De política y cosas peores

10/10/2018 – Don Languidio Pitocáido, señor de edad madura, leía el periódico y le comentó a su esposa: “Me preocupa la explosión demográfica”. “Ése no es problema tuyo -acotó ella-. A ti ya no se te enciende la mecha”. El reportero le preguntó al anciano a quien su familia festejaba: “¿A qué atribuye usted el hecho de estar cumpliendo 100 años?”. Respondió el veterano: “A que nací en 1918”. Pepito estaba rezando sus oraciones de la noche: “Por favor, Diosito: cuida a mi papá, cuida a mi mamá, cuida a mis hermanos, cuida a mi perro y cuídame a mí. Y cuídate tú también, porque si algo te pasa a ti, a mí, a mi perro, a mis hermanos, a mi mamá y a mi papá nos llevará la chingada”. Lo macabro está a un paso de lo risible. Lo muestran las películas de Ed Wood, y lo muestra también el relato que me hizo un cierto amigo mío. Me contó: “Antes de ir a la tumba mi abuelita fue a una cantina, y luego estuvo toda la noche en un motel de paso”. Obviamente mostré asombro al oír esas palabras, pero en seguida me explicó lo sucedido. Murió su señora abuela, y la familia se dispuso a darle cristiana sepultura. Cuando el cortejo fúnebre llegó al panteón se desató súbitamente una lluvia torrencial, y los dolientes se refugiaron en la capilla del cementerio. El chofer de la carroza pensó que el féretro había sido bajado ya, y se retiró del sitio sin darse cuenta de que el ataúd seguía en el vehículo. Era sábado por la tarde. El dueño de la funeraria acostumbraba salir de la ciudad los fines de semana, de modo que el tal chofer pensó que podía usar la carroza y entregarla hasta el lunes. Así lo hizo. Fue en ella a la cantina donde solía reunirse con sus amigos. Luego, llegada ya la noche, llevó a una amiguita que tenía a un motel, y ahí estuvieron hasta bien avanzada la tarde del domingo, gozando de la vida con la muerta cerca. Mientras tanto los familiares de la difuntita la buscaban afanosamente por cielo mar y tierra, pues en la funeraria no les supieron decir dónde estaba el chofer con la carroza. Sólo hasta el lunes, cuando llegó con el vehículo, el hombre se enteró del paseo que había dado a la abuelita, y finalmente ella pudo reposar en paz. Viene a cuento esto que no es cuento para aludir a lo sucedido con los cadáveres que en Guadalajara han sido llevados de un lado a otro en una procesión mortuoria que parece no acabará nunca. Tampoco los admiten ahora los vecinos del panteón municipal número 3. El interminable desfile de esos muertos se antojaría absurdo si no tuviera visos de macabro. Desde que el ser humano se enfrentó al misterio de la muerte los cuerpos de los difuntos han sido objeto de especial respeto. Los cadáveres citados merecen tal consideración. Ojalá tengan ya el descanso eterno que pide la oración antigua. El charro Chicharro fue a comprar un caballo. Llevó con él a su pequeño hijo a fin de que empezara a aprender las cosas de la charrería. El dueño le trajo un alazán de buena alzada y andadura buena, y el charro Chicharro le palpó con detenimiento las ancas y los frentes para dar cumplimiento al viejo dicho según el cual “El caballo y la mujer pecho y nalga han de tener”, y el otro que reza: “Caballo que llene las piernas, gallo que llene las manos y mujer que llene los brazos”. El niño observó intrigado tales tocamientos y luego preguntó a su padre: “¿Por qué sobas al caballo por delante y por atrás?”. Contestó el charro Chicharro: “Quiero saber si es bueno antes de comprarlo”. El pequeñito se angustió: “¿Entonces el vecino va a comprar a mi mamá?”. (Ahí falló otro proverbio de la charrería: “Caballo, rifle y mujer, sólo el dueño ha de saber”). FIN.

MIRADOR.

Malbéne no es ajeno a los escándalos. Más de uno ha provocado al externar opiniones que sus malquerientes tachan de heréticas y aun sus partidarios consideran heterodoxas.
Seguramente el controvertido teólogo volverá a causar revuelo con esta frase perteneciente a su más reciente artículo para la revista “Lumen”:
“. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un pobre se salve.”.
Malbéne explica su transgresión de la conocida frase de los evangelios. Según él la pobreza es frecuentemente fruto del pecado, ya sea un pecado personal -el vicio, la pereza- o un pecado social, la injusticia. Esos pecados traen consigo otros, pues para subvenir a sus necesidades algunos pobres cometen delitos que pueden ir desde el robo hasta el asesinato. “En cambio la riqueza bien habida -afirma el escritor-, la que es fruto del trabajo y el ahorro, facilita la salvación del que la tiene, si comparte esa riqueza con su prójimo”. Concluye el teólogo: “Es necesario revisar los conceptos que la religión tradicional ha difundido acerca de la pobreza y la riqueza. Ni aquélla es tan buena como se dice -opina- ni ésta es tan mala como se ha afirmado”.
Difíciles de entender y todo, las tesis de Malbéne merecen sin embargo ser objeto de atención.

¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Plaza de almas.

9/10/2018 – ¿Te has preguntado alguna vez, Armando, hasta qué edad puede el hombre disfrutar de esa dulce pasta que es la carne de la mujer? No taches de machista la pregunta de tu tío Felipe, tú que eres dado de repente a incurrir en las necedades que trae consigo lo políticamente correcto. Cuando hablo de la carne femenina no convierto a la mujer en un objeto. Por el contrario, la pongo en el centro del paraíso; en el sitio principal del universo como dadora que es de la vida y sujeto primordial de ella. La hago ser dueña y señora del varón, que si en verdad es hombre verdadero se rinde ante ella y se somete a sus dictados. También te aclaro que esa linda expresión, “la dulce pasta”, referida a la carne femenina, no salió de mi caletre: la inventó don Federico Gamboa, el celebrado autor de “Santa”. Pero vuelvo a mi pregunta: ¿hasta qué edad puede el hombre disfrutar de la mujer? Yo digo que hasta pasados los 100 años, si ese hombre tiene un poco de imaginación y una compañera comprensiva. Y es que aunque el cuerpo desfallezca los anhelos del amor perviven. No sé, sobrino, si te he contado de aquel curita joven a quien atormentaban día y noche las tentaciones de la carne. Le preguntó lleno de angustia a un sabio sacerdote que se acercaba al siglo de existencia: “Dígame, padre: ¿cuándo se acaba en el hombre el deseo de la mujer?”. “Mira, hijo -le contestó el santo varón-. Por lo que he leído en las Sagradas Escrituras; por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia; por lo que llevo aprendido de ilustrados autores lo mismo religiosos que profanos, pero sobre todo por mi propia experiencia, puedo decirte que ese deseo se acaba. posiblemente unos 15 días después de que te has muerto”. En cierta ocasión tuve una vivencia que confirma la plausible aseveración de ese prelado. Ya te he dicho que de joven recorrí casi todo el país viajando, como se dice, de aventón. Adquirí entonces más conocimientos acerca de la vida -y de la muerte- que los que muchos llegan a alcanzar en todos los años de su paso por el mundo. Un día, yendo de Veracruz a México, me recogió un anciano que pasó en su coche, un fordcito de modelo viejo. “Espero que no lleve prisa, joven -me advirtió en tono de disculpa-. Manejo muy despacio, y además me detendré en una fondita que está unos kilómetros más adelante. Ahí deberá usted esperarme un buen ratito”. Acepté sus condiciones, claro. En el trayecto el maduro señor me dijo que era zapatero especializado en la fabricación de calzado para hombres y mujeres que por efecto de alguna enfermedad -la polio era entonces muy común- tenían una pierna más corta que la otra. Trabajaba sobre pedido, y llevaba el calzado personalmente a sus clientes para hacerle los ajustes necesarios. Ahora regresaba de un viaje durante el cual había entregado varios pares. En medio de la conversación anunció de pronto: “Ahí está la fondita que le dije, joven”. Y al detenerse me explicó, orgulloso, por qué hacía siempre una escala obligada en ese lugar: “Tengo ahí una meserita muy chula que me invita a ir a su cuarto a cambio de los centavitos que le doy. Usted entenderá que por mi edad ya no puedo hacerle nada; pero, mire: yo me acuesto en su cama; ella se monta a caballo sobre mí y se quita la blusa y el corpiño. (Usó el zapatero esa palabra antigua, “corpiño”, en vez de brassiére o sostén). Y ahí estoy yo, como un becerrito. ¡La gloria, joven! ¡La gloria!”. No olvido, sobrino, la beatífica sonrisa del viejito. Lo esperé todo el tiempo que le tomó gozar de aquel placer al mismo tiempo erótico e inocente. Y mientras lo esperaba pensé que en esos momentos él, a sus 80 años, era inmensamente más feliz que yo a mis 20. FIN.

MIRADOR

Adjetivo poco usado es “rastacuero”.
El rastacuero es el advenedizo, el nuevo rico; alguno que de pronto se ve encumbrado a una posición que jamás soñó tener.
Lo primero que el rastacuero busca al llegar a su nueva condición es darse a ver; hacer jactancia de la riqueza o poder que acaba de adquirir. Para eso no duda en pagar precio de oro por enseñar el cobre. A fin de ser visto contrata una revista de ésas que alegremente lucran con la vanidad de quienes no tienen otra cosa que dinero.
Rastacueros hay lo mismo entre la aristocracia de sololoy que entre la empinada plebeyez; igual entre los que se van con el rabo entre las piernas que entre los que llegan con el rabo alzado. Son esos tales los que convierten en eventos públicos acontecimientos que deberían ser privados. Sus alardes acaban en cursilería y despiertan una especie de irónica conmiseración, cuando no un burlón recordatorio: “Yo te conocí petate antes que fueras colchón”.
En fin. Cuidado con Perico cuando se vuelve don Pedro.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

8/10/2018 – Don Algón, maduro ejecutivo, le dijo a la voluptuosa rubia que buscaba empleo: “Veo que pide usted 5 mil pesos de sueldo a la semana, señorita Florilí. Se los pagaré con placer”. “¡Ah no! -replicó prontamente la muchacha-. ¡Tendrá que pagarme con dinero!”… Don Sinople le dijo a doña Panoplia, su mujer: “Si supieras cocinar no tendríamos que pagar una cocinera”. Replicó ella: “Y si tú supieras follar no tendríamos que pagar un chofer”. El experto en motivación daba una conferencia a las esposas de los vendedores, y trataba de enseñarles que la ayuda de la mujer es importante en el trabajo de su marido. “Por ejemplo usted, señora -se dirigió a una esposa joven-. Díganos qué hace para estimular a su marido”. Preguntó la muchacha, ruborosa: “¿Aquí, delante de todos?”. Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión pasó frente a una agencia de viajes que anunciaba un viaje a Honolulú, y eso bastó para que ese año se helara toda la cosecha de ananás en las islas de los Mares del Sur. Una vez el marido de la gélida mujer le contó a un amigo: “La otra noche le hice el amor a mi mujer en forma tan apasionada que por poco la despierto”… Se cuenta que alguien le preguntó a Mao qué sucedería en caso de que China entrara en guerra con Estados Unidos. “Sus ejércitos son superiores a los nuestros -respondió el dirigente chino-. El primer día nos harán un millón de prisioneros. El segundo día dos millones. El tercer día cuatro millones. El cuarto día ocho millones. El quinto día nos harán 16 millones de prisioneros. El sexto día se rendirán”. China es, en efecto, un enorme país con una población que se antoja innumerable. No es ya China aquel país rural que describió Pearl S. Buck en bellas novelas como “La buena tierra”, en la cual un campesino explicaba por qué un hombre podía tener varias esposas, pero no una mujer varios maridos: “He visto muchas jarras de té con cuatro tazas, pero jamás he visto una taza de té con cuatro jarras”. Ya no es ni siquiera China el “gigante dormido” de que habló Churchill. Ahora es un gigante bien despierto que desechó antiguas tradiciones y usos del pasado para incorporarse a la modernidad mediante una economía de mercado, y que así fortalecido se dispone a conquistar el mundo por el medio más eficaz y más pacífico: el comercio. Ninguna restricción como las que Trump le ha puesto frenarán su acometida, pues el dinero no sabe de ideologías o nacionalidades, y si China ofrece al mundo productos de calidad a bajo precio -ya lo está haciendo- conquistará mercados que ahora son de otros países. Lo veremos. Una joven mujer fue a consultar a Madame Horshit, adivinadora. La mujer clavó la vista en su bola de cristal y luego le dijo con sibilina voz a la muchacha: “Conocerás a un hombre alto, guapo, musculoso, rico e inteligente que te pedirá que te cases con él”. Le preguntó la chica: “¿Y qué haré con el hombre chaparro, feo, panzón, pobre y pendejo con el que ya estoy casada?”. Un individuo se presentó ante el juez: “Quiero divorciarme de mi esposa”. “¿Por qué?” -preguntó el juzgador. Respondió el sujeto: “Por adúltera y afrentosa”. “Lo de adúltera lo entiendo -dijo el juez-. Pero, ¿qué es eso de afrentosa? “. “Permítame explicarle -contestó el tipo-. Ayer llegué a mi casa y encontré a mi esposa en el lecho conyugal en brazos otro hombre”. “Ya veo -manifestó el letrado-. Ahí está lo de adúltera”. “Ahora viene lo de afrentosa -prosiguió el individuo- Cuando mi mujer me vio ni siquiera dejó de hacer lo que estaba haciendo. Siguió con sus meneos y me dijo: ¡Qué bueno que llegaste, Corneliano! Siéntate y fíjate muy bien cómo lo hace este señor, a ver si aprendes “… FIN.

MIRADOR.

De todos los medios se han valido los humanos para tratar de adivinar el futuro.
Han usado la quiromancia, que es la adivinación por la lectura de la mano; la oniromancia, adivinación a través de los sueños; la piromancia, adivinación por las figuras que forman las llamas de una hoguera; la licanomancia, adivinación mediante los reflejos de los objetos en el agua; la catoptromancia, adivinación hecha con el uso de un espejo; la hidromancia, adivinación por medio del agua; la cleromancia, adivinación que se hace echando suertes; la ornitomancia, adivinación por el vuelo de las aves; la teratomancia, adivinación por el nacimiento de seres monstruosos o deformes….
Sin despreciar tantas y tan variadas técnicas -no cito la extispicina, que era la adivinación por el examen de las entrañas de una víctima sacrificada; los auspicios, adivinación por el vuelo de las aves; ni la hepatoscopia, adivinación que se hace mirando el hígado de un animal -sin despreciar todo eso, digo, a mí no me atemoriza que me adivinen el futuro.
A mí más bien lo que me causa miedo es que alguien me adivine el pasado.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Armando Fuentes

07/10/2018

Se iba a casar Dulcibel, púdica doncella que no conocía las duras realidades de la vida (ni las blandas tampoco). Buscó a una amiga suya que tenía ya varios años de casada y le preguntó entre rubores cómo era eso de la noche de bodas. “Es como cuando traes una muela picada -le contestó la otra-. Te duele, pero no quieres que te la extraigan”. El señor fue al bar del hotel a tomarse una copa. De pie en un extremo de la barra se hallaba una dama de grandes preponderancias posteriores. El señor no podía apartar la vista del exuberante nalgatorio de la mujer. “¡Oiga! -le reclamó con enojo el cantinero-. ¡No le esté viendo el trasero a esa dama! ¡Es mi esposa!”. “Yo no le estoy viendo nada” -rechazó el tipo-. “¡No lo niegue! -insistió el barman-. ¡Desde que llegó no le ha quitado la vista de ahí atrás!”. Opuso el otro: “Soy un caballero, señor mío, y no suelo fijarme en esas cosas. Ya no me esté molestando con sus impertinencias. Sírvame un teculo doble”… “¡Eres un semental, Astasio! -felicitó la señora a su marido-. Hace dos años te hicieron la vasectomía, y aquí me tienes: ¡otra vez embarazada!”. Don Chinguetas fue a visitar a su amigo Avaricio, que tenía una panadería. Al despedirse le dijo el tahonero: “Espera. Voy a darte unas piezas de pan para que se las lleves a tu nieta”. “No te molestes -le indicó don Chinguetas-. La niña tiene un mes de edad”. “El pan también” -contestó don Avaricio… Llevaron ante el novel juzgador a una mujer acusada de ejercer la prostitución en la vía pública. “¡No sea tan severo conmigo, señor juez! -suplicó la desdichada-. ¡Tengo 40 años y seis hijos! ¡Éste es el único modo en que puedo darles de comer!”. El joven juez, desconcertado y condolido, no supo cómo actuar. Fue a su privado; tomó el teléfono y llamó a un juez emérito que gozaba de gran fama por su sabiduría y sentido de la justicia y equidad. “Maestro -le preguntó-. ¿Qué le daría usted a una prostituta de 40 años de edad y con seis hijos?”. Respondió el sapientísimo jurista: “Cuando mucho unos 500 pesos”… Los amigos de Galancio se asombraron al verlo regresar al pueblo casado con una mujer muy fea. Le preguntaron: “¿Cómo es posible que siendo tú tan bien parecido te hayas casado con ese adefesio?”. “Amigos míos -respondió con una gran sonrisa el recién casado-. Caras vemos, camas no sabemos”. El padre Arsilio cumplió años, y sus feligreses lo festejaron con gran cariño. Al día siguiente el buen sacerdote le contó a don Poseidón, granjero acomodado, cómo toda la gente del pueblo le había llevado obsequios a la fiesta. “Me regalaron frijol, maíz y trigo -dijo-. Alguien llevó un marranito. Pero lo que más me llamó la atención fue cuando la hija de usted puso un huevo en la mesa de regalos”. “¡Carajo! -se enojó el vejancón-. ¡Ya le había yo dicho que no se acercara al gallo del corral!”… Un individuo llegó a su trabajo en la oficina con un ojo morado. “¿Qué te sucedió?” -se alarmó uno de sus compañeros-. “Fui a un baile de disfraces -narró el individuo-. Me tocó bailar con una muchacha que llevaba un vestido estampado con el mapa de México. Me preguntó de dónde era yo. Y lo único que hice fue poner el dedo en la Ciudad de México”… Apareció un anuncio en el periódico: “Solicitamos caballero para ayudar a vestir y desvestir a bailarinas de table dance. Ofrecemos salario de 15 mil pesos por semana y prestaciones superiores a las de ley. Interesados acudir a.”. Y se proporcionaba un domicilio en la capital. Un individuo se presentó a pedir el empleo. “Llene esta solicitud -le dijo el encargado-. Pero tendrá usted que ir a Tijuana”. “¿A Tijuana? -se sorprendió el sujeto-. ¿Por qué a Tijuana”. Le informó el hombre: “Hasta allá llega la fila de solicitantes”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Historias de la creación del mundo.
Tomó el Señor algo de lo mejor de su materia prima y empezó a modelar la figura de un hombre.
Lo hizo alto de cuerpo, con ojos penetrantes, cejas juntas, cabeza sin pelo, nariz chata y barba blanca. Le puso un libro en una mano y un cráneo de chimpancé en la otra.
-¿Qué estás haciendo? -le preguntó el Espíritu, intrigado
-Estoy haciendo a Darwin -respondió el Creador sin dejar de trabajar.
-¿Otro hombre? -se asombró el Espíritu-. ¿No crees que ya hay bastantes en la Tierra?
-Es cierto -reconoció el Señor-. Pero necesito a uno que les explique a los demás cómo hice todo esto.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

6/10/2018 – Lord Feebledick regresó a su finca rural después de un viaje que hizo a Londres. James, el mayordomo, le anunció: “Su esposa, lady Loosebloomers, está en la cama con laringitis . “¡Cómo! -se molestó lord Feebledick-. ¿Ahora con un griego?”. Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a confesarse con el padre Arsilio. Le preguntó el buen sacerdote: “¿Has caído en la tentación, hija?”. Respondió la señorita Himenia: “Caer, lo que se llama caer, no, padre. Pero sí me he dado unos dos o tres tropezoncitos”… Babalucas fue a la conferencia de un astrónomo. “La luz del Sol -dijo el conferencista- llega a la Tierra a una velocidad de 186 mil millas por segundo”. “¡Qué chiste! -le comentó Babalucas a su vecino de asiento-. ¡Viene de bajadita!”… Un tipo le dijo muy orgulloso a otro: “Me compré un reloj de buró. Tiene carátulo luminosa, de modo que puedo saber la hora por la noche”. Replicó el otro: “Para saber eso yo no necesito reloj. Le agarro una pompa a mi mujer y ella me dice: ¡No la tiznes! ¡Son las 2 y media de la madrugada! “. La señora cumplió 40 años. Su marido le dijo: “Ten cuidado, Forientina. A lo mejor te cambio por dos muchachas de 20”. “No me preocupo -replicó ella-. Sé que no tienes corriente para 2-20″… Si tuviera yo la fortuna de que mis cuatro lectores fueran a Saltillo y visitaran la casa de mis antepasados, casa que mis paisanos ven como un museo, pues están en ella los antiguos muebles, los cuadros y retratos, los objetos de uso diario en una casa del siglo XIX; si tuviera yo esa suerte, digo, llevaría a los visitantes a la sala -“estrado” la llamaban mis tías- y les mostraría, a más de los muebles de Viena y la gran imagen del apóstol Santiago, patrono de Saltillo, el piano alemán de mesa, y sobre él un busto de Porfirio Díaz. Mi abuelo paterno, don Mariano Fuentes Narro, era porfirista de corazón. Hasta su muerte, acaecida ya bien avanzado el siglo XX, sostuvo la idea de que todos los males que ya para entonces sufría México eran consecuencia de la Revolución. Decía que la casta política que finalmente tomó el poder en el país estaba llena de vicios que en el régimen de don Porfirio no se vieron, sobre todo la corrupción y la ineficiencia en el ejercicio del gobierno. Tiendo a pensar que mi señor abuelo no andaba tan desencaminado en sus ideas. Un historiador veraz no podrá menos que comparar el prestigio que México tenía en el mundo en tiempos del llamado porfiriato con la mala imagen que por desgracia tiene hoy nuestro país. Se anuncian ahora nuevos tiempos de revolución. Esperemos que en ellos se corrijan los males causados por “los gobiernos revolucionarios”. Aquel joven médico veterinario era especialista en inseminación artificial. Un granjero le pidió que fuera a su establo a inseminar a una vaca muy fina que tenía. El veterinario le dijo que podía ir tal fecha a tal hora. “Ese día no estaré en la granja -le dijo el hombre-, porque saldré de viaje con mi esposa. Pero mi mamá lo atenderá. ¿Necesita algo en particular?”. Le pidió el facultativo: “Solamente ponga un clavo en la pared del establo donde está la vaca. Lo necesito para colgar mi equipo”. El día acordado llegó el veterinario a la granja y, en efecto, lo recibió la anciana madre del granjero. Le preguntó fríamente: “¿Usted es el hombre que va a inseminar a la vaca?”. “Así es, señora” -replicó el veterinario. “Sígame” -le ordenó la mujer. Así diciendo lo llevó al establo. “Ésa es la vaca -le dijo con gesto hosco-. Yo me retiro, pues no quiero ver lo que va usted a hacer. Y ahí está el clavo que pidió. Supongo que es para colgar su ropa, ¿no?”. FIN.

MIRADOR

Jean Cusset, ateo con excepción de la veces en que se pone a pensar si en verdad es ateo, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:
-Las religiones me provocan miedo. Son tan beligerantes; hay en ellas tan poca tolerancia. Quienes son muy religiosos suponen que su religión es la única verdadera, y odian, desprecian o compadecen a quienes no pertenecen a ella. Por motivos de religión los hombres se han perseguido unos a otros, se han matado. En el mejor de los casos las diferencias de religión son origen de suspicacias y de hostilidad.
-Pienso -siguió diciendo Jean Cusset- que la mejor religión es el amor. Y creo que el mejor rito religioso consiste en hacer el bien, pues el bien no es otra cosa que el amor que se ha levantado las mangas para trabajar. Si Dios es Amor -otra cosa en verdad no puede ser-, entonces quien hace el bien lo adora mejor que en cualquier ceremonia. Nadie diga que es hombre religioso si no hace el bien a los demás. Amar y hacer el bien: he ahí la liturgia más hermosa y santa.
Así dijo Jean Cusset, y dió el último sorbo a su martini. Con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

5/10/2018 – Babalucas hizo un viaje de su pueblo a la gran ciudad. Al llegar le pidió al taxista que lo llevara a un sitio donde hubiera mujeres complacientes con las cuales se pudiera pasar un agradable rato. Le dijo el del taxi: “Lo llevaré al Columpio del Amor. Es una casa de mala nota muy reconocida. Ahí encontrará lo que busca”. Al día siguiente el mismo taxista pasó por Babalucas a su hotel. Le preguntó, curioso: “¿Cómo le fue anoche en el Columpio del Amor?”. “Muy mal -respondió mohíno el badulaque-. No pude entrar a la famosa casa”. “¿Por qué?” -se sorprendió el taxista. Explicó Babalucas: “Sobre la puerta había un foco rojo”. “Naturalmente -dijo el otro-. Es una casa de mala nota; por eso tiene un foco rojo”. “Sí -aceptó el tonto roque-. Pero nunca se puso en verde”… Don Martiriano es el sufrido esposo de doña Jodoncia. Un compañero suyo le dijo en la oficina: “Te veotriste, Marti. ¿Qué te pasa?”. Respondió con voz feble el desdichado: “Tengo muchos problemas en mi casa. Ya no sé qué hacer”. El amigo trató de consolarlo: “No te aflijas. A la salida del trabajo nos iremos por ahí a ahogar tus penas”. “Es inútil -acotó don Martiriano con un hondo suspiro-. Mi mujer sabe nadar muy bien”… “Dime, Pepito -preguntó la profesora-. ¿Qué significa la palabra monogamia ?”. “No sé exactamente, maestra -contestó el chiquillo-, pero supongo que tiene algo qué ver con monotonía “. Sonora palabra es “voluntarismo”. El diccionario la define en una de sus acepciones: “Actitud que funda sus previsiones más en el deseo de que se cumplan que en las posibilidades reales”. Pienso que tal es la actitud de López Obrador en algunos de sus pronunciamientos. Las promesas que ha hecho de dar pensiones a Pedro, Juan y varios entrañan, no cabe duda, una buena intención: la de favorecer a grupos necesitados de apoyo. Pero si se hacen cuentas los números no cuadran, y resulta difícil determinar de dónde saldrán los recursos necesarios para pagar tales ayudas. AMLO sostiene la idea de que acabando con la corrupción y reduciendo los sueldos de los funcionarios se juntarán enormes cantidades de dinero que servirán para dar esas pensiones. Esos cálculos, sin embargo, parecen mal fundados si se toma en cuenta el altísimo costo de las subvenciones que ha ofrecido a tanta gente. Los buenos deseos del futuro Presidente corren el riesgo de estrellarse contra la realidad, de tal manera que sus ofrecimientos podrían quedar en meras promesas de campaña, en palabras de político tradicional para seducir al pueblo y obtener su voto. Los hechos pesan demasiado; no puede ser movidos por un solo dedito. Ojalá en los meses que faltan para que López Obrador asuma el cargo para el que fue elegido, ese peligroso voluntarismo que hasta ahora ha demostrado sea sustituido por una planeación seria que le permita hacer un buen gobierno fincado en realidades y no en meros deseos. Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día su esposa le preguntó: “¿Estás triste porque mi mamá se va mañana?”. “Si -respondió Capronio-. Yo pensé que se iba hoy”. Dulcilí le dijo a Susiflor: “El vino me afloja la lengua”. Replicó Susiflor: “A mí la ropa”. Una mujer célibe y bastante entrada en años le contó a su amiga: “Anoche iba yo por un oscuro callejón y me salió al paso un individuo que me apuntó con una pistola y me dijo: ¡El dinero o el honor! “. “¡Qué barbaridad! -se consternó la amiga-. ¿Y qué sucedió luego?”. Replicó la madura señorita: “Hice como que no traía dinero”. La señora le preguntó a su hija: “¿No se propasó anoche contigo ese muchacho?”. “Al contrario, mami -contestó la chica-. Me dijo que me haría el amor dos veces, y solamente me lo hizo una”. FIN.

MIRADOR.

El caminante se acercó a Hu-Ssong, que estaba sentado a la orilla del camino. Hu-Ssong no había recorrido jamás camino alguno, pero los conocía todos porque leía mucho
-Dime -le preguntó el hombre- ¿voy bien por este camino?
Hu-Ssong guardó silencio. Sabía que a veces el silencio no es oro, sino cobre, pero en esta ocasión guardó silencio, porque a menudo el silencio sabio es la mejor respuesta a una pregunta necia.
Así, el caminante le volvió a preguntar:
-¿Voy bien por este camino?
Hu-Ssong entonces lo interrogó a su vez:
-¿A dónde vas?
Replicó el otro:
-No lo sé.
Y dijo entonces Hu-Ssong:
-Si no sabes a dónde vas puedes tomar cualquier camino. Todos te llevarán a donde no sabes.

¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

4/10/2018 – Una vaca y un toro se encontraron en el prado. “Me llamo Clarabella -se presentó la vaca-, pero dime no más Clara , pues con los años se me acabó lo bella”. “Y yo me llamo Agapito -dijo el toro-. Pero dime no más Aga . A mí también los años me han maltratado mucho”… La señora y su marido fueron al súper. Ella sugirió, preocupada: “Creo que es mejor que te quedes en el coche, Leovigildo. Hace meses no ves los precios de las cosas, y el doctor te recomendó no tener emociones fuertes”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, le anunció jubilosa a su amiga Celiberia: “¡Creo que Geroncio tiene intenciones matrimoniales!”. Quiso saber la otra: “¿Por qué supones eso?”. Respondió la señorita Himenia: “Me preguntó si ronco”… Don Grumpo, viejo cascarrabias, fue a la consulta del doctor Ken Hosanna. Éste lo interrogó: “¿Qué le sucede?”. Respondió de mal modo el vejancón: “Para eso le pago. Usted es el que debe saber qué me sucede”. Dijo entonces el facultativo: “En ese caso lo enviaré con un veterinario. Él averigua lo que tiene su paciente sin interrogarlo”… Doña Macalota le reclamó a su esposo don Chinguetas: “¿Por qué miras tanto a la vecina? Yo tengo lo mismo que ella, ¿no?”. “Sí, mi amor -contestó don Chinguetas-. Pero tú lo has tenido por 30 años más”. El recién casado le pidió en la cocina a su inexperta mujercita: “Hazme 20 pares de huevos fritos”. “¿Te vas a comer veinte pares de huevos frito?” -inquirió con asombro la muchacha. “Claro que no -respondió él-. Nada más el único par que te va a salir bien”… Igual que hace 30, 40 o 50 años vivimos ahora bajo el dominio de un solo partido. Ayer fue el PRI; hoy es Morena. Lo mismo que en aquellos tiempos el grupo en el poder no tiene frente a sí una verdadera oposición. Los partidos opositores están de tal manera debilitados que no representan ninguna fuerza real. El PRI, aplastantemente derrotado en la elección presidencial, apenas alcanzó a poner unas pocas de sus fichas -fichitas, en algunos casos- en diputaciones y senadurías. El PAN, fragmentado y dividido, afronta una más de sus frecuentes crisis. Y el PRD casi no existe ya. Así las cosas los morenistas avanzan a tambor batiente, y López Obrador podrá hacer y deshacer a lo largo del sexenio sin afrontar prácticamente ninguna resistencia por parte de alguna fuerza política que pudiera oponerse a sus designios. Situación de peligro es ésa para México. “¡Quita las manos de ahí!” -le exigió la indignada muchacha a su encendido y lúbrico galán-. “Perdóname, Rosibel -se disculpó el muchacho-. Es que estoy ciego de amor por ti, y ya sabes cómo se nos desarrolla a los ciegos el sentido del tacto”… Dos niñitas estaban jugando en la casa de una de ellas, y la visitante vio una báscula de piso. Preguntó: “¿Qué es esto?”. “No sé -respondió la otra-. Pero no te le acerques. Ha de ser un bicho peligroso, porque cuando se suben a esa cosa mi papá se suelta echando maldiciones y mi mamá grita enojada”. En el circo el joven y apuesto domador presentaba a un fiero cocodrilo. Le ordenaba: “¡Dame un beso!”. El saurio nada más abría, furioso, sus espantosas fauces. “¡Un beso, te digo!” -repetía el guapo domador. El cocodrilo rugía, amenazante. Entonces el domador tomaba un tubo de fierro y le daba al animal un tremendo golpe en la cabeza. El cocodrilo, asustado y dolorido, acudía dócilmente y besaba en la mejilla al domador. Una estruendosa ovación saludaba aquella hazaña. Pidió el hombre: “¿Hay entre los asistentes alguien que se atreva a hacer esto mismo?”. “Yo me atrevo -se levantó un individuo del público-. Pero a mí no necesita pegarme con el tubo”. FIN.

MIRADOR:

Encuentro.

En estos versos se habla del anhelo de todo hombre de encontrarse alguna vez consigo mismo después de todos los desencuentros que a lo largo de la vida lo han alejado de su verdadero ser.

Quisiera andar de noche
por un pueblo olvidado,
y al volver una esquina
descubrir unos pasos;
y saber que son míos,
y seguirme despacio,
y mirarme de pronto,
y saber que me he hallado,
y acercarme sin prisa,
y ponerme una mano
afectuosa en el hombro
y decirme: “Hola, Armando”.

AFA.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

3/10/2018 – “Me compré tres condones de la marca Olímpicos -le comentó don Chinguetas a doña Macalota, su mujer-. Uno es color oro, otro color plata y el tercero color bronce. Esta noche me pondré el color oro”. “Ponte mejor el color plata -le sugirió en tono seco la señora-. Quizás así no acabes primero como haces siempre”. La esposa del jefe indio le dijo: “Entiendo que quieras justificar tu nombre, Toro Sentado, pero también hay otras posiciones”. Una pregunta para poner a pensar: “La gorra ¿es funda-mental?”… He aquí 10 cosas que una mujer no debe decirle nunca a un hombre en el momento del sexo. 1-. “¿De veras ya estás ahí?”. 2-. “¿Y para esto me despertaste?”. 3-. “Creo que el techo necesita pintura”. 4-. “Esta tarde me examinó el doctor. Mañana ve a que te pongan una inyección de penicilina”. 5-. “¿Cuándo es cuando voy a sentir bonito?”. 6-. ¡Cómo que ya! ¡Se suponía que si dejabas de fumar durarías más tiempo!”. 7-. “No me hagas caso. Siempre acostumbro limarme las uñas en la cama”. 8-. “¿Por favor me pasas el control remoto?”. 9-. “¿Te conté lo de mi cambio de sexo?”. 10-. “Zzzzz”. Y recordemos en seguida las 10 cosas que un hombre no debe decirle nunca a una mujer en el momento del sexo”. 1-. “Ahora que te veo sin ropa ¿qué te parece si mejor lo hacemos con la luz apagada?”. 2-. “Tampoco sabes cocinar ¿verdad?”. 3-. “Grita, para que la vecina piense que soy bueno en la cama”. 4-. “¿No has pensado en hacerte una liposucción?”. 5-. “Sólo por jugar ¿te cubres la cabeza con esta bolsa de papel?”. 6-. “¡Mira! ¡Te ves más joven de lo que te sientes!”. 7-. “Ojalá no me arrepienta de esto mañana que esté sobrio”. 8-. “Qué raro: con ropa tienes mejor aspecto”. 9-. “¿Podrías presentarme alguna amiga tuya?”. 10-. “Zzzzz”. Al final del día -la frase está de moda- el dinero puede más que la política. Lo supo Trump cuando tuvo que plegarse al interés de las empresas en la renegociación del NAFTA con México y Canadá; lo verá López Obrador cuando descubra que la corrupción en nuestro país no acabará sólo porque lo dicta su dedito. En efecto, poderoso caballero es el dinero, y en el más extremo de los casos los políticos sólo pueden hacerle un rasguñito que al paso del tiempo sana con el regreso de las cosas al estado que guardaban antes. De vez en cuando una revolución o un gobierno radical sacuden el edificio de la economía, pero el dinero, si bien es asustadizo, tiene la virtud de la paciencia: sabe esperar, y espera, espera, espera hasta que las aguas vuelven a su nivel. El dinero siempre se sienta a ver pasar el cadáver de sus enemigos. ¿Qué se hicieron los cambios económicos que trajo consigo la Revolución? Las profundas reformas cardenistas ¿qué se hicieron? Nuestra época tiene más de un sospechoso parecido con el porfiriato. En cosas del dinero todo tiempo pasado fue igual, e igual será todo tiempo venidero. Los camellos, si son ricos, pueden pasar por el ojo de una aguja. No se inquieten, por tanto, los dueños del dinero por los radicalismos en que pueda incurrir López Obrador. No hay poder más firme y duradero que el representado por esos pequeños cuadrángulos de papel que imprime el Banco de México. Lady Loosebloomers, la esposa de Lord Feebledick, riñó con su cocinera, una irlandesa belicosa y levantisca. La mujer desafió a su patrona: “Cocino mejor que usted”. “¿Quién te lo dijo?” -se molestó milady. “Su marido -replicó la hija de Eire-. Y en la cama soy mucho mejor que usted”. “¿También eso te lo dijo mi marido?” -se encrespó lady Loosebloomers. “No -contestó la irlandesa-. Eso me lo dijeron el chofer, el mayordomo, el jardinero, el caballerango, el guardabosque, el encargado de la cría de faisanes.”. FIN.

MIRADOR.

Llegó la Muerte.
En la presencia de la Muerte se entristecieron los que habían perdido a la persona amada, al ser querido.
Se entristeció el padre.
Se entristeció la madre.
Se entristeció el esposo.
Se entristeció la esposa.
Se entristeció el hijo.
Se entristeció la hija.
Se entristeció el hermano.
Se entristeció la hermana.
Se entristecieron los abuelos y los nietos.
Se entristecieron todos los familiares y todos los amigos.
Pero llegó el Recuerdo.
Y en la presencia del Recuerdo huyó la Muerte.
Y la tristeza halló consuelo.
Porque donde hay recuerdo no hay muerte.

¡Hasta mañana!… 


De política y cosas peores

1/10/2018 – Amaneció por fin, y con la primera luz del nuevo día llegó a su final la noche de bodas. Antes de echarse a dormir el flamante marido le dijo a su exhausta mujercita: “Florisel: quiero que sepas que gasté 5 mil pesos en la boda”. “Y ¿a qué viene eso?” -preguntó ella a sin entender. “Lleva la cuenta -le pidió el desposado-. Esta noche desquitaste los tres primeros pesos”… Bustilia, muchacha de buen ver y de mejor tocar, invitó a Babalucas a ir al cine. Le dijo, sugestiva: “Hay un rincón en la sala que tiene solamente dos butacas. Aél no llega la luz de la pantalla. Nadie pasa nunca por ahí; nadie se sienta cerca. Podemos hacer cosas sin que nos vea nadie” . Babalucas aceptó. En efecto, fueron al cine y ocuparon el discreto rinconcito. Tan pronto se apagó la luz y empezó la proyección del film la muchacha se acercó, incitante, a Babalucas y le ofreció los labios para el primer beso. Se sorprendió, por tano, cuando el badulaque le dijo: “Vámonos”. “¿Por qué?” -quiso saber ella, desconcertada. Respondió el tontiloco poniéndose de pie para marcharse: “Ya vi la película”… Una amiga le preguntó a Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne: “¿Qué prefieres en las mujeres: muslos gruesos o muslos delgados?”. Respondió el salaz sujeto: “Si quieres que te diga la verdad, más bien prefiero lo intermedio”. Don Agapito, señor de edad madura, les recomendó a ciertos amigos suyos de su mismas edad una lujosa casa de mala nota. Les apuntó la dirección del establecimiento y les dijo que él mismo haría la reservación correspondiente, pero que no podría acompañarlos por causas de fuerza menor. Se refería a su edad y condición física. Llegaron los amigos al congal, burdel, lupanar o mancebía, y uno de ellos llamó a la puerta. Por un ventanillo asomó la dueña del local. Dijo uno de los visitantes: “Venimos de parte de Agapito”. Inquirió la madama: “¿Cuántos son?”. Respondió el otro: “Cuatro, sin Pito”. Preguntó la mujer: “¿Entonces a qué vienen?”. (No le entendí)… El poder absoluto no sólo corrompe absolutamente: también jode a aquéllos sobre quienes se ejerce. El caso de Venezuela, a más de ser trágico, ilustra sobradamente los enormes daños que un gobernante puede hacer cuando no tiene frente a sí otras fuerzas que le sirvan de contrapeso y pongan freno a sus desmanes. Chávez primero, y Maduro después, llevaron a esa nación hermana a la peor etapa de su historia. Lo dicen los cientos de miles de venezolanos que se han visto en la necesidad de emigrar por causa de las deplorables condiciones de vida que privan ahora en esa nación, antes próspera y boyante. Cuidado con el poder sin límites. Es el mayor peligro para cualquier país. Le dijo un tipo a otro: “Sufro una angustia grande. Mi hijo mayor cumplió 25 años. Es decente; trabajador; no fuma; no bebe; no le gusta el juego; no se desvela con mujeres…”. “¿Y por qué te angustias? -se extrañó el amigo-. Parece un muchacho modelo”. “Precisamente -dijo el tipo-. Sospecho que mi esposa me engañó. ¡Es imposible que yo sea el padre de un hijo así!”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, y su amiguita Solicia Sinpitier, célibe también, estaban viendo un documental sobre los parques nacionales de Estados Unidos. Dijo la señorita Himenia: “¡Cómo me gustaría ver el Gran Cañón del Colorado!”. “A mí también -comentó la otra-. Y además los pelirrojos tienen fama de ser apasionados”. Doña Macalota, la mujer de don Chinguetas, sorprendió a su marido en el lecho conyugal con una estupenda morenaza. Antes de que la estupefacta señora pudiera articular palabra su casquivano esposo le dijo: “El médico lo único que me prohibió fue el tabaco y el alcohol”. FIN.

MIRADOR.

El Padre Soárez charlaba con el Cristo de su iglesia.
-Dime, Señor -le preguntó-. ¿Has leído la Biblia alguna vez?
-Sólo el Nuevo Testamento -respondió él-. En el Antiguo hay demasiada violencia y demasiado sexo. Además algunos que leen la Biblia acaban discutiendo con otros que también la leen, y a mí no me gustan las discusiones.
-Pero, Señor -objetó con desconcierto el Padre Soárez-, se dice que en la Biblia está la verdad sobre ti.
Respondió Jesús:
-La verdad sobre mí no cabe en ningún libro. Todos los libros, aun los más grandes, son pequeños. La verdad sobre mí sólo cabe en algo que es tan grande como yo, porque soy yo.
-Y ¿qué es eso tan grande como tú? -preguntó el Padre Soárez.
-Es el amor -contestó Cristo-. En el amor estoy yo. El amor soy yo.
Así dijo Jesús, y el Padre Soárez entendió que el mejor libro, el único libro sagrado, es el amor.
¡Hasta mañana!…


De política y cosas peores

Armando Fuentes

30/09/2018

En la noche de bodas Dulcibella se enteró de algo que no sabía: a su novio le faltaba un pie, y en su lugar usaba una prótesis. Desolada le puso un mensaje a su mamá. “Leovigildo no tiene un pie”. “No te apures, hija -trató de consolarla la señora-. Tú papá no tiene ni la cuarta parte de esa medida, y hemos sido muy felices”. (No le entendí)… El señor llamó a su pequeño nieto a fin de que saludara a su compadre, que llegó de visita. Le dijo: “Ven, Diploma”. “¿Diploma? -preguntó extrañado el compadre-. ¿Por qué le dices así?”. Explicó el señor: “Eso fue lo que trajo mi hija de la universidad”. El muchacho recién casado acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna. Le dijo que su mujercita le pedía amor todos los días -en ocasiones dos veces cada día- y eso lo tenía exhausto, exánime, agotado. “Llévese estas píldoras para dormir -le indicó el facultativo-. Estoy seguro de que lo ayudarán bastante”. El muchacho se desconcertó: “¿Cómo es que me receta píldoras para dormir?”. “No son para usted -respondió el médico-. Déselas a su esposa. Así podrá usted reponerse”… Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, trataba inútilmente de obtener los favores de Taisia, voluptuosa mujer experta en las variadas artes del amor. “¡Te deseo ardientemente! -le dijo desesperado-. ¡Si no accedes a lo que te pido dame al menos la luz de una esperanza!”. “Lo siento -respondió ella-. Si tanto deseo sientes tendrás que usar lámpara de mano”. Bucolio, joven labrador sin ciencia de la vida, casó con Nalguirina, artista de un circo que acertó a pasar por el lugar donde vivía el muchacho. Ignorante de las cosas de himeneo Bucolio le preguntó a su padre, don Poseidón, qué debía hacer en la noche de las bodas. “No se apure m hijo -lo tranquilizó el genitor-. La naturaleza se encargará de mostrarle el caminito de la felicidad”. Al día siguiente de los desposorios don Poseidón le preguntó con sonrisa socarrona a su retoño: “¿Encontró m hijo el caminito de la felicidad?”. “Sí, apá -respondió el mocetón-. Aunque, la verdad, a mí me pareció más bien autopista de cuatro carriles”. Rosilí, muchacha soltera, comunicó en su casa que se hallaba en estado de buena esperanza, o sea embarazada. “-¡Cómo! -exclama su mamá llena de consternación. Interviene el papá de Rosilí. “-No hagamos preguntas tontas -dice-. Ya sabemos cómo. Lo que nos interesa saber es con quién”… Aquel señor era sobrino de un sacerdote cuya edad frisaba ya en los 90 años. Cierto día fue a visitarlo en la casa de reposo donde estaba. Conversaba con él cuando llegó una monjita llevando la merienda del anciano: un plato de avena, un vaso de leche y dos galletas. Notó el sobrino que en la charola iba también una pastilla de color azul. Por su color y por su forma le llamó la atención esa pastilla, y se acercó a mirarla. Su sorpresa no tuvo límites: ¡era Viagra! Estupefacto le preguntó a la religiosa: “Oiga, madre: esta pastilla ¿es para mi tío?”. “-Así es, señor -contestó la reverenda-. Todos los días al caer la tarde le damos una igual”. “Pero, madre -dijo el hombre sin entender aquello-. Esa pastilla es Viagra”. “Ya lo sé, señor, ya lo sé” -respondió calmosamente la monjita al tiempo que le daba la pastilla al viejecito. “¡Pero cómo! -profirió escandalizado el visitante-. ¡Mi tío es un anciano! ¡Es sacerdote! ¿Y le dan Viagra?”. “Sí -admitió la sor-. Y eso ha dado muy buenos resultados. Tanto él como nosotras estamos muy felices”. “¡Qué dice usted!” -se espantó el sobrino a punto de caer de espaldas. “Lo que oye -repitió la monjita-. No sé por qué, pero desde que le damos esas pastillitas el padrecito ya no se rueda en la cama, como antes que cada rato se nos caía”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE
Historias de la creación del mundo.
Pocos lo saben, pero en sus principios el mundo no tenía los rumbos cardinales como los tiene hoy. El norte estaba al sur; el sur veía al norte; el oriente se hallaba donde ahora se encuentra el occidente y el poniente ocupaba el sitio en que el oriente está en la actualidad.
Mas sucedió que un día el Señor hizo un ligero movimiento con su mano todopoderosa, y entonces los puntos cardinales cambiaron de localización.
-¿Por qué hiciste eso? -le preguntó asombrado Adán.
-La verdad -le respondió el Creador-, me daba pena el pobre cangrejo, caminando siempre en dirección equivocada. Desde hoy, aunque aparentemente camine para atrás en realidad estará caminando hacia adelante.
Por eso en nuestro tiempo, cuando la gente dice que los cangrejos caminan para atrás, tanto ellos como el Señor sonríen levemente.
¡Hasta mañana!…