De política y cosas peores

 ¡Qué manera de dar principio a la semana laboral! Con un relato de color subido que reprobaron de consuno la Liga de la Decencia y la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Si lo saco a la luz es solamente porque nunca me ha gustado el principio de la semana laboral. Se llamaba Melisenda Marilyn Carletta Guiniver MacFerland Devonshire, y pertenecía a la especie de mujeres que en inglés reciben el nombre de “gold diggers”, o sea que usan sus encantos para atrapar a un hombre rico y dejarlo luego pobre. Conoció a un petrolero texano de fortuna inmensa y lo entuturutó hasta el punto de hacer que la desposara. La noche de las nupcias Melisenda Marilyn etcétera se sorprendió al ver que su flamante maridito, en plena aptitud ya de proceder a la consumación del matrimonio, se había hecho tatuar en la alusiva parte el nombre completo de su esposa. Le preguntó, intrigada y complacida al mismo tiempo: “¿Por qué hiciste eso?”. Respondió él: “Recuerda que como condición para casarte conmigo me hiciste prometer que pondría a tu nombre la mejor de mis propiedades”. “Cuida los centavos, que los pesos se cuidarán solos”. Así reza un antiguo proverbio comercial. Otros hay más expresivos, como el que dice: “Peso que no da tres pa qué es”, o aquél que advierte: “No se admiten devoluciones; no sea usted rajón”. Estoy de acuerdo con López Obrador en que los sueldos que perciben los Ministros de la Suprema Corte son excesivos, y más si a esa percepción se añaden bonos, prestaciones y gajes de todo orden y desorden. En efecto, es escandaloso el hecho de que un servidor público reciba 600 mil pesos al mes en un país como México, donde millones de habitantes viven prácticamente en la miseria. Desde ese punto de vista hago mías las palabras que López Obrador dirigió a esos Ministros, aunque ciertamente hay motivos jurídicos sobrados para declarar ilegal la reducción de emolumentos dictada por la Ley de Remuneraciones. Con sus medidas de austeridad el Presidente está cuidando los centavos, pero descuidando los pesos. Las prevenciones que ha ordenado -viajar en aviones de línea; no contratar guardaespaldas o choferes; suprimir la compra de vehículos, etcétera- significarán un ahorro en el gasto, sí, pero una decisión como la de cancelar el aeropuerto de Texcoco traerá consigo pérdidas multimillonarias en dólares que impactarán en forma grave las finanzas del país. Las módicas economías que logrará el nuevo mandatario con sus módicas medidas serán nada al compararlas con el enorme costo que para México y los mexicanos significarán el capricho de López Obrador de destruir el nuevo aeropuerto y la injustificable tozudez con que se obstina en mantener su error. AMLO está cuidando los centavos y descuidando los pesos. De ese descuido de las cosas grandes para centrarse en las cosas pequeñas nada bueno podemos esperar. Babalucas le preguntó a un amigo: “¿Qué te parece mi novia?”. “No está mal -respondió éste-, pero tiene las piernas demasiado cortas”. “¿Cortas? -se atufó Babalucas-. Le llegan al suelo ¿no?”. Dulciflor, muchacha ingenua, le contó a su compañera de cuarto: “Anoche salí con mi novio y tuve un accidente de automóvil”. Comentó ella: “No se te nota”. Replicó, mohína, Dulciflor: “Se me notará dentro de algunos meses”. Clarilú, la joven y linda criadita de la casa le preguntó a su patrona: “Señito: ¿es cierto que el señor se hizo la vasectomía?”. La mujer, algo amoscada, contestó: “No sé por qué me lo preguntas, pero sí; hace algunos meses se la hizo”. “Gracias, señito -dijo entonces Clarilú-. Es que me juró que se la había hecho, pero no sabía si creerle o no”. FIN.


De políticas y cosas peores

Este amigo mío llevó por muchos años en el corazón clavada una espina más cruel que aquella que atormentó a Machado. Sucede que tiene una hija hermosa como el sol, y como el sol brillante y cálida. Cuando a esa niña le llegó el tiempo de ser mujer, vale decir el tiempo de soñar, soñó con tener una fiesta de 15 años como de cuento de hadas. Luciría un vestido de princesa; bailaría su vals en el salón de espejos y candiles de un palacio real. Por desgracia mi amigo estaba en esos días empeñado en una honrosa lucha universitaria, y todos sus recursos se le habían ido en ella. La fiesta de 15 años de su hija, entonces, se llevó a cabo en la cochera de su casa. El vestido que llevó la bellísima quinceañera fue, con los arreglos necesarios, el vestido de novia que su mamá llevó el día de su boda. Esa misma noche, cuando los pocos invitados se retiraron a sus casas, mi amigo le prometió a su hija que cuando ella se casara le haría la fiesta que esa noche no le había podido hacer. Entonces se sacaría la espina. La niña lo abrazó, amorosa, y le dijo que no quería que su papá llevara aquella espina. Pasaron los años, y cuando la hija de mi amigo se casó él le hizo una fiesta de ensueño. Fue en el mejor hotel de la ciudad, con un banquete que dejó memoria por lo abundante y suculento y una orquesta que sonaba mejor que la de Paul Weston o Percy Faith. Todos esos recuerdos se le vinieron a mi amigo a la mente y al corazón cuando leyó la nota acerca de la muchachita que al cumplir 15 años se hizo retratar con su lindo vestido de color de rosa en la residencia de Los Pinos, lugar antes vedado al pueblo, coto exclusivo de poder. Aplaudí y sigo aplaudiendo a López Obrador por haber devuelto a la gente lo que de la gente era. No considero que su acción haya sido de política populista: pienso que obedece a una auténtica voluntad de dar al pueblo lo que pertenece al pueblo. Me conmovió la historia de esa quinceañera. Seguramente a mi amigo -el de la espina- lo conmovió también. La historieta que hace descender hoy el telón de esta columnejilla es algo irreverente. Las personas que no gusten de leer historietas irreverentes sáltense en la lectura hasta donde dice: “FIN”. Sucedió que un día llegaron al mismo tiempo al Cielo una monjita, una mujer casada y una muchacha de tacón dorada, vale decir sexoservidora. San Pedro, el apóstol de las llaves, recibió a las recién llegadas frente a las puertas de la mansión eterna y procedió a buscar sus respectivos expedientes a fin de asignarles el lugar donde debían estar. Leyó el historial de la monjita y dijo luego: “Veo que dedicaste toda tu vida a la oración y a hacer el bien a tu prójimo. Recibe esta llave de oro, que es la llave del Cielo”. Leyó en seguida Simón Pedro el expediente de la mujer casada. Declaró: “Observo que tu vida fue de sacrificio; la ofrendaste con abnegación a tu esposo y a tus hijos. Algunas veces, sin embargo, sentiste ganas de retorcerles el pescuezo. Deberás expiar esa secreta culpa antes de entrar al Cielo. Toma esta llave de plata, que es la llave del purgatorio”. Procedió por último a leer el expediente de la muchacha de tacón dorado. Esa lectura le tomó el resto de esa mañana y parte de la tarde. Tras de cerrar por fin aquel grueso legajo se secó el sudor que le perlaba la calva, se compuso la túnica y dijo a la sexoservidora: “Veo aquí que eres mujer sensual, libidinosa, lasciva, voluptuosa, lúbrica, viciosa, concupiscente, lujuriosa, salaz y licenciosa. Toma esta llave de bronce”. Preguntó, desolada, la muchacha: “¿Es la llave del infierno?”. Replicó San Pedro bajando la voz: “No. Es la llave de mi departamento”. FIN.


De políticas y cosas peores

 7/12/2018 – “Me acuso, padre, de que anoche pequé gravemente con mi novio con las manos y la boca”. Así le dijo Florilí en el confesonario al padre Arsilio. “¡Santo Cielo! -invocó el buen sacerdote-. ¡Cómo fuiste a hacer eso, desdichada! Eres celadora perpetua de la Venerable Cofradía del Fervor, portaestandarte de la Congregación de Congregantes y secretaria de la Sociedad Samaritana ¿y aún así incurriste en tales actos lúbricos manuales y bucales? ¡Insensata! Tendrás que lavarte las manos y hacer gargarismos con agua de San Serenín el Casto. En fin, dime exactamente qué fue lo que hiciste con tu novio. Pero antes déjame acomodarme bien en el asiento para oírte mejor”. Explicó su pecado Florilí: “Me dijo él que si le permitía acariciarme el busto. Yo me enojé bastante. Le hice una seña grosera con las manos y con la boca le dije que se fuera a tiznar a su mamá”. Un tipo le contó a su amigo en el bar Roco: “De no ser por los niños mi esposa y yo nos habríamos divorciado”. El otro se conmovió: “¿Los niños les pidieron que no se divorciaran?”. “No -aclaró el sujeto-. Ni ella ni yo quisimos quedarnos con ellos”. Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a la consulta de un médico joven y galano. El apuesto doctor, después de hacer el correspondiente interrogatorio clínico, le pidió: “Desvístase por favor y acuéstese en la mesa de exámenes”. “Lo haré -replicó muy seria la señorita Himenia-, pero sepa usted que está jugando con fuego”. Tetonina Grandnalguier, vedette de moda, puso los ojos en don Algón, salaz y adinerado ejecutivo. Una noche de luna llena salieron de paseo y ella le dijo a su provecto galán: “Si viera usted, don Algón, cómo me pone romántica la lana. Digo, la luna”. “No sólo estamos retrocediendo: también estamos yendo para atrás”. Esa frase atribuida a Babalucas es aplicable al nuevo régimen. Quienes lo integran merecerían que alguna murga les interpretaran la chocarrera música de “Los cangrejos”, burlona pieza que los liberales progresistas del siglo XIX dedicaban a los conservadores. Los pronunciamientos que AMLO hizo en su discurso de campaña del primero de diciembre miran casi todos al pasado en vez de proyectarse hacia lo por venir. Sería menester que el nuevo Presidente buscara el consejo de asesores que supieran de ciencia y de tecnología, pero con el drástico límite salarial que ha impuesto será difícil que se los allegue. Cuando se pagan sueldos de primera se consiguen colaboradores de primera; cuando se pagan sueldos de segunda se obtienen empleados de tercera. Es bueno regresar a los tiempos de don Benito Juárez en materia de austeridad republicana, pero no en lo que hace a lo científico y lo tecnológico, pues en ese campo se han hecho algunos avances de ese tiempo para acá. Dar la espalda al progreso, tratar de revertir los cambios que ha traído consigo la globalización, es frenar el desarrollo del país, desaprovechar sus recursos y evitar su desarrollo. Simpliciano, candoroso doncel, se enamoró de Taisia, mujer de pródigos encantos lo mismo por la parte anterior que por la posterior. Le propuso matrimonio y ella, aunque sorprendida por la proposición, aceptó su ofrecimiento. Él le dio el anillo de compromiso, pidió su mano y mandó hacer las invitaciones de la boda. No obstante la inminencia de las nupcias ansiaba gozar ya de las bellezas de la joven, pero no se animaba a pedir ese adelanto pues temía lastimar el pudor y recato de su inocente prometida. Le confió tal cuita a su mejor amigo. Le preguntó: “¿Crees que Taisia aceptará darme su amor antes de casarnos?”. “Claro que sí -lo animó el otro-. ¿Por qué iba a hacer contigo una excepción?”. FIN.


De política y cosas peores

6/12/2018 – Se llamaba María de la Concepción. Conchita. Su madre murió al darla a luz, y ella creció bajo el cuidado de sus cinco hermanos, el mayor de ellos mi padre. Era bella, muy bella, delicada como una figulina de Tanagra. Cuando rezaba ante la imagen de la Virgen parecía otra virgen. Sus únicas salidas eran a la misa de alba en el vecino templo de San Juan y para ir a la junta semanal de su congregación mariana. Con tanto celo la celaron sus hermanos que se quedó soltera: ninguno de los pretendientes que la cortejaron gustó a sus cuidadores. Se dedicó -¿qué más podía hacer?- a las labores de la casa y a sus devociones. Tenía ya 40 años cuando llegó a su vida un hombre bueno. Viudo, de acomodada condición, era dueño de una joyería en Monterrey, “La perla”, por la calle del Padre Mier. Se casaron y compartieron juntos las penas y venturas de la vida hasta que él se fue del mundo. Entonces la tía Conchita regresó a Saltillo, a las labores de la casa y a sus devociones. La atormentaban, sin embargo, dos angustias. “Armandito -me decía llorosa-, en el Cielo mi mamá no me va a reconocer. Estaba yo recién nacida cuando ella me miró, y ahora soy una anciana. ¿Cómo va a saber que soy su hija?”. La otra duda la afligía aún más: “Armandito: allá en el Cielo ¿con quién se va a ir el Prieto? ¿Con Josefina o conmigo?”. El Prieto era su marido, y Josefina la primera esposa. Yo me acongojaba junto con mi tía Conchita, pues no podía disipar sus dudas. Cierto día, leyendo a San Agustín, encontré una frase en la cual el filósofo santo explica con tres palabras cómo serán las almas en el Cielo. “Erunt sicut musica”. Serán como la música. La música es incorpórea. No podemos verla ni tocarla. Pero al oírla la reconocemos. Así también conoceremos en aquel mundo espiritual las almas de quienes nos amaron. En este mundo de materia la música nos acompaña siempre. “Cuando nacemos nos regalas notas”, dijo a la Suave Patria el poeta de Jerez. Yo gusto de la música desde que era niño; por eso ahora que soy ya niño grande me dedico a compartirla con mi prójimo a través de mi emisora cultural, Radio Concierto, que difunde, según dice su lema, “lo más popular de la música clásica y lo más clásico de la música popular”. Cuando fui director del Ateneo Fuente, el glorioso colegio de Saltillo, hice poner numerosas cabinas con equipos de audio a fin de que los alumnos pudieran escuchar las grabaciones que ellos mismos escogían de la nutrida discoteca que para ellos integré. A los mejores estudiantes los llevaba a las temporadas de ópera en Monterrey. Y otra cosa hice. Por aquellos años fue a mi ciudad Mario Lavista a dar un curso de apreciación musical. Envié una decena de maestros del Ateneo a que tomaran ese curso, y yo mismo asistí a él. No he olvidado las maravillosas enseñanzas del entonces joven compositor. Recuerdo aún su devoción por Mozart y la ingeniosa forma en que nos explicaba la estructura de las melodías tradicionales, a las que comparaba con el recorrido por las bases de un campo de beisbol. Ahora me entero por Reforma de que Mario Lavista ha compuesto una Misa de Réquiem en homenaje a los muertos del 68. Usó para su obra el texto litúrgico en latín -esa lengua muerta la más viva de todas- y fragmentos de canto gregoriano, que es música de Dios. Espero con interés la grabación de la obra para escucharla con igual devoción con que los muchachos ateneístas oían la música que por primera vez oían. En ese Réquiem estarán presentes, como en el Cielo de mi tía Conchita, las almas de aquellas muchachas y muchachos idealistas que perdieron la vida en su ansia de buscar una vida mejor para su Patria. FIN.
OJO: En “Erunt sicut musica” la palabra “musica” va sin acento. Gracias.


De política y cosas peores

5/12/2018 – ¿Por qué la esposa de don Cornífero se hallaba en la cama si el reloj marcaba ya la una de la tarde? El señor, viajante de comercio, había regresado sin aviso de un prolongado periplo, y se amoscó al ver así a su cónyuge, tendida en el no tendido lecho y en un estado de agitación nerviosa que no podía disimular. Don Cornífero hizo lo que cualquier marido en su caso habría hecho: abrió la puerta del clóset. En su interior estaba un individuo en cueros, quiero decir nudo, corito, descalzo de los pies a la cabeza. “¿Quién es usted?” -le preguntó el esposo hecho una furia. Era imposible que el interrogado sacara su tarjeta de presentación. Estaba, como dice el vulgarismo, en pelota. Respondió, sin embargo: “Soy el exterminador de termitas”. “¿Exterminador de termitas? -se atufó don Cornífero-. ¿Así, sin ropa?”. El individuo fingió revisarse y dijo luego: “Caramba. El problema es más grave de lo que yo creía”. “Este hogar es católico”. Así rezaba en tiempos ya pasados el letrero que muchos ponían en la ventana de su casa para evitar la visita de misioneros evangélicos. Alguien con buen sentido del humor puso su propio cartel: “Este hogar es caótico”. Así, caótico, se ve el nuevo gobierno. Caos en lo del aeropuerto de Texcoco; caos en lo de Taibo II; caos en lo del ajuste de salarios, en lo de los súper delegados o virreyes, en lo de la reducción del precio de la gasolina. Cuando AMLO era candidato actuaba como Presidente; llegó incluso a ceñir una apócrifa y espuria banda presidencial. Ahora que es Presidente actúa como candidato, según lo mostró en su discurso de toma de posesión, abundante en promesas, parco en explicaciones para fundar su cumplimiento. Aún los mayores críticos de López Obrador tendrán -tendremos- que reconocer que es el mandatario más cercano a la gente en la historia de este país. Cada vez que sale es aplaudido, como cuando subió hace días al avión comercial que lo llevaría a Veracruz. Los pasajeros rompieron a aplaudir al verlo actuar con espíritu republicano, sin el boato y costosísima parafernalia que acompañaba a los anteriores mandatarios. Pero esa humildad que en público demuestra, y que evidencia una sincera, auténtica intención de austeridad y honestidad personales, contrasta con la prepotencia de expresiones suyas tales como ésa de “me canso ganso”, o la de “he tomado las riendas del poder”. Ya no anda en campaña AMLO. Ahora es Presidente de la República. Se debe a México y a los mexicanos, a todos, incluso a quienes no le dimos nuestro voto. Le toca ahora gobernar con tino, prudencia y buen juicio a fin de hacer el bien a la Nación y no causarle daño. En “la soledad de su despacho” López Obrador encontrará mejores formas de trabajar por el país que en largos discursos de plaza pública o en palabras y acciones tendientes a acrecentar su popularidad. “¿Cuáles son las tres partes del cuerpo de la mujer que, según las estadísticas, el hombre besa primero antes de proceder a realizar el acto del amor?”. El concursante en el programa de preguntas y respuestas vaciló. “Los labios” -aventuró inseguro. “Muy bien” -confirmó el conductor del programa. “El cuello” -prosiguió dudoso. “¡Correcto! -exclamó el otro-. Y ahora, por el gran premio de los 64 pesos (también ahí había llegado la austeridad), díganos cuál es la tercera parte del cuerpo de la mujer que el hombre besa antes del acto del amor”. El concursante había llevado consigo a un asesor francés, pues ya se sabe que los franceses tienen fama de dominar las artes amatorias. Se volvió hacia él para pedirle ayuda. Le dijo el hombre: “A mí no me preguntes, mon ami. Yo ya me equivoqué en las primeras dos respuestas”. FIN.


De política y cosas peores

4/12/2018 –  Tenía que matarlo. Sí, tenía que matarlo. No sabía cómo ni cuándo, pero lo mataría. Darle muerte era para él una cuestión de honor. Lo odiaba. Sabía bien que ese odio era irracional, pero todos los odios son irracionales, de modo que el suyo no era la excepción. Si alguien le hubiese preguntado la causa de ese sentimiento le habría sido difícil contestar. Lo odiaba porque no había podido matarlo, y matarlo se había convertido en la razón -en la sinrazón- de su vida. Lo odiaba porque estaba vivo mientras la muerte iba hacia él con paso acelerado y lo iba a alcanzar pronto. Esa maldita enfermedad lo había cogido como un lobo a su presa y no lo soltaría ya. El médico le daba unos cuantos meses más de vida. Pero no se iría del mundo sin antes matar al que debía matar. El otro debía morir antes que él. No recordaba cuánto tiempo llevaba persiguiéndolo. Más de una vez lo tuvo al alcance de sus balas pero siempre se le escapaba. Sabía que se burlaba de él. No olvidaba, sin embargo, las palabras de su padre: “Recuerda que ése al que persigues está muy lejos de ser un hombre: es un animal. Y los animales son seres de hábitos territoriales. Éste se esconde en el bosque, pero nunca se alejará mucho trecho de los lugares por donde anda siempre. Ahí lo encontrarás. Es como si lo tuvieras amarrado”. Y luego la drástica encomienda paternal: “Búscalo, encuéntralo y mátalo”. Lo mataría, sí, antes de que el fiero mal que se le había anidado en el hígado lo matara a él. También el honor de su padre estaba de por medio: él le había enseñado a matar; tenía que mostrarle que había sido un buen maestro. Tenía ya dispuesta la bala con que iba a dar muerte a su enemigo. Le había puesto sus iniciales. Aquello parecía cosa de película del Oeste, pero ese pensamiento no lo importunaba. La bala estaba siempre sobre su mesa de noche. Era lo último que miraba cuando apagaba la luz para dormirse y lo primero que veía al despertar. Poco antes de terminar el año -poco antes de terminar su vida- supo que el momento había llegado. Esta vez no iba a fallar. Lo mataría, por su honor y por el de su padre. Un día, sin avisar a nadie, se dirigió en su camioneta a la montaña. Ahí, en alguna parte, estaba él. Tomó su rifle; puso la bala en la recámara del arma y caminando lentamente subió por la vereda que llevaba a los sitios donde otras veces lo había visto. El sendero desapareció al llegar al bosque de los pinos. Todo era soledad. Por fin se vería frente a frente con aquel al que buscaba. Ese día lo convertiría en su víctima. Dejaría de odiarlo porque lo mataría, y a un muerto no se le odia. Empezaba a amanecer. El primer rayo de sol traspuso el monte y doró las más altas ramas de los pinos. Se oyó el canto de los pájaros azules. Los odió también, porque sus estridentes gritos de alarma podrían delatar su presencia al enemigo. De pronto lo miró. Estaba allá abajo, en el fondo de una quebrada. No muy lejos se veía una cabaña que parecía abandonada. Por una vez el otro se había descuidado. Quizá iba en busca de agua. No había nada que lo cubriera; ni un tronco, ni una peña. Levantó el arma y puso al perseguido en la mira telescópica. Contuvo la respiración -eso también lo había aprendido de su padre-, apuntó cuidadosamente al pecho y colocó el dedo en el gatillo. Empezó a oprimirlo con suavidad, para no errar el tiro. Y entonces algo lo detuvo. Nunca sabría qué fue lo que le impidió disparar. Quizá fue el pensamiento de que él llevaba la muerte y el otro era la vida, esa vida que habría de continuar aunque él no estuviera ya en el mundo. Bajó su rifle. Y el ciervo, el majestuoso ciervo, se perdió entre los árboles del bosque. FIN.
OJO: Favor de no poner en el recuadro nada que revele el final del relato. Gracias.


De política y cosas peores

1/12/2018 – Andrés Manuel López Obrador se convierte hoy en Presidente de México. Lo veo llegar a la Presidencia acompañado por un cortejo de luces y de sombras. Entre las primeras está su profundo conocimiento del país. En sus campañas ha ido hasta los más pequeños y alejados pueblos; ha hablado con la gente, sobre todo con la más humilde; se ha identificado con el pueblo y forma parte de él, no de una casta política apartada de él. La imagen que da es la de un hombre honesto que no caerá en la corrupción ni la permitirá entre sus colaboradores. Yo creo en esa honestidad. También creo en su preocupación por los pobres de México y en su propósito de trabajar por ellos. Aplaudo igualmente su decisión de entregar a los ciudadanos la residencia de Los Pinos y despachar en el Palacio Nacional. No veo eso como una acción demagógica, sino como un acto de inspiración republicana. Entre las sombras que a mi juicio tiene AMLO están, primero, sus ansias de grandeza, ésas que lo llevan a anunciar su Gobierno como una Cuarta Transformación que seguirá a las que hicieron Hidalgo, Juárez y Madero. Tal actitud puede llevarlo a la tentación del caudillismo, a hacer un gobierno autoritario fincado en su sola voluntad. En efecto, los 30 millones de voto que obtuvo en la elección presidencial le confieren un poder enorme. De ahí a sentirse absoluto, es decir absuelto de cumplir las leyes, hay solamente un paso. Fortalece tal posibilidad el hecho de que López Obrador no tiene frente a sí ningún freno o contrapeso que acote y ponga límite a sus actos. Una oposición debilitada, la mayoría que AMLO tiene en el Congreso, instituciones que han perdido su prestigio, favorecen la existencia de un gobierno ejercido por un hombre fuerte que, invocando las decisiones del pueblo bueno y sabio, llegue incluso a vulnerar el orden constitucional y a alterar el rumbo democrático que los ideales de Madero dieron a la Patria. Esto que digo no es vana especulación. López Obrador es el único Presidente que aun antes de asumir el cargo ha llevado a cabo acciones -como ésa tan aberrante de cancelar la construcción del aeropuerto de Texcoco- que han hecho daño al país y han sembrado aquí y en el extranjero incertidumbre e inquietud, con efectos inmediatos nocivos para México. Reconocer que la consulta sobre ese aeropuerto estuvo mal orientada, no impedir la continuación de las obras, serían actos que disiparían la zozobra que provocó y mejorarían considerablemente su imagen. Contrariamente -en un ámbito mucho más pequeño-, el hecho de confirmar a Taibo II como titular del Fondo de Cultura Económica lo harían ver como un hombre obcecado decidido a imponer su voluntad a toda costa por encima de la opinión general, aun degradando el prestigio del FCE y de su propio régimen. En cuanto a las esperanzas que ha suscitado el nuevo gobierno reconozco estar en absoluta minoría. Los más de los mexicanos confían en que el sexenio de López Obrador será de progreso y bienestar. Con cauteloso optimismo he recibido a los Presidentes cuyos gobiernos me ha tocado reseñar a lo largo de mi ya larga vida. Confieso con moderada pena que éste de López Obrador lo recibo con una actitud aún más cautelosa. Espero sin embargo, con absoluta sinceridad, que las luces que el nuevo Presidente lleva consigo predominen sobre las sombras que en él creo advertir. Nada me satisfaría más que ver cumplido el optimismo de la mayoría de los mexicanos, y equivocadas mis reservas. Por el bien de la República deseo de todo corazón que López Obrador haga un buen gobierno, y que llegue a ser, como él lo ha dicho, el mejor Presidente de México. Así sea. FIN.


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30/11/2018 – “Encontré a mi mujer en brazos de otro hombre -le contó un individuo al médico-. Ella me dijo: Tomemos un café y hablemos . Al día siguiente la sorprendí otra vez en la cama con un desconocido. Me volvió a decir: Tomemos un café y hablemos . Y hoy por la mañana la hallé de nuevo en el lecho conyugal con un sujeto. Me repitió: Tomemos un café y hablemos . ¿Qué piensa de esto, doctor?”. “Amigo -respondió el facultativo-, usted no necesita un médico: necesita un abogado”. “No, doctor -opuso el visitante-. Quiero que me diga si no me irá a hacer daño estar tomando tanto café”. Don Martiriano llamó por teléfono a su mujer, doña Jodoncia. Relató con temblorosa voz: “Me topé con un antiguo compañero de la escuela y le dio mucho guste verme. Me invitó a tomar una copa hoy en la noche, luego a cenar y después a un teatro de revista. ¿Puedo ir?”. “Claro que sí, viejito -respondió la voz-. Pásala bien y diviértete mucho”. Después de un instante de vacilación dijo don Martiriano: “Perdone usted. Número equivocado”. (“Número erróneo”, solía decir don Pablo Salce, noble señor y gran cronista de Linares, Nuevo León). Aquella linda chica de esculturales formas lucía orgullosa la casaca del equipo de futbol americano de su universidad. El coach le dijo: “Lo siento, pero esa casaca sólo puede llevarla quien es del equipo”. Respondió ella: “Anoche lo fui”. Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, rezaba sus oraciones de la noche. “Señor: tú sabes que nunca pido nada para mí. Pero, por favor, mándale a mi pobrecita madre un yerno”. Un rudo mocetón del campo fue a la ciudad y pidió hablar con el juez de lo familiar. Manifestó: “Quiero divorciarme de mi esposa”. El jurisconsulto era dado a la grandilocuencia, de modo que en vez de preguntarle con dos palabras: “¿Por qué?” le contestó solemne: “¿Qué causal de las contempladas por el articulado del Código Civil invoca usted para solicitar la disolución del vínculo matrimonial?”. Alcanzó a entender el agreste mancebo que el juez le preguntaba por qué se quería divorciar, y respondió: “Fui engañado al matrimonio”. Inquirió el juzgador: “¿Cuál fue ese dolus malus al que usted pretende dar fuerza resolutoria? ¿En qué consistió el engaño?”. Respondió el mancebo: “La escopeta con que mi suegro me obligó a casarme no estaba cargada”. En la oficina de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses cometer adulterio a condición de que estén al corriente en el pago de sus aportaciones) el cuidador del templo se estaba refocilando cumplidamente con la señorita Gimme Theold, la organista de la iglesia. En el curso de la acción ella mostró algunos escrúpulos. Le dijo el individuo: “El pastor nos tiene prohibido el baile, pero esto no es bailar”. “No hay borracho que coma lumbre”. Así reza un apotegma popular. Entre los morenistas hay algunos ebrios, si no de licor, sí de poder y de soberbia necia, a juzgar por sus expresiones, en las cuales la cultura se va al fondo. Quizá por eso, porque no hay borracho que coma lumbre, no hubo unanimidad entre los diputados de Morena para aprobar la eliminación del fuero propuesta por López Obrador. Seguramente los legisladores que votaron en contra de la iniciativa no se preguntaron: “¿Votaré para que se quite el fuero?”. Se preguntaron más bien: “¿Votaré para que me quiten el fuero?”. Con mucha pena, entonces, pero con bastante instinto de conservación, desobedecieron a su jefe máximo. Mientras eso sucede AMLO se verá muy mal si confirma en un puesto de alta cultura a quien no muestra la calidad y cualidades que ha de tener quien lo desempeñe. FIN.


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29/11/2018 – “Palabras de beato y uñas de gato”. Así decía un antiguo proverbio castellano para describir a quienes, en términos de canción mexicana, prometen muchos regalos y luego dan puros palos. Entre los latines que guardo en la memoria hay uno que da la misma idea: “Sub dulci melle impia venena latent”. Bajo la dulce miel se ocultan crueles tósigos. Escucharé, claro, el mensaje que López Obrador dará el día de su toma de posesión como Presidente de México. Su discurso será seguramente de paz y amor. En él procurará calmar a todos los que hasta ahora ha escamado, y hará promesas de respeto a la ley y a las instituciones. Reiterará su propósito de ser un buen mandatario y, aunque confirmará su lema, “Primero los pobres”, ofrecerá gobernar para todos los mexicanos sin distingos de ideologías políticas, credos religiosos o condición social. Garantizará su apego a las libertades -la de expresión principalmente- y a los derechos de que gozamos los mexicanos. Lo más probables que no haya en sus palabras nada que se preste a la polémica, y menos aún al sobresalto. Hará, sí, pronunciamientos firmes -hay que mostrar quién manda aquí- pero en general, pienso, su lenguaje será sedeño y aterciopelado. Yo, sin embargo, no me dejaré llevar por su discurso. Guardaré ante él una reserva cautelosa y esperaré a ver los hechos del nuevo Presidente antes de dar crédito pleno a sus palabras. Esto que digo no implica una actitud de recelo o desconfianza. Menos aún pretendo sembrar dudas sobre las buenas intenciones de AMLO. Creo en ellas, y por el bien de México espero sinceramente que se cumplan. Pero otros gobernantes ha habido que al asumir el poder tuvieron mansedumbres de paloma y luego actuaron con fierezas de gavilán. Aquí cabe otro latinajo: “Facta, non verba”. Escuchemos las palabras, pero esperemos a mirar los hechos. Paso ahora a otro discurso menos debatible, el de algunos lenes cuentecillos que pongan sosiego en la República tras de mis reticencias y aligeren el ánimo de mis cuatro amabilísimos lectores. “Me acuso, padre, de que me gusta hacer el amor a oscuras”. Así le dijo en el confesonario una joven mujer al padre Arsilio. “Eso no es pecado, hija mía -la tranquilizó el buen sacerdote-. Por el contrario, la oscuridad puede servir para evitar que por los ojos entren tentaciones de concupiscencia lúbrica y erótica que lleven, ellas sí, a cometer algún pecado grave contra la castidad”. “No me entendió usted bien, padre -precisó la feligresa-. Me gusta hacer el amor a os curas, a os sacristanes, a os seminaristas.”. El empresario de espectáculos, acostumbrado al trato con gente de la farándula, y a quien por tanto nada sorprendía, se asombró bastante cuando un perro se presentó en su oficina y hablando con toda corrección le dijo que quería que lo contratara para actuar en su teatro. “¿Qué sabes hacer?” -le preguntó. “Imito artistas” -respondió el perro. Y así diciendo procedió a hacer una perfecta imitación de Frank Sinatra, Nat King Cole y Louis Armstrong”. “No está mal -le dijo el empresario-. Pero procura no imitar a nadie. Sé tú mismo”. Don Inepcio le contó a su mujer: “Lo muchachos de la oficina me invitaron a una stag party, una fiesta para solteros donde van a pasar películas pornográficas. Naturalmente rechacé la invitación”. “Ve -lo incitó la señora-, a ver si aprendes algo”. El señor llegó muy triste de su cita con el médico. Le comentó a su esposa: “El doctor me dijo que no puedo fumar, que no puedo beber, que no puedo desvelarme, que no puedo hacer el amor”. “¡Caramba! -exclamó ella-. ¿Cómo supo esto último”. FIN.


De política y cosas peores

28/11/2018 – El borrego se bajó por fin de la borreguita. Preguntó ella tímidamente: “Esto que acabamos de hacer ¿significa que ya no podré dar lana virgen?”. Babalucas era el telonero del teatro. El joven concertista que iba a dar su recital le dijo con orgullo: “El violín en el que voy a tocar tiene 300 años de antigüedad”. Le contestó el badulaque: “Tú échale, bato. Nadie se dará cuenta”. El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no lo cometan con más de dos personas a la vez) predicó el sermón dominical y dijo con voz altitonante: “¡Escucha, pecador! ¡Óyeme, tú que estás entregado a la embriaguez, a la pereza, a la gula, a la fornicación!”. Se oyó la voz de un niño: “Te habla, papi”.Seré sincero: creo en la sinceridad de López Obrador. Creo que quiere el bien de este país (¿quién no lo quiere?). Creo que no es corrupto y que no perdonará actos de corrupción en su sexenio (ya perdonó todos los que hubo en éste). Creo que verá por los pobres de México (ellos le dieron el triunfo en la elección). También creo, sin embargo, que está actuando en forma atrabancada, muy deprisa, sin la cordura y tiento que deben acompañar a los actos de quien manda. Se diría que sus ansias de estrenar el poder que tan dificultosamente consiguió, su visible obsesión por demostrar quién manda aquí, la excesiva confianza -por no decir soberbia- que le dan los 30 millones de votos que obtuvo en la elección lo están llevando a actuar precipitadamente, desatentadamente, y aun arbitrariamente. Eso ha hecho ya daño a México por la inquietud e incertidumbre que sus acciones han provocado tanto en el interior del país como en el extranjero. Las señales económicas así lo muestran. No tengo dudas, repito, acerca de las buenas intenciones de AMLO, pero pienso que el bien que quiere hacer debe hacerlo con prudencia. Uno de los milagros de Jesús fue el de la pesca milagrosa. Simón Pedro y sus compañeros no habían pescado nada en toda la noche. Llegó el nazareno cuando amanecía y les pidió algo de comer. Ellos no tenían qué ofrecerle. Jesús les dijo que echaran otra vez las redes. Lo hicieron, y luego no las podían sacar por la gran cantidad de peces que en ellas recogieron. Pues bien: esa abundancia hizo que el precio del pescado se desplomara en el mercado local, cosa que perjudicó a los otros pescadores. Esto que digo no lo consigna la Escritura, pero se sabe de muy buena fuente. En aquel tiempo no había economistas -he ahí una muestra más de la bondad divina-, pero si los hubiera habido seguramente habrían culpado a la pesca milagrosa de aquel fenómeno económico. En el caso que nos ocupa, el del temor en los mercados por la conducta de López Obrador, se puede decir que si bien el dinero es muy cabrón -perdón por ese tecnicismo- también es muy cobarde, y al menor signo de peligro escapa si está aquí o deja de venir si está allá. Por eso debe AMLO cuidar sus palabras, y hacer que las cuiden sus allegados. ¿Pedir eso es pedir un milagro?… El técnico en rayos equis se casó con una de las pacientes. Comentó la enfermera: “No sé qué le vería”. Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto amigo suyo le dijo: “Estoy muy triste. El médico le dio un año de vida a la madre de mi esposa”. “No te entristezcas -lo consoló el majadero-. Un año se pasa volando”. Nos hallamos en Londres. El marido le dijo a su mujer, que se hallaba desnuda en la cama, y muy nerviosa: “Está bien, Gwendolyn: admitamos que esta falda escocesa es tuya. Pero ¿y la gaita?”. FIN.
OJO: Dice “deprisa”, no “de prisa”.