De política y cosas peores

Al subir al avión que los traería de regreso de su luna de miel el enamorado esposo le dijo a su flamante mujercita: «Veo que te tiemblan las piernas, cielo mío. ¿Estás nerviosa?». «No -respondió la muchacha-. Han de estar temblando por la excitación de verse otra vez juntas». Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Su suegra la contó: «Mi padre fue amaestrador de fieras en un circo». «¡Qué interesante, suegrita! -respondió el majadero-. Y ¿le enseñó a usted algún truco?». Camalina, joven mujer de cuerpo complaciente, le dijo en el confesonario al señor cura don Arsilio: «Acúsome, padre, de que tengo tratos de fornicación con muchos hombres». «Pero, hija -la reprendió paternalmente el sacerdote-, ¿qué ganas con eso?». Camalina se enojó: «Perdone, padre: ¿es confesión o auditoría?». En aquella mesa de café hablábamos de todo: de mujeres, de libros, de películas, de historia, de música, de teatro… De dos cosas no hablábamos jamás: de religión y de política. En ambas materias éramos escépticos. Por eso nos sentimos algo incómodos cuando una mañana llegó a sentarse con nosotros un conocido que no formaba parte de la mesa y que nos dijo de buenas a primeras: «Vengo de tener mi conversación diaria con Dios. Es mi amigo personal». Exclamó uno de los contertulios: «¡Te lo hubieras traído, cabrón! ¡Tengo muchas cosas qué reclamarle!». Fue entonces cuando intuí el significado del segundo mandamiento del Decálogo, que prohíbe tomar el nombre de Dios en vano. Evoqué a ese respecto una de las muchas anécdotas de Yogi Berra, famoso pelotero de beisbol. Era catcher, y cuando un jugador latino dibujó en el suelo con su bate una cruz antes de batear, Yogi la borró con su guante y le indicó: «Deja que el Señor se limite a ver el juego». Ligerezas son éstas que he narrado. No lo es, sin embargo, la forma en que Miguel Barbosa, gobernador de Puebla, tomó en vano el nombre del Señor cuando dio a entender que la muerte de Rafael Moreno Valle y su señora esposa, gobernadora electa del estado, era un castigo de Dios por haberle, según él, robado la elección. Eso habla muy mal de quien profirió semejante necedad. He aquí al Padre Eterno convertido en guarura de Barbosa para vengarlo de sus enemigos. El morenista debería pensar más y hablar menos. Desgraciadamente no tiene un buen ejemplo. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le sugirió a su amigo Pudenciano que fueran a una mancebía o lupanar. El amigo declinó la invitación. Manifestó: «Ni siquiera puedo con lo que tengo en mi casa». Replicó Pitongo: «Entonces vamos a tu casa. Te ayudaré». El novio de Glafira habló con don Poseidón, el padre de la chica: «Vengo a pedirle la mano de su hija». «Tómala -respondió sin vacilar el genitor-. La encontrarás en mi bolsillo; ahí está siempre». El doctor Ken Hosanna les dijo a sus asistentes de cirugía y a las enfermeras: «Es cierto: en vez de traer al quirófano a la mujer del cuarto 16 trajimos al señor del 15. Pero haciendo a un lado esa pequeña equivocación no cabe duda de que fue todo un éxito la operación de agrandamiento del busto». Don Chinguetas llegó a su casa en horas de la madrugada. Venía oliendo a jabón chiquito, pues había estado con cierta dama sin complicaciones en la habitación 210 del popular Motel Kamawa. En la penumbra de su alcoba el casquivano señor procedió a desvestirse para meterse en la cama. Al hacerlo se dio cuenta de que había dejado en el motel la camiseta y el calzón. Su esposa, doña Macalota, le preguntó atufada: «¿Y tu ropa interior?». «¡Santo Cielo! -exclamó con fingida consternación don Chinguetas-. ¡Me robaron en el Metro!». FIN.


De política y cosas peores

Hace algún tiempo peroré ante una audiencia formada por juristas. Narré en esa ocasión el cuento de la turista extranjera que en cierto pequeño pueblo mexicano acudió ante el juez pedáneo y se quejó de haber sido víctima de los bajos instintos de un vecino de la localidad. Declaró que iba ella por un oscuro callejón cuando repentinamente le salió al pasó el individuo. Usando de violencia la puso contra la pared y así, de pie como estaba ella, la hizo objeto de su lascivia, su lujuria y su sensualidad. Relató que al siguiente día se lo topó en el tianguis del lugar y pudo averiguar su nombre. El juzgador envió dos gendarmes a traer al acusado. Al verlo quedó atónito: el tipo era un hombre de estatura ínfima, en tanto que la denunciante medía casi 2 metros de altura. «Señora -amonestó a la mujer-, deberá usted fundar su acusación, y aportar pruebas fehacientes, pues según su declaración, que consta en autos, el acusado cometió el delito que le imputa estando usted de pie. La gran diferencia de estaturas hace físicamente imposible tal acción». Explicó la turista: «Es que él se ayudó con un cazo de esos para hacer chicharrones de marrano». Pidió el juez: «Traigan el cazo». Lo trajeron. «A ver, chaparro -le ordenó el juzgador al indiciado-. Súbete al cazo». Obedeció el petiso. Ni aun sobre el recipiente alcanzaba a llegar a la cintura de la mujer. «Señora -sentenció entonces el letrado-, no logró usted demostrar su acusación. El chaparro sale libre». La extranjera salió de ahí diciendo pestes de la justicia mexicana. El chaparrito ya se iba también, muy escurrido. El juez lo detuvo: «A ver, chaparro, ven acá. Ya te declaré inocente, y nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Aquí entre nos dime: ¿hiciste lo que dice la mujer?». Vaciló el sujeto pero finalmente admitió: «Sí lo hice». Y el juzgador, asombrado: «¿Cómo te las arreglaste? Ella es una giganta, tú un pigmeo. Ni siquiera trepado sobre el cazo llegabas a donde tenías que llegar». «No, señor juez -aclaró el tipo-. Yo le hice en otra forma. Le eché el cazo en la cabeza y me agarré de las orejas». Los asistentes a mi charla rieron el cuento, y más cuando, riendo también, se puso en pie uno de ellos y se señaló a sí mismo como para significar: «Ése fui yo». Era Eduardo Medina Mora. Yo digo que la estatura física de un hombre no significa nada, lo que cuenta es su estatura moral. El más absoluto desaseo privó en la renuncia que el citado personaje hizo a su cargo de ministro de la Suprema Corte. Por principio de cuentas el Presidente López Obrador no debió haberla aceptado, pues en ella no constaba la causa de la renuncia, y por tanto el documento que presentó el renunciante estaba viciado: el cargo que ostentaba es irrenunciable, y sólo se puede abandonar por causa grave en los términos de la Constitución. También fue grande falta se inasistencia al Senado, el cual dio igualmente validez a la renuncia sin que se cumpliera el requisito constitucional. El actual Presidente proclamó hace años: «¡Al diablo las instituciones!». Puntualmente se está cumpliendo esa proclama. El padre Arsilio predicó unos ejercicios para mujeres casadas. En el curso de la predicación las exhortó a la fidelidad matrimonial. Les preguntó: «¿Saben ustedes cuál es la diferencia entre adulterio y fornicación?». Una señora levantó la mano. «Ninguna -respondió con gran firmeza-. Yo he hecho las dos cosas, y se siente exactamente lo mismo». Un tipo iba corriendo en cueros por la calle. Lo detuvo un policía: «¿Por qué va usted sin ropa?». Explicó el individuo: «Así nací». El rano salió de entre las ancas de la rana y exclamó: «¡Mira, es verdad! ¡Saben a pollo!». FIN.


De política y cosas peores

«Las cosas tienen alma». Esa insólita declaración hizo don Cucoldo al llegar a la mesa del café con sus amigos. Pensaron ellos que su compañero había empezado a hacer estudios filosóficos, o que pertenecía ahora a alguna religión naturalista o inclinada al panteísmo. Uno le preguntó: «¿Por qué dices que las cosas tienen alma?». Explicó don Cucoldo: «Llegué a mi casa en hora desusada y hallé a mi esposa sin ropas en la cama, poseída por singular agitación. Algo había presentido, seguramente, porque en ese mismo instante estalló un formidable incendio. Los dos salimos corriendo de la habitación. En ella hay un ropero grande, antiguo, y clarito alcancé a oír que pedía con suplicante voz: «¡Salven los muebles!». La señora detuvo su automóvil ante el semáforo en rojo. Cambió la luz a verde y no arrancó pese a los bocinazos de los conductores que estaban atrás de ella. Se puso en ámbar el semáforo, de nuevo en rojo y otra vez en verde y la señora no avanzaba. Los automovilistas arreciaron sus protestas con el claxon. Acudió el oficial de tránsito y le preguntó a la mujer: «¿Qué sucede, señora? ¿No le gusta ninguno de los colores que tenemos?»… Extraña parajoda, que es algo más que paradoja: el Presidente más autoritario que hemos tenido en México desde Porfirio Díaz no muestra a veces ninguna autoridad. Eso se evidenció con los actos vandálicos que vimos en la recordación del 2 de octubre, y volvió a ponerse de manifiesto en los intolerables atentados cometidos contra la ciudadanía por un grupo de taxistas, abusos no tuvieron ninguna respuesta por parte de quienes están obligados a proteger a la sociedad contra los excesos de quienes perturban la vida comunitaria para obtener provecho personal o de facción. Desde luego López Obrador dirá que en ambos casos la aplicación de la ley correspondía al gobierno local, pero sabemos bien que en la Ciudad de México no se mueve nada si no lo determina el dedito que todo lo decide. Con el pretexto de evitar la represión se permite que grupos minoritarios atenten contra la mayoría. Así el caos y la impunidad toman el sitio de la legalidad y el orden. Una cosa debe saber AMLO: su actitud omisa ante violencias como las que se han visto en los días últimos está demeritando con rapidez su imagen. Se le empieza a ver como un mandatario que a fin de no perder el apoyo de su clientela política deja librados a los ciudadanos a su propia suerte, y en vez de protegerlos deja hacer y deja pasar. Excesivos fueron los excesos cometidos por los taxistas para oponerse a algo que es imposible resistir: el progreso tecnológico. Tan graves fueron sus abusos que uno de sus representantes ofreció disculpas a los afectados. Quienes en verdad deberían disculparse son aquéllos que teniendo autoridad no la ejercitan, y teniendo obligación de cumplir y hacer cumplir la ley no hacen ni una cosa ni la otra. El papá de Pepito lo llevó con un psicólogo. Al parecer el chiquillo había despertado demasiado pronto a la cuestión del sexo y pensaba demasiado en esas cosas. El especialista dijo que le iba a hacer al niño unas preguntas. Empezó: «¿Qué es lo primero que el hombre le introduce a la mujer cuando se casan?». Respondió sin vacilar Pepito: «El anillo». Le preguntó el psicólogo: «¿Qué se le agranda a la esposa con el matrimonio?». «El nombre» -contestó el muchachillo de inmediato. Inquirió luego el facultativo: «¿Qué tiene el Papa que no usa?». Respondió Pepito: «El nombre también». En eso intervino el papá del niño. Le dijo al psicólogo: «Mejor examíneme a mí, doctor. Yo soy el que piensa demasiado en la cuestión del sexo». FIN.


De política y cosas peores

No pienses, Armando, que estoy presumiendo. Estoy presumiendo, sí, pero no quiero que lo pienses. Sucede que tu tío Felipe, o sea yo, tuvo siempre buena fortuna entre las damas. Las damas, digo, porque para mí cada mujer con la que traté era una dama, aunque algunas abdicaran continuamente de esa condición. Alguien dijo que para tener éxito con las mujeres debes tratar a las cortesanas como si fueran damas y a las damas como si fueran cortesanas. Yo con todas actué como si fuera un caballero, quizá por eso me sonrió la suerte. El sexo opuesto nunca me fue opuesto. No era guapo, de modo que mi buenaventura no se fincaba en eso. En cierta ocasión una señora me dijo que me parecía a Robert Taylor. Desgraciadamente luego supe que a todos los hombres les decía lo mismo, aunque se parecieran más bien a Jack Elam o Ron Perlman, feísimos, y aun a Rin Tin Tin, que era un perro. Pero has de saber, sobrino, que rollo mata carita. Eso quiere decir que en cosas de amores y amoríos más que el buen parecer ayuda el buen decir. Te he contado de la criadita que dejó a un muchacho de buena traza, serio y bien acomodado para irse con un tipo feúcho, irresponsable y pobretón. Alguien le preguntó por qué hizo eso. Explicó la muchacha: «Es que éste me dice cosas». Aprende, Armando, que a las mujeres hay que decirles cosas, aunque no sean ciertas. Si a una le dices que se parece a Sophia Loren te lo creerá, aunque se parezca más bien a Jack Elam o Ron Perlman, feísimos y aun a Rin Tin Tin, que era un perro. A una dama de cierta edad le dije eso: que se parecía a Sophia Loren. Se enojó: «Eres un vil adulador, un charlatán, un hablador. Búscate otra que crea tus mentiras. Yo ya estoy grandecita para tragarme esos embelecos». Seguidamente me preguntó: «¿En qué me le parezco?».Yo tenía el don de la palabra, lo cual me allegaba muchos dones. A ninguna mujer engañé nunca con mis pregones amorosos. Aquélla a la que le dije que se parecía a la Loren tenía, en efecto, suculentos labios y ojos de estadio olímpico. Con eso quiero significar que no fui un burlador. Fui, sí, un seductor. Un burlador engaña; un seductor conquista. Jamás prometí matrimonio para lograr sexo, y eso que conocí a algunas que daban sexo para lograr matrimonio. Yo lo único que pedía es que me dejaran hablar. Lo demás corría de mi cuenta. O de mi cuento. Hablaba yo y ellas oían. Después, consumado ya lo que se debía consumar, ellas hablaban y oía yo. Al principio me desesperaba tener que escucharlas, lo mismo antes que después. Quería decirles lo que Vicente Garrido en su canción: «No me platiques más». Luego pensé que oírlas antes era parte del foreplay, o sea de los preparativos para el acto del amor, y oírlas después era parte del agradecimiento. Si te platico lo que me platicaban pensarás que estoy inventando. Una me hablaba de su esposo, al que llamaba Colo, no sé por qué. «Colo dice»; Colo piensa». Otra era estudiosa de la Biblia, y me dilucidaba tal o cual pasaje del Viejo o Nuevo Testamento. Todas hablaban de sí mismas, y luego de hacerlo por una hora me decían: «Pero ya hemos hablado mucho de mí, Felipe. Hablemos ahora de ti. Dime: ¿qué piensas tú de mí?». Una cosa te voy a decir, Armando: cualquier sacrificio es poco si con él obtienes un instante de amor, o por lo menos una aceptable imitación del mismo. Los hombres somos muy poca cosa, ¿sabes? en tanto que la mujer lo es todo. Es la vida. Y la vida lo es todo. Aprende a hablar, entonces. Y, más importante aún, aprende a oír, aunque no escuches. El arte de la seducción consiste en buena parte en saber hablar, pero sobre todo en saber oír. Todo lo demás te será dado por añadidura. FIN.


De política y cosas peores

Babalucas estaba yogando con mujer casada en el propio lecho de la pecatriz. Repentinamente se escucharon pasos. «¡Mi marido!» -se espantó la señora. «¡Rápido! -le dijo Babalucas-. ¡Métete en el clóset!». La marciana andaba muy atareada. Su pequeño hijo le pedía con insistencia que le sirviera ya la cena. «¡Espérame! -se impacientó la marciana-. ¡Nada más tengo ocho manos!». Otro sobre el mismo tema. Un hombre de la Tierra vio por primera vez a una mujer de Marte y no pudo contener la risa: la marciana tenía las pompas por delante y las bubis por atrás. Tal burla hizo que la alienígena se molestara. Levantó el brazo y dirigiendo la axila hacia el terrícola le dijo en tono amenazante: «Si te sigues riendo te voy a mear». Sólo por causa grave, prescribe la ley máxima, puede renunciar un ministro de la Suprema Corte. Tan grave fue el motivo por el que renunció Medina Mora que nunca lo sabremos. De algo podemos estar seguros: lo sucedido redunda en un agrandamiento del poder presidencial y en mengua del sistema de frenos y contrapesos que debe privar en una democracia. Poco a poco -en ocasiones mucho a mucho- AMLO se va fortaleciendo al tiempo que el equilibrio de poderes se va debilitando. Alguien dirá que después del sexenio de Enrique Peña Nieto, período nefasto, es necesario un presidente fuerte que cambie corrupción por honestidad, opacidad por transparencia, dispendio por austeridad. Sin embargo la acumulación de poder en una sola persona entraña grandes riesgos. En el caso de nuestro país la incuestionable fuerza de López Obrador -legítima fuerza- y el enorme capital político que el pueblo le entregó al elegirlo pueden ser lo mismo para bien que para mal. Yo estoy convencido de la buena voluntad del Presidente, de su sincera intención de servir a México y a los mexicanos, especialmente a los más pobres. Espero por eso que el poder no haga nacer en él insanas tentaciones de caudillismo que a la larga lo llevarían al basurero de la historia. El respeto a la ley y las instituciones -la Suprema Corte entre ellas-, la honestidad política y el sentido de lo que se debe a la Nación serán elementos de gran valor para hacer de López Obrador no sólo un gobernante bueno sino también un buen gobernante. En lo relativo a atributo varonil el joven Meñico Maldotado estaba muy por abajo del promedio general. Ni a sargento segundo llegaba. Contrajo matrimonio, y la noche de bodas se mostró por primera vez al natural ante su mujercita, listo ya para proceder a la consumación del matrimonio. Antes de hacerlo tranquilizó a su esposa: «Disipa tu inquietud, amada mía. Seré muy delicado». «Ninguna inquietud abrigo -respondió la novia-. Con eso que tienes no creo que puedas ser indelicado». El penitente le dijo en el confesonario al padre Arsilio: «Acúsome, padre, de que tengo dos esposas: una en Tijuana y otra en Mérida». «Pero, hijo -se consternó el buen sacerdote-. ¿Cómo puedes hacer eso?». Respondió muy serio el tipo: «Padre: hay aviones». Cuando el galán llevó a su dulcinea a su casa brillaba ya el sol. El papá de la chica enfrentó, furioso, al mozalbete: «¿Por qué trae usted a mi hija a estas horas? ¡Son las 7 de la mañana!». Contestó el boquirrubio: «Es que entro a trabajar a las 8». El marido le informó a su mujer: «Anoche te aposté en el póquer y perdí. Deudas de juego son deudas de honor: tendrás que irte con el hombre que me ganó la partida». «¡Qué barbaridad! -profirió la mujer-. ¿No pensaste, infame, en mi honor y mi virtud? ¡Apostarme así, igual que si fuera un vil objeto! ¿Cómo pudiste caer en semejante atrevimiento?». «Ningún atrevimiento -opuso el jugador-. Tenía tercia de reyes». FIN.


De política y cosas peores

La estudiante de Medicina le contó a una amiga: «Presenté examen de Anatomía ante tres maestros. Me tocaron los órganos sexuales». «¡Canallas! -se indignó la amiga-. ¡Denúncialos en #Me Too!». Don Añilio, maduro caballero, comentaba con admiración: «¡Qué sabia es la naturaleza! A mí se me acabó el vigor sexual, y al mismo tiempo a mi esposa se le desaparecieron aquellos dolores de cabeza que le daban todas las noches». Naufragó el barco. Un hombre y una mujer jóvenes llegaron a una isla desierta. Aunque no se conocían, muy pronto las forzadas circunstancias hicieron que se conocieron bien, y como resultado de ese conocimiento al paso de los años tuvieron siete hijos. Sucedió que un día pasó por ahí un navío que los llevó a seguro puerto. Al descender del barco el hombre le dijo a la mujer: «Fue un gusto haberla conocido, señora. Deseo para usted y sus encantadores hijos la mejor de las suertes, y ojalá algún día la vida me depare la grata oportunidad de volver a saludarla». (Nota de la redacción, Aunque nuestro amable colaborador no lo dice pensamos que ese individuo merece el calificativo de cabrón y lo declaramos persona non grata).A los 15 años de edad yo podía decir el significado de palabras como «batracomiomaquia», «triscaidecafobia» y «Parabellum» pero ignoraba qué querían decir los nombres «Xochimilco», «Tlaxcala» o «Mazatlán». Y es que en el bachillerato me enseñaron etimologías griegas y latinas en los excelentes textos de don Agustín Mateos, pero nadie pensó que como mexicanos debíamos conocer nuestras lenguas aborígenes, el náhuatl principalmente, que tantas riquezas y tantas hermosuras guardan. Por eso es justo y merecido el homenaje que la Nación rindió a don Miguel León-Portilla, quien dedicó su vida al estudio y exaltación de lo nuestro y nos hizo volver la mirada a lo que somos por razón de lo que fueron nuestros antepasados indígenas. No se ha remediado plenamente, creo, esa falla en nuestra educación. Incluir en los planes y programas de estudio de las escuelas el conocimiento de las lenguas y culturas prehispánicas nos ayudaría a superar los visos de discriminación que laten aún en el fondo de nuestro ser de mexicanos que nos resistimos a ser plenamente mexicanos, a reconocer nuestros orígenes. Ése sería el mejor homenaje que podríamos rendir a la memoria del insigne autor de «Visión de los vencidos», vencidos ayer, vencidos todavía hoy. Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día su novia le comunicó: «Voy a tener un hijo. Debemos casarnos». Opuso el tal Capronio: «Un hijo no es razón para casarse». «¡Desgraciado! -estalló la mujer -. ¡Nosotros ya tenemos cinco!». La abuela le aconsejó a su nieta en edad de merecer: «Búscate un hombre que te convenga, hija». «Lo haré, abuelita -respondió la muchacha-. Pero antes me divertiré con hombres que no me convengan». Un individuo llegó a la consulta del doctor Duerf, célebre analista. Llevaba una rana en la cabeza. «Ayúdeme, doctor -le pidió con voz ronca-. No sé qué extraño animal me salió allá abajo de entre las ancas». Dulciflor le dijo a Clarabel: «Vayamos a aquella playa solitaria. Ahí podremos nadar desnudas y no nos verá nadie». Replicó Clarabel: «¿Qué caso tiene nadar desnudas si nadie nos verá?». El recién casado llegó a su casa en hora desusada y sorprendió a su flamante mujercita en estrecho abrazo de indiscutible contenido erótico con un individuo alto, rubio y que vestía ropas clericales. Antes de que el sorprendido esposo pudiera articular palabra habló su esposa: «Ni me digas nada, Astifino. Antes de casarnos yo te dije que tenía un pastor alemán».FIN.


De política y cosas peores

«Los testículos de Trump llegan hasta Ucrania». Así leyó en voz alta doña Macalota en el periódico. La corrigió su esposo don Chinguetas: «Tentáculos, mujer. Tentáculos». Flordelisia, hermosa joven, invitó a Babalucas a visitarla en su departamento. Lo recibió cubierta únicamente por un vaporoso negligé que dejaba a la vista todos sus encantos. «Siéntate un momentito, Baba -le pidió-. Voy a abrir una botella de champaña y a traer dos copas, a poner en el estéreo música romántica, a disminuir la intensidad de la luz y a disponer la cama». «Mejor vengo otro día -le dijo el badulaque-. Hoy estás muy ocupada». Pepito y sus papás veían en la tele la película «Fabiola», que trata de los primeros tiempos del cristianismo. En una escena se observa cómo los cristianos eran arrojados a los leones en el coliseo romano. Ante eso Pepito se echó a llorar lleno de aflicción, lo cual conmovió mucho a sus padres. «¿Por qué lloras, hijito?» -le preguntó la mamá, emocionada. Entre lágrimas respondió Pepito: «A aquel pobrecito león no le ha tocado ni un cristiano». Doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías y censora de la pública moral, asistió a una conferencia sobre biología y se asomó al microscopio que había llevado el expositor. «Son células» -le explicó el conferencista. Inquirió la señora: «¿Por qué se mueven tanto?». Le explicó el maestro: «Se están reproduciendo». Doña Tebaida se retiró inmediatamente del microscopio y exclamó irritada: «¡Qué vergüenza! ¡Y a plena luz del día!». Usaré la palabra «simpleza», aunque otros vocablos hay más lapidarios que ése para expresar la misma idea. Simpleza fue aquélla de proponer hablar con las mamacitas, los papacitos y los abuelitos de los vándalos para que les digan que se porten bien. Simpleza fue lo de los ilícitos e inútiles cinturones de paz. Simpleza lo del chu chu del indecible Bartlett. Simpleza enorme lo de llamar «valientes» a los asesinos de don Eugenio Garza Sada. Simpleza lo de declarar personas non gratas a personas ciertamente no gratas. Simpleza la explicación de la señora Polevnsky acerca de su condonación fiscal. Estos últimos días han sido pródigos en simplezas, y todo indica que la cosecha seguirá. Urge dar honestidad y transparencia al país, es cierto, pero también urge darle un poco de seriedad. La bella y joven viuda salió del cementerio después de haber dado cristiana sepultura a su marido. En la puerta del panteón fue abordada por un individuo que le dijo: «Perdonará usted esta imprudencia mía, señora, pero soy de otra ciudad y temo no volverla a ver. Por eso me atrevo a hablarle en este momento que, lo sé bien, es inoportuno. Vine a visitar la tumba de mis padres, y el azar me hizo coincidir con usted en este sitio de tristeza. Quiero decirle que al verla me enamoré perdidamente de usted por la hermosura de su rostro.». «Y eso que he estado llorando» -lo interrumpió la inconsolable viuda. Comentaba cierto señor: «Mi esposa pone atención a mis palabras únicamente cuando hablo dormido». El artista de la Edad de Piedra terminó de hacer su pintura en un muro de la cueva. Puso en ella varios bisontes, un mamut, cazadores con lanzas, y en el centro de la escena pintó a una mujer desnuda con tres tetas en vez de dos. Contempló su obra, orgulloso, y dijo a sus compañeros con una gran sonrisa: «¡La de teorías que va a provocar esto!». Al regresar del viaje nupcial el marido le preguntó a su flamante mujercita: «¿Te gustó nuestra luna de miel, mi amor?». Respondió ella: «Me pareció muy corta». «Fueron tres semanas, cielo» -acotó el desposado. Precisó la muchacha: «No hablo del tiempo». FIN.


De política y cosas peores

Noche de bodas. El flamante novio se plantó frente a su mujercita y dejó caer la bata que lo cubría, con lo cual quedó ante ella completamente al natural, quiero decir sin nada encima aparte de unas gotas de Old Spice. La joven esposa apartó al punto la vista. «¡Vida mía! -se consternó el romeo-. ¿Acaso ofendí tu virginal pudor mostrando a tus ojos de doncella mi parte de varón?». «No -replicó la muchacha-. Lo que pasa es que mi mamá me dijo que ya casada no me fijara en pequeñeces». En el baile casero un tipo le pidió a una de las chicas: «¿Me concedes esta pieza?». «Lo siento -negó ella-. No eres mi tipo». Opuso el sujeto: «Te estoy pidiendo una pieza, no una transfusión de sangre». La señora le preguntó a su vecina: «¿Por qué le dices a tu marido El Pérsico ?». Explicó la otra: «Por golfo y por conflictivo». El arquitecto les presentó a don Chinguetas y a doña Macalota el plano de la residencia que había diseñado para ellos. Lo revisó don Chinguetas y objetó: «No tiene cuarto de juegos. ¿Dónde voy a meter a mis amigos?». «Y no tiene clóset -observó doña Macalota-. ¿Dónde meteré yo a los míos?». Rosilita le dijo a Pepito: «Mi papá es el hombre más guapo y más inteligente del mundo». «No hables tan fuerte -le aconsejó Pepito-. Puede oírte ese individuo feo y pendejo que vive con ustedes». A mí me mortificaba mucho ver cómo don Abundio el del Potrero corregía a sus hijos. Tenía para ese fin una vara de membrillo colgada de la pared, y cuando alguno de los chiquillos hacía alguna travesura más traviesa que de costumbre la asentaba repetidas veces la tal vara en las asentadoras. Por entonces no había comisiones de derechos humanos ni acusaciones penales a los padres por maltrato infantil, de modo que don Abundio podía emplear sin empacho ese drástico sistema educativo. Yo se lo reprochaba. ¿Por qué les pegaba así a sus hijos? «Licenciado -me respondía-, a estos cabrones la razón les entra solamente por las nalgas». Contrariamente, López Obrador está convencido de que se puede hacer que los méndigos vándalos bárbaros entren al camino del orden, el respeto a las personas y la evangélica bondad sin más medida que hablar con sus papás y con sus abuelitos. Yo, que en ese renglón tiendo un poco al pesimismo, pienso en la ley como en una especie de vara de membrillo que daría mejores resultados que la plática con los abuelos y los padres, que en algunos casos andan quizá en los mismos pasos que sus hijos y sus nietos. Aplíquese la ley a quien cometa algún delito. Efectivamente, hay cabrones a quienes la razón les entra solamente por las nalgas. .. En la fiesta una madura dama trabó plática con un senescente caballero. «Me llamo Clarabella -le dijo, coqueta- pero llámeme Clara nada más, pues con los años se me acabó lo bella». Replicó el señor: «Mi nombre es Agapito, pero llámeme solamente Aga. A mí también me ha maltratado mucho el tiempo». En el corral el perico de la casa se sacudió las plumas y exclamó lleno de enojo: «¿Por qué nadie le ha enseñada a este maldito gallo que no hay gallinas verdes?». El inconsolable viudo gemía en el funeral de su esposa. «¿Qué voy a hacer, Dios mío? ¿Qué voy a hacer?». El padre Arsilio trató de consolarlo: «Con el tiempo hallarás otra buena mujer y.». «Sí, padre -admitió el viudo-. Pero yo quiero decir qué voy a hacer hoy en la noche». La mamá del niño recibió un reporte de la escuela: su hijo nunca hacía la tarea. «¡Ah! -reprendió la señora al muchachillo-. ¡Eres irresponsable y flojo como tu padre!». «¡Oye! -protestó el esposo-. ¡Yo no soy flojo ni irresponsable!». Replicó la señora: «Nadie está hablando de ti». FIN.


De política y cosas peores

«¡Papacito! ¡Negro santo! ¡Cochototas!». Esas palabras provenientes de la alcoba escuchó el doctor Duerf, analista, cuando llegó a su casa en hora desusada. Abrió la puerta de la recámara y ¿qué vio? A su esposa, en erótico trance pasional con el vecino del 14. Preguntó lleno de iracundia: «¿Qué significa esto?». Replicó la mujer: «A ti te corresponde explicarlo. Tú eres el psiquiatra». (No tomó en cuenta la señora que el doctor Duerf no llevaba consigo su diván). El charro Charrete salió a cabalgar con la linda señorita Dulciflor, a quien daba clases de equitación. De pronto el caballo que montaba la muchacha dejó salir un sonoroso cuesco, ventosidad o flato tan fuerte que abrió un profundo bache en el camino. Dulciflor dijo, confusa: «¡Perdón!». «¡Mire! -se soprendió el charro Charrete-. ¡Yo creí que había sido el caballo!»… Decía un dicho antiguo: «Viejo que con moza yace, requiescat in pace». Y otro: «Casamiento a edad madura, cornamenta o sepultura». A las mujeres jóvenes se les advertía: «No te cases con viejo por la moneda. / La moneda se gasta y el viejo queda». Desatendió esa admonición Avidia, joven y ambiciosa fémina, y le aventó los calzones a don Añilio. Así se dice cuando una mujer se le insinúa abiertamente a un hombre. Dicho señor llevaba sobre sí muchos calendarios, pues se acercaba a los 80. «Agradezco tu interés en mi persona, linda -le dijo a la resbalosa-, pero no puedo tener trato de carnalidad contigo». «¿Por qué?» -quiso saber Avidia. Contestó el provecto señor: «Me lo impide la constitución». Preguntó ella: «¿La Constitución General de la República?». «No -precisó don Añilio-. La constitución física. Ya no me responde». La verdad es que en México siempre ha habido anarcos. Claro, antes no se les llamaba conservadores: se les decía léperos, barbajanes o hijos de la chingada. Eran sujetos de la más baja estofa, viciosos y haraganes, que en determinadas fechas se entregaban al desorden y a causar daños en propiedad ajena sin que los reprimiera nadie. El 15 de septiembre de cada año, por ejemplo, las tiendas de españoles cerraban sus puertas y protegían sus escaparates, pues al grito de «¡Viva México y mueran los gachupines!» una turba de ebrios y mariguanos causaba destrozos en esos establecimientos para cobrar venganza -así decían- por lo que Hernán Cortés le hizo a Cuauhtémoc. En nuestro tiempo la herida del 68 convoca la memoria de los mártires del 2 de octubre, pero esa recordación sirve de pretexto a grupos violentos para cometer toda suerte de desmanes. No es prudente ni legítima la invitación hecha a los ciudadanos de formar «cordones para la paz» que aíslen a los vándalos y eviten o frenen sus desmanes. Eso puede dar lugar a enfrentamientos. A los civiles no se les debe encomendar una tarea que corresponde a la autoridad, obligada a emplear su fuerza legítima para impedir la comisión de actos delincuenciales. El problema es que existe una especie de «síndrome del 2 de octubre» por el cual algunos funcionarios llaman represión a lo que es aplicación de la ley. Eso da lugar a que los hombres -y las mujeres- de esas bandas incurran en toda suerte de desmanes y tropelías en la seguridad de que no se les castigará. Ya se ve que quienes juraron solemnemente cumplir y hacer cumplir las leyes no están haciendo ni una cosa ni la otra… Lisa y Sally eran hermanas gemelas. Lisa contrajo matrimonio, y Sally la ayudó a preparar su maleta para el viaje nupcial. Le dijo Lisa: «No sé por qué me están temblando las piernas». «Es natural -apuntó Sally-. Recuerda cómo temblamos tú y yo cuando nos iban a separar». FIN.


De política y cosas peores

Plaza de almas.

A esta mujer le dicen «la mujer». Con ese nombre eran designadas las comadronas o parteras. Cuando a una señora le llegaba el trance de dar a luz decía: «Llamen a la mujer». Y todos sabían quién era la mujer cuya presencia demandaba la parturienta. ¿Por qué sabemos que esta mujer era mujer, o sea que era comadrona? Lo sabemos por la uña del dedo pulgar de su mano derecha. Muy larga es esa uña, como de dos pulgadas. La lleva así la mujer, crecida y afilada, porque le sirve para cortar el cordón umbilical de las criaturas. Es como una navaja la tal uña, como un cuchillo que ella lleva consigo a todas partes. Voy a narrar lo que una noche le sucedió a esta mujer, a la mujer. Aquella noche era de tempestad. Los novelistas del siglo diecinueve -a fines de ese siglo sucede mi relato- describían con perfección las tempestades, ya fueran en mar o en tierra. Yo, lo confieso, no las sé figurar, pues vivo en región de clima bonancible. Puedo describir mañanas luminosas, tardes serenas, noches de plenilunio -ésas me salen muy bien-, pero tempestades no. Dejo al lector, entonces, la tarea de imaginar los rayos, el fulgor fantasmal de los relámpagos, el silbo del viento desatado, las violentas ráfagas de lluvia. Llega un hombre embozado y llama a la puerta de la casa donde vive, sola, la mujer. Es medianoche. Asoma ella por un ventanuco que da a la calle y pregunta quién es el que la busca. No está asustada: sus servicios son requeridos casi siempre en horas nocturnas o de la madrugada. El hombre no le dice quién es, ni se descubre el rostro. Le ordena sólo que se dé prisa. Con premura se viste la mujer y se echa encima un chal. Sale, y entonces sí se asusta, porque el hombre la toma con violencia y le venda los ojos. Luego la lleva por las calles, arrastrándola casi, sin que ella pueda adivinar por dónde va. Han llegado a una casa y han entrado. Ya sin la venda la mujer advierte que se trata de una casa de gente acomodada. Lo puede deducir por la riqueza de los muebles de la alcoba donde está, por el lujo de las cortinas y tapices. En una cama grande yace una joven que pronto dará a luz. Le han cubierto la cara a fin de que la partera no pueda conocerla. El hombre viejo que está a su lado tiene también cubierto el rostro, igual que el criado. Cumple la mujer su oficio. Entre los gritos de dolor de la muchacha nace su hijo. Sucede entonces algo horrible. Apenas nace el niño aquel hombre lo toma en sus manos y lo ahoga. La mujer queda muda de espanto. «Tíralo en el arroyo» -ordena el hombre viejo al criado que fue a traer a la partera. La madre ha quedado privada de sentido al ver morir a su hijo. El viejo abre un baúl y saca una bolsa con monedas que entrega a la comadrona. Sin hablar se pone un dedo sobre los labios en muda señal que indica a la mujer que debe guardar aquel secreto. Toma el dinero la partera. Al hacerlo se da cuenta de que tiene las manos tintas en sangre. No le dan tiempo de lavarse. Regresa el criado, le pone otra vez la venda y la lleva a la calle. ¿De quién es esa casa? piensa la comadrona. ¿Qué muchacha es aquella, y quién el padre que con un crimen quiere ocultar la deshonra de su hija, seguramente seducida por un galán perjuro? Nace una idea en la mente de la mujer. Al salir de la casa finge que ha tropezado y se apoya en la puerta. Luego sigue, obediente, la conducción del criado. De regreso en su casa espera la luz del alba, y sale otra vez. Va por las calles de la ciudad, que duerme todavía. Busca, busca en todas las puertas. Por fin en una ve la marca de sangre que dejó su mano. Aquella casa es la de… FIN.