De política y cosas peores

Pompafina fue al parque a pasear a su perrita poodle. Ahí encontró a Libidiano, que también andaba con su perro. En otro tiempo ella y él habían tenido amores pasionales, y decidieron recordarlos aprovechando la cómplice protección de unos arbustos. Los caniches no pudieron menos que contemplar la ardiente coición de sus amos. La perrita, confusa, no sabía qué hacer: «No te apenes -la tranquilizó el perrito-. Lo único que hacen es obedecer su instinto». Empédocles y Astatrasio, ebrios de profesión, se hallaban en la cantina, como siempre. Ese día les dio por hablar de sus respectivas vidas. Astatrasio le preguntó a Empédocles: «¿Por qué nunca te casaste?». El otro suspiró. «Tuve una novia -dijo-. Cuando yo estaba borracho ella no quería casarse conmigo, y cuando estaba sobrio yo no me quería casar con ella». Dulcibella despidió en la puerta de su casa al inexperto y tímido galán. Le dijo: «Gracias, Inepcio, por los dos besos que me diste». «¿Dos? -se sorprendió él-. Fue uno solamente». «No -reiteró ella-. Fueron dos: el primero y el último». La curvilínea chica presentó en la ventanilla de banco un cheque para cobro. Le preguntó el cajero: «¿Tiene usted alguna identificación?». «Sí, -respondió ella-. Un tatuaje en forma de corazón arriba de la pompa izquierda»… El asesor en eficiencia laboral y ahorro de tiempo mostró sus técnicas ante un público formado por jefes de producción de varias fábricas. Al terminar les dijo: «Una cosa les aconsejo: no traten de aplicar estas técnicas en su casa». «¿Por qué?» -preguntó uno. Explicó el experto: «Durante varios meses estuve observando la rutina que seguía mi esposa al preparar el desayuno. Me di cuenta de que hacía muchos viajes al refrigerador, a la despensa, a los gabinetes de la cocina, y traía siempre una sola cosa. Un día le dije: ¿Por qué no traes varias cosas a la vez? . Desperdicias mucho tiempo; eres poco eficiente; no sabes hacer bien lo que haces». Preguntó otro del público: «Y eso ¿sirvió para ahorrar tiempo?». «Claro que sí -aseguró el conferencista-. Antes mi esposa tardaba 20 minutos en hacer el desayuno. Ahora yo me lo preparo en 10». La distribución de la «Cartilla moral» de Alfonso Reyes por el Gobierno de la República -y por los ministros evangélicos- es prueba de la indiscutible actitud ética del Presidente López Obrador. Loable, en efecto, es su preocupación por mejorar la conducta de las generaciones nuevas. Sin embargo no faltarán escépticos que duden de la eficacia de esa medida. Aunque se les haga leer el dicho texto será difícil que los escolares sigan sus dictados. La educación moral se imparte básicamente en el hogar, y las exigencias del mundo moderno han hecho que en muchos hogares esa educación haya dejado de impartirse. En fin, como dicen en el rancho: peor es chile y agua lejos.Un hombre llegó al bar del hotel y hablando dificultosamente le pidió al cantinero: «Da-da-dame u-un te-te-tequila, por fa-favor». El cantinero, compasivo como casi todos los de su oficio, le dijo: «Veo que sufre usted de tartamudez, señor». «S-s-sí -respondió el otro-. De-de-desde ni-niño. Y na-nada me ha po-podido cu-curar». «Yo también fui tartamudo -le contó el cantinero-. Pero un día puse mi cabeza entre los muslos de mi esposa y eso me curó». El hombre prometió seguir el consejo. Una semana después regresó. «Da-da-me u-un te-te-tequila, por fa-vor» -tartajeó como la vez pasada. Le dijo el cantinero: «Veo que sigue usted tartamudeando, señor -comentó el cantinero-. ¿No siguió la receta que le di?». «La-la se-seguí -responde el tartamudo-, pe-pero no-no dio re-resultado. De cua-cualquier mo-modo da-dale las gra-gracias a tu es-esposa»… FIN.


De política y cosas peores

El puerco espín le dijo a su hembra: «Me alejo de ti para siempre, esposa mía. Te amo, pero me has lastimado mucho». Una noche abrileña de 1775 el gran patriota americano Paul Revere fue a caballo avisando por el camino a los colonos que las tropas del rey habían llegado. Les gritaba a voz en cuello: «The British are coming!». Llegó a una casa y una hermosa mujer abrió la puerta. «¡Los ingleses se acercan! -le dijo Paul Revere-. ¡Avísale a tu esposo!». Le informó ella: «Mi marido no está. Anda de viaje». «Ah vaya -replicó el gran patriota al tiempo que descabalgaba-. Entonces olvidémonos de los ingleses». Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. Al empezar la noche de las bodas ella fue hacia él y le dijo con tono sugestivo: «Estamos solos, amor mío». «Sí -respondió Simpliciano tomando su celular-. ¿A quién le hablamos?». Salió del templo el cortejo que acompañó a las cenizas de don Terebinto. En el curso de los ritos funerarios uno de los antiguos compañeros de colegio del finado estuvo observando a su viuda, mujer de no muchos calendarios y de apreciables atributos físicos. A la vista de tales atractivos el hombre pensó que quizá podría llenar el hueco que su difunto amigo había dejado. Así, a la salida de la iglesia se presentó a la viuda y después de darle el pésame le dijo. «Señora: dicho sea con el mayor respeto, está usted muy guapa». Ella, enjugándose una lágrima con la punta del pañuelo, respondió: «Y debería verme cuando no he llorado». Todos los caminos de la corrupción llevan a los sexenios de Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto. En ambos períodos la corrupción, presente desde los tiempos coloniales en la vida pública de México, se hizo rampante. Mientras las acciones emprendidas por López Obrador contra la corrupción, acciones por lo demás necesarias y plausibles, no toquen a ningún personaje integrante de lo que él llamó «la mafia del poder», el concepto de chivo expiatorio seguirá vigente en la opinión pública. Por cierto, y dicho sea de paso, AMLO ya casi no usa esa expresión: «la mafia del poder», que antes empleaba cotidianamente. ¿Por qué será? Y otra pregunta: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?… La parejita de recién casados se instaló en su nidito de amor. Ella le dijo a él: «Has de saber que eso del sexo no me gusta ni mucho ni muy poco. Lo haremos un día sí y un día no». «Muy bien -aceptó él-. Entonces vendré a la casa cada tercer día». El duque de Highrump invitó a su amigo lord Walleyed a la cacería del ciervo. Al regreso de la excursión venatoria el mayordomo de la finca le preguntó al visitante: «¿Cazó milord un ciervo?». «Ninguno -respondió Walleyed-. Pero vi entre los árboles una bestia grande y corpulenta, de mirada fiera y crin pelirroja, que al caminar gruñía y bufaba amenazadoramente, y tuve ocasión de disparar sobre ella». «Jesus, Mary and Joseph! -exclamó consternado el mayordomo, que era irlandés-. ¡Se me hace que cazó usted a la duquesa!». Don Chinguetas llegó del trabajo. Su esposa doña Macalota lo abrazó amorosamente, lo besó, le quitó el saco y la corbata y empezó a desabotonarle la camisa. «¡Por favor! -la rechazó él-. ¡Cuando estoy en mi casa quiero olvidarme de lo que hago en la oficina!». Un citadino que paseaba por el campo vio a una muchachita que conducía con esfuerzo a un gran toro. Le preguntó: «¿A dónde llevas ese toro?». Respondió la zagala: «Lo llevo a la granja del vecino, a que cubra a una vaca». El hombre, que veía las fatigas de la jovencita, le preguntó: «¿Y no puede hacer eso tu papá?». «No -contestó ella-. Tiene que ser el toro». FIN.


De política y cosas peores

«¿Soy yo el primer hombre con el que duermes?». Esa pregunta le hizo el novio a su flamante mujercita al comenzar la noche de las bodas. Respondió ella: «Si te quedas dormido, sí». Una señora llamada doña Otelia estaba poseída por el monstruo de los ojos verdes, que así llamaban los antiguos a los celos. Esto de los celos es algo muy extraño. Resulta inentendible, por ejemplo, que un hombre que por años no ha mirado a su mujer se ponga furioso si otro hombre la mira. Lo celos femeninos suelen ser más enconados que los del varón. Basta recordar a Medea, cuyos terribles crímenes por celos son tema de algunas de las más trágicas tragedias griegas. Cuídate de una mujer celosa: es capaz de todo, hasta de amarte. Pero me estoy alejando de mi historia. Vuelvo a ella. Doña Otelia revisaba todos los días las solapas del saco de su esposo. Un día descubrió un cabello claro. «¡Me estás engañando con una rubia!» -clamó con iracundia. Al siguiente día encontró un cabello oscuro. «¡Me estás engañando con una morena!» -profirió furiosa. Un día después no halló ningún cabello. «¡Ah! -montó en cólera ignívoma-. ¡Me estás engañando con una mujer calva!». El médico del pueblo salió de cacería con su carabina al hombro. Lo vio un lugareño y le preguntó, curioso: «¿A dónde va, doctor?». Respondió el facultativo: «Voy a cazar conejos». «Ah, vaya -dijo el otro-. Pensé que llevaba el rifle por si le fallaban los recursos de la ciencia». Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le comentó a un amigo: «Tengo una nueva novia. Me gusta porque es hermosa, culta, amable, inteligente, simpática y adúltera». «¡Mesero! -llamó el indignado cliente-. ¡Este pescado blanco de Pátzcuaro me sabe a mar!». «No me extraña, señor -repuso el camarero-. Los peces de ese lago suelen ser muy cariñosos». El joven marido fue a la farmacia a comprar un condón. El farmacéutico le dijo: «Se nos acabaron los de color blanco. Tenemos solamente preservativos negros y otros color de rosa con pintitas verdes». «Deme uno negro» -pidió el muchacho. Pasaron 10 años de esto que he narrado. Una mañana el hombre que compró aquel condón estaba en la sala de su casa. Se le acercó su hijo mayor y le preguntó: «Papá: ¿por qué todos mis hermanitos son blancos, y yo soy negro?». «¡Anda, cabrón! -le contestó su padre con enojo-. ¡Y date de santos de no haber nacido color de rosa con pintitas verdes!». Desde luego yo no metería al fuego la mano de ninguno de mis amigos por Rosario Robles. Sin embargo tengo para mí que las acciones en su contra son más un linchamiento político que un acto de justicia. Desde el punto de vista estrictamente jurídico el proceso que se le sigue está prendido con alfileres. Cualquier abogado huizachero o rábula podría echarlo abajo fácilmente si las cosas se condujeran con apego a la ley y no en acatamiento de consignas. Decir esto no implica en modo alguno defender a la señora ni oponerse a la lucha contra la corrupción emprendida por el Presidente. Significa, sí, expresar la idea de que la iniquidad que se comete contra algún miembro de la sociedad podrá ser cometida alguna vez contra ti, contra mí o contra cualquiera. Así las cosas se debe invocar permanentemente el apego a la ley incluso en relación con los culpables, de modo que todos seamos juzgados conforme a derecho y no según la caprichosa voluntad del poderoso en turno. Con lo anteriormente dicho creo haber cumplido por hoy la misión que a mí mismo me he impuesto, de orientar a la República. Ahora, para usar la expresión de los merolicos callejeros, paso a retirarme. FIN.


De política y cosas peores

Al día siguiente de la noche de bodas el novio se veía exánime, agotado, feble, laso, cuculmeque y escuchimizado. Tal debilidad se explica: su mujercita le había demandado el cumplimiento del débito conyugal 12 veces en 24 horas. Después de un sueño inquieto el desfallecido galán abrió los ojos, y de inmediato su flamante esposa lo requirió de nuevo. «¿Otra vez? -gimió él con voz audible apenas-. Mi amor, con ésta ya serían 13». Replicó ella, impaciente: «¿Y qué? ¿Acaso eres supersticioso?». Babalucas le dijo a un amigo: «Conseguí chamba en San Francisco». Preguntó el amigo: «¿De qué?». Respondió Babalucas: «Del Rincón». En la cena de gala de la Convención Nacional de Nudistas el presidente de la organización se puso en pie para pronunciar el brindis de la noche. «Queridos compañeros -empezó-. Siento una extraña sensación al dirigirme a ustedes». Le indicó una señora: «Es que tiene usted su cosa metida en la ponchera». Un cachivache ¿es un hoyo que está por convertirse en bache?… Ana Guevara, que tantos triunfos y gloria dio a México en su época de deportista, quiso subirse una vez más al podio y tomar algunas hojas de los laureles conquistados por los deportistas mexicanos en los Juegos Panamericanos de Lima. La bajaron de ahí las palabras de un joven y valiente atleta, Guillermo Ruiz Tomé, quien de manera clara y contundente dijo en un foro ante el Senado que los resultados obtenidos por México en esos Juegos no se deben en modo alguno al Gobierno de la llamada Cuarta Transformación. «Ningún atleta -señaló empezó a entrenar el primero de diciembre de 2018». Es cierto: el régimen actual, en vez de apoyar a los deportistas, ha reducido drásticamente los fondos que antes recibían. Para poder ir a Lima algunos de nuestros representantes tuvieron que recurrir a la ayuda de familiares y patrocinadores. Esperemos que las medallas obtenidas por atletas de México en los Juegos Panamericanos sirvan al menos para hacer que el Presidente se entere de que hay otros deportes a más del beisbol, y apoye a todas las disciplinas por igual, no sólo a la que a él le gusta. Doña Cicuta pasó a mejor vida. Meses después su esposo la siguió. Llegó al Cielo el finado, y a la primera que vio en la morada celestial fue a su mujer. Doña Cicuta corrió a abrazarlo. «¡Ah no! -la rechazó el señor-. Yo dije nada más: Hasta que la muerte nos separe «. En la suite nupcial el novio tomó por los hombros a su desposada y le preguntó, solemne: «Dime, Pirulina: ¿eres virgen?». Respondió la chica: «Faltan meses para la Navidad. No me digas que ya vas a empezar a poner el nacimiento». Doña Panoplia de Altopedo y su esposo don Sinople fueron a visitar la hacienda heredada por él de sus mayores. El encargado de la casa, un viejo campesino, hizo que su mujer les sirviera un guiso a base de conejo silvestre. Doña Panoplia preguntó: «¿Cómo se cogen los conejos?». «Bueno -empezó a explicar el hombre-. El conejo se le sube a la coneja y.». «No -aclaró la señora, turbada-. Lo que quiero saber es cómo se cazan». «No se casan -replicó el granjero-. Nomás cogen». En el velorio del señor su viuda clamaba desesperadamente: «¿Cómo voy a llenar el gran hueco que dejas?». «Comadrita -preguntó uno de los presentes, evidentemente inspirado por espíritus etílicos-. ¿Se admiten sugerencias?». «¡Qué vergüenza! -le reprochó un empresario a otro-. Me enteré de que le besaste la mano al director del banco para que te concediera un crédito. ¡Qué indignidad! ¡Besarle la mano!». «¡Anda! -replicó, ligero, el otro-. ¡Y él no sabe lo que tendrá que besarme a mí para que yo le pague!». FIN.


De política y cosas peores

CIUDAD DE MÉXICO.-«No sé por qué los hombres nos miran tanto las piernas a las mujeres, y luego a la hora de la hora es lo primero que hacen a un lado». Así me dijo, Armando, cierta ingeniosa amiga mía dueña de hermosas piernas. Esa parte de la mujer, es cierto, ejerce un atractivo irresistible para los ojos masculinos. Pienso que miramos las piernas femeninas como augurio cierto de cercano paraíso, como camino o vía que conduce a goces inefables. Yo disfruté, sobrino, la visión de ese espléndido encanto -las piernas de mujer- cuando aún lo rodeaban otros encantos paralelos. Asistí a la venturosa llegada de las medias de nailon, de color voluptuosamente negro, con raya en medio como guía para elevar la mirada hacia la tierra prometida. Tú, que eres ofensivamente joven en comparación con tu tío Felipe -o sea conmigo-, tuviste la desgracia de no conocer ya la prenda femenina conocida con el nombre de liguero, que sostenía en alto aquellas medias y cuya vista sostenía igualmente al feliz varón que lo miraba. Si buscas la película «Ayer, hoy y mañana» en alguno de esos artilugios digitales que sabes usar tan bien, posiblemente para tu mal, verás ahí a una Sophia Loren sublimemente bella luciendo medias negras y liguero. Cualquier hombre con el alma en su almario te dirá que esa imagen no es de una mujer: es de La Mujer. Pero eso, para tu infortunio, es cosa del ayer. El hoy y el mañana ya casi no conocen esas preciosuras. Algún canalla -o alguna- tuvo le infelicísima ocurrencia de inventar la malhadada pantimedia, práctica y cómoda para la mujer, es cierto, pero enemiga mortal del masculino género. La creación de esa prenda, que algo de pantalón tiene, representó un duro golpe para el erotismo, sin el cual eso de hacer el amor se vuelve cumplimiento mecánico y rutinario de un acto en el cual deben participar el cuerpo y el alma, el arte y la imaginación. Por fortuna en algunas tiendas de marca todavía es posible encontrar aquella gala de la sensualidad, el liguero, y aquellas medias que envolvían las piernas de la mujer como una suave caricia de varón sapiente. También encontrarás tales delicias en esos beneméritos establecimientos llamados sex shops. Increíblemente en nuestro país las tiendas donde se venden artículos eróticos son todavía escasas en número, y no son pocos los clientes que ingresan a ellas como a un lugar prohibido. Se ponen lentes negros, sombrero o gorra, y algunos se cubren media cara con una bufanda, aunque sea época de calor canicular. Y sin embargo las sex shops contribuyen al bien de la humanidad, pues enriquecen en muchas y muy variadas formas el ejercicio de la sexualidad. Si por mí fuera en cada esquina habría una tienda de ésas. Serían como Oxxos, y a ellas se entraría con la misma naturalidad con que se entra a un Seven o un Starbucks. Claro que en mi caso, sobrino, las sex shops ya son más bien ex shops, pero tú, que estás aún en la divina edad de hacer locuras, procura visitar alguna tienda de ésas. Te aseguro que se dilatarán los horizontes de tus conocimientos sobre el amor sensual, y a los goces que brinda naturalmente la naturaleza añadirás los que derivan de la inventiva humana. Sobre todo no dejes de buscar un par de medias negras con raya en medio y su correspondiente liguero. En la primera oportunidad que tengas haz que alguna amiguita tuya se ponga esas prendas. Te doy mi palabra de que te verás en las puertas del edén. Tú serás Marcello Mastroianni y ella será Sophia Loren. Mejor todavía: ella será ella y tú serás tú. También, Armando, hubo un tiempo en que tu tío Felipe fue enteramente tu tío Felipe. También hubo un tiempo en el que yo fui yo. FIN.


De política y cosas peores

¡Acaríciame, Juan! ¡Bésame!». «No». «¿Por qué no? Somos pareja, y todas las parejas lo hacen». «Sí, pero nosotros somos pareja de policía, Luis». Aquella noche Empédocles Etílez andaba más borracho que de costumbre. Llamó a los del trío que cantaba en la taberna y les pidió con tartajosa voz: «Tóquenme una de Colita de Lanolina». El del requinto lo corrigió: «Es Lolita de la Colina». Farfulló luego el temulento: «Ahora quiero oír una de Camín Chorrea». «Es Chamín Correa» -volvió a enmendarle el hombre. Chapurró enseguida Empédocles: «Cántenme algo de Buchaca Grande». «Es Chabuca Granda» -lo corrigió otra vez el del trío. El ebrio, exasperado, le dijo al individuo: «¡Ya cábrate, callón!». En reunión de amigos surgió el tema del matrimonio. Declaró uno: «Yo estoy agradecido con esa institución. Gracias al matrimonio no tengo que andar por ahí discutiendo y peleando con extraños». Un muchachillo del barrio le preguntó a Pepito: «¿Cómo te llamas?». Respondió él: «Pepito». «¡Mira! -exclamó el otro-. ¡Le cambias una letra a tu nombre y pasas a llamarte Peputo!». Y así diciendo profirió una sonora carcajada de burla. Pepito, entonces, le preguntó al otro: «Y tú ¿cómo te llamas?». «Leovigadro» -contestó el burlador. «¡Mira!» -exclamó Pepito-. ¡Le cambias todas las letras a tu nombre y pasas a tiznar a tu madre!». No es cierto eso de que a las palabras se las lleva el viento. La prueba de lo que digo es que a las palabras que dicen: «A las palabras se las lleva el viento» ningún viento se las ha llevado. Si a las palabras no se las lleva el viento menos aún se llevará a los hechos, que tienen más concreción y materialidad. Toda su vida llevarán consigo una pesada carga de deshonra los diputados panistas de Baja California que dieron su aval a la llamada «ley Bonilla», por la cual el gobernador electo por los ciudadanos para gobernar dos años alargó inmoralmente e ilegalmente su período para hacerse del poder por cinco años, tres de los cuales serán entonces espurios, usurpados, con todas las numerosas consecuencias jurídicas que esa ilegítima detentación traerá consigo. También Bonilla deberá cargar a lo largo de toda su existencia el desprestigio que acarrea esa ilícita acción que mancha también al régimen de López Obrador, pues es inconcebible que tan burdo acto se haya llevado a cabo sin su conocimiento y autorización. Bien hizo el PAN al expulsar vergonzosamente de sus filas a esos diputados cuya corrupción quizá no pueda comprobarse -las trapacerías de ese jaez suelen realizarse con el cuidado que los delincuentes ponen en sus malas artes-, pero que es ya cuestión de fama pública, y cuya evidencia aparece clara como el día. De nueva cuenta pongo mi esperanza en los órganos superiores electorales y de justicia. Confío en que tales instancias echarán abajo esta indigna maniobra que vulnera brutalmente la voluntad de los ciudadanos y en la cual el poder público se vuelve moneda de cambio tanto para el que compra como para los que se venden. El solitario vaquero se vio de pronto ante un piel roja que lo amenazaba con su lanza. Tomó su rifle para dispararle, pero el arma se trabó. «¡Ya me llevó la chingada!» -exclamó con desesperación el cowboy. En eso se oyó una majestuosa voz venida de lo alto: «No te ha llevado, hijo mío. Échale tierra en los ojos al indio; derríbalo; toma su lanza y clávasela». Así lo hizo el vaquero, y liquidó a su adversario. En eso aparecieron 500 pieles rojas que rodearon al cowboy. Se oyó otra vez la majestuosa voz venida de lo alto: «¡Uta! ¡Creo, hijo mío, que ahora sí ya te llevó la chingada!». FIN.


De política y cosas peores

 «Soy ninfómana». Así le dijo la mujer al doctor Duerf, célebre analista. Le indicó el facultativo: «Podré escuchar su caso con mayor atención si me suelta la ésta». Loretela, linda chica en edad de merecer, le contó a su mamá: «Me pretende un muchacho. Es hijo único de un señor inmensamente rico». Preguntó la madre: «¿Qué edad tiene?». Respondió Loretela: «26 años». «No -precisó la señora-. El papá». Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Su suegra se pesó en una báscula pública que a cambio de una moneda entregaba un papelito con el peso de la persona y la descripción de su carácter. La señora le pidió a Capronio: «Léeme el papel. No traje mis lentes». Leyó el majadero: «Aquí dice: Es usted una persona simpática, inteligente y agradable «. Y comentó Capronio: «El peso también ha de estar equivocado». Si alguno de mis cuatro lectores tiene un amigo barrigón hágale la siguiente broma. Pregúntele: «¿Están empadronados los botones de tu camisa?». El amigo, desconcertado, responderá: «No entiendo». Usted le dirá entonces: «¡Porque ya están botando, cabrón!». En cambio si usted es el de vientre prominente y alguien se lo hace notar diga esto: «No es panza, es callo sexual». La elección de nuevo dirigente del PRI representa una nueva etapa en la historia de ese partido, del mismo modo que la botadura del Titanic representó una nueva etapa en la historia de la navegación. El que en un tiempo fue partido aplanadora está hoy por hoy muy aplanado. Su origen y vocación, que lo tuvieron por 70 años al servicio del presidente en turno, lo están aproximando a AMLO. Ha habido ya indicios de acercamiento entre quien de seguro será su nuevo dirigente, Alejandro Moreno, y López Obrador. Eso ha dado lugar a que el ex Gobernador de Campeche, conocido en su solar nativo como «Alito», sea llamado ahora nacionalmente «Amlito». Eso se explica. El buen entendimiento entre la dirigencia del PRI y la Presidencia conviene a los gobernadores priistas. Por eso prefieren un dirigente en buenos términos con AMLO que uno que se le oponga. A largo plazo, sin embargo, un PRI sumiso y obsecuente ante López Obrador no conviene a la República ni a la democracia. Ante lo que se ve venir es necesaria una oposición fuerte que ponga límites y freno a un ejercicio indebido del poder o a una ambición desorbitada. Tal parece que el PRI está renunciando desde ahora a su papel de opositor y se dispone a ser solamente un apéndice del partido presidencial y de la presidencia, en vez de fortalecerse y esperar a que los errores de López Obrador hagan ver al PRI como posible opción para un futuro que tarde o temprano se presentará. Desde luego la sumisión del partido al Presidente actual conviene a los priistas. Pero ¿le conviene a México?… Doña Macalota le informó a don Chinguetas: «La cocinera quemó la comida, y no tengo nada que ofrecerte. ¿Te conformarías con un rato de amor?». «Está bien -accedió don Chinguetas, magnánimo-. Que venga la cocinera». Rosibel, la secretaria de don Algón, le contó a su compañera Susiflor: «El jefe es un canalla, un sinvergüenza, un hombre vil. Me dijo que si me iba con él a la cama me regalaría un anillo de brillantes». Susiflor pidió al momento: «A verlo». Timoracio era un muchacho corto, irresoluto y apocado. Anhelaba disfrutar los encantos de Dulcibella, hermosa y pizpireta joven, pero no se atrevía a decírselo. Un día, después de muchas dudas y vacilaciones, abordó el tema. Le dijo a la muchacha, tembloroso: «Anoche soñé que te pedía que hiciéramos el amor. ¿Qué te hace pensar eso?». Respondió Dulcibella: «Me hace pensar que eres menos pendejo dormido que despierto». FIN.


De política y cosas peores

«No se puede vivir sin ellas ni con ellas». «Tienes razón: así son las mujeres». «No: yo hablaba de las tarjetas de crédito». Doña Macalota llegó a su casa después de un viaje y sorprendió a don Chinguetas, su casquivano esposo, en erótico trance con la linda criadita de la casa. «¡Canallasinfamesdesgraciadosmalnacidos ruines!» -les gritó con iracundia en un solo golpe de voz. «No te pongas dramática, mujer -respondió, calmoso, don Chinguetas-. Ni que se la fuera a acabar». El novio de Glafira fue a pedir su mano. El padre de la muchacha le preguntó, severo: «Y ¿tiene usted donde ponerla?». «No, señor -contestó el galancete-. Precisamente por eso me quiero casar: porque no tengo dónde ponerla». Lulu Mae, linda chica texana, le dijo al rico petrolero que la pretendía: «Te agradezco que me propongas matrimonio, Houston, pero me parece poco romántico que me lo pidas diciéndome que quieres los derechos exclusivos de perforación sobre mi persona». Aunque nadie sabe dónde están, todavía quedan algunos partidos de oposición en México. Inexistentes casi, apenas tienen fuerza para ir a cobrar los dineros que por ley reciben. El PRI es un vetusto anciano que sólo vive por la esperanza de ser para Morena lo que alguna vez fue el PARM para él. Por su parte el PAN está desmigajado, y el PRD es una memoria ya olvidada. Los otros partidos -partiditos, partidillos, partidejos- son ofensa para la vida pública de la Nación y carga indebida para los contribuyentes. López Obrador propone una radical reducción de los dineros que los partidos políticos reciben, y funda su propuesta en la justicia: no debe haber partidos tan ricos en un país tan pobre. Los dirigentes de esos partidos acusan a López Obrador de querer debilitarlos para fortalecer a su propio partido, Morena, y para quitar fuerza al ejercicio democrático y erigirse en jefe máximo. Quizá su acusación sea fundada, pero lo cierto es que hay demasiados partidos, y que algunos de ellos no son tales, sino negocios de vividores, de mercaderes de la política. Comparto entonces la iniciativa de AMLO: es necesario reducir las excesivas prerrogativas de los partidos. Y al mostrar mi acuerdo con López Obrador evoco un viejo dicho: «Hágase el milagro y hágalo el diablo». En el bar un sujeto entabló conversación con otro que bebía en la barra. Le preguntó cuál era su equipo favorito de futbol, y comentó largamente los resultados de la Copa América, Europa, Asia, África y Oceanía, lo mismo que del Campeonato de Liga, de Liguilla y de Liguero y del Torneo Sub 22, Sub 21, Sub 20, Sub 19 y Sub 18. Luego pasó a la cuestión política, y quiso saber la opinión del otro acerca del gobierno nacional y del de cada uno de los Estados de la Federación, lo mismo que de los principales países del mundo. En seguida abordó el tema religioso: le preguntó a su interlocutor si creía en los ángeles, en el demonio, en la infalibilidad del Papa y en las doctrinas y prácticas de los puritanos. Habían pasado ya tres horas de esa conversación, y tanto el que preguntaba como el que respondía habían apurado más de una docena de copas de tequila cada uno. Bajo el influjo de tales libaciones el que había hecho las preguntas se echó a llorar de pronto y le dijo al otro: «Ahora que ya somos amigos, casi hermanos, siento un remordimiento de conciencia, y quiero hacerte una confesión. Un tipo al que no conozco me pagó una buena cantidad para que te entretuviera aquí en el bar mientras él iba a tu casa a tener trato de fornicio con tu esposa». «Debe haber un error -se extrañó el otro-. No soy casado». «¡Ah cabrón! -exclamó el otro levantándose a toda prisa para salir-. ¡Pero yo sí!». FIN.


De política y cosas peores

«Esta noche no -dijo la excepción-. Tengo la regla». Babalucas era empleado de una tienda de mascotas. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, llegó a comprar un perro. Babalucas le mostró uno y encomió las cualidades del caniche: «Es muy mansito, muy obediente y dócil». Preguntó la copetuda mujer: «¿Y de pedigrí?». Respondió Babalucas: «De eso no se preocupe. El animalito no bebe ni una copa». La robusta señora le dijo a su marido: «¿Oíste? Ahora que salimos a correr nos aplaudían a nuestro paso». «No eran aplausos -la corrigió el señor-. Eran tus pompas». Don Añilio y don Geroncio, caballeros de madura edad, les avisaron a sus cónyuges: «No cuenten con nosotros esta noche. Iremos al teatro de burlesque. Unas hermosas hawaianas van a bailar la danza de la fertilidad». Comentó una de las señoras: «Para ustedes ya es más bien la danza de la futilidad». El Congreso está formado por personas que honran su cargo y se honran con él. Las sesiones son de buen tono y decorosas, ya no se oyen en ellas voquibles tabernarios ni disparates de analfabetos y zafios. Se practica el respeto mutuo; se ha logrado podar a la democracia de sus malas formas. La consigna presidencial es indirecta y discreta, sin imposiciones ni humillaciones. En la administración pública los tontos se hallan en aplastante minoría. Hay que decir la verdad: jamás de los jamases nuestro país se vio más sólidamente encarrilado por la buena senda. Hoy por hoy es un honor declarar en voz alta que es uno mexicano. Por desgracia las anteriores palabras, que intencionadamente omití entrecomillar, no son de nuestra época. Las escribió Federico Gamboa en su diario a fines de 1906, y corresponden al gobierno de don Porfirio Díaz. Un tipo le contó a otro: «Mi esposa se fue con mi mejor amigo». «¿Cómo dices eso? -se quejó el otro-. Siempre me he considerado tu mejor amigo». «Ahora ocupas el segundo lugar -replicó el tipo-. No sé con quién se fue mi mujer, pero ese hombre, sea quien sea, es ahora mi mejor amigo». Un extranjero llegó a la tienda de abarrotes y le pidió al dependiente: «Eo u ito e leche». El muchacho no entendió y llamó al dueño. Ante él repitió el hombre: «Eo u ito e leche». Tampoco el tendero entendió. Cerca vivía el profesor Esperantio, maestro en lenguas, sabio políglota y hombre de inteligencia luminosa. El abarrotero lo hizo venir y le pidió que tradujera lo que decía el cliente. Repitió éste: «Eo u ito e leche». Tradujo el sapientísimo señor: «Dice que quiere un litro, pero no sé de qué». Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, les contó a sus amigos: «Mi hora favorita es la hora de la siesta». «Perdona -intervino uno-. Siempre nos has dicho que nunca duermes siesta». Repuso don Martiriano: «Yo no, pero mi esposa sí». Un hombre vestido todo de negro y con los brazos en alto se presentó ante el doctor Duerf, célebre analista, y le dijo: «Creo que soy un paraguas. Sólo eso le diré acerca de mi problema». «Señor mío-respondió el siquiatra-. Si quiere usted que lo ayude tendrá que abrirse». Aquel sujeto llegó al otro mundo y San Pedro lo mandó al infierno. «¿Por qué? -se enojó el hombre-. Estoy viendo el informe de mi vida y dice: Obró bien «. «No es el informe de tu vida -lo corrigió el apóstol-. Es el reporte de tu último día en el hospital». En la noche de bodas la ingenua recién casada se desconsoló al ver el estado en que había quedado la entrepierna de su maridito después del primer acto de amor. Se alegró, sin embargo, cuando 15 minutos después el novio se puso nuevamente en aptitud de amar. «¡Fantástico! -exclamó la desposada, jubilosa-. ¡Es reciclable!». FIN.
OJO: Favor de no sugerir en el recuadro el final del comentario político.


De política y cosas peores

Vamos a mi cuarto?». Esa pregunta le hizo Afrodisio a la bella mujer que estaba a su lado en la barra del lobby bar del hotel. Ella no respondió palabra, pero con la cabeza hizo un movimiento de aceptación. Poco antes el salaz sujeto le había ofrecido un cigarro. Ella lo aceptó, igualmente sin hablar, y lo mismo hizo cuando Afrodisio le ofreció una copa: no habló; solamente asintió con la cabeza. Fueron los dos entonces al cuarto del invitador y ahí tuvo lugar «the old in and out» que decía Anthony Burgess. Acabada que fue la erótica ocasión Afrodisio se dirigió a la mujer: «Aceptaste mi invitación a fumar, a beber y a follar, pero solamente dijiste que sí con un movimiento de cabeza; no has pronunciado una sola palabra. ¿Por qué?». Escribió ella en un papel: «Porque no acostumbro hablar con extraños». El gangster le preguntó a uno de sus matones: «¿Cuál es la capital de Madagascar?». «Tananarive» -respondió sin vacilar el hombre. «¿Quién fue el maestro de Alejandro Magno?». «Aristóteles». «¿Cómo se llamaban los gemelos que dieron origen a la expresión hermanos siameses ?». «Chang y Eng, nacidos en 1811». Tras oír la última respuesta el gangster sacó su pistola y de un balazo dejó sin vida al hombre. «Holy shit! -exclamó azorado otro de sus hombres-. ¿Por qué lo mataste?». Contestó el gangster al tiempo que soplaba el humo del cañón de su arma: «Sabía demasiado». Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna y le dijo: «Siento escalofríos y náuseas». Dictaminó el facultativo: «O tiene usted gripe o está embarazada». «Seguramente estoy embarazada -consideró Nalgarina-. Todos los hombres con los que he estado últimamente tenían pija, pero ninguno tenía catarro». A algunos comentadores les han parecido tibias las actitudes y declaraciones tanto de López Obrador como de Ebrard ante frente a la tragedia de El Paso y frente a Trump. A mí, por el contrario la postura y palabras del Canciller yel Presidente me han parecido atinadas. La realidad, dura señora, fue la que se encargó de darle en los hocicos al prepotente mandatario yanqui, y de seguro lo obligará a enmendar su discurso xenófobo y racista. Por inconsciente que sea Trump ha de reconocer, siquiera sea en el fondo de sí mismo, que sus mensajes de odio contra los inmigrantes, especialmente contra los mexicanos, contribuyeron a originar la acción del asesino, quien en sus manifiestos utilizó repetidamente la palabra «invasión», muchas veces usada por Trump en sus expresiones discriminatorias. Ante el doloroso suceso de El Paso nuestro Gobierno ha guardado una actitud prudente y mesurada. Junto al dolor e indignación por las injustas muertes de mexicanos está la necesidad de mirar por el bien de la Nación. Creo que en eso se ha inspirado la conducta de AMLO y de Marcelo Ebrard, y pienso que su proceder es acertado. Blanca Nieves se puso frente al espejo mágico y le preguntó: «Espejito, espejito: ¿cuál de los siete es el papá de mi bebito?». Cucurulo Patané volvió a su casa después de largos meses de ausencia. Con sorpresa advirtió que frente a la puerta de su casa estaba formada una larga fila de hombres que al parecer esperaban turno para algo. Entró y con mayor sorpresa aún vio a su esposa yogando con un tipo. «¿Qué haces, desdichada?» -le peguntó furioso. Contestó ella: «Estoy haciendo lo que te dije cuando te llamé por el celular». «No entiendo -replicó el marido-. Dijiste solamente el nombre de la canción Torna a Sorrento «. «Ninguna canción -replicó la mujer-. Ya se me estaba acabando el dinero y tú no regresabas. Lo que te dije fue: Tornas o rento «. FIN.