De política y cosas peores

«Sorprendí a mi esposa con un juega interior sensual y voluptuoso». Eso le contó aquel tipo a su amigo. Y describió la lencería: «Brassiére de media copa y pantaleta crotchless de encaje negro; liguero de raso y seda; medias rojas de malla. ¡Fabuloso!». Dijo el amigo: «Sí que debes haber sorprendido a tu mujer con ese juego de ropa interior»»Sí -confirmó el tipo-. Nunca me lo había puesto delante de ella». Aquel país iba a lanzar al espacio su primer cohete tripulado. Empezó la cuenta regresiva: «Diez. Nueve. Ocho.». «¡Detengan todo! -ordenó de repente el director del centro espacial-. ¡Se nos olvidó darles a los astronautas los limones pa lmareoMargarita Ríos-Farjat es una mujer brillante. Llega con un sombra, sin embargo, al cargo de Ministra de la Suprema Corte. V, y que por tanto estará atenta a las consignas emanadas la Presidencia. La profusa votación a su favor de los senadores de Morena y sus parece fortalecer esa versión, que sólo al paso del tiempo se podrá confirmar o dar por infundada, según sea el comportamiento de la nueva Ministra. Por mi parte supongo -«es un supongando, dicen las buenas gentes del Potrero- que la señora cuidará que nada opaque o manche el prestigio con que llega al cargo. Más que mantener una chamba importa conservar la buena fama, pues la chamba se acaba en unos años y el desprestigio nunca. La Ministra, pienso, sabe que en el cargo que ahora ocupa debe servir a México, no al Presidente. Deberá conservar su independencia personal, su autonomía, si es que quiere conservar su dignidad y intereses de la ley y la justicia antes que por los del poder y la política. Advierto, sin embargo, que estoy cayendo en el horrible vicio de dar consejos no pedidos. Limitareme, entonces, a hacerle a la inteligente y dedicada maestra Ríos-Farjat una sugerencia que nada tiene que ver con el ámbito jurídico, sino con el cinematográfico. Vea por favor la película «A man for all seasons», en español «El hombre de dos reinos», 1966, con Paul Scofield, Wendy Hiller, Robert Shaw y Orson Welles, dirección de Fred Zinnemann. A riesgo de pecar de spoiler diré a grandes rasgos la trama de ese film. El rey Enrique VIII de Inglaterra da el cargo de Canciller del reino a Thomas More, amigo personal suyo, pensando que apoyará la pretensión de anular su matrimonio con Catalina de Aragón, pues el veleidoso soberano deseaba -¡y vaya que deseaba!- casarse con Ana Bolena. Cuál no sería su sorpresa -frase inédita- cuando su gran amigo se pone del lado de Catalina, a quien asistían la ley y la justicia, en vez de plegarse a ser instrumento de la voluntad del monarca que lo había designado. No diré el final de la película -aquí el asesino no es el mayordomo- pero sí diré que Thomas More es hoy un ícono de fidelidad a la conciencia y defensa del honor personal por encima de todo interés mundano. Su ejemplo sigue inspirando a los encargados de impartir justicia. Al menos a los que vieron la película. Si la nueva ministra ve ese film -y sus compañeros igualmente- la conducta de aquel íntegro personaje le servirá de guía para servir a la ley de la Nación antes que a la voluntad del poderoso en turno. Declaró Babalucas: «¡Me encantan los cocos! ¡Incluso me como lo de adentro!». Karetina Pompisdá era la vedette de moda, tanto que estaba actuando en do teatros (y cuatro camas). Una entrevistadora le preguntó: «Y dime, Karetina: ¿a qué te dedicabas antes de entrarle a la artisteada?». Respondió la Poá: «Cosía». ó la entrevistadora: «Me lo «.


De política y cosas peores

 «Mi marido es bisexual». Las señoras del Club de Damas se sobresaltaron al escuchar esa declaración de doña Expectancia, una de las socias. «Sí -confirmó ella-. Me da sexo dos veces en el año». (Nota. El día de su cumpleaños y en el aniversario de bodas. Y casi siempre se le olvidan las fechas). El novio de Glafira, la hija de don Poseidón, fue a pedir la mano de la muchacha. El genitor lo interrogó: «Dígame, joven: ¿tiene usted problemas de dinero?». «De dinero no -respondió el galancete-. De falta de dinero sí». El padre Arsilio iba a poner flores ante la imagen de San Sabás Anacoreta, cuya fiesta se celebra precisamente hoy. A los pies del santo se ve el león que fue a vivir con el ermitaño en su caverna y que lo protegía contra las alimañas del desierto. San Sabás no comía otra cosa que yerbas y raíces, dieta que no ha de ser tan mala, pues según crónicas de la época a los 90 años de edad el asceta podía llevar en sus espaldas la carga de un camello. Pero advierto que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Pasó don Arsilio junto a una mujer enlutada que de rodillas suplicaba con voz deprecativa: «Señor, perdona a mi marido, y que en la tumba encuentre la paz que en vida nunca conoció. Yo ya lo he perdonado, aunque sé que me engañó con mi mejor amiga y que con ella se gastó el dinero que destinábamos a la educación de nuestros hijos. Si yo ya lo perdoné, Señor, dale en el otro mundo tu misericordia». El padre Arsilio se conmovió al escuchar la piadosa rogativa de la suplicante. Le preguntó: «Dime, hija: ¿cuándo murió tu marido?». Respondió la mujer: «Mañana». Aquella señora tenía ya ocho hijos. El médico le recomendó: «Dígale a su esposo que practique la paternidad responsable». «Doctor -replicó ella-. Mi marido es un hombre muy religioso. Dice que debemos recibir los hijos que Dios nos mande del mismo modo que recibimos la lluvia que nos envía». «En ese caso -sugirió el facultativo- dígale que cuando esté con usted se ponga impermeable». Entre tantas noticias malas una buena: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación declaró inconstitucional la amañada reforma legal -tan ilegal- por la cual Jaime Bonilla alargó a cinco años los dos para los que fue electo gobernador por los ciudadanos de Baja California. El hecho de que el Presidente López Obrador haya mostrado sin reservas ni cuestionamientos su respeto a esa determinación anula prácticamente la maniobra del tal Bonilla, consumada no sólo de manera ilegítima sino también inmoral. Esperemos que ese señor se dé ya por vencido y se dedique a cumplir el encargo que por dos años le otorgaron sus conciudadanos, cuya voluntad quiso en mala hora torcer y desvirtuar. Aviso. El cuento que ahora sigue contiene, en el gerundio, una palabra que la Academia registra ya en su diccionario pero que no es admitida en sociedad. Para significar la acción que ese vocablo expresa hay que echar mano de eufemismos como «hacer el amor», o verbos ajenos a nosotros, como «follar», o que no dan cabal idea del acto, como «fornicar». La palabra a la que me refiero es «coger», sin perdón sea dicho, o sea practicar el coito. Resulta que Pepito iba por la calle de la mano de su tía Soleta, cuarentona célibe. En eso el chiquillo vio a un perro que con su hembra estaba llevando a cabo el acto natural tendiente a perpetuar la especie. Le preguntó a su tía: «¿Qué hacen esos perros?». La tía se azaró ante la pregunta. Tosió, confusa, y dio al niño la primera explicación que se le vino. Le dijo: «Están jugando a los caballitos». Volvió a preguntar Pepito: «¿A los caballitos cogiendo?». FIN.


De política y cosas peores

¿Cuántas veces le hizo el amor en la noche de bodas el joven Vehementino a su flamante mujercita Dulcibel? Algunas versiones muy atendibles dicen que tres veces, pero yo tengo otros datos: fueron cuatro. Agotado por aquella ímproba prueba el recién casado decidió darse al amanecer una ducha fría a fin de ver si eso lo reanimaba y podía llevar a cabo una función de matiné. Al contacto con el agua helada la parte que más había utilizado en la noche nupcial quedó reducida a su mínima expresión. En ese momento Dulcibel abrió la puerta del baño. Fijó la vista en la entrepierna de su maridito y exclamó con acento desolado: «¿Nada más eso nos quedó?». Un amigo de Babalucas le contó: «Iba en mi bicicleta. Un peatón se me atravesó y lo atropellé». Comentó el badulaque: «Menos mal que no atropellaste a una persona». Muy acertado anduvo el Presidente López Obrador en el reconocimiento que hizo a Miguel Riquelme, gobernador de Coahuila, por el buen trabajo que ha hecho para mantener a su estado en un ambiente de seguridad, orden y de paz. El elogio presidencial está fundado: en las raras, rarísimas ocasiones que la delincuencia organizada ha hecho presencia en esa entidad norteña se ha topado con una pronta y efectiva respuesta de la autoridad. El gobernante coahuilense ha realizado, como bien lo dijo el Presidente, una permanente labor de coordinación entre las corporaciones municipales, estatales y federales, y eso ha permitido hacer frente con eficacia y rapidez a las bandas violentas que han pretendido establecerse en territorio coahuilense. Como ejemplo está e l reciente e inusitado caso de Villa Unión: los atacantes de ese lugar se vieron obligados a huir ante las fuerzas del orden. En el curso de su Segundo Informe, que presentó en el magnífico Centro de Convenciones de Torreón, el Gobernador hizo referencia a la energía con que su administración enfrenta a los criminales. Los asistentes se pusieron en pie y le dieron un aplauso que parecía interminable. En esa forma todos los sectores de la sociedad reconocieron, igual que el Presidente López Obrador había hecho ese mismo día en la mañana, la excelente labor que Riquelme ha realizado en el importante rubro de la seguridad, lo cual ha redundado en progreso para Coahuila y en bienestar para sus habitantes. A más de eso el gobernador Riquelme anunció la llegada al mundo de su primer nieto, Andrés, lo cual dio a la ocasión un toque muy humano que mucho agradó a los asistentes. Enhorabuena. Don Valetu di Nario, señor de edad provecta, seguía disfrutando pese a sus muchos años los placeres que brindan Venus, Baco y Euterpe, la musa que preside los deleites de la música. Sus excesos de cama, bebida y bohemia lo llevaron a un grado tal de extenuación que su médico se preocupó. Le dijo.»Don Valetu: con ese modo de vivir que lleva está poniendo usted en riesgo su existencia. Modérese, limítese, conténgase. Si deja el vino, las mujeres y el canto le garantizo 15 años más de vida». «Con cinco me conformo -replicó el maduro caballero-. Dejaré el canto». Lord Feebledick ingresó al Buzzard Club, formado por señores de avanzada edad. El administrador le advirtió: «Aquí no se habla de política, religión y sexo». «¿Por qué?» -se extrañó el lord. Le explicó el otro: «Los dos primeros temas son polémicos, y del tercero ya no nos acordamos». Don Lupercio marchó al otro potrero. Quiero decir que se murió. En el funeral la inconsolable viuda no dejaba de llorar. Su compadre Pitorrón la confortó con palabras que alcanzaron a oír todos los presentes. Le dijo: «Vea las cosas por el lado bueno, comadrita. Ya no estaremos cometiendo adulterio». FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

La palabra «dígamelo» no es una bella palabra. No hay en ella ese hálito de poesía que llevan en sí otras palabras como «nube», «flor», mujer». Y sin embargo, Armando, en mí la nube pasó ya, la flor ya no recuerda su perfume y la mujer se fue hace mucho tiempo, pero esa palabra, «dígamelo», va en mí como un nudo atado al alma para que no la olvide. Para que no olvide la palabra y para que no la olvide a ella. Dije que la mujer se fue, pero la verdad es que jamás estuvo. ¿Tuve yo la culpa de eso? Muchas noches me lo he preguntado, y ahora que traigo unas copas encima la pregunta viene otra vez a mí. Lo que nunca me ha llegado es la respuesta. Sé que esta noche tampoco me llegará, aunque me tome otras copas. Lo único que me llega es aquella palabra, «dígamelo», a la que ni siquiera el vino alcanza a dar belleza. Tu tío Felipe, o sea yo, ha olvidado muchas palabras: «éxito», «dinero», «fama». Y vaya que esas palabras pesan. Pesan tanto en el sentido de ser importantes como en el de ser motivo de pesar. Pero aquella palabra, «dígamelo», la traigo hecha cicatriz en la piel de la memoria. Deja te cuento, como dicen ustedes los de hoy. Por aquellos años, que todavía no eran años, trabajaba yo de reportero en un periódico. Tendría quizá tu edad. Eso quiere decir que casi no tenía edad. El director del diario me envió a hacer un reportaje acerca de la imagen de una Virgen que, se decía en aquel pueblo, estaba obrando milagros prodigiosos. Los ciegos volvían a ver, como en el Evangelio. Un sordomudo tocó la bendita imagen y luego prorrumpió en alabanzas y cantos a Nuestra Señora. Una mujer que hacía años no caminaba saltó de su silla de ruedas y fue corriendo a ver dónde andaba su marido. Llegué al lugarejo donde eso sucedía y el cura me hospedó en un pequeño cuarto que estaba en lo alto de su templo, junto al campanario. Estuve ahí una semana. Al principio el son de las campanas tan cerca de mi habitación me molestaba, pero luego nos hicimos amigos, y su repique marcaba el principio de mis días y su final, con la llamada a la Hora Santa o el toque de difuntos. El servicio de la casa parroquial estaba a cargo de unas monjas que nos atendían en la mesa al anciano párroco y a mí. El cura escandalizaba a las monjitas, pues no creía en los milagros de la Virgen. «Es pura sugestión», decía. Yo me puse del lado de las religiosas, quizá para ganarme su favor. Le decía al sacerdote: «La sugestión es el milagro, padre». Ellas me lo agradecían con una sonrisa casi imperceptible. Entre las monjas estaba una novicia joven. Los hábitos encubrían las formas de su cuerpo, pero yo las adivinaba, pues alguna experiencia tenía ya en ese renglón. Las ropas monjiles no alcanzaban a ocultar la turgencia de su pecho, la estrechez de su cintura, el garbo de su caminar, y sus ojos, que a veces se encontraban con los míos, me decían que por dentro no llevaba hábito. Una de aquellas noches, al tenderme el plato, rozó con su mano la mía y me miró. Luego yo buscaba la manera de tocar con levedad la suya cuando me daba el vaso o el salero que le pedía intencionadamente. Sus miradas se hicieron más intensas, aunque disimuladas con femenina habilidad. Una mañana, la última de mi estancia ahí, nos topamos en el corredor. Ella se detuvo, y en voz baja y viéndome a los ojos pronunció aquella palabra: «Dígamelo». En su voz había al mismo tiempo incitación y ruego. Y yo no le dije nada, hasta hoy no sé por qué. Esperó un instante, luego me miró con tristeza y se alejó. ¿Qué piensas tú, sobrino? ¿Qué esperaba que le dijera? Nada le dije, y ese silencio me grita muchas veces. «Dígamelo». Cómo me pesa esa palabra. Y cómo me pesa. FIN.


De política y cosas peores

«A mi novia le gusta hacer el amor en el asiento de atrás del coche». Tal confidencia le hizo Babalucas a un amigo. Y añadió: «Eso no me gusta nada». «¿Cómo es posible que no te guste?-se sorprendió el amigo-. Hacer el amor así es muy excitante». «Sí -reconoció Babalucas-. Pero a mi novia le gusta hacer el amor en el asiento de atrás del coche mientras yo voy manejando». La señorita Peripalda, catequista, no sabe nada de las cosas de la vida. Hizo una piyama de hombre para el Ropero del Pobre de la parroquia. La encargada le dijo: «La piyama es de hombre, pero no le pusiste bragueta». Preguntó tímidamente ella: «¿Y no se la pueden dar a algún soltero?». Mario Vargas Llosa es una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo. Novelista extraordinario, sus obras forman parte destacada del acervo literario universal, tanto que lo hicieron merecedor del Premio Nobel. A más de eso el escritor es observador acucioso de la escena política del mundo, que reseña en forma objetiva y analiza con profundidad. Liberal en el mejor sentido de la palabra, está alejado de todo dogmatismo y toda radicalidad. Por eso sus opiniones son respetadas, y atendidos sus puntos de vista. Estuvo hace unos días en la Ciudad de México y dictó una conferencia. En el curso de la presentación dijo: «Veo muy mal a México». Una catarata de aplausos, señal de acuerdo, siguió a sus palabras. Añadió: «Temo muchísimo que el populismo, que parece realmente la ideología del Presidente de México, nos conduzca otra vez a una dictadura, perfecta o imperfecta, pero dictadura al fin y al cabo». No está solo Vargas Llosa en esa percepción. Somos millones los mexicanos que igualmente estamos viendo a México muy mal. A la inseguridad, rampante ya, se añaden un estancamiento económico patente y una visible incapacidad del régimen para atender con eficiencia, no con demagogia, los grandes problemas nacionales. Rico en manejo de imagen; pobre, pobrísimo en el manejo de la realidad, a un año de haber asumido la máxima magistratura el Presidente ha hecho poco y ha deshecho mucho. Hasta ahora su actividad más importante han sido sus cotidianas comparecencias mañaneras. Ciertamente su honestidad personal, incuestionable en lo que hace al manejo de los fondos públicos, ha hecho inviable la corrupción en los funcionarios, lacra que mucho daño hizo a la Nación. Eso es fruto mayor, hay que decirlo. Pero en el combate a la delincuencia y en obras de infraestructura sus logros pueden medirse con el número cero. En todo el país se escuchan quejas motivadas por la penuria en que tiene a los estados y los municipios, a instituciones de educación y cultura, y aun a las que tienen que ver con la atención a la salud. Sus programas sociales -me resisto a decir «electorales»- están lejos de alcanzar la cobertura prometida, y sus visitas a comunidades pobres no se traducen en beneficio real para sus habitantes, sino en discursos repetidos una y otra vez con iguales palabras y conceptos, discursos de candidato en campaña, no de Presidente en funciones. En efecto, como dijo Vargas Llosa, México se ve muy mal. Claro: siempre habrá quienes tienen otros datos. Nadie que tenga escrúpulos de moralina debe posar los ojos en el cuento que ahora sigue. Preferible será que quienes sufran esos tiquismiquis de pudicia se salten en la lectura hasta donde dice FIN. En la cena de parejas uno de los invitados relató: «Aquella mañana hacía tanto frío que, con perdón de las señoras, mi parte de varón se me puso así». Y con los dedos índice y pulgar señaló un espacio equivalente a una pulgada. «¡Cómo! -exclamó con asombro su esposa-. ¿Te creció?». FIN.


De política y cosas peores

«Tengo dificultades para hacerle el amor a mi mujer». Eso le dijo don Penilio al médico. Procedió el urólogo a efectuar el correspondiente examen y bien pronto descubrió la causa del problema que afectaba a su paciente. Le indicó: «Presenta usted un severo caso de fimosis». Esta última palabra, fimosis, proveniente del griego phimós, que quiere decir bozal, designa a la estrechez natural -o sea congénita- de la abertura del prepucio, piel móvil del pene. De esa constricción deriva la imposibilidad de poner al descubierto el extremo distal o superior del citado órgano, extremidad llamada glande, del latín glans, bellota, por la semejanza que esa parte del miembro viril tiene con dicho fruto. Así cubierto el glande se dificulta considerablemente la relación sexual. (Nota. Esta dilatada explicación no ayuda en nada a la comprensión del chiste, pero le da cierta respetabilidad). Le dijo el médico al paciente: «Su problema puede ser remediado con una sencilla intervención quirúrgica». Preguntó don Penilio: «¿Cuánto costaría eso?». El facultativo sacó su calculadora y empezó a realizar una serie de operaciones matemáticas, principalmente sumas y multiplicaciones, lo cual hizo que la fimosis se le acentuara al paciente todavía más. Después de un rato el médico le informó a don Penilio el monto de sus honorarios y demás gastos. Pidió el señor: «Permítame consultar esto con mi esposa». Al día siguiente don Penilio llamó por teléfono al doctor y le comunicó: «Dice mi señora que con ese dinero mejor va a poner cortinas nuevas en la sala».Patán. Barbaján. Rufián. Jayán. Bausán. Ganapán. Truhán. Pelafustán. Nuestro idioma es rico en vocablos para nombrar y calificar a quien es vulgar, grosero, majadero. No sé por qué esas palabras, con otras de mayor sustancia, pasaron por mi mente cuando vi la fotografía en que un individuo de nombre Ángel Carrizales aparece tocándose la genitalidad con una mano mientras con la otra hace una seña propia de cholos, chundos, chairos o chalanes. Tan plebeya imagen podría reducirse a una estampa de la ordinariez de no ser porque el retratado tiene la calidad de funcionario de la Federación. El nombramiento se lo otorgó López Obrador, que puso a su antiguo ayudante al frente de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente, sea ese batidillo lo que sea. Para hacer la designación, dijo, tomó en cuenta la honestidad del designado. Y no cabe duda de que el retrato en cuestión es sumamente honesto. Cinco veces habían rechazado los senadores al sujeto de marras cuando fue propuesto para otros cargos, por considerar que le faltaba capacidad para desempeñarlos, pero en este caso la designación correspondía a AMLO, quien otra vez, al imponer a su protegido, impuso su voluntad autoritaria no sólo por encima de la razón sino también sobre el bien de la República. La voluntad del Presidente en turno ha sido siempre incontrastable en México, país presidencialista si los hay, pero en tratándose de López Obrador esa voluntad se está mostrando particularmente voluntariosa. Eso empezó con la irracional cancelación del aeropuerto de Texcoco, y el ejemplo más reciente es este desatinado nombramiento tan arbitrario como el que hizo el tabasqueño en el caso de la ahora inexistente Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Preocupa la actitud de AMLO, su conducta absolutista que -es necesario decirlo una y otra vez- asume con frecuencia visos de dictatorial. El juez leyó el expediente del reo: «Robo. Injurias. Lesiones. Faltas a la moral. Faltas a la moral. Faltas a la moral.». «Sí, señor juez -explicó el hombre-. Finalmente encontré mi verdadera vocación». FIN.


De política y cosas peores

 «Anoche evité una violación». Eso dijo Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne. Un amigo le preguntó, admirado: «¿Cómo lograste evitar eso?». Respondió con orgullo el tal Pitongo: «La convencí». Un individuo acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna y se quejó de sufrir una continua cefalalgia, del griego kephalé, cabeza, y algos, dolor. El médico procedió a interrogarlo. «¿Fuma usted?». Respondió el hombre, solemne: «La sola pregunta me agravia, doctor. El credo religioso que profeso ve al cuerpo del hombre como un templo del Espíritu Santo. Cualquier sustancia nociva que se introduzca en él no sólo constituye un atentado contra la salud: es también el factor constitutivo de un pecado». Inquirió el galeno: «¿Bebe?». «Otra vez me ofende -expresó el tipo-. Jamás he profanado mis labios con una gota de licor. Soy por completo abstemio». Quiso saber el facultativo: «¿Tiene usted trato frecuente con mujer?». «Ni frecuente ni infrecuente, señor mío -se irritó el sujeto-. Blasono de ser puro, casto, honesto y continente. Nunca he incurrido en una acción impúdica, lasciva torpe o vergonzosa. Soy virgen, y conservaré la impoluta gala de mi virginidad hasta el día en que el Señor me llame». El médico ponderó las respuestas del paciente y declaró en seguida: «Creo haber dado con la causa de su permanente dolor de cabeza». «¿Cuál es, doctor? -preguntó con ansiedad el hombre. Respondió el doctor Hosanna: «Seguramente le aprieta la aureola». Don Algón fue al cuarto del archivo en busca de un documento, y lo que vio lo dejó anonado. He aquí que su linda secretaria Rosibel y el joven archivista estaban practicando el antiguo rito natural sobre la mesa de registro. «¿Qué significa esto?» -preguntó enojado el jefe. Rosibel misma se adelantó a dar la explicación: «Es la hora del café, y ya no había». Civismo no tendrán, pero cinismo sí. Hablo de los diputados federales de Morena y sus partidos títeres, que sin recato alguno se regalaron a sí mismos un aumento de 50 por ciento en el monto de sus aguinaldos navideños. Antes ese aguinaldo era de 40 días de salario, ahora será de 60, y sin obligación de pagar impuesto alguno por esa percepción. Ya se ve que la prédica de López Obrador, su señor y dueño, acerca de la austeridad republicana les entró a esos diputados por una oreja y les salió por no quiero decir dónde. Doña Gorgolota desapareció del domicilio conyugal. Su esposo don Sufricio fue a la policía y denunció la desaparición. Al día siguiente un agente lo llamó por teléfono y le comunicó: «Le tenemos dos noticias: una mala y una buena». «Lo escucho» -contestó don Sufricio. Le informó el agente: «Su esposa huyó con otro hombre, y nos dijo que por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia regresará con usted». Preguntó don Sufricio: «¿Y cuál es la mala noticia?». En la pecera que está sobre la mesa de la sala un pececito le dijo a otro: «¿Crees que haya otro mundo a más del nuestro?». El cazador, su esposa y su hija iban por la jungla cuando de pronto salió un gorila de entre los matorrales, tomó en sus membrudos brazos a la chica y se perdió con ella en la espesura. «¡Qué barbaridad! -se consternó la madre-. ¡Espero que las intenciones de ese animal sean honestas!». El ejercicio de imaginación que pone fin a esta serie de historietas tiene la particularidad de que se forma quitando cada vez una palabra de la frase inicial. Leamos. «¡Ay, Libidiano, así no se puede hacer!». «¡Ay, Libidiano, así no se puede!». «¡Ay, Libidiano, así no sé!». «¡Ay, Libidiano, así no!». «¡Ay, Libidiano, así!»… «¡Ay, Libidiano!». «¡Ay!». FIN.


De política y cosas peores

Noche de bodas. Beatino, el novio, joven varón muy dado a devociones y piedades, se arrodilló al pie del tálamo nupcial y pidió con religiosa unción: «¡Guíame, Señor!». Su flamante mujercita le indicó: «Tú pide fuerzas y constancia. De guiarte me encargaré yo». Don Martiriano, el sufrido cónyuge de doña Jodoncia, se presentó en la estación de policía y denunció la desaparición de su mujer. El oficial de guardia le preguntó. «¿Desde cuándo falta la señora?». Contestó él: «Desde hace un mes». El oficial se sorprendió: «¿Y hasta ahora viene usted a denunciar su desaparición?». Respondió con timidez don Martiriano: «Es que pensé que estaba soñando». Pirulina es la muchacha más popular de su pueblo. La mitad de los hombres del lugar desearían hacerle el amor, y la otra mitad ya se lo ha hecho. La esposa de don Senilio, provecto caballero, le contó a una amiga: «Antes a mi marido le interesaba una sola cosa. Ahora ya ni siquiera puede recordar cuál era». La Isla del Padre es un Monterrey con mar. En efecto, gran parte de las casas y departamentos en ese bello lugar turístico de Texas es propiedad de regiomontanos. Quizá por eso en la Isla me siento yo como en mi casa. O me sentía, mejor dicho. Tiempo pasado. Desde que Trump fue electo Presidente hice el solemne voto de no pisar suelo norteamericano mientras ese soberbio y estólido magnate esté en la Casa Blanca. Ingenuidad risible llame quienquiera a mi promesa -la he cumplido puntualmente-, pero no hallé otra manera de protestar por las injurias que profirió Trump contra México desde que era candidato a la presidencia de su país. Pronto lo será otra vez, y eso explica sus expresiones en el sentido de considerar terroristas a los narcotraficantes mexicanos. Alguien debería preguntarle al insensato: ¿de dónde provienen las armas y el dinero que dan fuerza a esos delincuentes? ¿Habría en México tráfico de drogas si Estados Unidos no tuviera el ingente número de drogadictos que tiene? Tema de campaña es ése del terrorismo para Trump, que seguirá machacando con su demagogia hasta verse electo otra vez. Casi seguramente sus conciudadanos lo elegirán de nuevo; no prosperarán los intentos para someterlo a juicio, y yo seguiré extrañando mis caminatas por la desierta playa de la Isla en las horas del amanecer, cuando el mar aún no despierta de su sueño y pasan los pelícanos en vuelo silencioso hacia la claridad del día. Don Cucoldo llegó muy contento a la cantina de su barrio y pidió una copa de tequila para él, otra para el cantinero y una más «de lo que estén tomando» para cada uno de los que ahí se hallaban. Le preguntó el de la cantina: «¿Por qué viene tan feliz?». Contestó él: «Hace unos momentos mi esposa me dijo el más lindo piropo que me ha dicho desde que nos conocemos». «¿De veras? -se interesó el tabernero-. ¿Qué piropo fue ése?». Relató don Cucoldo: «Llegué a mi casa y encontré a mi mujer en la cama con tres individuos. Antes de que pudiera yo reclamarle algo me dijo ella: Eres tan potente que se necesitan tres hombres para sustituirte . ¡Dame una copa más y sírveles otra a todos los presentes!». Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Su esposa se quejó: «Trabajo demasiado. Todos los días debo cocinar, barrer, trapear, lavar y planchar, hacer las compras, pagar los recibos de la luz, el teléfono y el gas, llevar a los niños al colegio e ir por ellos. Y como si todo eso fuera poco todavía tengo que hacer el amor contigo por las noches. Necesito una mujer que me ayude». «Está bien -accedió, magnánimo, Capronio-. Te conseguiré una mujer que haga el el amor conmigo por las noches». FIN.


De política y cosas peores

Don Terebinto, empleado de oficina, se sintió mal a media mañana y se fue a su casa. Lo que vio al entrar en la recámara lo dejó atónito y suspenso. He aquí que su jefe, don Algón, se estaba refocilando carnalmente con su esposa. (Con la de don Terebinto, digo, no con la de don Algón). Antes de que el mitrado pudiera pronunciar palabra le dijo su jefe: «Qué bueno que llega usted, Terebinto. Precisamente iba a buscarlo para decirle que está vacante el cargo de subgerente de la empresa, y que ofreceré ese puesto a un empleado que sea tolerante, comprensivo, conciliador y que sepa conservar la calma en situaciones difíciles». En la fiesta comentó uno de los invitados: «Ford hizo una enorme fortuna con sus automóviles». Añadió Babalucas: «Y su hermano Roque con sus quesos». Don Chinguetas estaba bien dormido, pero lucía en el rostro una gran sonrisa. Doña Macalota pensó que su marido estaría soñando con alguna mujer, y de inmediato lo sacudió para despertarlo. Le preguntó, amoscada: «¿Qué estabas soñando, infame?». Contestó don Chinguetas, feliz: «Soñé que había inventado el sexo y que todos los habitantes del planeta debían pagarme regalías». La señorita Peripalda, catequista, quiso dar amenidad a su clase de catecismo. Para ese efecto les puso a los niños una adivinanza. «¿Qué animalito es uno que tiene grandes dientes, cola esponjada y guarda nueces para el invierno?». Pepito levantó la mano: «Parece que es la ardilla, pero seguramente la respuesta correcta es: Nuestro Señor Jesucristo «. A diferencia de numerosos diputados y senadores de Morena, lo que hizo López Obrador tiene muchas lecturas. Me refiero a su determinación -que me pareció acertada- de reconocer como personas ilustres a Valentín Campa y Arnoldo Martínez Verdugo. Ambos profesaron las doctrinas del comunismo en el tiempo en que ser comunista en México era más un apostolado que una ideología. Los dos sufrieron persecución, pero se mantuvieron fieles a sus ideales y lucharon siempre por una sociedad más justa. Merecen el homenaje que ahora se les rinde. Diversas interpretaciones tendrá seguramente la decisión de AMLO. Algunos pensarán que el Presidente busca congraciarse con la izquierda, tanto nacional como de América Latina, que lo ve muy obsecuente con los Estados Unidos y muy amigado, y aun sumiso, con el presidente Trump. Sea cual fuere el fondo de este asunto lo cierto es que tanto Martínez Verdugo como Campa son acreedores de ese reconocimiento, y con ellos todos los hombres y mujeres que desde la izquierda han procurado hacer de México un país mejor. El cuento que hace bajar hoy el telón de esta columnejilla es de indecible clasificación. Pasó por él los ojos doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y le sobrevino un accidente de pitanga que en pocos días la dejó en los huesos. Es fecha que la ilustre dama no puede alejarse más de cinco pasos del toilet, para usar la palabra que ella usa. Las personas con economía moral deben abstenerse de leer el relato que ahora sigue. Pancho el Mexicano fue a París y contrató a un guía de turistas para que le enseñara la ciudad. El individuo lo llevó a la Plaza de la Concordia y le mostró uno de los dos obeliscos de Luxor que están ahí. Le dijo por burla, con seriedad fingida: «Este monumento está dedicado a mi padre. Tiene la medida exacta de su atributo varonil». (Nota. El obelisco mide 23 metros de altura). Pancho sacó una libreta y una pluma. Le preguntó, divertido, el chocarrero tipo: «¿Va usted a anotar el dato?». «No, cabrón -replicó Pancho-. Voy a calcular las dimensiones de tu mamacita». FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

Después de 40 años volví a verla. No era ni sombra de la luz que fue. La acompañaba la tristeza. Su blusa era blanca y su vestido negro, pero vestido y blusa parecían de color gris, un gris grisáceo como el de sus cabellos. Y no era la edad lo que la hacía verse así. A otras antiguas novias he encontrado, y hallé en ellas una belleza más plena y verdadera que aquella que tuvieron cuando las conocí. Sucede como en los árboles, Armando. En la época primaveral son verdes, sólo verdes. Esta hoja es verde, ésa también, igual aquélla. Pero con el otoño llega una riqueza de matices que el árbol no tenía. Ahora esta hoja es ocre; aquélla anaranjada, casi roja; la otra amarilla. Así las mujeres que tu tío Felipe conoció en la juventud. Eran hermosas, poseían la vaga hermosura que la inocencia da. Cada día con ellas -cada noche- guardaba una revelación. Si después de algún tiempo las volvía a ver y de nuevo éramos, siquiera por unas cuantas horas, lo que fuimos antes, yo alababa sus artes y sus ciencias de mujer, y me decían siempre: «Tú fuiste mi maestro». Una comentó: «Me cambiaste inocencia por experiencia, y te lo agradezco». Ahora las veo y me parecen más bellas que en aquellos años. La edad confiere a las mujeres un especial atractivo, un cierto aire de nobleza y dignidad del cual no se dan cuenta, del mismo modo que el árbol en otoño no percibe los oros de su fronda. Y sin embargo, sobrino, todas las veces que he invitado a alguna de mis novias de ayer a hacer un ejercicio de recuerdo mi invitación ha sido rechazada, ya con una sonrisa de burla: «¡Estás loco!», ya con un gesto indiferente. Permíteme, Armando, decirte algo. No es un consejo -Dios me libre, y te libre a ti también-, es una advertencia que espero te sea útil. Aunque parezca obviedad aprende que lo que es ya no será. El instante que acabas de vivir ha muerto en este instante y ya no volverá a vivir. ¿Te acuerdas de la expresión latina inscrita en la carátula del reloj de pedestal que tengo en mi estudio? Dice: Ultima forsan. Eso quiere decir: «La última quizá». La hora que estás viendo en el reloj es probablemente la última que vivirás. Para algunos eso significará que hay que aprovechar el tiempo; para mí significa que hay que vivirlo. Yo lo viví cuando tenía tiempo, y lo sigo viviendo ahora que ya me queda poco. No sé cómo moriré mi muerte, pero sí sé que he vivido mi vida. En la sonrisa la he vivido, y en la lágrima. Quizá no he sido bueno, pero malo no he sido. Algunas pequeñas venganzas me he cobrado, es cierto, pero han sido las del que pega al levantar la mano cuando recuerda el golpe que el otro le dio antes. En fin, no pensemos en esas cosas tan idas, tan desaparecidas. La antigua novia que te digo a la que vi hace días estaba envejecida por la pobreza más que por los años. Su modo de mirar delataba sus estrecheces con mayor claridad que su forma de vestir. Estuve enamorado de ella; con ella me quería casar. Su madre lo impidió: yo no tenía dinero. A la muchacha la pretendía un mequetrefe irresponsable, pero ricachón, y la casó con él. Hay algo interesante: el papá de la chica me conocía bien y estaba de mi lado. Le decía a su esposa: «El rico va para pobre, y el pobre va para rico». Su vaticinio se cumplió. A los pocos años el tipo se arruinó y se dio a la bebida. Y a mí, lo sabes bien, no me fue mal. Pero cuando la vi y crucé unas palabras con ella le dije que estaba batallando con la vida, que no tenía trabajo y me veía en apuros para mantener a mi familia. «Entonces nos ha ido igual» -respondió con una sonrisa triste. Y es que no quise apenarla. Dime que soy un sentimental. Ya antes me lo has dicho. Pero esta vez no levanté la mano. FIN.