilla, ¿verdá, licenciado?”. “Sí, Tulitas. Qué milagroso es”. FIN. MIRADOR Me entristeció la muerte del doctor Enrique Martínez Cabrera, el querido “Pericles” de mis tiempos de infancia. A él le debo el chispazo que encendió uno de los fuegos que siempre han ardido en mí: el amor por el teatro. Tenía él una extraordinaria vis cómica, y en un cierto sainete que se representó en el salón de actos de nuestro colegio lasallista, el Zaragoza, de Saltillo, hizo el papel de un criado. Salía a escena, plumero en mano, silbando las notas de “Souvenir”, una melodía que desde entonces se me quedó en la memoria. “Taralará -la-rá”. Y al silbar: “la-rá”, daba dos pasadas con el plumero a un mueble. Eso sacaba la risa a todo el infantil auditorio del salón.  Sentí por primera vez la magia de que es dueño quien puede hacer reír a un público. Pericles, o sea Enrique Martínez Cabrera me hizo ese regalo. Ahora se ha ido ese hombre tan bueno, tan afable, tan cordial. La última vez que lo vi fue con su atavío y su espadín de Caballero de Colón. ¿Dije que se ha ido Enrique? Me equivoqué. Hombres como él no se van nunca. Permanecen en el recuerdo para siempre, como quedaron en mí, por causa suya, el amor al teatro y la melodía de Souvenir. ¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Armando Fuentes

07/08/17

“Déjame ponerme arriba y sentarme en ella”. Al oír esas palabras que su hija pronunció -estaba en su cuarto, con su novio- los papás de Rosilí se turbaron grandemente. Él tosió lleno de confusión y ella, tapándose los oídos, exclamó muy apenada: “¡Santo Cielo!”. Sucedió que la chica se había casado ese día, y los novios aceptaron la invitación que los papás de ella les hicieron, de pasar la noche en su casa para salir por la mañana al aeropuerto. No previeron que la cercanía de las dos recámaras hacía que se oyera todo. En eso sonaron unos toquecitos en la puerta de la alcoba de los padres. Eran los novios. “Decidimos irnos a un hotel cercano al aeropuerto -dijo el muchacho- para no exponernos a perder mañana el vuelo. No podíamos cerrar la maleta de Rosilí, hasta que ella tuvo la buena ocurrencia de ponerse arriba y sentarse en ella”. Peña Nieto ha debido enfrentar estos días a dos energúmenos: Nicolás Maduro y Donald Trump. En su trato con tales barbajanes tanto el mandatario como sus colaboradores han actuado con prudencia y mesura. Algunos extremistas tachan de tibio al Presidente y le reclaman no haberles mentado la madre tanto al orate venezolano, que lo llamó cobarde, como al norteamericano, que a más de amenazarlo pretendió decirle cómo debía actuar. En el caso de Venezuela el Presidente Peña Nieto puso el trato de México con esa nación hermana por encima de las baladronadas del simiesco dictador. Por lo que hace a Trump, el mandatario mexicano en forma alguna cedió ante sus absurdas exigencias, y mantuvo en su diálogo con el prepotente magnate una actitud digna. Está de moda, y viste mucho, reprobar todo lo que hace y dice Peña Nieto, y tildarlo con los peores adjetivos. Ciertamente ha habido ocasiones en que ha merecido críticas acerbas. No creo, sin embargo, que su postura ante Maduro y Trump lo haga acreedor a los dicterios que ha recibido por actuar con prudencia ante esos lenguaraces y majaderos personajes. Eso sí: en el caso de que el gorila venezolano repita sus insultos, o de que el desquiciado Trump insista en sus bravatas y amenazas, entonces sí el Presidente y nuestro Gobierno deberán reaccionar en con energía mayor. Dicho de otra manera: tengan lista la mentada de madre, por si se ofrece. Don Algón le regaló un abrigo de visón a su linda secretaria Rosibel. Tal obsequio, claro, no era desinteresado: el salaz ejecutivo anhelaba llevarse a la cama a la preciosa chica. Grande fue su sorpresa, y mayor su turbación, cuando ella le dijo al tiempo que le devolvía el abrigo: “Se ha equivocado usted, señor”. Balbuceó don Algón: “Perdone, señorita Rosibel. No quise.”. Completó ella: “El abrigo es talla 12, y yo soy 10. Cámbielo”. La esposa de Babalucas le pidió que fuera a comprar una bolsa de hielo. El badulaque tomó las llaves del automóvil. Le preguntó la señora: “¿Para qué quieres el coche? En la tienda de la esquina hay hielo; puedes ir caminando”. “No -replicó Bablucas-. Yo voy a otra tienda. El empleado de ahí, que me conoce, me dijo que el hielo que ellos venden es más frío que los demás”. Capronio declaró en rueda de amigos: “Lo mejor que le puede suceder a un hombre es encontrar una mujer que lo escuche, una mujer que cocine para él, una mujer que sepa hacer el amor. Y que ninguna de las tres se entere de la existencia de las otras dos”. Un grupo de turistas norteamericanos paseaban por la capital de un edénico país en las islas de los mares del Sur. Les dijo el guía: “Nuestro pasatiempo nacional es hacer el amor”. “¡Shit! -exclamó con enojo uno de los viajeros-. ¡Y nosotros escogimos el beisbol!”.FIN.

MIRADOR.
Variación opus 33 sobre el tema de Don Juan.
Murió Don Juan después de una larga vida en la que amó a muchas mujeres y fue amado por algunas de ellas.
Aunque eso asombre a algunos, el seductor se fue al Cielo. Dijo el Señor: “Pecó mucho, pero amó más. Eso lo salva”.
En una de las salas de la morada celestial Don Juan se topó con San Eneldo, el santo patrono de su familia. El sevillano le dijo al anacoreta:
-Siempre me conmovió tu vida de piedad, de continua oración y mortificaciones. Me admiró tu castidad; me edificó tu rechazo de las cosas mundanas. Lamento no haber seguido tu ejemplo.
Con una sonrisa triste San Eneldo respondió:
-Y yo lamento no haber seguido el tuyo.
¡Hasta mañana!…

 


DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes

06/08/2017

CIUDAD DE MÉXICO 5-Ago .- “Mi esposa carece de sentido común -dijo don Chinguetas-. Se compró unos patines para hielo sin tomar en cuenta que no tiene pista donde patinar”. “Mi señora es igual -declaró don Algón-. Se compró una raqueta de tenis sin tomar en cuenta que no tiene cancha donde jugar”. “Mi mujer está peor-manifestó don Cornulio-. Se compró un paquete de condones sin tomar en cuenta que no tiene pija”. Otro relato sobre el mismo tema. Un señor de edad madura llegó a la farmacia y pidió unos condones. Le preguntó el farmacéutico: “Si no es indiscreción, caballero, ¿qué edad tiene usted?”. Respondió el otro: “Acabo de cumplir 75 años. Mi señora tiene 73”. Dijo el de la farmacia: “Perdone que me meta en su vida privada, pero a esa edad su esposa ya no puede concebir. No es necesario que use usted condón”. “No los uso con mi esposa -replicó el septuagenario-. Ella odia el olor a hule quemado”. Empédocles Etílez, ebrio consuetudinario, estaba bebiendo en la barra de la cantina “Bob & Bill”. Le preguntó al cantinero: “¿Viste si se me cayó el vaso de cerveza en el pantalón?”. “No, señor -respondió el hombre-. No se le ha caído ningún vaso”. “Lo que me temía -suspiró Empédocles-. Entonces fue obra interna”. Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. A los tres meses del desposorio ella habló con los papás de su flamante maridito. “Creo -les dijo- que tendré que divorciarme de Simpli”. “¿Por qué?” -se consternaron ellos. Explicó Pirulina: “Llevamos ya tres meses de casados y aún no ha consumado el matrimonio”. Le pidió la mamá: “Déjanos hablar con él”. Ese mismo día lo buscaron, y su papá le preguntó: “¿Puedes explicarnos inmediatamente el por qué tu esposa te es indiferente? ¿Es que no las sabes, o no las supones, de todo casado las obligaciones?”. “Déjate de versos -lo interrumpió la señora-. A ver, hijo. Pirulina nos dice que han pasado tres meses desde que se casaron y todavía no le haces el amor. Dinos por qué”. Respondió el cándido mancebo: “No sabía que tuviera prisa”. Conocemos ya a don Ulero. Es hombre de extremada prudencia, virtud que algunos malquerientes suyos confunden con miedo o pusilanimidad. En una ocasión fue de cacería a África. Cerca de su campamento merodeaba un feroz león que había dado cuenta ya de varios cazadores, motivo por el cual los nativos lo llamaban Matabwanas. Una mañana el guía de don Ulero llegó muy agitado y le dijo: “Bwana: acabo de ver las huellas del Matabwanas”. “Vamos -replicó prontamente don Ulero-. Tu seguirás las huellas del león para ver a dónde va, y yo las seguiré para ver de dónde vino”. Pepito le preguntó a su abuelita: “Abue: ¿cuántos años tienes?”. Respondió la señora: “Tengo 70”. “¡70! -se asombró el chiquillo-. ¿Y empezaste desde uno?”. Don Languidio Pitocáido sufría ciertos problemas de disfunción eréctil. Fue a la consulta de un médico especializado en esa afección tan común. “No pudo usted haber llegado en mejor momento -le dijo el facultativo-. Acabo de conseguir un pomo de las miríficas aguas de Saltillo, capaces de poner en aptitud de hacer obra de varón hasta a la mismísima momia de Tutankhamon. Beba usted un centilitro de esas taumaturgas linfas y vaya a su casa a cumplir con su señora como los meros buenos”. Apuró ahí mismo don Languidio el prodigioso líquido y salió del consultorio. Media hora después sonó el teléfono del médico. Quien llamaba era don Languidio: “¡Doctor! -le dijo entusiasmado-. ¡Ya llevo tres!”. “Lo felicito -se alegró el galeno-. Su esposa debe estar muy satisfecha”. Replicó el señor: “Todavía no llego con mi esposa”. FIN.´

MIRADOR.
Susana era una bella mujer. Era tan bella como su nombre, que viene del hebreo y significa lirio.
Una tarde se estaba bañando en la fuente del bosque. Las aguas se aquietaban para acariciarla, y el viento frío que bajaba del monte se hacía cálido después de rozar su piel.
Ocultos atrás de los arbustos unos ancianos la miraban. La tradición dice que eran dos. En verdad eran tres. El tercero estaba más atrás, y ni Susana ni los otros dos ancianos lo veían.
Estos dos viejos pretendieron gozar lo que el agua y el viento habían gozado, pero Susana los rechazó, pues era casta. Entonces la acusaron falsamente de adulterio, y la hermosa mujer fue condenada a muerte.
Yahvé, sin embargo, la salvó. Dijo:
-Es demasiado hermosa para morir.
Yahvé era el tercer anciano que la había visto bañándose en la fuente. Eso no lo dice la tradición.
¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.
“. Trump salió de vacaciones.”.
“¡No regreses, por favor!”,
le pide a gritos su equipo,
pues desde que falta el tipo
las cosas andan mejor.


De política y cosas peores

Armando Fuentes

04/08/17

Don Algón, salaz ejecutivo, ocupó un cuarto de hotel junto con una chica que se veía muy joven. El gerente del establecimiento era hombre estricto en materia de moralidad, y respetuoso de la ley. Así, le pidió al encargado de seguridad que lo acompañara a la habitación que el recepcionista, sin hacer averiguación alguna, había asignado a aquella sospechosísima pareja. Llamaron a la puerta, y sin tardanza don Algón la abrió. Grande fue la sorpresa de los visitantes al ver lo que miraron: el maduro caballero y la muchacha se hallaban completamente vestidos, y mientras él llevaba en la mano la revista de sudokus que había estado resolviendo ella estaba muy concentrada jugando Candy Crush en su tableta. “Dígame, señor -le preguntó el gerente, severo, a don Algón-. Esa joven ¿es mayor de edad?”. Contestó don Algón echando una mirada a su reloj: “Lo será exactamente dentro de 10 minutos 14 segundos”. El Lic. Ántropo, abogado penalista, fue solicitado por un reo que estaba en la prisión condenado a la pena capital. Le dijo el individuo: “Mañana seré llevado a la silla eléctrica. ¿Hay algo que todavía pueda salvarme de morir?”. “Sí -respondió el jurisconsulto-.  No te sientes”. Será difícil que de la Asamblea Nacional del PRI salga un acuerdo renovador, alguna decisión transformadora. El partido que ayer se llamó “de la Revolución” ha sido siempre el menos revolucionario. Su modo de ser, inalterable; la invariabilidad de sus métodos y sus sistemas, me hacen recordar el lema de aquel candidato a la presidencia de una sociedad de alumnos: “Por una revolución sin cambios”. El PRI de hoy, de Ochoa Reza, es básicamente el mismo que el PRI de ayer con Corona del Rosal o el de antier con Plutarco Elías Calles. Todo hace suponer que esa asamblea será un ritual en que los priistas de siempre cumplirán los protocolos de siempre y acordarán lo mismo de siempre. Esperar que cambie el PRI equivale a esperar que cambie de continente el Himalaya o que se modifique de principio a fin el curso del gran río Amazonas. Los números o guarismos son considerados cosa fría, abstracta, neutra. Un poco de ingenio basta, sin embargo, para hacer con ellos ejercicios deleitosos que podrían servir a más de un profesor de matemáticas para poner un grano de sal en la enseñanza de su asignatura. La falta de imaginación y de recursos pedagógicos hace que algunos docentes vuelvan esa materia tediosa y aburrida, siendo que en las matemáticas hay la misma belleza que en la poesía, la misma armonía que en la música y la misma profundidad que en la teología. En una escala mucho más modesta pondré mañana aquí un ejemplo para ilustrar cómo también puede haber humor en los números. No se pierdan mis cuatro lectores el cuentecillo intitulado “Aritmética sicalíptica”. ¡Es sensacional!… Ahora que se han puesto otra vez de moda las historias de la Segunda Guerra me permito narrar ésta. Un recluta perteneciente al batallón de esquiadores de Finlandia recibió un permiso de tres días para ir a ver a su esposa. Cuando regresó al frente le preguntó su capitán: “¿Qué fue lo primero que hiciste al llegar a tu casa?”. “Me da pena decírselo, mi capitán -enrojeció el muchacho-. Pregúnteme mejor que fue lo segundo que hice”. “Está bien -sonrió el capitán-. ¿Qué fue lo segundo que hiciste?”. Contestó el soldado: “Me quité los esquís”. Tilico, joven varón enteco y escuchimizado, casó con Romanona, mujer voluminosa. Días después del casorio el padre Arsilio le dijo al recién casado: “Supe que contrajiste matrimonio. ¿Cómo lo has encontrado?”. “Batallando, padre -respondió Tilico-, pero lo he encontrado”. FIN.Don Algón, salaz ejecutivo, ocupó un cuarto de hotel junto con una chica que se veía muy joven. El gerente del establecimiento era hombre estricto en materia de moralidad, y respetuoso de la ley. Así, le pidió al encargado de seguridad que lo acompañara a la habitación que el recepcionista, sin hacer averiguación alguna, había asignado a aquella sospechosísima pareja. Llamaron a la puerta, y sin tardanza don Algón la abrió. Grande fue la sorpresa de los visitantes al ver lo que miraron: el maduro caballero y la muchacha se hallaban completamente vestidos, y mientras él llevaba en la mano la revista de sudokus que había estado resolviendo ella estaba muy concentrada jugando Candy Crush en su tableta. “Dígame, señor -le preguntó el gerente, severo, a don Algón-. Esa joven ¿es mayor de edad?”. Contestó don Algón echando una mirada a su reloj: “Lo será exactamente dentro de 10 minutos 14 segundos”. El Lic. Ántropo, abogado penalista, fue solicitado por un reo que estaba en la prisión condenado a la pena capital. Le dijo el individuo: “Mañana seré llevado a la silla eléctrica. ¿Hay algo que todavía pueda salvarme de morir?”. “Sí -respondió el jurisconsulto-.  No te sientes”. Será difícil que de la Asamblea Nacional del PRI salga un acuerdo renovador, alguna decisión transformadora. El partido que ayer se llamó “de la Revolución” ha sido siempre el menos revolucionario. Su modo de ser, inalterable; la invariabilidad de sus métodos y sus sistemas, me hacen recordar el lema de aquel candidato a la presidencia de una sociedad de alumnos: “Por una revolución sin cambios”. El PRI de hoy, de Ochoa Reza, es básicamente el mismo que el PRI de ayer con Corona del Rosal o el de antier con Plutarco Elías Calles. Todo hace suponer que esa asamblea será un ritual en que los priistas de siempre cumplirán los protocolos de siempre y acordarán lo mismo de siempre. Esperar que cambie el PRI equivale a esperar que cambie de continente el Himalaya o que se modifique de principio a fin el curso del gran río Amazonas. Los números o guarismos son considerados cosa fría, abstracta, neutra. Un poco de ingenio basta, sin embargo, para hacer con ellos ejercicios deleitosos que podrían servir a más de un profesor de matemáticas para poner un grano de sal en la enseñanza de su asignatura. La falta de imaginación y de recursos pedagógicos hace que algunos docentes vuelvan esa materia tediosa y aburrida, siendo que en las matemáticas hay la misma belleza que en la poesía, la misma armonía que en la música y la misma profundidad que en la teología. En una escala mucho más modesta pondré mañana aquí un ejemplo para ilustrar cómo también puede haber humor en los números. No se pierdan mis cuatro lectores el cuentecillo intitulado “Aritmética sicalíptica”. ¡Es sensacional!… Ahora que se han puesto otra vez de moda las historias de la Segunda Guerra me permito narrar ésta. Un recluta perteneciente al batallón de esquiadores de Finlandia recibió un permiso de tres días para ir a ver a su esposa. Cuando regresó al frente le preguntó su capitán: “¿Qué fue lo primero que hiciste al llegar a tu casa?”. “Me da pena decírselo, mi capitán -enrojeció el muchacho-. Pregúnteme mejor que fue lo segundo que hice”. “Está bien -sonrió el capitán-. ¿Qué fue lo segundo que hiciste?”. Contestó el soldado: “Me quité los esquís”. Tilico, joven varón enteco y escuchimizado, casó con Romanona, mujer voluminosa. Días después del casorio el padre Arsilio le dijo al recién casado: “Supe que contrajiste matrimonio. ¿Cómo lo has encontrado?”. “Batallando, padre -respondió Tilico-, pero lo he encontrado”. FIN. MIRADOR
-¡Shhh! Cuando apareció en escena el famoso tenor para cantar “Rigoletto” un hombre que estaba en la galería del teatro exclamó sin recatar la voz: -¡Yo hice las botas que trae! ¡Miren qué bien le lucen! Quienes estaban alrededor se molestaron. -¡Shhh! Al día siguiente el zapatero buscó en los periódicos la reseña de la ópera. Todas las crónicas hablaban del tenor; ninguna mencionaba las botas que había usado. Esa omisión sorprendió al zapatero. -No lo puedo negar -dijo a su esposa-. El tenor canta muy bien. Pero ninguno ha tenido unas botas tan buenas como las que llevaba él. ¿Por qué nadie habla de ellas? Este pequeño cuento enseña una verdad: cada persona es el centro del universo. Todas las cosas del mundo giran alrededor de cada hombre o mujer. Entenderemos mejor el mundo, entenderemos mejor a cada mujer y a cada hombre, cuando entendamos al zapatero. (Claro, también cuando entendamos al tenor).


DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes

03/08/2017

Facilda Lasestas estaba en el domicilio conyugal en trance adulterino con el mejor amigo de su esposo. En eso sonó su celular. “Era mi marido -le informó a su amante después de terminar la llamada-. Pero no te preocupes. Está jugando golf contigo”. Empédocles Etílez abordó en completo estado de beodez un taxi y le ordenó al chofer: “Llévame al Hotel Hucho”. Respondió el taxista: “Estamos en el Hotel Hucho”. Empédocles le alargó unos billetes y le dijo: “Cóbrate de aquí. Pero la próxima vez no manejes tan aprisa”. Un caballero de madura edad entró en el confesonario donde el buen padre Arsilio estaba practicando lo que en lenguaje eclesiástico se llama “el apostolado de la nalga”. Quiero decir que estaba confesando. Le dijo el señor: “Anoche me acosté con una mujer de 30 años y le hice el amor tres veces”. El sacerdote acotó: “No me dijiste cuándo fue la última vez que te confesaste”. “Jamás me he confesado -replicó el otro-. Pertenezco a la comunidad judía”. El padre Arsilio se asombró. “Y entonces ¿por qué me cuenta usted eso?”. Respondió con orgullo el señor: “A todo el mundo se lo estoy contando”. Babalucas fue con una linda chica al romántico paraje llamado El Ensalivadero. Ella se impacientaba, pues el badulaque no daba trazas de tomar la iniciativa. Le preguntó, insinuante: “¿Te gustaría ver donde me operaron del apéndice?”. “¡Oh no! -se alarmó Babalucas-. ¡Odio los hospitales!”. Este amigo mío vio la película “Jules et Jim” en casa de un enemigo que tenía, cuyo nombre no dice para no faltar a los deberes de la enemistad. ¿Por qué lo invitó, entonces, si era su enemigo? Para escandalizarlo, supongo. Mi amigo venía de familia conservadora, y la película aparecía en el Index del semanario “El parroquial” dentro de la clasificación “Prohibida por la moral cristiana”, moral que encarnaba en las personas de un grupo de señoras de la alta sociedad y clérigos de la alta iglesia. Así vetada la película no se iba a exhibir en la ciudad. Milagro fue que el enemigo de mi amigo la consiguiera en una versión de 16 milímetros con subtítulos en inglés. Ese tal enemigo era todo un personaje, o al menos la mitad de uno. Estaba casado con una mujer de la que se divorciaba de tiempo en tiempo y con la que de tiempo en tiempo se volvía a casar. Cuando estaban casados la vida de los dos era un infierno que los llevaba a separarse. Cuando estaban separados tenían en hoteles y moteles encuentros apasionados que los llevaba a casarse otra vez. El ciclo se repetía, como la espiral de Vico; era un continuo acabar y comenzar de nuevo. En su casa la pareja mantenía una tertulia de intelectuales. Asistían a ella escritores que no escribían, pintores que no pintaban, actores y actrices que rara vez subían al palco escénico. Fumaban mariguana y bebían mezcal, lo cual era entonces cosa de pobres y hoy es de ricos. Mi amigo no bebía ni fumaba. Lo suyo era el amor en su expresión más auténtica y completa: el sexo. En esas tertulias, mientras los intelectuales hablaban de Sartre, Camus y Juliette Gréco, él hacía citas de cama con sus mujeres, a quienes aburría que sus maridos fueran tan intelectuales. En “Jules et Jim” ese amigo mío encontró un himno de homenaje a algunas de las cosas más vitales de la vida: el amor, la amistad, la libertad, la muerte. Ahora que Jeanne Moreau murió -metafóricamente hablando, claro- este amigo mío recuerda la forma de vivir de esa mujer tan poco bonita, tan hermosa, y reafirma su convicción de que el arte de la vida, tan caprichosa que no puede tener ciencia, consiste en ser feliz, y en no causar infelicidad a nadie. Eso es lo importante. Lo demás importa tan poco que al final no importa nada. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Estoy frente al mar; el siempremar.
Él me habla, pero no puedo entender lo que me dice.
No alcanzo a percibir su voz en la ola que casi ya no es ola ni en el oleaje de las noches de tormenta.
Y es que no soy hombre de mar afuera, sino de tierra muy adentro.
A la tierra sí la oigo.
Ahora mismo me está hablando.
¿La oyes? ¿No?
¿Cómo puede ser que no la escuches?
Su voz es clara, como la de una madre que le habla a su hijo.
Escúchala. Me está diciendo:
-¿Cuándo regresas?
¡Hasta mañana!…
OJO: Dice “el siempremar”.


DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes

02/08/2017

“Sufro de eyaculación prematura” -le dijo un hombre al doctor Duerf. “No se preocupe -lo tranquilizó el célebre analista-. Le presentaré a una paciente mía que tiene lapsos de atención muy cortos”. Don Chinguetas y doña Macalota iban en un crucero. Naufragó el barco, y don Chinguetas llegó a una isla desierta en compañía de una hermosa rubia. La joven se echó a llorar. “¡Estamos perdidos! -gimió desesperada-. ¡Nadie nos va a encontrar en este remoto sitio perdido en la inmensidad del mar!”. “Desgraciadamente no es así -suspiró don Chinguetas-. Mi mujer no tardará en dar con nosotros”. Lord Feebledick volvió a su finca después de la cacería de perdices y sorprendió a su esposa, lady Loosebloomers, en ilícita coición con Wellh Ung, el lacertoso mancebo encargado de la cría de los faisanes. El señor llevaba aún su escopeta, y con ella le apuntó al mozalbete, que se había puesto en pie sobre la cama y estaba tal como vino al mundo. “¡No dispare, milord! -rogó el bellaco-. ¡Deme otra oportunidad! ¡Procuraré no volver a hacer esto, o hacerlo con discreción mayor!”. “Muy bien, muchacho -concedió lord Feebledick, magnánimo, pero sin dejar de apuntarle-. Te daré una oportunidad. Balancéalos”. Cuando a dos se les compara uno de los dos repara. ¿Cuál de estos dos países, Venezuela y México, está más jodido? Difícil es responder a la pregunta. Venezuela cayó en manos de una dictadura que tiene a la nación sumida en el agobio y la irritación social. De México se apoderó la delincuencia, que gobierna ya más que el Gobierno, y el país sufre los efectos de una rampante corrupción que ha inficionado todos los ámbitos de la vida nacional. Yo, quizá movido por el fervor patriótico que nos caracteriza a los mexicanos, y que se manifiesta sobre todo en las peleas de box y los partidos de futbol, opino que Venezuela está más jodida que nosotros. México, pese a todos los pesares, ha conseguido mantenerse en el camino del ejercicio democrático y la institucionalidad. Sus gobiernos han cometido errores graves que acarrearon a la República males de todo orden: pobreza; inseguridad; abusos de la casta política reinante; la ya mentada corrupción. Sin embargo los errores que se cometen en la democracia pueden corregirse con más democracia. Venezuela, en cambio, es víctima de una dictadura. Y las dictaduras, lejos de enmendar sus yerros, los mantienen por medio de la fuerza. Eso llevó a Maduro, obscena pústula en el cuerpo de la nación hermana, a darse a sí mismo un golpe de estado para mantenerse en el poder. Así, Venezuela se halla al borde de la guerra civil. En México no hemos llegado a tal extremo. Hasta ahora hemos logrado resistir las tentaciones del populismo, la demagogia y el caudillismo autoritarismo. Por eso, a pesar del cariño y admiración que siento por el pueblo venezolano, opino que Venezuela está más jodida que México. Lo digo con el mayor respeto, aunque esa frase se usa cuando se ha sido o se va a ser irrespetuoso. No quiero faltarle al respeto a esa hermosa y gran nación. Pero tampoco quiero faltarle al respeto a la verdad. A Augurio Malsinado lo persigue un hado adverso. El otro día una joven masajista le dio un sensual masaje. Sus frotamientos hicieron que Augurio experimentara en la entrepierna una tumefacción tan evidente que la bella muchacha no pudo menos que notarla. Se inclinó y le dijo al oído a Malsinado: “¿Le gustaría un trabajito manual?”. “Mucho” -contestó él respirando agitadamente. “En seguida vuelvo” -dijo la masajista. Salió de la habitación; regresó 15 minutos después y le preguntó a Malsinado: “¿Ya terminó?”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
No sé si soy un creyente que duda o un escéptico que cree.
Los misterios del mundo me anonadan, y no hallo explicación a las tragedias de la vida, ni a sus goces.
Entonces me refugio en la fe de mis abuelos y mis padres. Esa fe sin preguntas me da consuelo en las horas de tristeza y me hace sentir gratitud en los momentos de felicidad.
Ayer, igual que cada día primero de mes, encendí la pequeña llama de una vela ante la estampa de la Divina Providencia. No sé si creo en ella o no, pero tampoco sé de dónde me han llegado la casa, el vestido y el sustento. A alguien tengo que agradecer esos milagros tan inadvertidos: el techo que me ampara, la ropa que me cubre, el pan que me alimenta. Además a nadie hago daño con ese inofensivo rito que para mí es recordación de los que ya se fueron y esperanza de los que conmigo están.
No sé si me equivoco al creer. No sé si me equivoco al dudar. Pero doy gracias. Y en la gratitud nadie se equivoca.
¡Hasta mañana!…


DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes Aguirre

01/08/2017

Era una estatua, sobrino; una estatua. Cuerpo más perfecto de mujer no he visto nunca, y estoy seguro de que tú nunca verás en tu vida algo parecido, pues tus alcances son más cortos que los míos, y tu suerte es mucho menor. Cuando la conocí ella tenía 18 años, y yo 20. Ahora soy un viejo, y ella, si vive todavía, será una anciana. Si por azar nos topáramos en una calle no nos reconoceríamos. ¡Ah, el tiempo! Es el peor médico para el cuerpo y el mejor curandero para el alma. A veces le digo a mi corazón: “¿Por qué si yo tengo 70 años tú te empecinas en tener 21?”. Y es que al paso de una mujer hermosa todavía me camina más aprisa. La miro en el recuerdo -hablo de aquella estatua que te dije- y doy gracias a Dios por haberla tenido en mi vida aunque haya sido por unas cuantas noches. (Los días del amor han de contarse por noches). Era pequeña; en el momento del amor se me perdía en los brazos. Y era una real belleza. En ocasiones sentía yo más ganas de contemplarla que de poseerla. Y es que entonces era yo un poco artista, cosa que desgraciadamente ya se me quitó. Los méndigos años te quitan las cosas buenas, no las malas. O son muy pendejos o son muy cabrones. Tiendo a pensar que son mas lo segundo que lo primero. Debo decirte la verdad, sobrino. Aquella estatua era una estatua. Quiero decir que la muchacha era fría, fría como la perfección. Yo me consideraba un excelente amante, pero con ella fallaban todas mis destrezas. Mientras la poseía ella canturreaba la tonada de moda, o se revisaba la pintura de las uñas. Yo, en el arrebato de la pasión, repetía su nombre: ¡Mari! ¡Mari! . (Se llamaba María Rosa). Y ella, en vez de exclamar: ¡Felipe! ¡Felipe! , respondía con displicencia: ¿Qué? . Cuando eso sucedía me daban ganas de matarla, créeme. Claro, después de terminar. Una tarde me presentó a su prima Gloria. Era feúcha la pobrecita Gloria, desgarbada y sin ninguna gracia. Y era tímida, quizá por lo mismo. Jamás había tenido un pretendiente. No sé qué fue lo que me hizo moverle el agua. Aceptó de inmediato mis avances, no sé si por el asombro de verse cortejada o por tomar venganza de la belleza de su prima. Necesité sólo una semana para llevármela a la cama. Y entonces el asombrado fui yo. Pasadas las reservas iniciales -era virgen- Gloria se volvió una cortesana. Tenía el instinto del sexo; una intuición extraordinaria para dar y recibir placer. No necesitaba guiarla: ella era quien me guiaba a mí por caminos que yo ni siquiera conocía. En ocasiones Gloria sorprendía un gesto de interrogación mío ante una nueva y audaz voluptuosidad suya, y me decía a modo de explicación, sin detenerse: “Es que te quiero”. Luego me sucedió algo extraño. Cuando estaba con Gloria, ardiente pero fea, cerraba los ojos y pensaba en Mari. Y cuando estaba con Mari, hermosa, pero fría, cerraba los ojos y pensaba en Gloria. Gozaba al mismo tiempo la pasión de Gloria y la belleza de Mari. Dicen, sobrino, que el amor es misterioso. Has de saber que el sexo es más misterioso aún. Por eso tiene tantas variantes, y rincones tan oscuros. Yo fui feliz con Gloria y con Mari. Con Marigloria debería decir, o con Gloriamari, pues de las dos mujeres hice una. También en eso hay arte, sobrino. Las dos estaban enteradas de que yo les hacía el amor a ambas. Mari me preguntaba al hablar de Gloria: “¿Por qué?”. Y Gloria me preguntaba al hablar de Mari: “¿Quién es mejor?”. A Mari le respondía: “No sé”. A Gloria le contestaba igual: “No sé”. Se necesita arte para dar respuesta a las preguntas de las mujeres. Y en ese tiempo, como te dije, yo era un poco artista. Desgraciadamente ya se me quitó. FIN.

MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Esta flor tiene nombre de mujer: se llama hortensia.
Su historia es tan romántica como su nombre. Nos la cuenta el diccionario de la Academia, que no suele contar historias, y menos aún románticas.
Un naturalista de apellido Commerson encontró la flor en China y la llevó a Francia. La dedicó a una dama, y le puso su nombre: Hortense.
Tengo en la sala de mi casa unas hortensias.
No son naturales.
Son sobrenaturales.
Las pintó Alfredo Ramos Martínez en una preciosísima acuarela. Ahí las flores viven para siempre, no como sus compañeras vivas, que después de vivir unos días mueren para siempre.
La naturaleza es efímera como la flor.
El arte es eterno como la belleza.
¡Hasta mañana!…


DE POLITICA Y COSAS PEORES

Armando Fuentes

31/07/2017

Un hombre joven le comentó a otro: “Mi novia es insaciable en el renglón del sexo. Quiere que le haga el amor a mañana, tarde y noche, y pone en práctica conmigo toda suerte de ejercicios eróticos, lo mismo linguales que digitales y manuales. ¿Qué crees que debo hacer para que le desaparezca ese apetito?”. Respondió el otro, lacónico y escueto: “Cásate con ella”.Yo tengo la desdicha de que no sé nada de futbol. Yo tengo la ventura de que no sé nada de futbol. Desdicha, porque mi ignorancia acerca del juego me sitúa en una vergonzante minoría, pues lo políticamente correcto, aun entre la crema de la intelectualidad, es ser capaz de discutir las incidencias del último partido entre las Chivas y el América con la misma seriedad con que se analiza una partita de Bach o un poema de San Juan de la Cruz. Ventura, porque mi indiferencia ante el futbol me pone al amparo de las continuas decepciones que trae consigo nuestro subdesarrollo en ese juego, espejo fiel de la realidad nacional. Igual que hace 20, o 30, o 50 años nuestros gloriosos ratoncitos verdes siguen cayendo con la cara al sol y obteniendo grandes victorias morales. Aparte de dar de vez en cuando alguna figura relevante, el futbol mexicano navega en las grisáceas aguas de la mediocridad o en las oscuras corrientes de una burda comercialización. No se tomen en cuenta mis palabras, sin embargo: ya dije que son las de un ignaro en materia futbolística y en todas las demás materias pertenecientes al mundo material. A lo que voy es a manifestar mi oposición al tristemente célebre grito coral “¡Ehhhhh puto!”, grandiosa aportación de México al futbol. He llegado a la conclusión de que ese grito está muy lejos de ser inocente, inofensivo o inocuo. Es una manifestación injuriosa que se aplica al adversario para degradarlo. Claramente homofóbico, el tal grito contribuye a la discriminación de que siguen siendo objeto entre la gente baja las personas de preferencias sexuales diferentes. Así, el llamado “juego del hombre” asume una actitud machista torpe y anacrónica. Ese grito debería desterrarse de las tribunas. Y no sería difícil hacerlo: bastaría con que el árbitro, al escucharse ese ofensivo “¡Ehhhhh puto!”, suspendiera definitivamente el partido y mandara a jugadores y público a su casa. Debidamente reglamentada tal medida, y dada a conocer con oportunidad a los aficionados, estoy seguro de que bastaría aplicar el castigo una sola vez para suprimir aquella grosera muestra de incultura e incivilidad. Y eso no sería atentar contra la libertad de nadie. Sería alentar la sana convivencia entre todos. Don Astasio llegó a su casa después de su diaria jornada de trabajo. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba aun en los días de calor canicular y se encaminó a su recámara a fin de reposar un rato antes de la cena. Lo que en la alcoba vio le quitó al mismo tiempo el apetito y el descanso. He aquí que su consorte, doña Facilisa, estaba en conchabanza adulterina con un mancebo en quien don Astasio reconoció al repartir de pizzas. Fue el infeliz esposo al chifonier donde guardaba una libreta en la cual anotaba palabras denostosas para menoscabar a su mujer en tales ocasiones. Volvió y le espetó la última que había registrado: “¡Prójima!”. El lexicón de la Academia da a ese vocablo la connotación de mujer pública. En seguida se dirigió al muchacho: “Y usted, joven noneco, ¿qué clase de pendejo cree que soy?”. El mozalbete suspendió los meneos que en ese momento lo ocupaban y ponderó seriamente la cuestión. Respondió luego con sinceridad: “La verdad no lo sé, señor. ¿Cuántas clases hay?”. Don Astasio meneó la cabeza tristemente y salió de la habitación sin decir más. FIN.

MIRADOR

San Virila es comprador de pájaros en jaula.
De todas partes le llegan pajareros; hombres, mujeres, niños, viejos, que le traen aves de todas las especies: mirlos, gorriones, tordos, golondrinas, calandrias, petirrojos, jilgueros, estorninos. Y San Virila compra todos esos pájaros. Los paga con dinero que saca de la caja de las limosnas o con cosas que obtiene de la cocina del convento: quesos, manteca, vino, huevos, pan.
Al principio los frailes -sobre todo el ecónomo y el despensero- se indignaban por los robos que hacía el frailecito. Pero luego se maravillaban al ver que todo lo que había tomado se hallaba otra vez en su lugar: la caja de las limosnas estaba nuevamente llena, y en la cocina no faltaba nada.
¿Qué hacía San Virila con las aves que cada día compraba? Las ponía en libertad. Abría las jaulas en que se las traían, y los pájaros echaban a volar. “Son criaturitas del Señor” -decía. Sus hermanos le reprochaban: “Quienes todos los días te traen a vender pájaros abusan de ti. Se mantienen con lo que tú les das”. Y contestaba San Virila: “También ellos son criaturitas del Señor”.
¡Hasta mañana!…